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Baladas

Por Jerónimo García Pérez (Jegarpe)

Publicación de Smashwords

2018


Registro de la Propiedad Intelectual

AB-172-2013

Nº de asiento registral 00/2014/365 Madrid





Í N D I C E .


Cita de Khalil Gibran.


JUSTIFICACIÓN.



-BALADA PRIMERA: CASTALIA.


CANTO I. Ansia.

CANTO II. El mundo de Castalia.

CANTO III. La fuente del lago.

CANTO IV. El encuentro.

CANTO V. Ausencia.



-BALADA SEGUNDA: TESILA.


CANTO I. La orgía.

CANTO II. La promesa de amor.

CANTO III. Retorno.

CANTO IV. Idilio.

CANTO V. La Muerte.



-BALADA TERCERA: ALMA.


CANTO I. Alma sin amor.

CANTO II. El palacio.

CANTO III. La noche.

CANTO IV. La Envidia y la Ambición.

CANTO V. Búsqueda.



BALADAS


OBRA POÉTICA

ORIGINAL DE


JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ


(J E G A R P E)


-----------------------------------------------------------


¿Qué pretendes de mí? He caminado de tu mano por el sendero en llamas y al abrir los ojos no vi nada más que tinieblas. Amor, tú has hecho ansiar a mi corazón la dulzura de tu presencia, pues yo soy débil y tú eres fuerte, ¿por qué luchas contra mí?


Soy inocente y tú eres justo. ¿Por qué me oprimes?


Eres mi propio ser. ¿Por qué me haces daño?


Eres mi fortaleza. ¿Por qué me debilitas?


Los arroyos corren presurosos hacia su amante el mar.


Las flores sonríen a su amado el sol.


Las nubes descienden a su pretendiente el valle.


Soy invisible para las flores, desconocido por los arroyos, ignorado por las nubes.


KHALIL GIBRAN.


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JUSTIFICACIÖN


Estas tres baladas que conforman el presente volumen han sido entresacadas de ese acervo inacabable que es la mitología griega. Son tres mitos breves y sencillos a los que les he ido dando forma puliéndolos hasta adaptarlos a mi espíritu inquieto que busca ese don maravilloso del amor en medio del tedio y de la soledad que lo circundan hasta estrangularlo, haciéndolo lágrima incontenible.


He querido que fuesen tres historias infortunadas y trágicas de personajes atormentados para que estuviesen más acordes con los sentimientos de mi corazón, pero a la vez estuvo mi deseo de dotarlas de una fugaz brizna de felicidad telúrica y perecedera para hacer más real y terrible el final de cada una.


A buen seguro encontraréis en ellas un bagaje de pesimismo y amargura pero son éstos sentimientos que me han acompañado siempre y de los que no he sabido desprenderme.


Subyace en estas baladas una evidente dualidad entre el sueño que ennoblece mi alma y la dura realidad que lacera mi corazón, entre el deseo y la ansiedad en que se anega mi agostado amor y la verdad única de mi soledad que lo ahoga.


El tiempo futuro en el que están escritas es el más fiel reflejo de un amor sin esperanzas, de una felicidad sin fe, de una dicha inasible y sin horizontes, de una vida vacía y sin sentido, de una ilusión frustrada y sin caminos, fruto, quizás, no sólo de mi manera de ser, sino también del momento depresivo en el que me hallo inmerso.


MAYO, 1.980.


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BALADA PRIMERA


C A S T A L I A .


CANTO I. ANSIA.


Iré a buscarte, amor,

Iré a tenerte, amada.


Será pronto, mañana, a la alborada,

cuando sacuda el ala de rocío

la tímida calandria, el ruiseñor

ahuyente, con el brío

de su canoro canto, el níveo frío

y las estrellas, flojas,

se vayan diluyendo en los clarores.


Iré a buscarte, amor,

cuando verdeen de hojas

los lánguidos hayedos y las flores

revistan de color

los bosques y los prados,

donde tú vives, sola, sin cuidados,

tú sola, sin favores.


¡Será la primavera!

¡Oh, dulce amada, bien, Castalia hermosa:

Será la primavera esplendorosa!


Tú me verás venir

desde el umbral de tu eternal espera.

Tú me verás surgir

de entre la bruma algente

-cansado peregrino

de amor, que ya no siente

los pasos ni el camino,

y entornarás los ojos,

y llenarás la albura de tu frente,

la satinada piel de tus mejillas,

con el bendito ardor de tus sonrojos,

y entreabrirás los labios reidores

en súplicas sencillas

de dichas y de amores

y extenderás los brazos

buscando mis abrazos

y brincará tu corazón de gozo

dentro del pecho, lleno de alborozo.


Y yo, viajero impar, sin estandarte,

sin meta, sin origen, sin reproche,

naciendo de la noche,

iré a tenerte, amor, iré a buscarte,

y aflorará la sangre en mis mejillas

y alargaré los brazos

buscando tus abrazos

y entreabriré los labios en sencillas,

tiernas y suaves súplicas de amores

y brincará de gozo

mi corazón, henchido de alborozo,

y haré caer al suelo

con dedos tembladores,

con manos ávidas, el claro velo

que encubre tu pureza,

dulce Castalia. ¡Y quedarás desnuda,

desnuda y sola! ¡Oh, incitadora, cruda,

real, la desnudez de tu belleza!


Iré a buscarte, amor,

iré a tenerte, amada,

temprano, muy temprano, en el albor

de la mañana fresca y renovada

cuando la densa bruma

de la ancha madrugada

deshaga en algodón de blanda pluma

su seno desabrido,

cuando se cubra de argentada escarcha

la yerba de los prados

y emprenderemos juntos, sin sentido,

la más gloriosa marcha

por un rayo de luz, despreocupados,

y forjaremos nuestro mundo grato

con el bagaje azul de nuestros sueños

humildes y pequeños

y nos daremos en un arrebato

recíproco, en un mélico sentir,

y se estremecerán

de gozo nuestros cuerpos y arderán

de cálido placer los corazones

en un sólo latir

y entonaremos un ferviente y loco

canto de amor preñado de ilusiones.


No nos importará nada morir,

Castalia, así, abrasados, poco a poco.


Iré a buscarte, bien, a la alborada.

Será la primavera,

¡la primavera, amada!,

la primavera plena de colores,

amena y placentera.

Será mañana, amor, en los albores

de un venturoso día.


¡Cómo te necesito, cómo ansía

tenerte el alma mía,

tenerte el alma sola!

Espérame en el bosque, estrella, guía

de mi pasar, sol denso y aureola

de luz de mi sentir aventurero.


