Excerpt for BRUMAS DE IRREDENCIÓN by , available in its entirety at Smashwords



BRUMAS DE IRREDENCIÓN

Por Jerónimo García Pérez (Jegarpe)

Publicación de Smashwords

2017


Registro Propiedad Intelectual:

Nº AB-11-2014

Nº de asiento registral 00/2014/985 Madrid




BRUMAS DE IRREDENCIÓN

OBRA ORIGINAL DE

JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ

JEGARPE


INTRODUCCIÓN (2014)


BRUMAS DE IRREDENCIÓN es un extenso libro de poemas que escribí entre los años 1996 y 1997. Contiene en total 185 composiciones de todo tipo, desde el soneto hasta el romance, unas, breves (la seguidilla o los cantares) otras, largas, cuando el tema así lo requería. Están expuestas en forma de diario, a lo largo de un


año en el que, por razones de obligada necesidad, hube de ocuparme de la delicada salud de mi padre, ya nonagenario. Ello me hizo que una inevitable preocupación se apoderase de mis horas de ocio, recién estrenadas con mi jubilación en setiembre de 1995. Este estado de ánimo se encuentra reflejado en los poemas que fui escribiendo, impregnados de un excesivo pesimismo que no quise evitar.


Reminiscencias de mi pasado, sueños evocadores, recuerdos sentimentales, composiciones amorosas e íntimas, pequeñas razones filosóficas, repentinos pensamientos o loas dedicadas a la naturaleza, son la materia prima de la que me he valido para dar forma al poemario presente.


Hoy, en camino hacia mis 79 años de edad, pretendo darlo a conocer. Es un libro inédito que conservo manuscrito, ilustrado y encuadernado en un estante de mi biblioteca, con el número 26.


Albacete, 19 de Enero de 2014


El Autor




PRÓLOGO (1996)


Hoy, abandonadas ya mis obligaciones profesionales e instalado en la comodidad de mi jubilación, desde las perspectivas de mis sesenta y un años, tomo la pluma de nuevo para dar forma al presente libro de poemas, al que me lleva no tanto mi deseo creador como la necesidad de rellenar tantas horas vacías que se me han de presentar, a no dudarlo, en este tramo del camino apenas comenzado.


Mi vida actual, dedicada en gran parte a los cuidados que requiere mi padre, nonagenario, enfermo y casi ciego, ha condicionado notablemente mis actividades de cara al futuro próximo. Esta evidencia me ha llevado a renunciar, por ahora, a algo tan importante para mí como viajar y a temer que, con el tiempo que pasa inexorablemente, decaiga mi ánimo viajero, idea ésta que me persigue tenazmente llenándome de desasosiego.


Por todo ello he decidido dedicar las pocas horas que me quedan libres de los cuidados paternos a dar grandes paseos por la ciudad en los cuales he podido satisfacer otra de mis aficiones: la poesía. Así, pues, al socaire de estos paseos han ido surgiendo, poco a poco, día a día, los poemas que dan forma a BRUMAS DE IRREDENCIÓN.


Están expuestos cronológicamente, a modo de diario, forma de expresión que ya he empleado antes. Los temas utilizados son los de siempre, dentro de la dificultad que entraña encontrar ideas nuevas a diario en este transcurso monótono y consuetudinario que es mi vida presente: un sentimiento que a veces nos asalta, un instante fugaz de optimismo o de desesperanza, un recuerdo que pervive en nuestra memoria, una reflexión momentánea, la propia contemplación de la naturaleza.


Igual que en otras ocasiones anteriores he hecho uso del verso octosílabo principalmente, en estrofas de corte clásico -cuartetas, redondillas, quintillas, décimas, octavillas...- o más populares cuando el argumento así lo requería -romances, seguidillas, cantares...- aunque, cuando la mayor hondura del tema así me lo pedía, abundan las composiciones a base de endecasílabos y heptasílabos -silvas, liras y algún que otro soneto-. Versos, en fin de rima y métrica exigentes, tarea que me impuse desde un principio.


No he podido evitar, ni creo que podré evitar ya nunca, un fondo de soledad y de melancolía en los poemas expuestos, por otra parte tan consustancial con mi propio sentimiento.


ALBACETE, 8 DICIEMBRE 1996.

ESTÍO


Caliginoso estío.

un sol fuerte, sin trabas,

me clava sus cuchillos.


Voy caminando, solo,

por el sendero blanco

del río, entre los olmos.


Chirridos de cigarras,

rumor del viento, suave,

cerniéndose en las ramas.


Hervor de mariposas,

de insectos. Chapoteos

de la corriente undosa.


Adentro, levemente,

se van adormeciendo

los cien gritos de muerte,


las cien voces de hastío

que no me dejan nunca,

que van siempre conmigo...


Voy solo, caminante...

Las penas se me duermen...

¡Si ya no despertasen!



TORMENTA DE VERANO.


Sobre la recta infinita

del horizonte cabalga

la tormenta de verano.

Tiembla y se agita, lejana,

flagelando de acerados

relámpagos la distancia.

Mirándola se me llenan,

sin querer, de helor, el alma

y el corazón, sin anhelos,

de una agridulce nostalgia.


EL SENDERO.


Trepa que trepa el camino

pedregoso hacia la cima

del montezuelo. Me anima

la bondad del día, el trino

del ave, el frondoso pino,

la umbría de la chopera

que engalana la ribera

del río. Solo y ligero,

camino por el sendero

que se ciñe a la ladera.


SUEÑOS DE ATARDECER.


Hurgo en mi sueño por ver

si estoy en él. Y no estoy.

Mis sueños de atardecer

no son mis sueños de hoy

sino mis sueños de ayer.


ÁMAME YA.


Ámame ya que el corazón no espera,

que se consume y arde

como una débil luz perecedera.

Ámame ya, mañana será tarde,

que ya se habrán dormido

todas mis ilusiones

en ese sueño dulce del olvido.

Ámame ya, mujer, que yo me entrego

sin voz, sin condiciones,

sin fuerzas ya, rendido.

Oye mi humilde ruego,

no dejes que la noche

se venga y nos sorprenda con su muerte

y no pueda ofrecerte

sino sólo un reproche.


CANÍCULA.


Susurra entre la maleza

un viento cálido y suave

que me llena de pereza.


Mancilla el silencio el grave

ronquido de algún batracio

y el canto gentil de un ave.


El cuerpo me pesa, sacio

del sol denso del estío,

y se niega a andar, reacio.


Me acojo al amor umbrío

de un olmedo polvoriento

cabe la orilla del río.


Y dejo que el pensamiento

vuele libre, sin retorno,

para hacerse sentimiento,

mecido por el bochorno.


Las Mariquillas (Río Júcar)


QUISIERA...


Quisiera hallar el camino

que he perdido, no sé el día.

Quisiera hallar mi alegría,

mi talante peregrino,

mi espíritu campesino,

la soledad introversa

que me hizo fuerte en la adversa

y terrenal aventura

y la fe que hizo más pura

mi fantasía diversa.


RECUERDOS DE NIÑO.


Un sol de julio, ardoroso,

cae a plomo en el tranquilo

silencio del mediodía.

Hago un alto en el camino.

Me siento junto a una higuera

cabe la orilla del río

y dejo que los recuerdos

me adormezcan el sentido...


Hace tantos, tantos años...

Yo era entonces un chiquillo

producto de la posguerra,

con más sueños que prejuicios.


Pasaba con mi familia

las vacaciones de estío

junto al Júcar rumoroso,

en estos lugares mismos

que sedan el sentimiento

y que cautivan mi espíritu:

murmullos interminables

de la corriente, sonidos

extraños de las riberas,

ludir de insectos y anfibios,

crascitar de las cornejas,

noches oscuras, gemidos

del viento en los roquedales,

agreste canción de riscos...

Miro perderse adelante

los farallones calizos

que festonean las verdes

y umbrías vegas del río,

la simbiosis que forman

las rocas y el caserío,

las oquedades y cuevas

asomadas al vacío,

como bocas desdentadas

de la roqueda, testigos

del transcurso de los tiempos.


¡Ay, mis recuerdos de niño,

que no se van con el agua,

que no se los lleva el río,

que se quedan enredados

en las riberas, conmigo!


Cubas.


CAMINO ADELANTE.


No dejaré que me arrastre

la atonía a su mansión

ignota, sin redención,

ni que me carguen de lastre

las penas del corazón.


Miraré siempre adelante

con mi fe de peregrino

que no le arredra el camino

que le resta, solo, errante,

meciéndose en su destino.


