Excerpt for ÉGLOGAS by , available in its entirety at Smashwords

églogas jegarpe



































































ISBN: 978-1-291-72555-1


Registro de la Propiedad Intelectual

AB -171-2013

Nº de asiento registral 00/2014/364 Madrid






























































obra poéticaORIGINAL DE


Jerónimo García Pérez

JEGARPE.





Eglogas es un libro en verso distinto a los últimos que he escrito en los que sobresalía un carácter íntimo y personalista. He preferido en esta ocasión cambiar este aspecto lírico por una narración épica, echando mano de ese vivero inacabable que es la mitología griega. Por otra parte el tema no es nuevo para mí. Entre los primeros libros de poemas que escribí figuran títulos como La leyenda de Hércules, comenzado e interrumpido en 1956 y continuado y terminado en 1964, o Cien sonetos a amor (1957-1958). Más tarde volví de nuevo a la mitología con otro título, Baladas (1979-80). Consta este último volumen de tres baladas o leyendas conteniendo cada una de ellas cinco cantos. Los versos utilizados son endecasílabos y heptasílabos, compuestos en forma de silva. Esta misma composición es la que he empleado para escribir Églogas, dividiéndola también en tres églogas o leyendas, con cinco cantos cada una.


Los títulos de estas églogas llevan nombres femeninos. La primera de ellas, ATALANTA, refiere los hechos de esta heroína arcadia, ensalzada por su pueblo, que opuso la independencia de la mujer de su tiempo a las pretensiones autoritarias masculinas. El mito la relaciona con Meleagro durante la cacería del jabalí de Calidonia y posteriormente con Hipomenes o Hipómenes.


La segunda historia, ECO, narra las vicisitudes de esta ninfa de las montañas que simboliza el altruismo, ese darse constantemente a los demás y que se enamora perdidamente de Narciso, quien, al contrario, es el símbolo de la egolatría; su nombre dio origen posteriormente al concepto de la palabra narcisismo.








Por último, el tercer tema tratado es EURÍDICE, la amada esposa de Orfeo. Existen pocos antecedentes literarios acerca de este personaje femenino, que lo relaciona con el músico y poeta que era Orfeo. Éste, por el contrario fue considerado generosamente por el arte y la literatura de todos los tiempos. He centrado el interés de la égloga en Eurídice, omitiendo, adrede, aquellos pasajes que vinculan a Orfeo con los argonautas.


ALBACETE, 8 DE MAYO DE 2002































Comenzada el 29 de Noviembre de 2001.

Acabada el 7 de Enero de 2002.













canto i.

a

Diana cazadora

talanta.


En el silencio de los bosques, mágico,

tan sólo hollado por el alarido

de algún lobo lejano,

dejaste oír tu prístino gemido,

desesperado, trágico

y reivindicativo grito humano.

Y ese primer lamento, en la mañana,

vital aliento, libertario llanto,

sutil y alado canto,

fue oído por Diana.


Oh, Atalanta hermosa,

hija de Jaso nunca deseada (*)


* Su madre fue Climene. Según otra leyenda Atalanta era hija de Ménalo o de Esqueno.



que, por tu propio padre abandonada,

fuiste mimada por la casta diosa,

quien te hizo hallar calor

entre las blandas ubres de una osa

y a ella te aferraste, ayuna, ansiosa

de maternal amor.


Así fuiste creciendo,

f
ruta temprana de los altos montes,

a

atalanta

mamantada por una osa, siendo

tu único hogar los anchos horizontes,

el cielo azul tu techo,

la fresca yerba tu mullido lecho...


Y una mañana, por la voluntad

de tu divina y bella protectora,

hallaste la bondad

sencilla de una mano bienhechora,

la mano acogedora

de un rudo cazador

arcadio, morador





del bosque y la montaña,

que te adoptó como hija, de tal suerte,

que fue tutor, compaña

de tu primera infancia.

Él te enseñó a ser fuerte

en medio de la hostil naturaleza

y te inició en el arte y la destreza

del cazador, en la elegancia

de la veloz carrera hasta su muerte.


Y te quedaste sola de repente,

virgen y adolescente,

corza veloz de palpitantes pechos,

magnífica corola

sobre verdor de helechos.

Y te quedaste sola

con tu bendita libertad ansiada,

vecina de los montes rumorosos,

dueña de los umbrosos

bosques, enamorada

del sol que hizo dorar tu piel, del aire

que removió tu suave cabellera,

de la vivaz carrera

que modeló de espléndido donaire,

de fina galanura,

tu deliciosa y cálida cintura.


Oh, Atalanta hermosa,

varón frustrado de tu padre Jaso,

abandonada en pavorosa noche

y al que jamás argüiste un mal reproche.

Hallaste en tu aventura nemorosa

la fe que dejó huella de tu paso

de ninfa cazadora,

de joven libertaria,

de virgen seductora,

señora de la Arcadia milenaria.



CANTO II.

EL CENTAURO RECO.


Rendida y agotada

por la carrera, un día

buscaste en la ribera sombreada

del río, en un remanso

lleno de fresca umbría,

el plácido descanso

que el fatigado cuerpo te pedía.

Dejaste a un lado tu carcaj y tu arco,

te despojaste de tu clara túnica

y, así, desnuda y única

sobre el inmenso marco

de la naturaleza,

brilló, majestuoso, tu fulgor,

tu espléndida belleza,

tu místico candor.

Te zambulliste luego en la frescura

del agua deliciosa

que acarició tu carne, generosa,

ebria de tu hermosura.


Más tarde, placentera,

después del baño te ofreciste al sueño.

Tendida en la espesura,

r

Reco

evuelta la sedosa cabellera

y el rostro sonriente y halagüeño,

velaste la mirada,

por el radiante sol acariciada.


Y así te descubrió el centauro Reco

que por allí pasaba

de vuelta hacia la cueva que habitaba

en un oscuro y sucio recoveco

del monte, solitario.

Te vio y te deseó, Atalanta hermosa,




desnuda, descuidada, apetitosa,

sobre la yerba, bella,

como una pura y virginal doncella

que espera el sacrificio.


Y quiso poseerte, en beneficio

de su procaz lujuria.


En su lascivo empeño

se abalanzó, con furia,

sobre tu cuerpo, inerme por el sueño.

Sentiste en tus mejillas el aliento

grosero del centauro, en tu cintura

suave y lechosa y en tu carne pura

su abrazo violento

y ajaron tu epidermis delicada

el roce asaz de su acerado vello,

la ruda y cruel pisada

de su pezuña gigantesca, sello

de su bestial naturaleza equina.


Pero una poderosa voz lejana,

sólida fuerza de razón divina,

vino a ayudarte: Diana.


Te dasasiste del brutal abrazo

de Reco, enarbolaste

tu arco mortífero y le disparaste,

tan rápida y certera, que el flechazo

le atravesó mortal

su cuello colosal,

rodando a tierra, muerto, su espantoso,

biforme y pavoroso

cuerpo descomunal.


* * *




Tocada ya de tu ligera prenda,

aljaba y arco a las espaldas,

viste venir por la escondida senda

del ancho río a la gentil Diana.