Espérame, mujer.

Iré al amanecer,

apátrida, viajero,

sin nombre, solitario, iré ligero.


CANTO II. EL MUNDO DE CASTALIA


Te encontraré, Castalia,

galana y esplendente,

nardo el sagrado nimbo de tu frente,

guirnalda de áurea dalia

sobre tu suave pelo,

roja amapola el labio y la mejilla.


Te encontraré, flexible la rodilla,

flotando al viento el transparente velo,

saltando sin hartura,

como una corza joven y graciosa,

de flor en flor, como una mariposa

sutil, amable y pura,

como una mariposa veleidosa.


Yo te estaré mirando en la espesura,

sin que me puedas ver.

Te miraré correr.

Me llenaré de ti, de tu hermosura,

de tu gentil figura.

Veré tu cabellera

dorada, suelta, suave,

levísima y ligera,

flotando al sol y al viento, el rostro grave,

los ojos reidores,

verdes y soñadores,

la boca fresca, amable y sensitiva,

desnudo el blanco cuello,

túrgido el pecho de sedoso vello,

la frente ancha y altiva.


Yo te estaré mirando

sin que me puedas ver,

oculto en la espesura

Te miraré caer

exhausta, en el tupido césped, cuando

te sientas fatigada e insegura

por la carrera dura.

Veré, Castalia, tus rosados senos

bullir acompasados y calientes,

igual que dos palomas relucientes,

entre la yerba, mórbidos y plenos.


Veré cómo se funde y se condensa

como una nubecilla gris y densa

tu aliento, en la mañana

recién amanecida, fresca y sana.


Te miraré después,

Castalia primorosa,

mimar el nardo, acariciar la rosa,

cruzar cuitada campos de áurea mies

y prados de amapolas.

Te seguiré, mujer,

sin que me puedas ver,

a tus regiones solas.

Descubriré tu mundo caprichoso,

tu mundo hecho de flores,

de nubes de colores,

limpio y maravilloso.


Mujer, te seguiré

por los senderos indoloros, leves,

que pise tu albo pie,

sin que lo notes, por donde me lleves.

Luego me sumiré

tímidamente, subrepticiamente,

calladamente, amor, en ese mundo

sin ruidos y sin gente,

donde tú sueñas, derredor magnífico

de tu pasar versátil y errabundo,

de tu vivir pacífico.


Te seguiré, Castalia,

romántica y garrida

por la senda que marque tu sandalia

brevísima y florida,

sin que me puedas ver.

Te miraré correr,

alegre y cantarina, por la yerba,

lo mismo que una cierva,

flotando al sol y al viento tu cabello,

nardo el sagrado nimbo de tu frente,

túrgido el pecho de sedoso vello,

la boca vehemente.


Descubriré tu mundo delicioso,

tu mundo hecho de auroras,

el mundo misterioso,

virgíneo, donde moras,

ese tu mundo mágico

mimado de azucenas y alelíes,

en el que sueñas, amas y sonríes,

en el que, a veces, lloras

yo sé que lloras- tu destino trágico.


Te encontraré, Castalia,

guirnalda de áurea dalia

sobre tu suave pelo,

mejillas de amapola,

te encontraré, mi cielo,

sobre la yerba de los prados, sola.


CANTO III. LA FUENTE DEL LAGO.


Vencida y fatigada

por la carrera ardiente

te dejarás caer junto a la fuente

recóndita, tranquila, sombreada,

junto a la orilla, amor,

del lago encantador.


¡Oh, grato edén, soberbio paraíso,

lugar de promisión, tierra soñada!

El dios del orbe quiso

que todo fuera allí paz y armonía:

la tenue, melancólica,

serena y tamizada luz del día,

la dulce apacibilidad bucólica

del bosque y la ladera,

la plácida delicia

del fresno y la noguera

mirándose en el lago,

la primorosa y mística caricia

de un cielo azul y suave,

del cántico del ave.

Pero es la voz del agua cantarina,

bajando de los cerros inmediatos

en cientos de regatos,

la que le da la genuina

sonrisa de lugar privilegiado,

la que llena de míticos murmullos,

de cálidos arrullos,

el bosque, la montaña, el cielo, el prado,

la voz del agua cristalina y pura

bajando de la altura,

silueteando peñas,

canción sin fin de musgos y de breñas.


¡Oh, grato edén, edén resplandeciente,

lugar de promisión!


Y en el edén, la fuente,

la fuente y la ilusión:

lugar umbroso, formidable gruta

de misteriosa boca,

fractura inaccesible de la roca,

sumida en la más densa y absoluta

penumbra, refrescada

por mil arroyos de agua despeñada

rompiéndose en iríseas

espumas, al pie mismo

del insondable abismo

que se abre más abajo, entre las gríseas

y humedecidas piedras,

llenas de oscuros líquenes y yedras.


¡Oh, grato edén, soñado paraíso!


Y en el edén, el lago,

rincón donde se escucha en impreciso,

desconcertante y vago

rumor, un canto hermoso y celestial

de orígenes ignotos.

El agua, allí, se aquieta,

serena y transparente, hecha cristal.

Nenúfares y lotos

salpican su tersura.

La yerba crece lujuriante y prieta.

odo está lleno de quietud, de calma,


de bienestar. El alma,

radiante, estremecida, leve y pura,

se siente desmayar

de incontenible gozo.


¡Oh, grato edén, magnífico lugar,

jardín florido, trozo

de cielo deseado,

rincón donde el aliso

y el brezo crecen juntos! ¡Oh, soñado,

soberbio paraíso!


Vencida y fatigada

por la carrera ardiente

te dejarás caer junto a la fuente,

recóndita, tranquila y sombreada,

junto a la orilla, amor,

del lago encantador


CANTO IV. EL ENCUENTRO.


Será la primavera.

Será el rimado sol de mediodía.


Tú te desnudarás, amada mía,

despacio, placentera,

junto a la fuente. Rodará tu velo

de transparente tul

y soltarás tu pelo,

dorado y flojo. Sobre el cielo azul

palpitará la albura de tu pecho.

Dedos libidinosos

de luz cernida, entre los abundosos

ramajes de alto helecho,

recorrerán tu piel

lechosa y suave, con sadismo cruel.

Después, lánguidamente,

Castalia, dejarás que la delicia

del agua de la fuente

te meza en una cálida caricia.


Venus saliendo de las aguas puras,

la yerba lecho blando,

doblegarás el cuerpo en las honduras

del sueño, descansando.

Será el momento, amada,

la hora deseada,

la más propicia y próvida ocasión

que habrá estado esperando el corazón.