¿CUÁNDO?


¿Y cómo ha de venir, Señor?, ¿y cuándo?,

que salga yo al camino, sonriendo

con mi mejor sonrisa, preludiando

las dulces alas del amor, batiendo

junto a mi corazón sediento y blando...


VEN PRONTO, AMOR.


No dejes de venir si has de venir

que está acechando ya el anochecer.

No dudes más, Amor, que he de partir

antes de que se venga el clarecer.


No tardes, no me venza el esperar

y ya no esté, ven pronto, por favor,

que estoy solo y cansado ya de andar,

que estoy necesitando amar, Amor.


IR ANDANDO.


Atrás se van quedando

las asperezas de estos duros años,

las amarguras y los desengaños.

Y, mientras, lucho y ando.

Señor, que no me canse de ir andando,

que no me puedan las desesperanzas

arteras del camino,

las mil y una asechanzas

que están minando, aleves,

mi fe de caminante y peregrino,

que puedan corazón y voluntad

alzar su vuelo, leves,

cantando todavía

arias de libertad,

que no se canse nunca el alma mía

de este errabundo transcurrir, cantando,

¡que no se canse nunca de ir andando!


QUIMERA.


Pasar sobre las cosas

y no dejarse el corazón en ellas,

ir haciendo más bellas,

más nuestras, más hermosas,

esas monotonías,

esas horas vacías

que surgen a la vera del camino,

soñar y hacer que el sueño nos redima

de tanta inanidad,

amar la llaga con la que el destino

nos hiere y evitar que nos reprima

la garra artera de la soledad...


Todo es una quimera

levísima, ligera,

sutil, forjada por el pensamiento,

que vino a masturbarme el sentimiento.


CORAZÓN.


No sé por qué el corazón

va amando más cada día

las cosas que ya no tiene

que se le marchan esquivas,

dejándole un poso amargo,

como un regusto de acíbar.

Mas insiste el corazón,

que no le duele la herida,

pisando la misma huella

de ayer, de todos los días,

sin arredrarle la empresa,

sin temer otra caída,

con un ánimo encomiable,

con una fe renacida.


DOS SEGUIDILLAS.


DUDA.


Ando cansadamente

por el camino

tantas veces andado,

tan conocido

que, absorto, pienso,

tentado por la duda,

si voy o vengo.


PENAS.


Se me van con la tarde

de agosto, ñoña,

querer impedirlo,

sin cien penas hondas...

Y no me pesa

porque adentro me roen

otras cien penas.


MADRIGAL.


Puedes entrar, amor mío,

que tengo abierta la puerta,

que tengo la puerta abierta

para que se entre el umbrío

crepúsculo del estío,

que tengo abierto el balcón

para ti y una canción

que es un requiebro de flores,

para que endulces de amores

la hiel de mi corazón.


ESENCIA.


Mi pensamiento no es mío

que vuela libre de daño

como si fuera un extraño

por el celaje vacío

buscando en la suave lira

de la azul proceridad

lo que tengo de verdad,

lo que tengo de mentira.


SI ALGÚN DÍA...


Si algún día amaneciera

distinto, sin la atonía

mortal que me hostiga, artera.

Si amaneciera algún día...

Si una mañana adviniera

sin esta ciega amorfía

tan inocua como vana...

Si adviniera una mañana...


ALMA.


No le pongáis fronteras dolorosas

al alma mía, cándida, inocente,

dejadla ir, sin trabas angustiosas,

por ese mundo suyo, diferente,

no me la ahoguéis con lágrimas dañosas

que el corazón me llora fácilmente,

dejadla libre, apátrida, sin dueño,

con su ignorancia a cuestas, con su sueño.


UN RINCÓN DE MI ADOLESCENCIA.


El sol feble de agosto se adormece

sobre el ramaje antiguo, ahogando en lumbre

flamívoma la suave mansedumbre

del parque, ansiando sueños...Atardece...


Y al tiempo que la luz se desvanece,

se muere en una mansa dulcedumbre,

el alma se me escapa, por costumbre,

leve, sin yo notarla, y se estremece.


Todo lo siento, lleno de indolencia

desde este banco viejo, recogido,

testigo mudo de mi adolescencia,


donde nacieron puros, introversos,

con su voz nueva haciéndose latido

grandilocuente, mis primeros versos.


INSOMNIO.


Son las dos de la mañana

y no me ha rendido el sueño.

Por la ventana entreabierta

se me viene hasta mi lecho

la luz de un cuarto creciente

delgado y amarillento.

que va dibujando trasgos

saltarines y traviesos

en las sombras de la estancia.

Cierro los ojos y siento

que un batir de alas orea

mi frente de pensamientos

oscuros, de aires de muerte,

de presagios, de misterios

innominables, que acechan,

que van creándome adentro

sentires indefinibles

de desamparo y de miedo.

Y pretendo desterrarlos

de mí. Me levanto y veo

la noche por la ventana

y oigo el rumor del silencio

solamente mancillado

por el ladrido de un perro

o el ludir de un automóvil

deslizándose a lo lejos.

Una brisa halagadora

me reconforta. Me entro.

Me echo otra vez a la cama.

Cierro los ojos de nuevo

y observo cómo se escapan

por las lindes de mis sueños

esos trasgos que vinieron

a perturbarme, irredentos.


MI CIUDAD PEQUEÑA.


Esta ciudad pequeña, que ha crecido

ganándole terreno a la llanura,

no es la ciudad pequeña que perdura

dentro de mi almo corazón dolido.


Le faltan tantas cosas que ha perdido...

Su recoleta intimidad, su hondura

provinciana, su luz sencilla y pura,

la humana calidez de su latido.


La hostil voracidad, año tras año,

del tiempo ha ido lastrándome de daño

la imagen de este niño sentimiento


que está haciendo sentirme más extraño

en esta mi ciudad, en la que aliento,

como un ave sin fe nacida hogaño.


CREDO


Amar la vida es amar

la soledad que hay en mí,

los versos que no escribí,

los sueños que he de soñar.


EL SURTIDOR.


Hay Un aire

juguetón

en el parque

y hay quietud.


Escondido en

un rincón,

aureolado

de un resol,

se oye alegre

-glo, glo, glo-

como canta el

surtidor.


Hay silencio

y hay quietud

en el parque.

Y hay rumor

monocorde en

la canción

insistente

-glo, glo, glo-

del riente

surtidor.


MONOTONÍA.


Si yo pudiera amar, al fin, en medio

de estas monotonías

que van llenando, atónicas, mis días

de lacerante tedio,

esas pequeñas cosas,

esas cosas vacías,

sin importancia apenas,

pero que son las puertas anchurosas

por donde se me van mis horas buenas,

perdidas para siempre, lastimosas...


TE AMÉ...


Te amé, mujer, con un amor tardío,

mordido, cruel, por las desconfianzas,

con un amor casi sin esperanzas

que, a poco de nacer, ya no era mío.


Hoy, que ya no te agitas en el frío

que hiela el miedo de mis remembranzas,

te evoco y te haces en mis añoranzas

un ente amorfo, lánguido, vacío...


Y no hay rencor, no hay odio. Es que los años

borran recuerdos y sepultan daños.

Mas si otra vez viviera esos instantes


de dulce desamor y difidencia,

sabe que, con la misma vehemencia,

yo volvería a amarte como antes.


¿RECUERDAS...


¿Recuerdas, como yo,

mujer, aquellos años

perdidos del amor?


Había ya un temblor

inquieto y excitante

de flores derredor


Solíamos poner

nuestras mejores ansias

en el atardecer.


No nos placía hablar.

Sólo mirarnos quedo,

mirarnos y soñar.


Yo te tenía y tú,

radiante, me entregabas

toda tu juventud.


Corría el mes de abril

y se anegaba en suaves

aromas el confín.


y había tanta paz

que el tiempo parecía

pararse y no pasar.


¿Recuerdas el sentir

únicamente nuestro

que ya no ha de venir?


¿Recuerdas, aún, mujer,

aquel amor perdido

que nunca ha de volver?


LA IMAGEN DE MI MADRE.


En alas de la brisa vespertina,

la tarde echada ya, vino hasta aquí,

haciéndose latido y voz en mí,

tu imagen buena, madre, repentina,


para reconvenirme, femenina,

con sus reproches blandos, que no oí,

que no acepté jamás, que no sentí,

y que hoy duelen en mí como una espina.