Aquel día, Atalanta, conociste

la calidez humana

de Artemis y supiste

por ella de tu triste,

de tu desventurado

destino, del oráculo capricho:

Metamorfoseada

en animal, por el azar predicho,

el día en el que fueses desflorada

por un varón feliz y afortunado.

















Desde aquel mismo instante prometiste

tu eterna castidad,

tu pura y cándida virginidad.


Digna testigo fue de tu promesa

la diosa cazadora,

que te hizo seguidora

de sus alardes, de sus artes presa.





Así, bella Atalanta,

fuiste aprendiendo a amar

la voz del bosque, el ulular

del viento entre las frondas, en la santa

quietud de los silencios, solamente,

desafiantemente

turbada por el grito rutinario

de un lobo solitario.











CANTO III.

MELEAGRO.


Desde su blando lecho,

sintiendo sobre el pecho

la cálida delicia

de su hijo Meleagro, su latido,

ya bravo y recio del recién nacido,

la mélica caricia

de su pequeño cuerpo, vio venir



Altea, entre las sombras de la estancia,

tres damas negras de mortal prestancia,

señoras del humano devenir.

Eran las Moiras que, en aquel instante,

venían a anunciar el porvenir

fatídico y glorioso del infante.


Así, Cloto, la hermosa,

la que hila los destinos

del hombre con su rueca

siniestra, con voz seca,

predijo a Meleagro anchos caminos,



un alma buena, noble y virtuosa.

Vigor le anunció Láquesis, coraje,

y, por fin, Átropos, toda enlutada,

reveló a Altea su peor mensaje,

la más terrible y negra profecía,

la predicción más dura e indeseada:

Meleagro moriría

cuando el tizón que ardía

con pálido reflejo,

con vivo crepitar,

lamido por el fuego, en el hogar,

se hubiera consumido.


Y el tétrico cortejo,

cumplido su penoso cometido,

se fue esfumando como había venido,

tragado por las sombras de la estancia.


Altea, sabedora del destino

fatídico de su hijo, obró en conciencia,

llevada del impulso repentino

brotado del materno corazón:

Tomó el negro tizón

que señaló la Parca,

lo apagó luego cuidadosamente

y lo guardó en el interior de su arca.

Desde aquel mismo día

veló celosamente

tan importante objeto.

Sólo ella conocía

la profecía y la guardó en secreto.

Sólo ella era la dueña y propietaria

de su hijo y de su vida legendaria.

Sólo ella poseía el patrimonio

del héroe calidonio.


* * *


















Pasáronse los años. Meleagro

creció seguro y fuerte en el milagro

de un rico Calidón,

amado por los suyos, aclamado

del pueblo, por los dioses admirado.

Ellos le dieron el preciado don

de ser inmune a las arrojadizas

armas del enemigo,

de ser barbián en la aventura, amigo

de viajes y de lizas.


* * *

Agradecido Eneo, el soberano,

padre del héroe, rey de Calidón,

por la recolección

valiosa y abundante del verano,

vino a ofrecer la fruta más selecta

de la real cosecha a las bondades

de todas las deidades

olímpicas, mas olvidó a Afrodita,

quien, indignada al no saberse electa,

tomó cruel venganza

formando y enviando una maldita

y abominable fiera,



torvo animal que, por su malandanza,

sembró el terror en la comarca entera.


Era un abyecto jabalí, de dientes

agudos, malolientes,

q
ue vomitaba un fuego destructor


y que era portador

de unas terribles cerdas aceradas,

como cuchillos duros, incisivos,

como cortantes púas aserradas

que iban talando plantas y frutales.


meleagro

En poco tiempo el jabalí asoló

las tierras, devastó

los campos, infligiendo graves males.


Curtidos y avezados cazadores,

guerreros de ancho pecho y mano fuerte,

quisieron darle muerte,

pero ninguno pudo conseguirlo.

Ni dardos vengadores,

ni lanzas volanderas,

ni trampas traicioneras,

lograron abatirlo.


* * *




Viendo la ruina inmensa

en que el país se estaba convirtiendo

por la actitud hostil del monstruo horrendo,

llamó a los héroes griegos en defensa

del reino. Fue Jasón,

el Argonauta, quien llegó primero

a Calidonia, con su ardor guerrero;

después lo hicieron Telamón,

Cástor y Pólux, Anfiarao, Teseo,

P

Atalanta y meleagro (rubens)

iritóo y Peleo...


También llegaste tú, bella Atalanta,

radiante, seductora,

llevada por tu fe de luchadora

y fueron tanta tu hermosura, tanta

tu gracia y tu apostura,

que desde el primer día que te vio

Meleagro enloqueció

de amor por ti, con una pasión pura,



pasión a la que no correspondiste

jamás porque opusiste

tu veto al masculino

deseo deparado por tu sino.


Y comenzó la singular batida,

la búsqueda del monstruo aborrecido,

de su escondida, lóbrega guarida.

Para evitar su huida

pusieron redes en el recorrido

ocultas trampas en las arboledas,

muraron los caminos y salidas

del bosque y adoptaron las roquedas

y oteros como puntos centinelas

de vigilancia. Así de precavidas

y razonables fueron sus cautelas.


atalanta y meleagro. Cacería del jabalí de calidonia (rubens) (rubens)



Hallaron a la bestia en una oscura

caverna - mueca horrible de la roca -

manando fuego por su sucia boca.



Volaron lanzas y llovieron flechas

en la contienda dura.

Y fuiste tú, Atalanta, la que heriste

primero al jabalí, la que ofreciste

sus fuerzas ya maltrechas

al ansia vengativa

del grupo aliado. Mas la decisiva,

certera flecha, rápida, mortal,

lanzada por el arco

del noble Meleagro, fue la que hizo

rodar al animal,

envuelto en un rojizo,

sanguinolento, charco.

Sus fauces horrorosas

dejaron escapar, con un gruñido

siniestro, llamaradas espantosas,

en las que ardió, por ellas consumido,

e

l cuerpo de la fiera, malherido.


Cortó Meleagro la cabeza horrenda

del animal y te la dio, Atalanta,




como un alto trofeo, como ofrenda,

por tu valor, por tu belleza tanta.

Pero Íficlo y Evipo, los hermanos

de Altea, envenenados de un enojo

pueril, arrebataron de tus manos

la testa infecta, el pútrido despojo

del jabalí, ganado por tu arrojo.


La ira nubló la mente

del héroe etolio, que, en sus desvaríos,

dio muerte a sus dos tíos

por defender tu honor,

ajado torpemente,

llevado de su amor

por ti, Atalanta hermosa.


Pero ya estabas tú, amazona airosa,

sobre tu yegua blanca, cabalgando

veloz y renunciando

de nuevo a amar, altiva, desdeñosa.(*)


Quedó Meleagro viéndote

partir, sola, sintiéndote

latir en el latido enamorado

de su almo corazón apasionado,

mientras, envuelta en bruma, se perdía

tu amada imagen en la lejanía.


* * *

Llegaron a palacio los triunfales

ecos de la victoria, los ufanos

guerreros que trajeron los mortales

restos de los hermanos

de Altea a quien narraron el suceso

terrible, familiar y luctuoso.