Me acercaré contento,

loco de dichas, ebrio de pasión,

como un fauno sediento

de amores y placeres.


Me acercaré, callado y sigiloso,

mujer, la más gentil de las mujeres,

hasta tu lecho mismo.

Te llenaré de besos, amoroso,

te aturdiré de halagos, generoso,

y beberé a saciar el optimismo

que irradia tu figura,

como si fuera un niño

desnudo de cariño,

desnudo de ternura.


Despertarás al roce de mis manos

Me mirarás, Castalia, sorprendida,

con tu mirada verdiazul, dolida,

plena de efectos cálidos y humanos.


¡Ay, dulce bien, paloma, amada mía,

gozarte y poseerte

con toda mi pasión hasta la muerte,

será mi fe, mi afán y mi porfía!


Mas huirás de mí, como gacela

que huye del predador

odiado, lo mismo que avezuela

que no quiere ser presa del azor.

Huirás, huirás de mí,

desasistida y débil,

flor delicada, mariposa flébil.

Yo correré, sediento, tras de ti.


No te amilanarán los peñascales

musgosos de la roca en tu carrera

magnífica y ligera,

que dañarán tu piel como puñales.

Y arribarás maltrecha,

vencida y agitada,

por la vereda estrecha,

difícil y empinada

de la roqueda, hasta la gruta oscura,

por la que se dilata

desde la agreste altura

la torrentera en ancha catarata

rugiente y espumosa.


Te detendrás, al fin, desfallecida,

sin fuerzas, temerosa.

Te detendrás, al fin, Castalia hermosa.

Y sentirás el ansia incontenida

de mi pasión doliéndote en la entraña

y notarás el fuego de mi aliento

sobre tu piel, con saña.

Y un estremecimiento

de dicha y de dolor

al mismo tiempo, un tembloroso espasmo

recorrerá tu cuerpo, en un orgasmo

no consentido, que ajará tu honor

sin mancha, tu candor

de virgen moradora

del bosque y de la fuente.


¡Oh, dulce amada, diosa seductora,

mujer resplandeciente!

¿Por qué tanto odio, tanta indiferencia?

Lacerarás, cruel, mi corazón

y desoirás mis ruegos de clemencia,

mis voces de perdón.

Y te me escaparás,

liviana, de los brazos,

y huirás de nuevo hacia la gruta, huirás,

cubierta de arañazos

por la cortante zarza, por la roca,

por el punzante espino

de que estará plagado tu camino.

Huirás de mí en una carrera loca


Yo te veré partir.

Yo te veré marchar.

Será la débil luz crepuscular.

Será el breve morir

de la naturaleza.

Yo te veré caer

envuelta con el agua y la maleza,

grito solemne en el atardecer


juguete de las rocas tu cabeza,

jirón sanguinolento

tu cuerpo delicioso,

tragado por el río impetuoso

por el torrente negro y turbulento.


No volveré a soñarte más, amor.

ni volveré a quererte,

que yacerás en brazos de la Muerte

como un ente irredento y vengador.


Será la primavera, amada mía.

Será el atardecer.

No volveré a sentirme en tu alegría.

No volveré a soñarte más, mujer.


CANTO V. AUSENCIA.


Se acabarán contigo

mi amor y mi esperanza.

Se morirán en ti mi pena y mi añoranza.

Será mudo testigo

de mi dolor la fuente.

Regresaré a mi mundo

de bruma, vagabundo,

cansado peregrino

de amor que ya no siente

os pasos ni el camino.


Será la primavera,

será el atardecer, amada mía.

Retornaré sin ti a la paramera

desangelada, fría,

de la que nunca hubiera

de haber salido. Volveré cansado,

sin fe y sin voluntad, almo viajero

sin nombre, enamorado

del viento, solo. Volveré ligero.


Un coro de áureas voces

naciendo de las aguas encalmadas

del lago, llegará a mí en las ritmadas

alas del viento y ahogará mi pena.


Resurgirá una inédita esperanza

de la ceniza de tu amor, tan plena,

tan suave, tan serena,

que ahogará mi dolor y mi añoranza.


Vendrán a consolarme, sonrientes,

desde las nebulosas

regiones de Hipocrene las hermosas

y leves moradoras de las fuentes,

las enigmáticas inspiradoras

de amor tan inefable y tan fugaz,

las ninfas de los bosques, las cantoras

del orden y la paz.


Vendrá la Poesía,

triunfante, coronada

de yedra enaromada,

graciosa, portadora de alegría.

Vendrá, majestuosa,

con su corona de oro, la Elocuencia,

vestida de rosada transparencia,

contenta y presurosa.

Vendrá, madrugadora,

la pálida Celeste,

sobre el atardecer, deslumbradora,

desde las brumas del lejano este.

Vendrá la recta Historia

con todo el tiempo en la clepsidra clara,

para cantar la gloria

de mi querer sencillo,

bucólico, inmolado,

cruelmente, en el ara

del infinito prado,

del bosque oscuro, gris, verdiamarillo.

Vendrá también la Lírica,

coronada de mirtos y de rosas,

para adornar nuestra pasión onírica

de rimas amorosas.

Vendrá, con su guirnalda

de pámpanos, la trágica Cantora,

puñal al cinto de hoja brilladora

y aleve empuñadura de esmeralda,

para evocar, artera, tu final,

para cantar mi mal.

Vendrá la Elogiadora,

grave su rostro, cofia de laurel,

ojos de dulce miel,

meditabunda, seria y soñadora,

cantando un delicado himno al amor

glorioso y triunfador.

Vendrá, lira argentina,

marcando alegre el son de una esperanza

que nace repentina,

la deliciosa Danza.

Vendrá por fin la Música, solemne,

polícromo dechado de loores,

con su penacho de irisadas flores,

a deshacerse en cálido, perenne,

sutil cantar de amores.

Vendrán a consolarme, sonrientes,

desde las nebulosas

regiones de Hipocrene, las hermosas

y leves moradoras de las fuentes.


¡Oh, qué canto gentil,

qué hechizadora y dulce melodía!,

¡qué cadencia, Castalia, amada mía,

llenando áurea y sutil

la plenitud del día!


No volveré a buscarte.

No volveré a tenerte.

No volveré a soñarte,

que yacerás en brazos de la Muerte,

sobre el espejo nítido del lago,

sobre la niebla suave de la fuente,

como un fantasma vago

del bosque y del torrente,

como un ente irredento,

doliente y vengador

de mi furtivo y enojoso amor.

Te sentiré en el viento,

te besaré en el agua placentera,

te llevaré en el alma noche y día.


Será la primavera,

¡será la primavera, amada mía!