Y mientras, madre, voy, sin ilusión,

sin fe, en medio de tanta acerbidad,

buscando esa difícil redención


en lo más hondo de mi vaciedad,

en las entrañas de mi corazón,

en los abismos de mi soledad.


DIFIDENCIA.


Por la íntima ventana,

tras los cristales,

observo, circunspecto,

morir la tarde.

Con ella muere

la fe que esta mañana

me hizo ser fuerte.


VIENTO OTOÑAL.


Un viento casi otoñal

barre la aleve y tediosa

monotonía estival,

poniendo en el matinal

calor su nota donosa.


Corren los últimos días

de agosto en un arrebol

de suaves melancolías,

teñidos aún por un sol

nimbado de lejanías.


ALBACETE TÍPICO.


Tras la nueva arquitectura

de la plaza de Carretas

duerme el antiguo Albacete,

lo que fue alma primigenia

de la ciudad de principios

de este siglo, lo que queda

de sus rincones manchegos,

de sus callejas estrechas.

Contrastan los edificios

modernos junto a las viejas

casonas abandonadas,

en medio de las inmensas,

desnudas y desoladas

decalvaciones abiertas

por la máquina implacable,

por la pala y la piqueta.


Allí quedarán sepultas

para siempre, entre las piedras

del Albacete que nace,

las calles y las plazuelas

del Albacete que muere:

Calles de Santa Quiteria,

Cornejo, Sol, Oro, Marzo,

Herreros, Parra, Placeta,

Tejares, Cruz, Iris, Gatos,

Puertas de Murcia y Valencia.


Y allí quedarán, sepultas

también, las reminiscencias,

palpitantes todavía,

de mi niñez de posguerra,

de los difíciles años

de mi juventud primera.


LUZ OTOÑAL.


Ya hay en la brisa ligera

de la tarde setembrina

preludios de mortecina

y amable luz otoñal,

de esa luz que inunda el cielo

de una cálida aureola

y que hace que el alma, sola,

se aferre a su soledad.


AÑORANZAS DE JUVENTUD.


Si volvieran a henchirme, placenteros,

los días del amor

con su mágico nimbo de esplendor,

igual que en los primeros

años de mi perdida juventud...

Si el corazón pudiera

sentir de nuevo la íntima inquietud

de mi lejana juventud primera...


Mas ya no puede ser, que el corazón

se me ha ido, leve, a un mundo sin empeños,

sin fe y sin ilusión...

Sólo le quedan sueños.


RENUNCIAS.


Esos ojos azules

que inventan cielos,

que miran sin mirarme,

duelen adentro.


Que no me miren,

que no, que sin quererlo,

me ponen triste.


Esos labios ardientes

que ríen besos

y que hablan sin hablarme,

duelen adentro.


Que no sonrían

que no, que me producen

melancolía.


Y esas manos de nieve

que miman vientos,

que son como palomas,

duelen adentro.


Que no me halaguen,

que no, que sus halagos

quieren dañarme.


TEMPORAL.


Llueve, llueve sin hartura,

sin sosiego, sin piedad,

en la gélida ciudad,

que se viste de tristura

con un aura gris y oscura.

Ritma el agua su cantar

con un recio golpear

que arrulla el alma, la mece

lentamente y la adormece...

Llueve, llueve sin cesar.


SÓLO UN SUEÑO.


Hubo en mi sueño un pálpito fugaz

de bienaventuranza,

de suave y dulce paz,

en la que mi esperanza

se complacía generosamente.


Fue como un rayo claro

de luz que vino a iluminar mi frente

para llenarme de una fe naciente.

Fue como el vivo resplandor de un faro

lejano que alumbraba

la noche eterna de mi soledad,

que me atraía a sí, que me llamaba

desde la oscuridad.

Fue como un himno alado,

como un coro risueño

de voces celestiales, deseado...


Fue solamente un sueño.


LO FUISTE TODO.


Lo fuiste todo para mí hace años.

Estabas en la luz de la alborada

que hacía abrir mis ojos

a un nuevo día. Estabas

en mi sentir, haciéndote costumbre.

Te lo di todo sin pedirte nada...

Y amé la vida amándote...

Y amé mis horas vanas

amándote, mujer,

porque allí estabas, palpitando en mi ansia.


Y me hice sentimiento

por ti, me hice palabra

por ti, me hice hondo verso

por ti, mujer amada.

Lo fuiste todo para mí hace tiempo...

Pero los sueños pasan

y hasta el amor, que vino donoso y mágico, se acaba.


Me quedan solamente

recuerdos y nostalgias

que van colmando el corazón de penas

y el alma de asechanzas.



¿POR QUÉ?


Mientras dolía adentro

del corazón

mi soledad eterna,

tenía amor.


¿Por qué se va?

¿Por qué ya no me duele

la soledad?


ATARDECER EN CHINCHILLA.


Ladera verdiamarilla,

relieves de ocre y de cal,

a través del ventanal

se ve, trepando, Chinchilla,

la vieja y tranquila villa.

Un sol feble, setembrino,

pone un aire mortecino

por el camino que sube,

por la muralla y la nube,

por el castillo y el pino.


INSTANTE.


Tengo presos los sentidos

en un ignoto lugar,

sin dolor, adormecidos,

y no quieren regresar.


Es un instante fugaz,

un nirvana en el que el alma

se llena de dulce paz

y el sentimiento se encalma.


¡Ay, si pudiera dejar

en ese instante sublime

la hondura de mi pesar,

la soledad que me oprime!


PRELUDIO DE OTOÑO.


Los dedos de un viento norte

refrescan amablemente

la pesadez de mi frente

en esta mañana gris

de un otoño prematuro

que se presiente cercano

por la acromía del llano

desnudo, yerto y hostil.


MIS PENSAMIENTOS.


Camino adelante van

conmigo mis sentimientos,

los mismos que esta mañana

me despertaron, arteros,

con un batir de alas negras,

de inciertos presentimientos.


Mañana, cuando me alumbren

las luces de un día nuevo,

cuando ya haya desterrado

mis presagios y mis miedos,

abriré de par en par

las ventanas hacia el cielo

lejano de mi esperanza

y vocearé en el silencio

mi grito de cada día:

"¡Yo soy, yo vivo, yo siento!"


CAMPUS.


Por la Avenida, importantes,

en un día gris y ñoño

de principios del otoño,

se ven a los estudiantes,

alegrando, como antes,

el típico itinerario

del campo universitario,

que en estos meses de estío

mostró un aspecto vacío,

desabrido y solitario.


SERENIDAD.


Abajo, el Júcar, arriba

platas del álamo que arde

de sol en la tibia tarde

de setiembre, fugitiva.


Enfrente, el blanco camino...

Silencios que sólo el ave

mancilla, cálida y suave,

vuelo a vuelo y trino a trino.


En este oasis de calma,

rincón de serenidad,

lejos de la gran ciudad,

halla sosiego mi alma.


RUEGO.


Robadme la ilusión

que despertó conmigo esta mañana,

que abrió mi corazón

al día a una fe sana...

Robadme la ilusión que hizo liviana

la mística aventura

de mi peregrinaje, la asechanza

de una pugnaz agrura,

clavada en mí su lanza...

Pero dejadme al menos la esperanza.


ECLIPSE DE LUNA.


Un enorme plenilunio,

morador de alturas, llena

la madrugada serena,

sin ruidos, de la ciudad.


¡Ay, que la luna se oculta

pudorosa, de repente,

se muta en cuarto creciente!

¡Ay, que la luna se va!


¡Ay, que la luna se ha ido,

tornándose en luna nueva!

¡Ay, que con ella me lleva!

¡Que no quiero regresar!


LA NUBECILLA.


La nubecilla, tan blonda,

tan coqueta, se diluye

sin fuerza en la luz redonda

del día y se prostituye

en holocausto de una onda

del sol moribundo que huye

por la línea recta, dura,

lejana, de la llanura.


TU IMAGEN BUENA.


Hay veces, en esas horas

irremediables de tedio,

que se me viene, tangible,

tu imagen en mis recuerdos,

esa imagen tuya, buena,

que aún mora en mi pensamiento,

que late con mis latidos

y que preside mis sueños.


Y pienso cómo pudiste

caer en mi vida... Y pienso

cómo pudiste llenar

de flores este desierto

de angustia y de soledad

en el que vivo irredento.


Y pienso cómo pudiste

meterte en mí, tan adentro,

que te sentí en las esencias

de mi propio sentimiento,

que pusiste en mi camino,

sembrado de desafectos,

amor para que te amara,

amor que tuve y no tengo...