(*) Según otra versión Atalanta dio muerte al Centauro Hileo, de un flechazo, cuando éste trataba de raptarla, en el episodio de la caza del jabalí de Calidonia.



La reina trocó el beso

de honor y gloria a su hijo victorioso

por un fatal acceso

de cólera y dolor incontenidos.


Y abandonó el salón

en el que aún estaban reunidos

los héroes, celebrando su victoria

sobre la fiera. Descubrió el arcón

en el que, de manera precautoria,

guardaba, desde tiempos, el tizón

en el que estaba escrito el cruel destino

de su hijo. Y un impulso repentino

le hizo arrojarlo al fuego

que ardía en el hogar.


Miró con odio ciego,

con ira singular,

cómo iba convirtiéndose

e

Muerte de Meleagro (le brun)

n ascua viva, cómo iba consumiéndose.


Y no la conmovieron

ni quejas de Meleagro lastimeras,



ni fiebres altas que lo poseyeron,

mientras el ascua ardió entre las maderas.


Y, al fin, cayó extenuado,

se desplomó sin fuerza, halló la muerte

el héroe calidonio, ¡oh, triste suerte!,

¡oh, trágico destino ya anunciado!,

¡oh, hado funesto, azar impertinente!...


Sobre su cuerpo grande, y aún caliente,

sobre su sombra amada,

quitáronse la vida,

no sólo Cleopatra (1), enamorada,

también su madre Altea, arrepentida .(2)


(1)Esposa de Meleagro.


(2)En otra versión más antigua del mito de Meleagro, la cacería del jabalí, fue efectuada por etolios y curetes que lucharon por sus despojos tras la muerte del animal. Después de matar a la fiera y a sus tíos, Meleagro fue muerto por una flecha de Apolo.


Atalanta y Meleagro en la cacería de calidonia(jordaens)






















CANTO IV.

HIPOMENES.

Era tan grande tu valor y tanta

tu cálida belleza, Atalanta,

que siempre fuiste objeto de fervientes

acosos masculinos.

Cansada ya de asedios enojosos

pusiste vetos a tus pretendientes,

difíciles caminos

a sus deseos tercos y amorosos:

Sólo concederías

tu mano a aquel varón que te venciera

en la veloz carrera,

pero también darías

pronta y liviana muerte

al infeliz osado

que habiéndote retado

cayera ante tu arrojo y a su suerte,

por no saber vencerte.


Estas dificultades no arredraron

a tus admiradores

más fieles y tenaces, que intentaron

ganarte con su fe de triunfadores.

Mas tú, Atalanta hermosa,

corza ágil y ligera,

curtida - desde tu ancha y azarosa

niñez- en la carrera,

los fuiste derrotando

uno tras otro, con facilidad,

y, luego, ejecutando,

como una diosa altiva y sin piedad.


* * *



Y apareció Hipomenes en tu vida

para inundar tu corazón de gozo.


Te vio correr valiente y aguerrida,

temblando de alborozo

su cauto corazón enamorado,

y quiso desposarte

y hacerte suya, amarte,

llevado de un amor desmesurado.


Virgen sin convicción,

mujer al fin, esclava del deseo,

dejaste que tu ardiente corazón

se abriese a la llamada del apuesto

hijo de Megareo.


Pero aunque él aceptó tu desafío,

tu amor recién nacido, en un honesto,

benevolente gesto,

trató de disuadirlo de su idea,

pero fue tanta su insistencia, tanta

su prisa por tenerte,

su afán por la pelea,

que le dejaste acometer su suerte,

contraria a tus deseos, Atalanta.


* * *

Aún llena de rencores y desdenes,

furiosa contra quienes

mataron su maldita

y abominable fiera, dio Afrodita

tres áureas manzanas

de su jardín de Chipre a Hipomenes,

para que las usara el adalid

contra Atalanta en un previsto ardid

urdido por sus iras soberanas.


* * *


Y llegó , al fin, el día señalado

y nunca deseado

por ti, linda Atalanta. Concediste

- como lo hacías con tus adversarios -

a Hipómenes el largo de una lanza,

ventaja a sus impulsos temerarios.


Y comenzó la prueba.


A la pujanza

del joven opusiste

t
u fe de corredora veterana.


Cuando le diste alcance

dejó, ante ti, rodar una manzana

que destelló en el sol de la mañana.


Curiosa, detuviste la carrera,

tomaste el áureo fruto y, en el trance,

te adelantó Hipomenes (*)

Volviste prontamente a darle caza,

veloz y furibunda.


(*) Hipómenes o Hipomenes




Presa de los vaivenes

de tu curiosidad

volvió a engañarte de la misma traza:

dejó caer a tierra una segunda

manzana, con aleve suavidad,

y tú la recogiste

de nuevo con mimosa esplendidez,

segura y confiada. Y, otra vez,

te adelantó Hipomenes y cediste

terreno ante la argucia



forjada por la astucia

de Venus. Oh, capricho de la diosa,

que quiso que perdieras la carrera

cuando, por vez tercera,

te detuviste a recoger, melosa,

la última manzana

lanzada por tu amante admirador.

Pero ya tu feliz competidor

pisaba, vencedor,

la línea de la meta. Y, en su sana,





legítima alegría,

no solamente había,

bella Atalanta, orgullo ganador,

t
ambién estabas tú y tu caro amor.














CANTO V.


LA PROFANACIÓN DEL TEMPLO.


Oh, Atalanta hermosa, aquellos días

del cálido himeneo,

aquellas horas de sexual deseo,

de amor, a los que tú correspondías,

a los que te entregabas

con generosidad,

aquel darte sin trabas,

aquella intimidad

nacida al sol de los atardeceres,

aquellos goces consentidos

en que se adormecían los sentidos,

aquel mundo mimado de placeres,

aquel éxtasis tierno

que ajó tu castidad,

que terminó con tu virginidad,

aquel connubio eterno

que fue labrando tu felicidad...

Amaste a Hipómenes con el calor

de una pasión sincera,

tan cruel y largamente contenida,

y te entregaste entera,

brindándole tu amor

sin freno, generosa, enloquecida.

Cambiaste tu existencia vagarosa

por la afección nupcial,

la noche silenciosa

del bosque secular

por el diario tedio del hogar,

la vieja túnica de cazadora

por un leve vestido de cendal,

la faz de infatigable luchadora

por una ancha sonrisa triunfadora.


* * *


Quisieron las deidades del amor,

Eros efebo y Afrodita bella,

cegaros de pasión devoradora,

libidinoso ardor.

Y así encontrasteis ambos en aquella

mansión acogedora

- edén ajardinado de vergeles,

templo y lugar sagrado de Cibeles -

el lecho apetecible,

el tálamo de mieles,

para saciar el ansia incontenible

de una pasión morbosa,

sutil urdimbre de la hermosa diosa.


En las rosadas lumbres de las tardes

rodaron vuestros cuerpos, confundidos

en un brutal abrazo, sacudidos

en un carnal alarde

de extático placer por los espasmos

s

rea. la tierra (cibeles)

urgidos al calor de los orgasmos.