Comenzada:

12 Octubre 1979.


Concluida:

23 Noviembre 1979.

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BALADA SEGUNDA.


T E S I L A


CANTO I. LA ORGÍA.


Habrá llegado ya el dorado otoño

Se teñirán de rubio

la acacia y el madroño

del bosque. Un vago efluvio

de mélica tristura

serenará los nítidos celajes

y llenará de oscura

pasión los melancólicos paisajes.


Mi alma, solitaria,

nostálgica, intranquila,

te buscará, Tesila,

desesperadamente,

sobre la niebla de la tarde varia,

desapacible, algente.


Sin rumbo, errático, caminaré.

Me dejaré llevar del corazón.

A donde quiera iré

y no me detendré a pensar por qué

cegado de una mágica emoción.


El bosque, de repente,

nimbado de áurea luz crepuscular…

El bosque legendario, secular,

cargado de calígines, enfrente

Me adentraré, impelido

por una fuerza poderosa, extraña,

que me obnubilará mente y sentido,

que me conducirá entre la maraña,

sin fe y sin voluntad,

hasta un calvero iluminado, suave,

fantástico, en mitad

del bosque milenario. Mi alma, grave,

nostálgica, intranquila,

te buscará, Tesila.

Habrá salido ya la luna llena,

cernida en el ramaje.

Se esfumará la tarde, en un celaje

brumoso y una noche ancha y serena

se irá enseñoreando del lugar.


Estático, clavado

por un poder artero, singular,

cabe el tronco de un olmo viejo, ajado,

me esconderé y esperaré llegar

el óptimo momento,

llenos de dulce calma,

de grato sentimiento,

el corazón y el alma.


Se irá poblando, a poco,

de una creciente y ronca melodía

la mística floresta,

que se convertirá en algarabía

terrible, en ritmo loco,

n báquica y vertiginosa fiesta.


De todos los rincones

irán llegando hasta el albero claro,

cubiertas con crespones

negros, las feas brujas, al amparo

de las nocturnas sombras. Cien hachones

arderán en la niebla.

Cien horribles y roncas risotadas

de bocas desdentadas

sonarán en la lúgubre tiniebla.

Cien piruetas convulsas, trepidantes,

tejerán una danza

de desamor y de desesperanza,

de quejas delirantes,

que romperán la mágica atonía

del bosque silencioso.


Yo miraré la orgía

lleno de miedo, oculto, receloso,

perdido en el derroche

de negritud de la naciente noche.

Y esperaré, Tesila,

Tesila, esperaré,

con el alma nostálgica, intranquila,

solitaria. Mas no sabré por qué.


Ludirá la hojarasca seca y mustia,

temblará el suelo todo, con la danza,

con el grito senil de destemplanza,

con el ritmo cruel, lleno de angustia,

del horrible cortejo

y llorará de miedo el corazón

desamparado y viejo.


¿Qué esperaré, Tesila? ¿Qué razón,

qué sueño, qué ilusión

me retendrá en la tierra?,

¿qué ancestral fuerza fatua

me hará inmóvil estatua

de madroño y de yedra?

¿Qué esperaré, Tesila,

lleno de miedo, oculto, receloso,

perdido en la tranquila

noche clara del bosque misterioso?


¡Oh, dulce miedo, espera ilusionada!

Sólo estaré esperándote,

Tesila deseada.

Sólo estaré sintiéndote y amándote.

Allí estaré yo, ñoño,

pleno de soledad, de angustia fría.

Delante, el bosque, la infernal orgía.


Habrá llegado ya el dorado otoño.


CANTO II. LA PROMESA DE AMOR.


De súbito, surgiendo en la espesura

como una ninfa -vívida aureola

sobre el cabello, cara de amapola,

diosa de luz, espléndida hermosura,

vendrás, Tesila, en alas

de las tupidas sombras de la noche,

radiante y pródiga, sin un reproche.


Se alegrará el albero con las galas

de tu ritmada danza sonorosa,

danza de locos vuelos,

de vaporosos velos

flotantes, coreada por la ansiosa

cohorte de las brujas desdentadas.


Y yo te admiraré, Tesila hermosa,

princesa de las hadas,

ente ignorado y solo en mi rincón.

Me llenarán de mágica emoción

tu rubia cabellera,

deshecha en haz de plata por la luna,

desbaratada, rota, volandera,

tu boca roja, de placer ayuna,

perlada de sudor

por la veloz y desatada danza,

tu rostro en el que bulle la esperanza,

la muerte y el dolor,

el pálido fulgor

azul de tu mirada

perdida y hechizada,

el pálpito incesante de tu pecho,

la flexibilidad de tu cintura,

tu cuello grácil, tu infantil figura,

tus pies ligeros y albos. Al acecho,

desde el rincón de yedras y de helecho,

yo te estaré mirando,

flor blanca, delicada,

romántica, bailando,

resplandeciente, desesperanzada,

para un tropel nefando

de brujas insidiosas.


Sobre la fina cera

de una manzana mera

perdida entre unas ramas temblorosas,

junto a mí, grabaré,

con letras que perduren siempre, que

se hagan eternas en el pensamiento,

el más maravilloso juramento

la más grande promesa

de amor que habrá salido,

sincera, ilusionada, pura y lesa

del corazón ardiente y renacido.

Será un gentil ¡te quiero!

que volará certero

con la manzana hasta tu planta mismo,

será como un mensaje

de amor y de optimismo

que invadirá tu cuerpo dulcemente,

que poseerá salvaje

tu espíritu y tu mente.


Y cesará la danza bruscamente

y un coro horrible de chillonas voces

resonará en la sombra

y cien rostros feroces,

endemoniados, escudriñarán

la noche negra y crujirá la alfombra

de secas hojas, ante el arduo afán

de cien apresuradas

y mórbidas pisadas

y martirizarán

mi conturbado espíritu pasiones

nunca sentidas, lúgubres visiones.


Huiré de allí desesperadamente,

con un vago temor indefinible

meciéndose en mi frente,

con un miedo inasible,

poniéndome alas en los pies ligeros.

Huiré de allí sin rumbo y sin sentido,

ciegos de ti los ojos traicioneros,

sordo de ti el oído.


Me llevaré conmigo

la imagen imborrable, leve y pura

de tu gentil figura.


Yo volveré, Tesila, a ti, contigo.

Yo volveré a tenerte

cuando despunte abril, cuando las flores,

amor de mis amores,

renazcan en los campos para verte.

Yo volveré contigo.

Yo volveré a tenerte,

Tesila, cuando ya no sea cautivo

tu cuerpo de la Muerte.