Hay veces en que tu imagen

me llega con los recuerdos,

tu imagen buena, tu imagen

eternizada en el tiempo,

tu imagen que todavía

persiste en mi pensamiento.


GOLONDRINAS DE OCTUBRE.


Recortándose en la altura

del cielo, se ven, endrinas,

las últimas golondrinas

que llenan de galanura

la aridez de la llanura.

Se perfilan al socaire

de la luz, reinas del aire,

cantan locas, se arrebujan

en las frondas y dibujan

raudos vuelos al desgaire.


UN DÍA MÁS.


Un día más por los mismos

senderos que ya me sé.

Otro día más pisando

la misma huella de ayer,

buscando horizontes nuevos...

Un día más sin saber

a dónde me llevarán

mis pasos, a dónde iré,

tan ciego, sin voluntad,

sin ilusiones, sin fe.


LOS CUERVOS.


Ajando el ocre y el rosa

de la inhóspita llanura,

ponen su mácula oscura

sobre el lento atardecer

los cuervos de endrina pluma.

brillando al sol, crascitando

solemnemente, anunciando

que llega el anochecer.


ME DEJAN SOLO.


Hay tantas, tantas cosas

que se me van,

que están llenando el alma

de soledad...


Me dejan solo

las sombras, los silencios,

los muertos...todo.


UN VIEJO AMOR.


La vi a la incierta luz

amortiguada de los pebeteros,

en un rincón del templo, arrodillada,

delante de la cruz,

perdida la mirada

serena de sus ojos placenteros

en un punto lejano,

sin voluntad, ensimismada, absorta,

la cabellera, corta,

doblada la cerviz, mano con mano.


La vi a la luz difusa,

lozana aún, hermosa todavía.


Fue en otro tiempo musa

gentil de mi más honda poesía.

Fue el pálpito ductriz de mis empeños.

Fue el balbuciente verbo, la palabra

que se hizo verso en mí, el abracadabra

creado por mis sueños...


Pero eso sólo fue: sueño inasible,

mirífica ilusión,

amor sin alas, cálido, imposible.

La vi, cuitada, sola, en un rincón,

y no pude evitar que el pensamiento

se hiciera sentimiento

pugnaz en mi cansado corazón.


¡AY, MI FE...


¡Ay, mi fe, sencilla y salva

que nació como un reproche

del ánima, con el alba,

y ha de morir con la noche...!


¡Ay, mi fe, sola, que brega

por un mundo infiel, perdida!

¡Ay, mi fe, que lucha, ciega,

contra el viento de la vida!


SIEMPRE TE AMARÉ.


Han pasado tantos,

tantos años, que

no sé si recuerdas

lo que te juré

cuando éramos niños...

Yo ya lo olvidé.


Era en la hora amable

de un atardecer.

Te decía al oído:

“Siempre te amaré,

siempre", y, al decirlo,

me ruboricé.

Tú, que me escuchaste,

sin saber por qué,

me dijiste al oído:

"Siempre te querré".

Y me diste un beso

-no sé cómo fue-

que ardió en mis mejillas

y quemó mi piel...


Era en la hora amable

de un atardecer,

en el Albacete

de nuestra niñez.

Un cálido viento

movía la mies

en los arrabales

que vieron nacer

nuestro amor sin mancha

que no ha de volver...


Han pasado tantos

años que no sé

si tú lo recuerdas.

Yo ya lo olvidé.


Pero algo que vive

dentro de mi ser

duele y se rebela,

quiere renacer

del olvido, quiere

decirte, mujer,

como ayer te dije:

"Siempre te amaré".


SONETILLO A UNAS MARIPOSAS.


Flirtean las mariposas

revolando en los linderos

aún verdes de los senderos,

inquietas, vivas, graciosas.

Son ondas de luz airosas,

suspiro en los reverberos

de los páramos austeros,

de las llanuras tediosas.


Son la amena poesía

que llena de sutileza

la otoñal monotonía.


Son la mística belleza

que hace olvidar la atonía

de la hostil naturaleza.


LLUVIA.


La llovizna contumaz

va tiñendo de atonía

la tierna melancolía

de la mañana, la paz

serena del alma mía.


NO TE OÍ.


La noche toda te esperé, despierto,

y no te oí llamar,

alertas los sentidos, presintiéndote,

y no te vi llegar...

Sólo escuché en el cálido silencio,

solemne, el palpitar

del corazón, que vive acostumbrado

con su ancha soledad,

de este asendereado corazón

que ya no quiere amar...


Sí. Te esperé hasta la alta madrugada,

como una sombra más,

sumido en las entrañas de la noche,

y no te oí llamar

y no te vi llegar.


EVOCACIÓN.


El tedio me ha traído en mi diario

paseo a este desierto

lugar de un Albacete ya olvidado.

Me asaltan los recuerdos.


Aquí, en estos eriales,

sepultos bajo escombros y desechos

de la ciudad, estuvo el escenario

de mis primeros juegos.

El río, ayer tranquilo

reducto de reptiles y de insectos,

hoy es un vertedero maloliente,

un lodazal infecto.

Los campos, acotados,

mustios y yermos, fueron

ayer altos y hermosos cebadales

perdiéndose a lo lejos,

por un ancho horizonte sin fronteras,

contra un nítido cielo...


Todo lo miro, absorto y extrañado...

¿Cómo pueden ser éstos

los mismos campos de mi leve infancia,

aquéllos que acogieron

mis niñas correrías,

mi prístino sentir aventurero?

Todo lo miro conmovido y grave

y no puedo evitar que un sentimiento

de tierno desamparo

me nazca adentro y me haga más pequeño.


DESTINO ÚNICO.


La noche misteriosa abre su mundo

sin límites, astrífero, infinito,

y el corazón se aboca, vagabundo,

a él, viajero apátrida y proscrito,

buscando en su sutil seno profundo

la huella trágica de su ego escrito,

de su destino impar, único, adverso,

grabado en el azul del universo.


SOL DE OCTUBRE.


Un sol extraordinario

dora la piel desangelada y dura

del campo solitario,

de la áspera llanura,

llenándolos de luz y de hermosura.


¡Oh, sol, oh, sol de octubre:

dale tu voz al alma que, en un grito,

te llama, te descubre...!

¡Oh, sol, oh, sol bendito,

oh, sol de otoño, cálido, infinito!


ESTA IDEA DE LA MUERTE.


¡Oh, Señor, esta idea de la muerte

que convive con mi melancolía,

que me aterra, que me hace, cada día

que pasa, más inerme y menos fuerte!


¿Hasta cuándo, Señor, tengo que verte,

que sentirte en mi muerte todavía?

¿Hasta cuándo, Señor, esta agonía

que apresa el alma y me la deja inerte?


Esta muerte que duerme, inconsentida,

en el lecho en que yace mi esperanza,

que desnuda de cánticos mi vida,


va dejando mi espíritu a su suerte,

naufragando en un mar de destemplanza...

¡Oh, Señor, esta idea de la muerte...!


NIEBLA.


La niebla mañanera

nimba de paz

las calles soñolientas

de la ciudad.


Es el surgir

de un otoño que llega,

pausado y gris


OTOÑO


Ya se visten de oro fino

los olmos de la ladera,

los álamos del camino,

los chopos de la ribera.


¡Cuán hermosa es la canción

del otoño, su tristeza,

que llega hasta el corazón

para impregnarlo de alteza.


CAMINOS DE SOLEDAD.


Detrás de mí voy dejándome,

con esa fe buena y sana

que me nació esta mañana,

la vida y la voluntad.

Delante, sólo futuros

aún no estrenados, pequeños

motivos... no sé si sueños...

Caminos de soledad.


REFLEXIÓN.


Jactanciosa y reflexiva

se va la razón y escruta,

en su esencia primitiva,

lo que tiene de absoluta

mi verdad tan relativa.


DÍA DE OTOÑO.


Los días van pasando,

ciegos de sol, en un límpido cielo.

Las avecillas de vibrante vuelo,

piando y revolando,

locas, van alegrando

la inercia horizontal de la llanura.

Las flores amarillas, violetas,

que aún crecen al amor de las cunetas,

redimen la tristura

del surco gris y de la tierra dura.

Oscuros pedregales,

encinas cenicientas,

ayunos sequedales,

inmensas lejanías macilentas,

nimbadas de esplendores otoñales.


CUARTO MENGUANTE.


Prendido como una joya

de un cielo azul y radiante

se atisba el cuarto menguante

en la brisa matinal.