Ay, Atalanta hermosa, aquellas horas

de fálico sabor,

de dulces dichas enloquecedoras,

de generoso amor,

aquellas horas de sentida entrega,

fueron, no sólo el alfa de tu vida

sentimental y nunca presentida,

fueron también tu omega,

que la matrona augusta,

la acrónica Cibeles ,

llena de indignación severa y justa

por la profanación del templo regio

manchado por el grave sacrilegio,

trocó en acerbas hieles

vuestro pecado de lascivas mieles

y os convirtió en leones

- según las predicciones

adversas del oráculo divino -

uncidos a su carro soberano,

¡oh, trágico destino!,

t

La diosa cibeles

irado por su mano.






Ay, Atalanta hermosa, rechazaste

la digna libertad

del bosque y la montaña, renunciaste,

con decisión, a tu virginidad.

Y todo se lo diste a ese arrebato

de efímera pasión,

a ese momento grato

de fúgida ilusión:

tu carne temblorosa,

tu ansioso corazón,

tu esencia de amazona nemorosa,

tu dulce juventud esplendorosa...


En el atardecer suave y sin ruidos

se oyeron, quejumbrosos,

horribles, pavorosos,

roncos, vuestros rugidos.

























ECO


COMENZADA EL 17 DE ENERO DE 2002


TERMINADA EL 27 DE FEBRERO DE 2002






CANTO I


ECO.


La cabellera suelta en hilos de oro,

delgada y cimbreante la figura,

flexible la cintura,

rosadas las mejillas de acaloro,

deja Eco que la umbría

del robledal serene el exaltado

latido conturbado

del corazón, huyendo a la porfía

del sátiro grosero, descarado,

tenaz, que la seguía.


Ninfa gentil de sentimiento afable,

conversadora amable,

sagaz conocedora

de mil morbosas infidelidades,

secretas tramas, locas veleidades,

de la mimada casta moradora

del monte Olimpo, hogar de las deidades.



Zeus omnipresente, altitonante,

la vio cuando pasaba

desde su célere nube flotante.



El dios la oyó charlando aquel instante.

La ninfa hablaba, hablaba,

con ávida pasión, gesticulante,

con otras compañeras

que habían acudido, placenteras,

curiosas, a escuchar las intrigantes

historias que Eco les iba narrando,

una tras otra, tan apasionantes,

variadas y abundantes,

que el corro que la oía iba aumentando.



ninfas (bouguereau)


También la escuchó, atento,

Zeus desde la altura,

y le admiró la gracia, la soltura,

la sutileza de su parlamento.


El padre de los dioses esperó

a que Eco terminara su oratoria

y cuando el grupo, al fin, se dispersó,

le dijo con palabra disuasoria:




- He visto como huías, ninfa hermosa,

del sátiro agresivo

que quiso hacerte daño en un lascivo

deseo de su furia lujuriosa

y te ayudé en el trance

para que no pudiera darte alcance.

Luego, me han convencido

tus dotes fáciles declamatorias

para contar historias.

Ello me ha decidido,

bella Eco, a proponerte que te vengas

conmigo hasta el Olimpo y entretengas

con tu animada charla a Hero, mi esposa.

Podrás ir y salir de él cuando quieras.


Oyó Eco las palabras zalameras

del dios y así le contestó, obsequiosa:


- Oh, padre Zeus, si ese es tu deseo

si esa es tu voluntad, lo haré gustosa.


- Así será si así lo has decidido

- dijo el castigador de Prometeo -

pero has de prometerme

no referirle a Hera

relatos que puedan comprometerme.

Mi esposa es muy celosa

y, si por ti se entera

de mis andanzas se pondrá furiosa.


Cerraron en el acto

Júpiter y Eco el caprichoso pacto.


Y así, desde aquel día,

la bella ninfa fue visitadora

del monte Olimpo, fiel conversadora






y asidua huésped de la diosa Hera,

quien, complacida, oía,

una tras otra, absorta, las historias

de adúlteras pasiones amatorias,

que iba contándole la ninfa, artera.


Y así fueron pasando

los días. Eco hablando

sin tiempo y sin medida,

la diosa Hera escuchando,

llena de admiración, entretenida,

tal era de sutil y persuasoria,

l

Júpiter y antíope (ingres)

a amena narratoria.


Y, mientras, Júpiter, haciendo uso

de su poder infuso,

dejaba las olímpicas alturas,

bajando a las planicies terrenales

en busca de aventuras,

de amores, de placeres sensuales.





CANTO II

P

PAN

AN.


Bucólica razón de los amores

de Hermes y Driopea

nació el dios Pan, con su figura fea,

con el estigma de sus cien errores:

una mitad caprina y otra humana,

patas de cabra, cuernos,

orejas puntiagudas,

manos y espalda negras y peludas,

una afición malsana

por la lujuria, vicios sempiternos...


La madre rechazó

la informe criatura

cuando nació, pero Hermes la llevó




consigo hasta las cumbres celestiales

del monte Olimpo. Allí fue travesura,

feliz juguete de los inmortales.

Más tarde fue pastor

y músico y guerrero. Amó los montes

y el sol de los arcadios horizontes

y fue perseguidor

de ninfas, amador

s

La Luna

onoro y sin fortuna.



Amó a la noche porque amó a la Luna,

que, desde su estelar biga de plata,

pasó una y otra vez sin detenerse,

indiferente, desdeñosa, ingrata,

cruel, sin conmoverse,

desde la noche en que - falaz carnero -

trató de confundirla Pan artero.


Después la linda Pitis prefirió

los besos del dios Pan, aunque fogosos,

a los abrazos más tempestuosos

que Bóreas (*) le ofreció


(*) Viento del Norte.




por lo que el pernicioso

discípulo de Eolo la arrojó,

con ímpetu furioso,

por un abrupto precipicio. Rea,

la madre Tierra, misericordiosa,

formó del cuerpo de la ninfa hermosa

ya muerta, por la pasional pelea,

la imagen verdeante

de un pino solitario y elegante.

Siringa (arthur Harker)


Apenas olvidada

la dulce Pitis, Pan

volvió otra vez a su lascivo afán,

a su libídine desenfrenada.


Y un día descubrió entre la espesura

del bosque la figura

preciosa de Siringa, en compañía

de un grupo de otras ninfas, seductora

y hermosa oréada, acaparadora

de todos los instintos sexuales,

de toda la osadía

de sátiros brutales,

de dioses celestiales.

Dejó Pan su rebaño

pastando en la ladera

del monte y se acercó

con ansia a la doncella que advirtió

peligro de inmediato y leso daño

y huyó asustada en rápida carrera.


Corrió ágil y ligera,

sintiendo en sus espaldas el calor

ardiente del aliento

de su perseguidor.

pan persigue a la ninfa siringa (jordaens)


Vencida por el desfallecimiento

llegó al río Ladón




pidiendo protección

desesperadamente al dios fluvial,

personificación

de la corriente de agua, quien, piadoso,

trocó su cuerpo en un cañaveral.


Cuando el impetuoso

pastor pudo alcanzarla y la abrazó,

quedó desconcertado. Sólo asió

un haz de cañas verdes y flexibles.