CANTO III. RETORNO


Pasarán tres otoños,

se vestirán tres veces

sus anchas desnudeces

los pálidos madroños

y las acacias frías

del bosque, con las hojas verdioscuras

de la recién nacida primavera.


Serán gloriosos días

Hasta la paramera

rebosará lindezas y hermosuras.


Mi alma solitaria, vehemente,

nostálgica, intranquila,

te buscará, Tesila,

desesperadamente.


Igual que una Penélope impaciente,

tres años esperando,

llena de sufrimiento,

llena de duda, amando

sin esperanza un nombre, un juramento,

decidirás, al fin, comprometerte,

de nuevo, con la Muerte.


¡Oh, triste decisión!,

¡oh, doloroso y pérfido deseo

que romperá otra vez mi corazón!


Retornaré un buen día, en tu himeneo.

Los campos estarán plenos de flores,

el páramo desnudo, de trigales,

el bosque, coronado de hoja tierna.

Vendré en tus esponsales,

vendré por ti, Tesila, en los temblores

de una mañana eterna.


Blancos y leves tules

revestirán tu talle delicioso,

destellarán, azules,

tus ojos en el rostro primoroso

bajo la cofia de florida gasa,

mas no habrá en ellos gozo ni alegría,

sólo una breve, indiferente, lasa,

triste mirada fría.


Mirándole, dichoso,

macabro pretendiente,

recalcitrante esposo,

te abrazará la Muerte, ansiosamente.

Suave Tesila, tú le sonreirás,

casi sin ganas, desmayadamente,

tú la complacerás

con tu presencia dulce, en el albero

del bosque silencioso.


Allí estará el artero

cortejo pavoroso

de brujas, escoltándote.


Y allí estaré yo, amándote,

sintiéndote latir en mis latidos,

correr como un torrente por mis venas,

cegando mis sentidos.


Allí estaré yo, mínimo y pequeño,

rompiendo las cadenas

del sortilegio, del extraño sueño

de nuestro triste amor.


Te arrancaré del mundo en el que moras.

Te llevaré conmigo, en mi dolor,

pese a las brujas estremecedoras,

pese a la misma Muerte,

y emprenderemos una huida dura

por entre la espesura.


Yo volveré a tenerte

cuando despunte abril, cuando las flores

se vistan de colores.

Y emprenderemos una loca huida,

cogidos de la mano,

por la floresta fresca y renacida

del bosque soberano.


Yo volveré a tenerte,

Tesila primorosa,

pese a la misma Muerte,

pese a la corte horrible y pavorosa

y emprenderemos una intensa huida

por la enramada a nuestra nueva vida.


Retornaré un buen día,

Tesila bella, amor de mis amores.

Todo será alegría.

Los campos ya estarán llenos de flores.


CANTO IV. IDILIO.


Nos amaremos lejos, huidores

allí donde no lleguen

los ruidos, donde jueguen

con el almendro en flor los ruiseñores,

donde hayan margaritas y amapolas,

donde haya sólo donosura y bien,

en un ignoto edén,

en un edén, tú y yo, Tesila, a solas.

¡Oh, inenarrables horas,

instantes no sentidos

jamás, dulces latidos

del corazón, caricias turbadoras!


Los dos cabalgaremos

en un ardiente y único caballo

sin bridas y holgaremos

por la campiña pródiga de mayo.

¡Qué plenitud sentir

tu sangre por mis venas, como un fuego

maravilloso y luego

desfallecer, morir,

en un placer desconocido!


¡Qué grato bienestar

sentirme en ti, notar

el blando recorrido

de besos ardorosos

por nuestros cuerpos sanos, generosos!

¡Qué dicha contemplar la esplendorosa,

la blanca desnudez,

la suave calidez

de tu figura hermosa.

¡Qué gozo los abrazos consentidos

en el connubio lento

de los atardeceres encendidos!

¡Qué dulcedumbre, qué estremecimiento

saberte sólo mía,

Tesila amada, un día y otro día!


¡Qué espléndida ventura

posar sobre tu vientre la cabeza,

mirar hacia la altura,

cerrar los ojos llenos de pereza,

crear un mundo nuestro, tuyo y mío,

romántico y pequeño,

sin sombras, indoloro, como un sueño,

como un vano extravío!

¡Qué bendición amarte,

sorberme los sonrojos

de tus mejillas frescas, adorarte,

ahogarme en el abismo de tus ojos!


Los dos cabalgaremos

en un ardiente y único caballo

sin bridas y holgaremos

por la campiña pródiga de mayo.


Serán mudos testigos

de nuestros entusiasmos

los rubios cebadales y los trigos

Harán temblar los cuerpos los orgasmos

brotados como flores

en los atardeceres.

Después, felices seres,

rendidos aún y llenos de sudores

nos tenderemos en el verde suelo,

desnudos, con los ojos en el cielo.


Vendrán, tiernas, las aves a cantarnos

rimadas melodías,

las brisas a arrullarnos.


Y así transcurrirán lentos los días,

en una interminable,

magnífica y amable

felicidad sin nombre,

sin tiempo y sin medida.

Tú, la mujer sentida,

yo, solamente un hombre,

tú y yo, los dos, cogidos de las manos,

solos los dos en nuestra soledad,

solos los dos, románticos y humanos,

en nuestra efímera felicidad.


Qué bendición, Tesila

tenerte junto a mí,

mirarte, ornar tu frente de azul lila,

de rosa y de alelí,

besarte hasta el desmayo,

saberte toda mía,

un día y otro día.


Será, resplandeciente y bello. mayo.


Nos amaremos lejos, huidores,

en un ignoto edén,

donde haya sólo donosura y bien,

donde los ruiseñores,

las margaritas y las amapolas

embriaguen los sentidos

de aromas y de ruidos.


En un edén, tú y yo, Tesila, a solas.


Los dos cabalgaremos

en un ardiente y único caballo

sin bridas y holgaremos

por la campiña pródiga de mayo.


¡Qué bendición amada, amarte así!

¡Qué espléndida ventura

sentirme junto a ti,

sentirme en tu hermosura!

¡Qué grato nuestro amor,

sabernos ebrios de felicidad,

inmersos en el mágico esplendor

de nuestra gran verdad!


Todo será armonía,

Tesila, amada mía.


CANTO V. LA MUERTE.


Pero vendrá la Muerte, recatada,

furtiva y traicionera,

para robarnos la recién lograda

felicidad y, artera,

derrumbará nuestro rosado mundo,

las anchas ilusiones

de nuestros corazones

y un sentimiento de dolor profundo

flagelará, punzante, nuestros pechos

ansiosos y maltrechos.