Endimión enamorado

de la luna fugitiva

traza el sol, solemne, arriba,

su itinerario eternal.


ROMANCILLO A UN AMOR PERDIDO.


No sé cómo ha sido

pero estás, mujer,

en mi pensamiento.

No sé cómo fue,

ni sé si me amaste

como yo te amé,

mas te me llevaste

-¿o me lo dejé?-

un jirón sangrante

de mi propio ser,

de mi corazón...

Nunca lo sabré...

Pero ya no es mío,

quédate con él.


Hace tantos años

que te amé, mujer,

que y no me puede

doler otra vez

un amor perdido

que no pudo ser,

un sueño imposible

que no ha de volver.


BÚSQUEDA.


Tendí mi mano abierta,

vacía de ansiedades, rogadora

de dádivas, desierta

de halagos, tembladora,

y hallé tu mano reconciliadora.


Grité en la densa intriga

de mi ancha noche, te llamé, buscando

tu dulce voz amiga

y hallé tu beso blando,

pleno de generosidad, amando.


HOJAS SECAS.


Ya escriben su sinfonía

de otoño las hojas secas

del parque, danzando huecas,

llenando de exantropía

la tarde suave y vacía.

Desde mi puesto las miro

descender en lento giro,

caer pausadas, y siento,

sin querer, que el sentimiento

se me va con un suspiro.


¿POR QUÉ?


¿Por qué este mundo absurdo, insolidario,

tan lóbrego, tan frío,

que va dejando el corazón vacío,

desnudo y solitario?

¿Por qué esta indiferencia

por el amor que nos deshumaniza,

que apresa el sentimiento y lo esclaviza,

que llena de ansiedad nuestra existencia?

¿Por qué ir amando todo a cada paso

si no hay luz sin ocaso,

si no hay día sin noche,

renuncia sin reproche?

¿Por qué seguir andando, hacerse fuerte,

si está detrás el rostro de la muerte,

si en esta huida efímera, ilusoria,

que es nuestro paso humilde y errabundo

por este dolo que llamamos mundo

no quedará memoria?


MI BESO BLANDO.


Si quieres aún mi beso,

susúrramelo sólo.

Te lo daré en el viento.


Te lo daré con mimo,

liviano, delicado.

Será como un suspiro.


Será mi beso blando,

mi beso pretendido,

mil veces deseado.


Será un beso de bruma,

sencillo, recatado,

como un rayo de luna.


Si quieres aún mi beso

de espumas, intangible,

susúrramelo quedo.


LLUVIA DE NOVIEMBRE.


Reverbero de neones

en las calles. Mansa y fina,

cae la lluvia novembrina

sobre la álgida ciudad.

Chapoteos de los coches,

gorgoritas caprichosas,

cantilenas acuosas

del crepúsculo otoñal.

ORACIÓN.


Sé conmigo, Señor, más tolerante,

no me muestres aún tu rostro airado

que tengo poco tiempo por delante,

que está la noche oscura ya a mi lado,

y siento que esa parca de semblante

severo, que produce miedo y frío,

va marcando su paso con el mío.


DESEO.


Pasar por este mundo

sin aferrarme al canto de sirenas

que suena en lo profundo

del alma y hacer buenas

las mil adversidades y las penas.


Almibarar la herida

en la que el sentimiento se convierte.

No amar tanto la vida

para amar más la muerte

que tengo dentro. Eso me hará ser fuerte.


NIEVE.


Despunta fría y aleve

la mañana silenciosa

de domingo. Perezosa,

lentamente, cae la nieve,

meciéndose en vuelo leve

sobre las calles desiertas

de la urbe, sobre las yertas

desnudeces de los campos,

cubriendo de tonos ampos

las lontananzas inciertas.


VIENTO DE OTOÑO.


Un gélido viento del norte,

sonoro,

castiga con saña

mi rostro.

Camino despacio.

Voy solo.


Adentro me bullen los mil pensamientos

de todos

los días, los mismos temores

ignotos

que duermen conmigo,

dañosos,

que laten conmigo,

celosos,

que no me abandonan.


Voy solo.

Un gélido viento

de otoño

castiga

mi rostro.

Camino sin prisas,

absorto.


CORAZÓN SIN RUMBO.


¿A dónde vas sin rumbo, corazón,

eterno enamorado de la luz,

del aire puro, del sereno azul

y de las lejanías y del sol?


¿A dónde vas sin fe, sin ilusión,

sin ansia, sin pasión, sin inquietud,

perdidas, con tu acerba juventud,

las horas nunca halladas del amor?


¿Por qué porfías, náufrago, en el mar,

buscando, ciego, el faro salvador

de un puerto al que jamás has de llegar?


¿Por qué corres inútilmente en pos

de un cántico inasible? ¿A dónde vas,

a dónde vas, mi pobre corazón?


TRASGOS DE MEDIANOCHE.


La mente crea fantasmas,

trasgos en la medianoche,

con muecas de hostil reproche,

danzando en la oscuridad,

duendes del mal, irascibles

flagelos de los sentidos,

gritos del alma, nacidos

de mi propia soledad.


ESTAMPA DE OTOÑO.


Cadencias del viejo parque:

Sobre la seca hojarasca

que amarillea el paseo

se ven las palomas blancas.


Un feble sol de noviembre

pone en el pino y el plátano

la magia de unos hermosos

matices verdidorados.


En el silencio que sólo

rompe el urbano bullicio

se oye el murmullo apagado

de un surtidor escondido.


Hay un hervor de gorriones

aleteando en las frondas

y un par de ardillas trepando

por un tronco, juguetonas.


El aire es nítido y blando.

La mañana es agradable.

Me encuentro a gusto, sereno,

y no deseo marcharme.


ME DUELE.


Me duele este transcurso de los días

intrascendentes, vanos,

acibarados de monotonías.

Me duelen estas manos

que se abren anhelantes y vacías

en busca de calor y amor humanos.

Me duele honda esta inercia represora

de días repetidos

que embota los sentidos,

que va aherrojándome, cautivadora,

a un mundo apático, sin aliciente,

tedioso, en el que mora

la abulia eternamente.

Me duele, sobre todo,

esta conformidad

del ánimo, este modo

de vida que me traba,

que va lastrándome la voluntad,

sumiéndomela en un dulce dormir,

en un letargo suave que no acaba

y del que ya no sabe resurgir.


CREPÚSCULO.


Desde mi ancha atalaya miro el lento

morir esplendoroso y escarlata

del día que se extingue en un sangriento

crepúsculo, en un estremecimiento

de luz desparramada en catarata,

llenando de inquietud la línea dura,

lucífuga y sutil de la llanura.


REPROCHE.


Esta melancolía

sin fin y esta amargura sin fronteras

aflorarán un día

para mostrar, postreras,

sus prédicas más duras y severas.


Me gritarán, airadas,

lo inútil de las lágrimas vertidas,

las horas malogradas,

las auras no sentidas,

las ansias vanamente contenidas.


LEVEDAD.


Igual que en otro tiempo,

sin yo notarla,

forjadora de sueños,

se me ha ido el alma,


sola, ligera,

que no le pesan tanto,

sin mí, las penas.


RECUERDOS.


Desde la suave colina

que en otro tiempo acogiera

mis paseos esporádicos

de camino hacia la escuela,

contemplo el pueblo tranquilo

con una tristeza tierna:

aquí, los dos restaurantes,

en la antigua carretera

que divide en dos el pueblo;

más lejos, la estación vieja,

por donde cruzan los trenes

sin detenerse siquiera;

al otro lado, la fábrica

de cementos y las nuevas

carreteras construidas

recientemente, que alejan

el movimiento y el tráfico

de la villa albaceteña;

enfrente, las casas blancas

del Calvario, las callejas

silenciosas, conocidas,

que todavía conservan

su sosiego provinciano,

su cadencia recoleta.


Desde el otero, atalaya

de mi honda reminiscencia,

miro morirse la tarde

solemne sobre las rectas

de la llanura infinita,

sobre las líneas inciertas

de la sierra sugerente

que ya se insinúa cerca.


Es hora de regresar.

Desciendo por la ladera.

Tomo el coche que he dejado

más abajo, en una vuelta

del camino. Sigo viaje.

Detrás de mí se me quedan

los recuerdos que vinieron

a hacerme más ancha y buena

esa hora de cada día

que me hostiga traicionera.

Pozo-Cañada,


ORACIÓN.


Tanto sufrir, Señor,

tanto desasosiego,

tanto luchar sin fe, tanto dolor,

tanto vivir a medias...y tan ciego.