Así, la compañera de Artemisa,(*)

halló el remedio a los aborrecibles

deseos masculinos,

y renunció al amor, siempre sumisa

siempre respetuosa,

para salvaguardar los más genuinos

valores prometidos a la diosa:

pureza, castidad,

honor, virginidad

y
vida virtuosa.



. (*) Se refiere a Siringa, que fue admiradora y protegida de Artemisa, la diosa cazadora, a quien le prometió ser casta y virgen siempre.



Confuso Pan, miró, desconcertado,

las cañas en que había convertido

L

pan y eco

adón a la muchacha y resopló

sobre el cañaveral, enfurecido,

de tal suerte que el aire, revocado

con rabia, en la oquedad ,

de un tallo resonó

con agradable musicalidad.


Quedó Pan admirado

de su descubrimiento.

Tomó unos cuantos tallos, los unió

con cuerdas y creó

- rudimentario y músico instrumento -

una silvestre flauta que llamó

siringa, recordando a la doncella

tan seductora y bella.


Y, al son de la siringa, cadencioso,

que amenizó la paz del bosque umbroso,

se fue alejando Pan, ya más calmado,

en busca del ganado.




Pan enseña a tocar la flauta a dafnis






CANTO III

LAS VOCES DEL BOSQUE.


Alterna visitante

del monte Olimpo y de la sierra altiva,

vio Eco, siempre activa,

en un rincón del bosque, al diletante

y áspero Pan, tañendo su flamante


siringa, rodeado

Ninfas jugando con un sátiro




de hermosas ninfas, a las que atraía

la dulce melodía

que - músico inspirado -

le iba arrancando el dios al instrumento.




Vaivén de su curiosidad innata

se aproximó Eco al grupo y tomó asiento

para escuchar a Pan.


Amable, grata

y bella, objeto de carnal deseo,

la contempló el biforme ser, hollando




con su mirada obscena y su alardeo

procaz, la donosura

de la doncella, de su imagen pura,

d

pan y eco

e su sensible sentimiento.



Cuando

los sones de la flauta se acallaron

y las risueñas ninfas se alejaron,

Pan requirió de amores

a Eco, quien, fascinada

por los embaucadores

arpegios de la mélica tonada,

dejó quererse por su amante ansioso.


¡Oh, poderoso Eros!,

¡oh, días placenteros!

Nació un amor fogoso

entre el pastor ardiente y pretencioso

y la mimosa joven, que aceptaba

gustosa, complacida,

sin oponerle traba,

su falo corvo de macho cabrío,

el roce de su barba, desabrido,

y el incansable brío




que un rudo Pan, ayuno de pasiones

ponía en sus orgásmicas acciones.


Fue así como la ninfa, caprichosa,

ora rendida amante del vehemente

Pan, ora confidente

de la divina Juno,

pasó sin freno alguno

su vida más intensa y afanosa.

































CANTO IV.

NARCISO.


Fruto de los amores de Cefiso,

el río impetuoso, y de la hermosa

Liriope, la oceánida, su esposa,

nació el bello Narciso,

predestinado ya, desde la infancia,

a un desdichado azar

que le impedía amar

y a rechazar con ciega indiferencia

las súplicas de amor de otras personas.























Los padres y matronas

de los alrededores

quisieron preguntar por su destino,



pidiendo al adivino

Tiresias sus venturas, sus temores.

Y el noble ciego que anunció a Anfitrión

el adulterio de su esposa Alcmena

y a Edipo su pasión incestuosa,

profético, les dijo:


-La vida de vuestro hijo

será afectada por una honda pena.


Esta aseveración clara y segura

se convirtió después en acertijo:


-Vivirá largos años

mas si no se conoce.


Tan oscura

sonó la profecía, tan extraños

los términos de su significado

que, pronto, el vaticinio fue olvidado.


*

Narciso

* *


Creció Narciso hermoso

como un Apolo esbelto y armonioso:

Rostro resplandeciente,

pupilas claras de mirada ausente,




morena y abundosa cabellera,

la piel lechosa y suave,

la boca sensual, el gesto grave

y embellecido de tristeza artera.


Tal era su apostura,

su cálida hermosura,

que fue amado de ninfas, deseado

de dioses, perseguido y adorado

de todos los mortales,

pero Narciso se mostró insensible,

que amar para el beocio era imposible.

Y así fue rehuyendo y esquivando

los mil ocasionales

asedios con que lo iban acosando.


Y un día en que se hallaba descansando

bajo la sombra amable

de una frondosa encina

notó sobre la frente sudorosa,

sobre la carne el suave y agradable

contacto de una mano femenina

que le secaba su sudor, mimosa.

Era la dulce y tierna deidad

del árbol, la hamadríada amorosa

que acariciaba al joven, atraída

por su sedosa piel, por la bondad

de su hermosura nunca poseída.


Narciso, una vez más, sin concesiones,

huyó de unas caricias no pedidas,

buscando en los rincones

umbrosos, en las sombras escondidas

del bosque, un pretendido

refugio a su tristeza

telúrica de amor, nunca sentido,

a su eternal y trágica aspereza.



Y, mientras, desairada,

la ninfa rechazada

clamaba al cielo su resentimiento:


-Los dioses hagan que ames algún día

y que tu amor se torne en sufrimiento,

tu sufrimiento en muerte.


Latiendo de esta suerte

vibró en los aires esta profecía

que Némesis, la diosa vengativa,

oyó desde la altura,

solemne y receptiva,

brindándole su aleve apoyatura.






















NÉMESIS







CANTO V. MORIR DE AMOR.


Mal día el día en que Hera

descubrió que Eco le era

falaz y desleal.

Mal día el día en que le revelaron

la gárrula artimaña

urdida por su esposo, sensual.

Y levantando su imperiosa mano

gritóle a Eco con saña,

con gesto soberano:


-Me has engañado, Eco,

me has distraído con el embeleco

de tus historias para que mi esposo

bajase con entera libertad,

con toda impunidad,

hasta la tierra, amante y licencioso.

No fuiste fiel conmigo.

Por eso te castigo

a que pierdas el habla totalmente

y a que sólo pronuncies, repetidas,

las últimas palabras por ti oídas.


-…oídas.- repitió Eco, balbuciente,

sin poder pronunciar lo que quería,

sin saber expresar lo que sentía.

Y abandonó deprisa

la sala del Olimpo, muy confusa,

sintiéndose una intrusa.(*)


Vagó al azar, sin dirección precisa,

por los caminos ampos

de los desiertos campos,


(*)En una variante del mito de Eco es Pan quien le inflige tal castigo para vengarse de la infidelidad consigo de la ninfa pastora.





llorosa, solitaria, dolorida,

sin voz, sin alegría por la vida.


De pronto descubrió entre la floresta

del bosque, recostado en un arbusto,

el más preciado, masculino busto,

la más hermosa testa

de cuantas Eco contemplado había:


Era Narciso que, formando parte

de una partida de alta cacería,

se hallaba solo, aislado, un poco aparte

d

Narciso observado por la ninfa Eco (poussin)

el grupo principal de cazadores.

Oculta en la espesura

pudo admirar la ninfa los favores

con que ornó al joven la naturaleza:

la mística hermosura

del rostro, la belleza

de su juncal figura,

sus ojos, amorosos, expresivos,

sus labios sensitivos...