La Muerte recatada y alevosa

se posará sutil, sobre tu frente,

como una mariposa

de negras alas, sigilosamente.


La Muerte, inconsentida,

pugnaz, sin estridencia,

se llevará tu vida,

Tesila, ante mi horror y mi impotencia.

Yo no podré salvarte

que ese será tu sino.

Ya no podré tenerte ni escucharte

que ese será mi trágico destino.


Pálida ninfa, hermosa

princesa, celestial

ser, yacerás lo mismo que una rosa

cortada del rosal,

sobre un lecho de helechos,

al aire la lozana desnudez

de tus ajados pechos,

la fláccida esbeltez

de tu figura inerte,

la cabellera suelta en hilos de oro.


Allí estarán, mirándote, la Muerte,

triunfante ,y el horrible y negro coro

de las malditas brujas. Consternado,

sobre tu feble cuerpo, ya sin vida,

tu cuerpo venerado,

tu cuerpo tantas veces deseado,

pondré mi beso azul de despedida

y una paloma cálida,

como un vellón de albura,

se elevará en la altura,

rompiendo la crisálida

de carne en la que estaba prisionera.


Sobre tu lecho frío,

la ausencia y el vacío,

de tu pujante juventud sincera.

Oh, sensación acerba!

¡No quedará ceniza!

Sólo tu tálamo de húmeda yerba.

Sólo tu imagen triste y huidiza

y una paloma de ritmado vuelo

cruzando, solitaria y blanca, el cielo.


Y huiré de la enojosa fealdad

de las cuitadas brujas y la Muerte.

Y huiré, para perderte,

por los caminos de mi soledad.

Y habrá en mi boca, siempre, una canción,

Tesila bienamada,

Tesila venerada,

nacida, pura, de mi corazón:


¡Bendita seas, porque me quisiste,

bendita porque hiciste

correr tu sangre ardiente por mis venas

¡Bendita seas cuando estaba triste,

porque supiste mitigar mis penas!


¡Bendita seas porque me brindaste

los días más hermosos,

los más maravillosos

de mi existencia, porque me ofrendaste

tu cuerpo deseado!

¡Bendita seas porque hiciste día

mi noche, poesía

mi rutinaria vida, mi pecado!

¡Bendita seas porque me llenaste

de luz y claridad

la inmensa oscuridad

de mi peregrinaje, porque ornaste,

con sólo tu presencia,

mi mundo de tediosa soledad!

¡Bendita seas porque hiciste lumbre,

fulgor y transparencia,

mi flébil desamor, mi pesadumbre!


Se extinguirá en la tarde

la voz del corazón

como una llama tenue que ya no arde.

Se extinguirá en la tarde mi canción.


Y yo me quedaré sin ti, contigo,

sin ti, desnudo y solo,

como un liviano Apolo,

mirándote partir, Tesila, amigo

del viento, que te lleva hacia la altura,

contigo en el recuerdo,

contigo en la hermosura

del sueño en que te pierdo.

Los campos ya estarán plenos de flores,

y no podré besarte, poseerte,

Tesila bella, amor de mis amores.


No volveré a tenerte,

pero estaré mirándote, mujer,

con la mirada y con el pensamiento,

en cada atardecer,

en la naciente luna que se asoma.


Te miraré, mujer, en la paloma

que vuela con el viento.



Comenzada:

21 de Diciembre de 1979


Concluida:

26 de Febrero de 1980


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BALADA TERCERA.


A L M A


CANTO I. ALMA SIN AMOR.


En una paramera

desnuda y desabrida,

como una triste flor desasistida,

desamparada y sola, prisionera

de un mágico designio, aherrojada

por un fatal conjuro,

por un destino oscuro,

te encontraré, perdida y asustada.

¡Oh, frágil Alma, que al amor negada

de todos los mortales

así yaces, sin voz, en los eriales!


Yo te amaré. ¡Yo sólo te amaré!

Yo, que voy por el mundo, carne y hombre,

sin ansias y sin fe,

yo, que no tengo nombre,

que no tengo caminos,

que me falta el amor, te encontraré,

y haremos uno sólo nuestros sinos.

Alma, ¡yo te amaré!


Náyade pudibunda

de incontenible lloro,

desparramada la melena de oro

sobre la estéril roca,

princesa de profunda

melancolía, temblorosa boca,

ayuna de caricias y de besos,

ojos insinuadores

de cálidos amores,

pechos de diosa virginal, posesos

de un angustioso y eternal por qué.

¡Alma, yo te amaré!


Y serás sólo mía

porque así estará escrito

desde el lejano y venturoso día

que fuiste luz y fe en el infinito.

Mía y de nadie más.

Y notarás mi abrazo vehemente

y no sabrás jamás

que te querré en secreto, dulcemente,

sencillamente, inadvertidamente.


Yo te estaré mirando

soñar en tu colina, triste y sola,

zarandeada como una amapola

por un cierzo caliente, suave y blando.

¿Qué sueños bellos estarás soñando?


¿En dónde tendrás puesta

la luz de tu mirada?

¿Dónde estará tu pensamiento, amada?

¿Cuándo te harás respuesta?

Y el viento, mientras, moverá el vestido

de gasa transparente

y una pesada abulia persistente

te cegará el sentido,

te cerrará los ojos mansamente.


Desamparada y sola te hallaré,

como una tierna flor

en una desabrida paramera,

princesa sin amor,

mujer sin primavera.

Alma, ¡yo te amaré!


¡Te necesitaré

con toda la pujanza

de mi pasión dormida!

Serás mi salvación y mi esperanza.

Renacerás, ardiente,

sin voluntad, en mis vacíos brazos

y notarás correr brava y caliente

la sangre en mis abrazos,

y te estremecerás,

y me estremeceré.

Alma, ¡yo te amaré!

Alma, ¡tú me amarás!


* * *


El Céfiro, halagüeño,

murmurador, sencillo y recatado,

recogerá tu sueño,

tu sueño de mujer, ilusionado,

y entre sus alas ágiles y etéreas,

como un objeto blando y delicado,

te llevará, por las regiones aéreas,

azules y desiertas,

hasta un mundo indoloro, tuyo y mío,

de lontananzas fáciles y abiertas,

donde un eterno estío

de flores mágicas, inmarchitables,

presidirá nuestros amores sanos

en los lentos crepúsculos amables

de los interminables

y cálidos veranos.


¡Te llevaré el amor, la luz, la fe!

¡Alma, yo te amaré


Despertarás de tu ávido y sencillo sueño

en un campo proverbial de flores,

en los alrededores

de un mágico castillo.