Escucha mi palabra, oye mi ruego

sencillo y terrenal,

libérame, Señor, de esta atadura,

de este lastre mortal

que me traba y que llena de amargura

las horas que me quedan de camino.


Redímeme de este cansancio humano

que guía mi destino

y hazme sentir tu mano,

plena de amor y de benevolencia,

cuando notes que se hunde el edificio

que impuse al corazón y al pensamiento,

cuando veas que llora de impotencia

mi humilde sentimiento.


DOS APUNTES DECEMBRINOS.


I. HOJAS AMARILLAS.


Luden, melosamente

su cantilena,

sobre el paseo blanco,

las hojas secas

en el silencio

caliginoso y sacro

del cementerio.


II. RAMAS DESNUDAS..


Alarga, como brazos

yermos, sus ramas

la acacia del camino,

tan solitaria,

tan fugitiva,

que está poniendo penas

al alma mía.


LEGADO.


Sólo podré dejaros lo que es mío:

Un viejo corazón lleno de sueños,

una ancha voluntad que hizo halagüeños

los ámbitos de un mundo vano y frío,


una pugnaz pasión al albedrío

de un credo veleidoso y sin empeños,

algunos versos tímidos, pequeños,

y una canción perdida en el vacío.


Mas no os podré dejar lo que no he sido

lo que pasó por mí sin ser notado,

lo que creí tener y no he tenido,


las lágrimas que no habéis derramado

cuando lloré por todos, el latido

de un puro amor que nunca me habéis dado.


ENDECHA A UN NIÑO ABANDONADO.


Que no, que yo no quiero

mirar su cara triste

de niño abandonado,

de niño que no ríe,

de niño sin cariño.


Que no, que no me miren

sus ojos suplicantes,

sin luz, me hacen sentirme

culpable y desdichado

por algo que no le hice.


Que no, que yo no puedo,

solo, restituirle

lo que le habéis quitado,

lo que jamás le disteis.


Que no, que yo no puedo

mirar su cara triste

de niño sin cariño,

de niño que no ríe.


SACRIFICIO.


He llegado, Señor, ya, a lo más duro

del camino que Tú me has señalado.

No me lo hagas difícil ni empinado

que estoy solo, sin ánimo, inseguro,

sin saber si este peso indeseado

ha de hacerme más lóbrego el futuro.


DÍAS FRÍOS.


Días fríos de diciembre,

grises de lluvia, irascibles,

brumosos, desapacibles,

que fustigan sin piedad

las vaciedades del alma,

las penas del sentimiento,

que llenan de un incruento

dolor mi honda soledad.


TARDE DE DICIEMBRE.


Repiquetea la lluvia

con un suave golpeteo

contra la mácula rubia

de hojas secas del paseo.


Claveteando los cielos,

oscuros, circunvecinos,

acróbatas de altos vuelos,

regresan los estorninos.


Es el preludio de invierno

que llega, que se adivina

ya en el crepúsculo tierno

de la tarde que declina.


NO ME RIÑAS.


Servido de mil dolores,

con noventa años encima,

flaco ya de la memoria,

sin fuerzas, casi sin vista,

desde la silla a la cama,

desde la cama a la silla,

sni salir de casa hace años,

cansado ya de la vida,

pasea mi padre, leve,

su ancianidad, día a día.


A veces le reconvengo

cualquier falta cometida,

más por sus pocos reflejos

humanos que por malicia,

y él, con su voz insegura,

como un niño al que castigan

por algo que no comprende,

me contesta: "No me riñas."


Yo, que comparo, cuitado,

su impotencia con la mía,

derramo en silencio lágrimas

largamente contenidas

y le hablo con más dulzura

para evitar que se aflija.


Perdona, padre, que no haya

refrenado, más que mi ira,

la pena y el sentimiento

que me atan, que me esclavizan

a este mundo tan ingrato,

tan plagado de mentiras,

con el que no se acostumbra

mi voluntad resentida.


Allá, en su rincón de siempre,

con la figura rendida

por el peso de los años,

sus sienes encanecidas,

sus manos blancas, pequeñas,

y su mirada vacía,

deja que pasen las horas

mi padre, mientras se filtran

algunos rayos de sol

por la clara celosía

del ventanal del salón,

de suave luz decembrina.

Veo sus ojos sombríos,

miro su cara fruncida

y sintiéndome culpable,

con una pena infinita

nacida del corazón

le suplico: "No me riñas."


13, Diciembre.


ESAS MANOS.


Esas manos que se amansan

en el halda, marfileñas,

ateridas y pequeñas,

esas manos que descansan


inactivas, fueron antes

un rosal lleno de aromas,

unas cálidas palomas

agitándose elegantes.


Esas manos amorosas

de caricias, que ofrecieron

sus halagos, que se dieron

sin medida, generosas...


¡Ay, qué inertes, qué desiertas,

qué vacías esas manos,

sin calor ni aliento humanos,

esas manos frías, muertas!


NUNCA SABRÉIS.


Nunca sabréis la pena y la amargura

que están doliéndome en el corazón.

Nunca podréis saber de la atadura

que está aherrojándome, sin compasión,

que está haciendo difícil mi andadura

por este mundo hostil, sin redención.

Nunca sabréis de mis exantropías...

Y nunca lo sabréis. Son sólo mías.


NO TE QUISE.


Compréndelo: No tengo

por qué sentirme

culpable y pesaroso

si no te quise,

que el corazón

no tiene más razones

que su razón.


PRELUDIO NAVIDEÑO.


En vuelo vertiginoso

de grises monotonías

se van pasando los días

de este diciembre lluvioso.


Ya suenan en la ciudad

los villancicos dulzones

y las alegres canciones

que anuncian la Navidad.


Chapoteos de los coches

sobre el agua. Vocerío

de altavoces. Viento frío.

Calígines de las noches.


PENAS DE ATARDECER.


Llenando la estancia toda

de celestiales arpegios

se oyen, mágicos y regios,

los nocturnos de Chopin.

Y el alma, que está tan sola,

va desterrando su pena

poco a poco, y se serena

con la luz del tardecer.


SE NOS IRÁN LOS AÑOS.


Se nos irán los años

como una procesión de aves viajeras.

A ti te brotarán cien primaveras

en el camino. A mí, cien desengaños.

Te nacerán al paso amaneceres,

se llenarán de flores

tus manos blancas, tu mirar, de amores,

tu juventud pujante, de placeres...


Y yo, desde el invierno

de nieve de mi cósmica aventura,

te miraré pasar, absorto y tierno,

como una diosa sacia de hermosura,

desparramando auroras,

haciéndote sonrisa,

canción que no se acaba, suave brisa,

caricias turbadoras...


Te miraré pasar desde mi noche,

desde mi soledad,

como un caudal de luz, como un derroche

de vida, esplendorosa, sin edad...

Y te me escaparás

ligera de mis manos, más y más


Dafne moderna ante un ardiente Apolo-

dejándome en la tierra, triste y solo.


FRÍO.


A través de los cristales

acuosos del coche en marcha

se ven, cubiertos de escarcha

y de hielo, sepulcrales,

silenciosos, los eriales

que rodean la ciudad.

Es el grito, sin piedad

del invierno de La Mancha

que va tornando más ancha

su estampa de soledad.


MI FE.


Me indujisteis la fe en un mundo lleno

de bellos ideales, limpio y sano.

Me enseñasteis a ser manso y humano.

Y yo acepté esa fe. Supe ser bueno.


Supe albergar amores en mi seno.

Traté de ser un hombre humilde y llano.

Y huí de la mentira...Mas fue vano...

Me defraudó el comportamiento ajeno.


Ahora me encuentro solo entre la gente,

sin voluntad, ahogado en la materia,

sin saber resurgir, tan impotente,


tan ciego, que camino impenitente

trabado por mi fe y por mi miseria

y esclavo de mi credo omnipresente.


EL CANTO DEL GALLO.


Como una sonrisa amable

de un tiempo casi perdido,

desde un corral escondido,

cercano, viene hasta mí

la voz de un gallo, solemne,

rompiendo el silencio santo

del arrabal, con su canto,

con su almo kikirikí.


LA ACADEMIA.


Aún recuerdo con cariño

la Academia, como un sueño

de ese Albacete halagüeño

que conocí siendo niño.


Aquel lugar rancio y ñoño

se hizo convento ermitaño,

prisión sin rejas, cada año,

cuando empezaba el otoño.