Quedó prendada del gallardo efebo,

tan grande y fuertemente que fue cebo

del que pendió su suerte: Sólo amarlo.


Dejóse ver Eco. Quiso llamarlo.

Mas no salió palabra de su boca.

Lanzóse a él. Quiso abrazarlo, loca,

besarlo sin hartura, acariciarlo.


Narciso se zafó de su opresora,

diciéndole:


-¿Qué quieres

de mí? No te deseo.


-...te deseo- iteró Eco, rogadora.


-No quiero tu enojoso galanteo.

Márchate ya. No quiero tus placeres

-volvió a decir Narciso,

lacónico y conciso.


_...tus placeres –tornó a repetir Eco.


Mas ya el mancebo, desairado, seco,

huía de la joven, selva adentro,

seguido por la ninfa, enamorada,

que había hecho de él objeto y centro

de una pasión sin fin, desesperada.

Desde aquel mismo instante

Eco dejó sus toscas relaciones

con Pan, su viejo amante,

para ir en pos de un sueño prohibitivo,

plagado de ilusiones,

lejano y fugitivo.






Y así, sin alegría,

un día y otro día,

fue amante vagabunda,

sin voz, sombra errabunda,

espíritu indeciso,

d

Eco y narciso (waterhouse)

el desdeñoso y cálido Narciso.


* * *

Narciso (caravaggio)

Una mañana descubrió a su amado

mirándose extasiado

sobre el espejo terso de una fuente.

Estaba tan ausente,

tan fuera de sí mismo, que la ninfa

se le acercó, curiosa y decidida,

sin ser reconocida

por el varón, tal era su embeleso.

Mirábase en la linfa

diáfana y serena de la fuente.

Mirábase su faz resplandeciente,

su rostro hermoso, con fervor obseso.





Oh, Eros poderoso,

que hiciste que Narciso se prendara

perdidamente de su propia cara

creyendo que era el rostro esplendoroso,

divino, de la náyade, presente

y hermosa moradora de la fuente.


Quiso tener su imagen, abrazarla,

y cuando hundió la mano,

tratando de abarcarla,

deshízose en un vano

y undívago temblor.

Pero el enamorado cazador,

tenaz e imperturbable,

seguía en su lugar,

inmóvil, hechizado,

bajo la ponderable

mirada singular

y dulce de Eco, amándolo, a su lado.


Así fueron pasándose los días.

Él, adorando un sueño

deshecho en ondas leves, inasibles;

ella en su empeño

por superar sus lesas afonías,

por alcanzar las alas imposibles

de un desdichado amor.

Transidos de dolor,

fueron adoleciendo:

la linda Eco perdiendo

su elástica figura;

Narciso su hermosura.


Amantes irredentos,

llevados de una ascética pasión,

dejáronse morir de inanición,

sin agua ni alimentos.




Mas los dioses, sintiendo compasión

de sus almas sin paz, atormentadas,

nacidas del amor, para el amor,

hicieron que, en su muerte,

quedaran transformadas:

Narciso, en una flor,

Eco, su amante, en una roca inerte,

repetidora de una voz lejana

que viene a hacerle daño tierna y vana.













En el silencio acrónico, inconciso,

del bosque, sitibundas

de amor, aún vagan, errabundas,

las tristes almas de Eco y de Narciso.(*)



(*) Según otras leyendas Pan suscitó contra Eco las iras de unos

pastores para castigar su infidelidad y éstos la despedazaron y

diseminaron sus despojos, pero su voz permaneció siempre como

un sonido que responde en las montañas o bien reflejado en la roca

en que quedó convertida. Otra leyenda cuenta que Narciso tenía

una hermana que se parecía mucho a él. Cuando ésta murió, para

no olvidar su imagen, se contempló en el espejo de una fuente

dejándose morir. En el lugar de su muerte nació una flor de pétalos

amarillos y blancos que lleva su nombre. Otra leyenda coloca a

Narciso, después de su muerte, mirándose en las aguas oscuras

del río Estigia, en el Averno, buscando todavía su imagen amada.






EURÍDICE



INICIADA EL 8 DE MARZO DE 2002

ACABADA EL 28 DE ABRIL DE 2002







Eurídice (Antonio cánova)






CANTO I.

EURÍDICE.


Corren las horas fuertes del estío.

El sol de mediodía

dilúyese en oros sobre el río.

Los cánticos del ave

inundan de armonía

la paz serena y suave

de los alrededores.

Murmullos y rumores

del claro manantial,

fluyendo del musgoso roquedal,

que en áureos hilillos se desliza

buscando la corriente.




la corte de diana (rubens)







Al fondo, en un remanso sonriente

del río en que la sombra se eterniza,

toman su baño fresco y confortante

un grupo de doncellas,

tan gráciles y bellas

que ponen una nota concordante,

gentil, en el paisaje circundante.

Voces incontenidas,

carreras alocadas,

sonoras zambullidas,

abiertas carcajadas,

cuerpos desnudos, pechos nacarados

de cálidos pezones sonrosados,

flexibles vientres de juncal cintura,

pubis velados de sedosos vellos,

redondos glúteos, mórbida tersura

de orondos muslos, aéreos cabellos...


Radiante y linda flor, la más hermosa,

la más esplendorosa

del grupo, está Eurídice, acostada

sobre la yerba con feliz pereza,

las blancas manos bajo la cabeza,

perdida en el azul la azul mirada,

los labios insinuantes,

acariciando un sueño

cercano y halagüeño,

los pechos incitantes,

la larga cabellera despeinada,

suave, desparramada,

los brazos estirados

en cómoda y abúlica postura,

los rasgos delicados,

de diosa, de su espléndida figura.








Su pensamiento vuela, espoleado,

buscando el rostro amado

del hombre que ha acrecido su deseo

de amor, que ha cautivado

su corazón: Orfeo.




paisaje con eurídice y orfeo

















CANTO II.

LA FIESTA NUPCIAL.


Algarabía y júbilo por todas

las tierras de la Tracia. Regodeo.

Boato. Que se celebran las bodas

anunciadas de Eurídice y Orfeo.


Han acudido gentes principales

de todos los rincones,

amigos todos de los anfitriones.


himeneo (poussin)


Entre los comensales,

amigo convocado por Orfeo,

está el dios Himeneo,

olímpico enviado,

con su especial hachón, ahora apagado,

conocedor del trágico destino

que había de afectar a ambos esposos

y que calló por íntimos, piadosos

motivos de un impulso repentino.


Los gritos, las canciones

y las danzas se mezclan con los sones

melódicos tañidos por la lira



de Orfeo, por su cántico

mirífico y romántico,

que, con paterna admiración, le inspira


Orfeo tocando la lira















el dios Apolo, sones

que apaciguan a la naturaleza,

que amansan la fiereza

de vientos aquilones,

acallan el canoro

cantar del ruiseñor,

y hasta Helios, sempiterno cruzador

del cielo en su veloz cuadriga de oro,

se ha detenido a oír

tan magna melodía...

Y así, con la alegría

del pueblo, con sus ansias de vivir,

va transcurriendo el día.