Deleitarán tu oído

las aguas de un arroyo, cristalinas,

alegres, cantarinas,

y te despojarás de tu vestido

ligero y transparente,

para sentir la cálida caricia

del agua sobre el cuerpo albo y caliente,

como ávida primicia

del paraíso que te rodeará.

Un magnífico sol invadirá

de claridad el campo de trigales,

cantarán en las frondas y en las flores

mirlos y ruiseñores,

calandrias y pardales,

y crecerán a cientos,

rojos y delicados, los rosales,

las margaritas y los pensamientos,

y tendrás al alcance de las manos

naranjos y cerezos,

ciruelos y manzanos,

creciendo entre romeros y entre brezos.


Despertarás de tu sencillo sueño

en un edén rosado,

donde la vida sea un logro ansiado,

un regalo tardío y halagüeño,

para el espíritu almo y conturbado.


Luego dirigirás,

inevitablemente,

tus pasos al castillo y entrarás

como impelida inexorablemente

por una fuerza extraña y misteriosa.


Correrás uno a uno los rincones,

pacífica y curiosa,

y admirarás los lujos y prestancias

de los ricos salones

y la suntuosidad de las estancias.


Te perderás, vagando

por entre corredores y pasillos,

Alma, e irás hallando

las puertas sin pestillos

y las ventanas sin fallebas, claras,

amplias y luminosas,

dejando entrar en ráfagas avaras

el fuerte sol en las umbrosas

y silenciosas salas misteriosas.


Oirás cantar afuera

las melodías suaves

y dulces de las aves

volando en una eterna primavera.


Mas no verás a nadie. Estarás sola

en un castillo gélido y vacío,

tu rostro de amapola

lleno de un cándido, mortal hastío.


Y esperarás, amada,

llena de angustia y miedo, dolorida,

la trágica venida

de la serpiente alada,

del monstruo terrorífico,

fantástico y magnífico,

que te asignó el oráculo doloso,

como feliz y venturoso esposo.


¡Ay, Alma atormentada!

Naciste para ser incertidumbre,

pasión desventurada,

pálpito, nieve y lumbre,

capricho de la humana

lujuria, beso y fuego

del amoroso juego,

placer de una lascivia soberana.


Temerás la llegada del amante,

de la serpiente horrible y misteriosa

que vendrá hasta tu tálamo, arrogante,

para hacerte su esposa.

Mientras, esperarás por los salones

desiertos del castillo,

llena a la vez de miedo y de ilusiones.


Alma errabunda, corazón sencillo,

mujer, no temas más,

que yo vendré ligero

cuando la noche llegue y gozarás

del más hermoso amor, del más sincero.


Busca tu lecho ya,

tu lecho blando que te está doliendo,

que el sol se está poniendo,

que el día ya se va.


CANTO III. LA NOCHE.


Cuando llegue la noche,

sumido en la profunda oscuridad,

vendré a tu soledad.

Seré un ardiente y mélico derroche

de besos y delicias

y tú me entregarás sin un reproche

tu cuerpo vehemente de caricias.


Me llegaré a tu lecho

lleno de generosa

pasión y beberé la húmeda rosa

de tu lechoso pecho.

Te basaré en los labios y en la frente,

te besaré en las manos y en los ojos,

tan suave y dulcemente,

que notaré el calor de tus sonrojos

y sentiré en tu piel

correr la sangre cálida y ardiente

y escucharé, Alma fiel,

el rítmico y acelerado son

que se te escapará del corazón.


Sorberé de tu boca los respiros,

todos tus hálitos enaromados

y haré que se conviertan en suspiros

breves y apasionados.


Recorreré con ávida codicia

la limpia esplendidez

de tus sedosos brazos,

la oronda morbidez

del vientre en una cálida caricia,

la prieta turgidez

de tus flexibles muslos. Mis abrazos

harán temblar tu cuerpo y sentirás

que te unes más y más

a mí en eternos y anhelados lazos.


Yo haré que se resbalen

mis dedos ágiles por el pubiano

vello que cubre tus secretas curvas

y haré que se regalen

tus carnes en un gozo soberano

y notarás por fin que te masturbas

en un magnífico estremecimiento.

Sabrás por vez primera el sentimiento

de un fálico placer,

tu cuerpo contra el mío,

los dos unidos en un sólo ser,

corriendo como un río

tu sangre con mi sangre, respirando

tu aliento con mi aliento.

No mediarán palabras, sólo un blando

susurro, un enigmático lamento.


Después, llenos de paz,

con la mirada errática y fugaz

perdida en las estrellas,

que se nos entrarán por la ventana,

traslúcidas y bellas,

pensaremos en un nuevo mañana,

lleno de hermosas y áureas ilusiones,

repleto de pasiones.


Antes que nazca el día,

furtivo y sigiloso,

te dejaré en el lecho, amada mía,

y no osaré turbar

tu sueño primoroso,

mas volveré al anochecer, dichoso,

y tú me has de esperar

con un febril deseo en el semblante,

gozosa y anhelante.


¡Oh, Alma sólo para mí creada,

sufrir será tu sino

y amarme tu destino!

Serás mi dulce amante.

Serás mi dulce esposa desilusionada.

Gentil y frágil mariposa errante,

viajera sin descanso, vagabunda,

prolífica y fecunda:


Nunca podrás dejarme.

Seré siempre tu amo y tú mi ama,

yo el tronco y tú la rama,

yo el juncal de la estepa solitario,

sereno, mesetario,

y tú el viento que viene a susurrarme

su cantar eternal de reciedumbre,

yo la nieve y el frío,

tú la llama y la lumbre,

yo la estática roca, fija y presa,

tú el apátrida río

que pasa y no regresa,

yo la yerma llanura,

magnífica y grandiosa,

tú la prístina rosa

que nace para mí pálida y pura.

Yo la tierra asperiega,

desagradable y dura,

tú la lluvia que riega

y el sol de los trigales que madura.

Yo la noche, tú el día,

yo materia y pecado,

tú etérea poesía

cántico que no cesa, verso alado...


¡Oh, Alma sólo para mí creada!

La noche llegará,

llena de sombras, sutil y recatada.

Busca tu lecho ya

que yo vendré ligero,

como noctámbula y anónima ave,

romántico y sincero,

desconcertante y suave.


CANTO IV. LA ENVIDIA Y LA AMBICIÓN.


Te pediré que guardes mi secreto:

Que no quieras saber

quien viene a amarte, lánguido y discreto,

en cada anochecer,

que nunca intentes, Alma, conocer

el rostro de tu amado nocherniego,

del que te quiere con silente apego,

de aquel que viene pleno de placer,

oculto en la perversa oscuridad

para ser lumbre y fuego,

para llenar de luz tu intimidad.