Mirándolo en la cobreña

luz del día, tan extraña,

la mirada se me empaña

y el alma se hace pequeña.


LLUVIA Y VIENTO.


Alternan en esta mañana

de invierno,

benigna, la lluvia

y el viento,

con tibios retozos

de un sol friolento.

Los árboles muestran sus troncos

desiertos

brillantes del agua.

Más lejos,

se mece en

un cielo

rasgado de ramas desnudas,

el negro

perfil de unos cúmulos fríos

y densos,

nimbados de una orla de luz plateada.


Paseo

sin rumbo, en

silencio.


Me sedan el alma

los cálidos ecos,

los suaves

lamentos

del agua y

del viento.


DESEO.


Regresar a ese mundo

de los ensueños

por el fácil camino

de los recuerdos...


Volver a ser,

con los mismos pecados,

niño otra vez.


EL INDIGENTE


Sesgado, en el contraluz

del ventanal del salón

del restaurante, destaca

su figura, en un rincón,

alejado de la gente.

Ante él, sobre el velador,

se ven un vaso de leche

y unas lonjas de jamón.

A su lado está su viejo

y deslustrado zurrón,

todo lo que constituye

su casa y su posesión.


Come despacio. Dirige

su mirada al exterior

a través de la ventana

mientras el tímido sol

del día frío de enero

penetra, acariciador,

hasta el fondo de la estancia,

llenándola de áurea luz.


Hay en su rostro arrugado

cetrino, despreciador

de edad indeterminada,

un misterioso fulgor

que hace encenderse sus ojos

de una escondida emoción,

mientras enreda los dedos

en el mullido calor

de su barba enmarañada.


Lo miro. Y pienso: qué dios

habrá puesto esa sonrisa

de esperanza, de ilusión

que está vagando en sus labios,

que alegra su corazón.


6, Enero. Día de Reyes.


ESTAMPA DE INVIERNO.


Un sol glorioso y vital

que está luciendo en un cielo

transparente, rompe el hielo

de esta mañana invernal.


Desde abrigaños rincones

baten sus alas de frío,

perladas aún de rocío,

los menudos gorriones.


Acunados en el tálamo

de la luz adormecida,

desnudando la avenida,

se ven el olmo y el álamo.


DESEO.


Amar, amar las cosas

cada vez menos,

que el alma viaje sola,

viaje sin sueños,


ser viento sin fronteras,

ave sin nido,

no detenerse nunca

por el camino,


pasar por este mundo

diciendo adiós

para que no se apeguen

fe y corazón,


mirar siempre adelante,

no echar raíces,

ser como la frieza

de un mar sin lindes,


Y así poder sentirme

ligero y leve

cuando al final de todo

llame la muerte.


APUNTE DE ENERO.


Ponen un sello elegante

y nostálgico en mi cálamo

la alta figura del álamo,

la donosura ondulante

del sauce, el impresionante

rumor del olmo, el gorjeo

del ave, en el balanceo

de un sol mortecino que arde

cubriendo de oro la tarde,

la desnudez del paseo.


QUE NO ME MOLESTA.


Que no me molesta

tu sonrisa, niña,

que es como un alegre

son de campanillas,

que me trae recuerdos

de épocas perdidas,

que me hace sentirme

joven todavía,

que es como un sonoro

manantial de vida,

que enamora el alma,

que la hace cautiva

de sus embelecos

y de sus caricias.


Que no me molesta,

niña, tu sonrisa,

que lo que me causa

más pesar y envidia

de ella es su franqueza

y es su lozanía,

que lo que me duele

de ella es que no es mía.


Así que, ya sabes,

ríe sin medida

cuando pases cerca

de mi lado, niña,

que no me molesta,

que no, tu sonrisa.


DE TANTO QUERER.


De tanto querer amar

la vida que se ha de ir

me va cansando soñar

y se me olvida vivir.


De tanto querer ansiar

las cosas que he de perder

me voy dejando al pasar

jirones, ay, de mi ser.


Se me marchan el amor,

la juventud, el placer

de un tiempo que fue mejor,

de tanto, tanto querer.


CARRETERA ADELANTE.


Carretera adelante

marcho en silencio,

suavemente mimado

del sol de enero.


Los horizontes,

desnudos y vacíos,

me sobrecogen.


DÍA DE SAN ANTÓN.


San Antón. Tarde grisácea

de invierno. Está lloviznando

mansamente. Tenderetes

multicolores mostrando

su mercancía variada

se alinean a ambos lados

de la calle. Enfrente se alza,

con su aire nuevo de hogaño

la moderna residencia

de amplios jardines y patios,

hace tiempo humilde Asilo

de Ancianos Desamparados,

que erguía sus nobles muros

en un erial despoblado

de la ciudad, que hoy ahogan,

con un tiránico abrazo,

los edificios que han ido

naciéndole con los años.


Capilla de San Antón.

Las gentes no han olvidado

todavía la costumbre

de obsequiar a los ancianos

con alguna bagatela

y de visitar al santo.


Por eso esta tarde gris,

de lluvia mansa, que paso

por este lugar, se avivan

en mi mente los lejanos

recuerdos de mi niñez,

de los días soleados

de enero, cuando Albacete

dormitaba en su letargo

de la posguerra y se abría

mi corazón solitario

por vez primera a ese mundo

de los sueños, bello y grato.


San Antón. Tarde grisácea

de invierno. Brilla el asfalto.

Me subo el cuello. Suspiro.

Me alejo. Está lloviznando.


MIENTRAS ME QUEDE UN SUEÑO.


Dejadme en mi pequeño

rodal de aire y de luz, soñando a ultranza...

Mientras me quede un sueño

que aliente mi confianza

tendré una puerta abierta a la esperanza.


ME LLEVARÁ LA MUERTE.


Un día acabarán todas las cosas.

Me llevará la muerte en sus insuaves

alas a sus regiones nebulosas.

No habrán ya par mí tiempos mejores,

no cantarán las aves

ni brotarán las flores.

Me llevará la muerte a pesar mío,

que en este valle lleno de dolor,

hostilmente vacío,

desnudo, sin calor,

he aprendido a amar,

esta mi soledad de hombre introverso,

indiferente, por mi mundo adverso.


INSTANTE.


Desangelado el músculo,

el corazón apático

y el pensamiento errático

se van en el minúsculo

destello del crepúsculo,

sobrecogiendo el ánimo

de un desabor longánimo.

Es el instante mágico

en que se muestra trágico

mi corazón magnánimo.


LA ALDEA.


Silencios en la mañana

neblinosa, unos ladridos

en el viento, repetidos,

rumores del encinar,

aleteo de palomas,

escarcha y surco...La aldeaea

dormita, se balancea

sobre la luz invernal.


SERENIDAD.


Me gusta detenerme cuando paso

en una de mis gratas,

diarias caminatas,

en uno de esos bares que hay, al caso,

por la proximidad

de la Universidad.


Allí, con una taza

de buen café, cercado de estudiantes,

miro a través del ventanal la plaza

plena de sol de enero. Son instantes

de mansa dulcedumbre en los que el alma,

tranquila y melancólica, se llena

de bienestar, de calma,

de paz, y se serena.


PERDURABILIDAD.


¿Por qué porfías tanto, corazón,

por qué tu fe desconocida y brava

que va corriendo en pos de una ilusión

que se te muestra esquiva, que te traba?

¿Por qué esa pugna tuya, ese tesón

por ser y por vivir si todo acaba?

¿Por qué tu afán de perdurar si acecha

detrás la muerte, sin edad, sin fecha?


CEMENTERIO.


Es un día soleado

del invierno. Lato imperio

del silencio. Cementerio.

Gorjear desaforado

de aves locas. Encalado

paredón. Asimetría

de tumbas. Geometría

de nichos. Suave siseo

de coníferas. Paseo.

Panteones. Acedía.



RENOVACIÓN.


Con las lluvias otoñales

y los sesgos bonancibles

de los días invernales

han echado, irreprimibles,

brotes nuevos los frutales.


Hay un aire de luz pura

y una clara transparencia

y una alfombra de verdura

y una dulce somnolencia

revistiendo la llanura.


Soplan vientos acrecidos

con aromas y fragancias

de los campos renacidos

que preludian abundancias

y que alegran los sentidos.


BREGA


Mientras responda el músculo y el alma

no ceda en su talante peregrino,

mientras se sienta a gusto en el camino

la firme voluntad, caminaré.

Mientras alienten pálpitos y afanes

en mi sentir de vate y vagabundo

tendré dispuesta una sonrisa al mundo.