Eurídice, rodeada, mientras tanto,

por bellas damas de su compañía,

busca en las alas de la poesía

celícolas caminos a su canto.

Su voz dulce y serena,

brotando de lo más hondo del alma,



trasciende, suave, y llena

los ámbitos de calma.

Canta en sus esponsales

hermosas y profusas

odas sentimentales

que son asombro de las propias Musas.


Un cielo rosicler

se filtra entre la fronda

llenando de una honda

melancolía el lento atardecer.































CANTO III.

ARISTEO.




























Por mor de un ardoroso devaneo

de Apolo con la dríada Cirene

nació el tracio Aristeo,

cuidado en su niñez por la solemne,

solícita y amable Madre Tierra,

confiado a las Ninfas y a las Horas,

maestras y educadoras

de sus primeros pasos en la vida.



Quirón (*) lo preparó para la guerra.

Luego aprendió labores cazadoras,

a

quirón

cultivar la tierra.


Mas era su afición más preferida

la cría de la abeja

y la recolección

de la más rica miel de la región,

de la ancha Tracia, milenaria y vieja.

Tenía extensos prados

y vastas posesiones

en las que destacaban sus ganados,

objeto de sus muchas atenciones.


* * *


Andaba enamorado

de Eurídice Aristeo

y estaba obsesionado

con su hermosura, objeto de deseo.


Así que aquella tarde

nupcial en la que Eurídice cantaba,


(*) Centauro conocido por su sabiduría e inteligencia que murió por un flechazo involuntario de Hércules




el zafio cazador la vigilaba

tras unos sotos, mórbido y cobarde.


La ninfa se alejó

por un instante hasta el cercano río

para tomar su baño. Se quitó

su leve túnica y quedó desnuda.


Su rostro hosco y sombrío,

su ansia impaciente y ruda

siguió a la dama el cazador y al verla

radiante y sola quiso poseerla.















Aristeo persiguiendo

a Eurídice (Burrini)




Sabiéndola alejada

del grupo, fue atacada

de modo violento

por Aristeo, en un banal intento,

mas la muchacha se zafó, asustada,

de él y corrió ligera, espoleada

por un terrible miedo.





Salvó barreras, esquivó el roquedo,

se hirió con las espinas del camino...

Corrió, corrió sin tino...


En uno de sus pasos desgraciados,

pisó, ¡oh, suerte adversa!, una serpiente.

La sierpe, en su defensa,

clavó sus dientes fuertes y afilados

en uno de los pies de la doncella.

La herida, ponzoñosa,

produjo en Eurídice una intensa

y ardiente escocedura,

causándole una muerte dolorosa.


Eurídice mordida por la serpiente


Se abalanzó Aristeo sobre ella,

creyéndola cansada e insegura,

mas abrazó su cuerpo ya sin vida,

aún sacudido por los estertores

agónicos, de muerte, producida

por el veneno del letal reptil.


Arrepentido de su estupro vil

abandonó su presa el cazador

y huyó, bosque adelante, inconsolable,




mordido de dolor,

sintiéndose culpable.















orfeo pierde a eurídice




Y allí quedó, tendido,

el cuerpo de la joven, rodeado

de sus damas, que habían acudido

a sus voces de auxilio reclamado.


* * *

Los dioses castigaron

la afrenta de Aristeo

hundiendo sus colmenas

de las que se escaparon

con un sordo aleteo,

erráticas, sin rumbo, las abejas.


Quiso aliviar sus penas

y sus remordimientos Aristeo

y fue a contar sus quejas

y culpas a Proteo.






-Ofrece en beneficio

de Eurídice, en su honra, un sacrificio

- le dijo el adivino,

maestro y señor de la polimorfía –(*)

Así hallarás de nuevo la alegría

más el perdón divino.


Hízolo así Aristeo, de buen grado.

Sacrificó unos bueyes relucientes

y algunas de sus más lindas ovejas

y vio, maravillado,

como salían de los grandes vientres,

ya chamuscados, de los animales,

gran cantidad de abejas

que comenzaron a construir panales.


Fue así como Aristeo, agricultor,

notable cazador y apicultor,

logró otra vez el reconocimiento

de los dioses por su arrepentimiento.



(*) Se refiere a Proteo, a quien había que encadenar para obtener sus

profecías, mientras estaba durmiendo. Entonces éste se transformaba

en diversas figuras de animales. Si el inquiridor no se asustaba ante

este hecho, obtenía su vaticinio.

















CANTO IV.

ORFEO


Nacido de Calíope, la musa,

y el dios río Eagro * fue Orfeo

dotado por Apolo de una infusa



orfeo y eurídice

pasión, de un fiel deseo

hacia la música y la poesía,

lo cual no fue un obstáculo

para que amara con idolatría

ciega a Eurídice, mas el oráculo

le había preparado

un triste devenir no deseado.


Aquel infausto día,

el día mismo de sus esponsales,


(*)Según otras leyendas era hijo de Apolo y de Polimnia o Urania



supo la muerte dura, dolorosa

y amarga de su esposa

de labios de sus damas principales.


Corrió alarmado Orfeo, con presura,

por entre la espesura

del bosque hasta el lugar

donde se hallaba el cuerpo de su amada

guiado por la corte de mujeres

y allí encontró a Eurídice al llegar,

desnuda, sola, ajada,

e
n el más cruel de los atardeceres.

Orfeo toma en sus brazos el cuerpo de eurídice muerta (George Frederick)



Yacía pálida, desparramada

su larga cabellera por el suelo,

sus ojos aún abiertos,

sin luz, mirando al cielo,

sus brazos laxos, yertos,

sus piernas estiradas,

sus labios y sus dientes apretados,




sus manos en la yerba, abandonadas,

sus dedos engarfados.

Orfeo toma en sus brazos el cuerpo de eurídice muerta ((George Frederick)


Orfeo la tomó

entre sus brazos, delicadamente,

con mimo y la besó

con cálida ternura, dulcemente...

pero besó desesperadamente

sus labios secos, fríos,

sus ojos desvaídos y vacíos.


El alma de Eurídice, errabunda,

vagaba ya perdida,

liviana, gemebunda,

por las oscuras simas del Averno,

extraña y conmovida

por el lamento triste, sempiterno,

de las atormentadas

y doloridas ánimas penadas.

Ni los sutiles cantos

de Orfeo, ni los llantos

sentidos de las ninfas conmovieron

a los dioses, que no la redimieron

de su predicha suerte,

de su cantada muerte.


Orfeo se alejó

del cuerpo inanimado

de Eurídice, afligido y consternado.


Con el recuerdo de su esposa erró

sin descansar, buscando

la forma de encontrarse con su amada,

cantando con su voz más desgarrada

las más tiernas baladas, rechazando,

fiel al amor de Eurídice, el amor

de otras mujeres que iban asediando

con una fe encomiástica al cantor.




Y un día decidió su mente ansiosa

bajar hasta el eterno

submundo del Infierno

en busca de su esposa.


orfeo y eurídice (Joseph Paelinck)




































CANTO V.

E
N EL INFIERN
O



Allá, en la costa azul y atormentada

del cabo de Laconia, como boca

siniestra, desdentada

y oscura de la roca,

en Ténaro, se enclava

la gruta que da acceso a los Infiernos.