Sé que me perderás

y yo te perderé

la noche aquella que

descubras la verdad de mi hermosura.

Sé que te asombrarás

de mi belleza para ti vedada.

Y huiré. Y comenzará tu desventura,

¡oh, Alma sólo para mí creada!,

Alma desconfiada,

preñada de amargura,

transida de dolor.

No encontrarás en mí a la sierpe alada,

sólo mi desamor,

sólo mi indiferencia.


Vendrán a perturbar tu corazón

la Envidia y la Ambición.


Tú las escucharás con complacencia

y nacerá la gárrula traición.


Así, una oscura noche,

cuando acuda a tu tálamo de rosas

tú me recibirás sin un reproche,

como todas las noches ardorosas

pasadas junto a mí.

Y buscarás con ansia y entusiasmo

el goce extremo, el dulce frenesí,

la dicha de un orgasmo

radiante, loco, intenso,

que será como un grito redentor

en el silencio denso

de las vacías y desnudas salas,

como un revelador

signo de nuestro amor,

como un batir de alas

en la voluptuosa oscuridad

de la caliente estancia,

tantas veces testigo y abundancia

de nuestra intimidad.


Pero me vencerá el sereno sueño

con su dorado velo ancho y sutil

y alumbrará las sombras el pequeño

y débil resplandor

artero del candil

que cegará mi rostro. Vengador,

debajo de la almohada

de seda, surgirá, siniestro, el brillo

del trágico cuchillo.


Mas no verás a la serpiente alada,

sino mi faz hermosa,

mi cuerpo esplendoroso,

y quedarás, esposa,

prendada del esposo

que te predijo tu desconfianza.

Recordarás así, con aflicción

la venenosa y déspota asechanza

lesiva de la Envidia y la Ambición.


¡Oh, Alma, pobre Alma,

llena de dudas en el oleaje

de la vida! Ya no tendrás la calma

que irás buscando en tu peregrinaje.


Me iré de ti. Me alejaré de ti.

Te dejaré desnuda

de amor, forcejeando con tu duda.

Te dejaré sin mí.


¿Por qué querer saber?

¿Por qué ese absurdo y mundanal empeño?

¿Por qué, por qué no ser

ola y semilla y ala y verso y sueño,

siempre, siempre, por el mismo camino

que te marcó el destino?

Te dejaré en tu lecho

de seda, oliendo a rosas,

con el atardecer, bajo tu techo

de sombras vagarosas.

Afuera quedará rugiendo el río.


La aurora habrá llegado y el rocío

pondrá su perla líquida en las flores

de nítidos colores

y llenarán de suaves

trinos el campo las canoras aves.


Te dejaré sin mí.

Te dejaré desnuda

de amor, forcejeando con tu duda.

Me alejaré de ti.


CANTO V. BÚSQUEDA.


Entonces, Alma mía,

comenzará la dura

prueba de tu andadura.

Será el temido día, el triste día

de tu peregrinaje.

Y emprenderás el viaje,

la trágica aventura,

desnuda e infeliz, sin equipaje,

buscando el esplendor

efímero y dorado del Amor,

perdido para siempre en una noche

de novilunio, oscura,

sobre tu frente mi eternal reproche,

sobre tu corazón la escocedura

de una desconfianza

cruel y traicionera,

de una desesperanza

sin horizontes, imperecedera,

invento de la Noche y del Destino.


Serás un aleteo

de luces, un deseo

de gloria, un ansia loca en el camino

que irás dejando atrás.

No encontrarás jamás

descanso ni sosiego.


Caerás, caerás, caerás,

y con la sangre fresca, como fuego

surgido de tu fe avasalladora,

te irás haciendo verso

sutil, rima sonora.


Serás a la vez Nada y Universo,

serás a la vez lágrima y sonrisa,

aurora mansa y sol impetuoso,

junco que se resiste, poderoso,

a ser desenraizado por la prisa

del río que no cesa

y vendaval brioso

que cruza la llanura y no regresa.


Serás rama de roble

y ala de mariposa,

rama de roble solitario y noble

y ala de mariposa vagarosa.


Serás onda en el mar

y nube en los cendales,

rayo de luz lunar

y beso en los trigales.


Serás niebla difusa, densa bruma

y claridad y espuma

de plata en los umbrosos manantiales.

Serás, en fin, espíritu irredento,

juguete del Destino,

voz que pasa y se queda en el camino,

voz estéril, vacío sentimiento,

cantar de hielo y nieve,

palabra rota en mil fragmentos, leve

poema herido llevado por la brisa

vana de una ilusión que no se acaba

nunca, nunca, ferviente poetisa

sin tiempo y sin edad,

luchando sola, brava,

pugnaz, inasequible,

por un puesto inasible

de vida eterna, de posteridad.


¡Ay, Alma apátrida, cosmopolita,

fe vagabunda, flor

en busca del amor!

¿Dónde hallarás esa fugaz, finita

dicha, nunca lograda?,

¿cuándo terminará, vano, infecundo,

tu éxodo errabundo,

tu hégira agitada?


Caerás, caerás, caerás

y te levantarás

con la sangre pegada al rostro, seca,

de la tierra y del polvo del camino

y arañado, cruel, por el espino,

transformado en tristísima mueca,

y empezarás de nuevo

con una fe encomiable, con tesón,

alma asendereada, corazón,

tu exilio hacia el Amor,

hacia ese augusto y rubicundo efebo,

causa de tu dolor,

que huyó de ti, mujer,

en un amanecer

con plenitud de estrellas todavía,

perlado aún de escarcha y de rocío

y con rumor del río.


Mas nunca llegará, nunca, ese día

feliz y presentido.

Se fue y no volverá.

Será un recuerdo plácido. Será

sólo un ardiente sueño ya perdido.


¡Ay, Alma, apátrida y cosmopolita,

vaivén de las pasiones,

corola en un erial, sola y bonita,

mendiga de perdones!

Proseguirás tu ruta sin desmayo,

sin desfallecimiento,

proseguirás tu ruta siempre en pie,

buscando el tenue rayo

del amor que redime, de la fe

que acrecienta palabra y sentimiento.


Oh, Alma, sólo para mí creada!

¡Seguirás siendo lumbre,

sentir de reciedumbre,

canción desesperada,

corazón, rima, cumbre,

sólo un rayo de luz,

entraña de tu cruz!



Comenzada:

28 de Febrero de 1980


Concluida:

4 de Mayo de1980






















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