Mientras me queden sueños, soñaré.


RENUNCIAS.


Por favor, dejad errar

a mi viejo corazón

que ha aprendido a renunciar

al amor antes que a amar...


Dejadlo así, en su prisión

de sombras, sin redención...

Que se acostumbre a llorar.


HORAS AMARGAS.


¿Cuándo terminará,

Señor, este calvario

sin término, este sinvivir diario

que me ha hecho herida ya?

¿Cuándo se acabará

la pena que me ahoga, la amargura

que me golpea vengativa y dura?

¿Cuándo será, Señor, cuándo será...?


Las horas me parecen

días, los días, años,

las luces, sombras, los placeres, daños...

¿Hasta cuándo, Señor, los sentimientos

dolientes, irredentos,

que nunca desfallecen?

¿Hasta cuándo, Señor,

esta vana existencia que se inmola

en aras del dolor?...

¿Hasta cuándo, Señor, el alma sola?


BRUMAS.


Transcurre febrero. Niebla,

silencios, monotonía

de la ciudad. Mediodía.

Los parpadeos de un sol

que se ha enredado en la bruma

y el aire inhospitalario

del paseo solitario,

me ahogan el corazón.


LA CHICA SOÑADORA.


Seria, abstraída,

con la mirada ausente,

sueña la chica.


Aún humeando

tiene un café calientE

que no ha probado.


Sus manos blancas

reposan dulcemente

sobre la falda.?


Sus ojos negros

embriagan los sentidos

de hondos misterios.


Yo, que la observo

desde un rincón en sombra

curioso, pienso:


¿Dónde tendrá

puesto su pensamiento?

¿Qué soñará?


Yo, que no quiero

soñar, quisiera hallarme

preso en sus sueños.


OTRO REGRESO.


Muere el día entre el clamor

de los negros estorninos

que buscan entre los pinos

del parque el grato calor

de sus sueños nocturninos.


Por el desnudo ramaje

del plátano se dilata

la tarde. Nubes de plata

contornean un celaje

crepuscular escarlata.


Regreso a casa otro día

lleno de abulia y desgana.

Me pesa la carga vana

de tanta monotonía

que me ahoga. Quizás, mañana...


MI VIEJA ESCUELA.


La Roda. Abierto saludo

de la torre de la iglesia.

Sonrisa de la llanura.

Guiño blanco. Parda tierra.

Decelero. Paso al pueblo

por la vieja carretera.


Aparco el coche en la plaza.

Decido dar una vuelta.


Paseo. Parque. Avenida

de la Estación. Calles nuevas

Barriadas de limpia traza,

de arquitectura moderna...


Cafetería. Hago un alto.

Pido un café. Miro afuera,

por la ventana. Descubro,

no lejos, la vieja escuela

que fue el primer escenario

con el que abrí mi carrera.

Conserva aún, como entonces,

su estructura primigenia.

junto a la báscula antigua

de la entrañable plazuela,

casi oculta a la mirada,

pacífica y recoleta.


Y dejo que los recuerdos

hagan acto de presencia

con la tarde que declina:

Mil novecientos sesenta.

Pasiones de juventud.

Inquietudes del que empieza.

Quehacer de lunes a viernes

en la diaria tarea.

Querencias de la ciudad,

que se halla cerca, en las fiestas

y en los fines de semana.

Ferrocarril. Carretera...

¡Qué lejos aquellos días!

¡Qué lejos mi primavera!


Y miro otra vez, nostálgico,

la escuela por vez postrera

Suspiro. Las leves alas

de mi ancha reminiscencia

me han traído, con los recuerdos,

un hálito de tristeza...


Mientras, la tarde se acaba,

se muere en las ramas yertas

y desnudas del paseo,

dolorosamente lenta.


CAMINO ADELANTE VOY.


Camino adelante voy,

pensativo, como ayer.

Soy reo del aire. Soy

cautivo del tardecer.


Verdea ya el cereal

en los campos y hay temblor

de luz en el carrascal

y en los almendros en flor.


Cantan las aves aquí

y acullá, con ansiedad...

Yo voy conmigo, sin mí,

dormido en mi soledad.


CADA VEZ QUE TE VEO.


¡Qué tropel de recuerdos,

qué sin fin de nostalgias

cada vez que te veo!


No hay amor en tus ojos

sin fulgor, que supieron

cautivarme, melosos,


ni hay sonrisas amables

en tus labios de bruma

y de hielo, como antes,


ni hay ya dulces candores

en tus manos de nieve

como habían entonces...


¡Qué bullicio de sueños

remordiéndome el alma

cada vez que te veo!


Esas tardes de mayo

placenteras, serenas,

esa brisa del campo,


penetrante, cargada

de humedad de la tierra,

de silvestres fragancias,


esas frescas umbrías,

ese son rumoroso

de la acequia escondida.


¡Qué tropel de recuerdos

remordiéndome el alma

cada vez que te veo!


Esas horas tranquilas

de rosados crepúsculos,

anhelantes de vida,


esas tiernas caricias

y esos besos brotados

en la luz que agoniza,


esa paz amorosa

de los altos silencios...

Los dos solos...y a solas.


¡Qué bullicio de sueños,

qué sin fin de nostalgias

cada vez que te veo!


PRELUDIO DE PRIMAVERA.


Ya están donándole su beso tierno,

su guiño de rimada galanura,

su hervor de calidez, a la llanura

las lluvias del otoño y del invierno.


Verdea el alcacel en el materno

regazo de la tierra áspera y dura

y tiñe ya el almendro de blancura

la antigua piel del ocre sempiterno.


Comienzan ya a danzar en las cunetas

del ácromo camino, en el lindero

sin fin, las delicadas violetas.


Se intuye ya en la yerma paramera,

sobre el hostil paisaje de febrero,

venir la esplendorosa primavera.


CORAZÓN.


¿A dónde, corazón

estúpido, te lleva el sufrimiento,

te afecta la emoción,

te ahoga el sentimiento,

que vas sin rumbo, lánguido, irredento?


¿Por qué te cuesta tanto

volver a renunciar y te estremeces

y te produce el llanto

mortal en que pereces

si has muerto, renunciando, tantas veces?


ANDAR Y ANDAR.


Andar y andar, a tontas

y a locas, siempre,

sin fe, sin ilusiones,

ya hasta la muerte.


¡Que no me duela

la inercia de los días

que aún me quedan!


NOCHE Y SOLEDAD.


Zarpazo abraquio de la oscuridad

insuave malestar, duro reproche

de los silencios, trágica ansiedad...

Sólo asechanzas en la medianoche,

lamentaciones de mi soledad.


ESTACIÓN.


Cadencias del mediodía.

Silencios de los andenes.

quietud lineal de los trenes

que duermen sobre la vía

su hondo sueño de atonía.

Cafetería. Salón

de espera. Bullicio. Son

metálico y dormilento

de altavoces en el viento.

Latidos de la estación.


FUGACIDAD.


Un día partiré,

callado y sigiloso, de este mundo.

Apenas dejaré

detrás de mí mi fe de vagabundo.

No encontraréis indicios

que os hablen de mi anónima pisada

por esta tierra hostil, por esta nada

tan llena de dolor y sacrificios.

Seré sólo un perdido

proyecto de poeta rudo y zafio

que habré pasado, en fin, sin hacer ruido.

No quedará de mí ni mi epitafio.


POLINIZACIÓN


Como copos de nieve caen, erráticas,

giróvagas, aeríferas,

las semillas sin fin de las coníferas

cubriendo las apáticas

campiñas de los llanos ocreáceos,

de los linderos ábregos, herbáceos,

de una alfombra suavísima,

mullida, que una brisa ligerísima

remueve y barre en mil giros versátiles

poniendo en la magnífica

quietud de los umbrátiles

silencios una nota beatífica

de luz inusual, de paz mirífica.


ABELARDO.


Cuarenta y cinco años hace

de entonces...¡Son tantos años!


Hoy, al verte, me han venido

recuerdos gratos, lejanos,

de nuestra primera infancia,

cuando Albacete era un lato

desahucio de la posguerra,

un poblachón dilatado

con callejas que empezaban

y acababan en los campos.

Cuarenta y cinco años hace

de entonces...¡Son tantos años!


Querencias del viejo parque,

de la calle del Rosario,

de los desiertos y extensos

eriales del extrarradio,

del cuartel de infantería,


Continue reading this ebook at Smashwords.
Download this book for your ebook reader.
(Pages 1-107 show above.)