A ella llegó con decidida y brava

resolución Orfeo,

cambiando los externos

placeres terrenales

por las tinieblas densas y eternales

del Érebo, vagando como un reo,




como un ánima más entre el siseo,

los gritos sibilantes

de las penadas almas ululantes

flotando en la profunda oscuridad,

ingrávidas, sin fe y sin voluntad.


Llegó hasta los dominios de Caronte, (*)

el rígido vigía, insobornable

barquero del Estigia inescrutable,

un río de aguas lentas

perdiéndose en las grutas friolentas,

sin luz, sin horizonte,

del Érebo.




caronte (gosse)





(*) Caronte era un viejo sombrío y serio que ayudaba a pasar las

almas de los muertos en su barca, exigiéndoles un óbolo por la

travesía, por lo que sus parientes colocaban esta moneda en la

lengua del cadáver




Caronte le impidió

subir a bordo de su negra barca.

También le denegó

llevarlo hasta el palacio del monarca

de las tinieblas, del señor del frío:

Plutón, dios del Averno tenebroso.

Mas Orfeo entonaba ya un hermoso

canto de amor, con ardoroso brío.

Era una endecha dulce, deliciosa,

para honra de su esposa,

un grito desgarrado

que ansiaba rescatar

de su prisión de sombras, de su estado

de eterno sufrimiento y de pesar,

a
Eurídice. Caronte, enternecido

El paso de la laguna Estigia en la barca de Caronte


por el sutil embrujo

de la tonada suave, que sedujo

su espíritu, sensible, convencido,

lo hizo subir a bordo y lo condujo,

río a través, hasta la orilla opuesta,




donde Cerbero, con su triple testa,

dormía, apaciguado,

sedado por la música de Orfeo.


Anduvo el joven tracio, estimulado

por el pugnaz deseo

de verse con su amada,

por un mundo sin luz,

por una gruta helada,

siniestra, inspiradora de inquietud.


Orfeo toca y toca

su lira, apaciguando a los penados:

Sísifo cesa de rodar la roca

desde la falda hasta la cima. Ixión

deja la rueda de su sumisión,

olvidan las Danaides sus cuidados

de llenar de agua un cántaro sin fondo.




Danaides llenando de agua un caldero que no tiene fondo (waterhouse)

Sísifo subiendo la piedra (Tiziano)





y Tántalo suspende el vano intento

de dar alcance al fúgido alimento,

t
an próximo y tan hondo.

Tántalo tratando de alcanzar la fruta que huye de sus manos (Assereto)




Llegó por fin Orfeo a la presencia

d

hades y perséfona recibiendo a orfeo (brueghel)

e Hades y Proserpina


a su mansión orlada de neblina,

a su severa y negra residencia.




Ellos eran los reyes del Infierno,

a quienes competía su gobierno.


















-Vengo a por Eurídice, mi esposa

-les dijo- que murió

mordida de una sierpe venenosa

el mismo día de mis esponsales.


El dios le respondió:


-No puedo complacerte.

Tú llegas de tu mundo de mortales

y Eurídice es ya rea de la muerte.


-Si no puedo llevármela conmigo

me quedaré con ella en esta oscura,

lóbrega y fría fosa de tortura

-le contestó-. Me quedaré contigo.

Será un grato placer más que un castigo.




Tañó Orfeo su lira. Su concento

llenó de donosura el sentimiento

d

Orfeo y Eurídice

el dios quien llamó a Eurídice al momento.


Llegó la joven, pálida,

débil, desfallecida,

sin voz y dolorida.

Mas al notar la cálida















orfeo y eurídice. tras de ellos hades y perséfone (rubens)






presencia de su amado

volvió a resplandecer su rostro ajado.


-Aquí tienes a Eurídice -le dijo,

solemne, el dios Plutón-.

Puedes llevártela. Pero os exijo

sólo una condición:

Que ella camine siempre tras de ti,

hasta salir de aquí,

que no te vuelvas a mirarla atrás,

si no, la perderás

ya para siempre. Solamente así

podrás llevarla salva hasta tu mundo.


-Acepto- contestó el otro, rotundo.


Pusiéronse en camino

los cónyuges, en pos de su destino,

buscando su anhelada libertad,

en medio de la densa oscuridad

del Érebo. Delante,

marchaba Orfeo, cauto y expectante;

d
etrás
Eurídice, en silencio, ansiosa.

orfeo y eurídice (cervelli)


Orfeo y Eurídice


La gruta pavorosa

llenábase de aullidos y gemidos

que herían sus oídos,

de gritos angustiados

y voces roncas de los condenados

sufriendo en sus mazmorras nauseabundas

sus almas gemebundas.


Subieron a la barca de Caronte.

Junto a la proa, Orfeo,

mirando a un frente gris, sin horizonte;

detrás, su esposa. El suave chapoteo

del remo sobre el agua, el balanceo

sesgado de la nave

y
el nerviosismo artero del que sabe

cercana ya su ansiada salvación,

hicieron que perdiera su atención

a Orfeo, temeroso

por el silencio tenso y sospechoso

de Eurídice y volvió

la vista en un impulso repentino.


¡Oh, suerte adversa, oh, trágico destino!

Verla y no verla fue un segundo sólo.




Su dulce esposa desapareció

tragada por las sombras cavernosas

y él quedó solo, tristemente solo,

dolido, víctima de su imprudencia,

preso en las sediciosas

redes de su impotencia.


La barca de Carón se deslizaba

ligera y sigilosa,

sobre la superficie rumorosa

del río Estigia. Orfeo lamentaba

la dicha que ganó y dejó escapar,

sólo por tanto amar.


Al fondo de la gruta se veía,

difusa, en el trasluz,

un haz de rayos del terrestre día,

del mundo de la luz.(*)







(*) Orfeo, tras la muerte de Eurídice, inconsolable, viajó por toda

Grecia, rechazando el amor de las mujeres que se enamoraron de él.

Las Bacantes, desdeñadas por su indiferencia amorosa, lo despedazaron

y arrojaron sus pedazos sangrantes al río Hebro. La cabeza y la lira del

poeta fueron a parar a la isla de Lesbos, donde las Musas le dieron

sepultura. Un oráculo, según otra versión, vaticinó una epidemia en

Tracia, para castigar el homicidio de Orfeo por las Bacantes.

















Í n d i c e


Preámbulo…………………3


  1. ATALANTA..............................5


Canto I. Atalanta.............................. 6

Canto II. El Centauro Reco.................9

Canto III. Meleagro..........................13

Canto IV. Hipomenes........................23

Canto V. La profanación del templo......28


  1. ECO..........................................32


Canto I. Eco....................................33

Canto II. Pan...................................37

Canto III. Las voces del bosque............42

Canto IV. Narciso.............................47

Canto V. Morir de amor.....................50


III. EURÏDICE………………56


Canto I. Eurídice................................57

Canto II. La fiesta nupcial.....................60

Canto III. Aristeo................................63

Canto IV. Orfeo..................................69

Canto V. En el Infierno.........................73


Índice............................................................83



















































92



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