Excerpt for ROMANCERO MANCHEGO by , available in its entirety at Smashwords





























































ISBN: 978-1-291-71876-4


Registro Propiedad Intelectual:

Nº AB-12-2014

Nº de asiento registral 00/2014/984 Madrid
































ROMANCERO

MANCHEGO


La Mancha, mar sin límites en los ojos y en el corazón.


CELA.








OBRA

POÉTICA

ORIGINAL

DE

JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ

JEGARPE.












INTRODUCCIÓN (2014)


ROMANCERO MANCHEGO es un libro dedicado a La Mancha, que realicé en 1978-1979. En un libro anterior, de título ALBACETE, cuando aún esta provincia no había sido incluida en la actual región autonómica de Castilla-La Mancha, escribí lo siguiente: Yo he nacido en Albacete. Soy manchego. Mi tierra, que no posee la tierna y dulce melancolía de Galicia, ni la gloriosa vetustez de Castilla, ni el mágico encanto de las cálidas tierras mediterráneas, tiene, sin embargo, la grandeza inmarcesible de sus limpios horizontes.


La Mancha es dura. Es agreste. Es majestuosa. Parece no tener principio ni fin. Y en la mirada ruda, pero sincera, de sus hombres, está la soledad, esa soledad auténtica, patrimonio y herencia de la tierra.


Este libro, que hoy redimo de sus 35 años de olvido, pretende ser

un canto a La Mancha. En él existen, desde la distancia del tiempo transcurrido, matices ineludibles de su soledad. No he podido reprimirla porque la llevo dentro, ni he podido acallarla porque en ella vive aún el recuerdo de una infancia, ya tan alejada de mí.


Por eso, un día, al objeto de hacer realidad mis deseos, decidí recorrer los pueblos blancos de la llanura manchega, sus más característicos lugares, sus rincones más íntimos y todos sus pueblos más interesantes. Así nacieron estos romances humildes y sencillos, como mi tierra, como La Mancha.


Albacete, 15 de Enero de 2014.










PRÓLOGO (1979)


Hacía ya algún tiempo que me animaba la idea de escribir algo sobre mi tierra, sobre La Mancha, sobre esta llanura magnífica, sin límites, de una belleza monótona, serena, que ha calado hondamente en mí, hasta el extremo de confesar que la amo entrañablemente. Era una empresa difícil porque La Mancha es agresivamente uniforme en su anchura inmarcesible. Todos sus pueblos son un calco irremediable de un patrón único. El paisaje se repite siempre en su fácil y asombrosa horizontalidad sólo interrumpida por la nota vertical de un pino solitario o por la roma y cetrina silueta de una encina aislada.


Por esto, en los cuarenta romances de que consta la presente obra hay una acusada alusión a la soledad y a la soledumbre del paisaje, a la luz y a la nitidez esplendorosas de sus celajes, a la infinitud de sus grises lontananzas.


He querido que fuesen tres los aspectos a considerar: el paisaje, las gentes y los pueblos.


El paisaje está plasmado en instantáneas breves que casi siempre dejan entrever la dureza y la sobriedad, a la vez que la serenidad y grandiosidad que lo caracterizan.


El segundo aspecto está tratado más superficialmente. Las gentes son prototipos del manchego tradicional y trabajador que prefiere el arado y la hoz al tractor y la cosechadora que han invadido irreverentemente la llanura y hollado su paz ancestral. Gentes rudas y toscas, pero nobles y honradas. Gentes sencillas y amables, como la tierra misma, que tienen en su mirada cansada y austera toda la soledad de la llanura.





Y el tercer aspecto son sus pueblos más caracterizados por su historia o por su importancia actual.


Sea, pues, este florilegio de versos como un homenaje modesto pero sincero a la tierra que me vio nacer, de la que, en alguna ocasión, he escrito que no posee la dulce y tierna melancolía de Galicia, ni la gloriosa vetustez de Castilla, ni el mágico encanto de las cálidas tierras mediterráneas, pero tiene, sin embargo, la grandeza inconmensurable de sus limpios horizontes, abiertos a los cuatro vientos, en los que el espíritu viaja libre de toda traba. Por lo menos, a mí, así me lo parece, a mí, que he aprendido a soñar teniendo como fondo esta maravillosa monotonía del paisaje manchego.


Albacete, 31 de Agosto de 1979.

































PARTE I



EL PAISAJE











1. CAMINOS.


Caminos duros, caminos

pedregosos de La Mancha,

síntesis del sol y el hielo

de la llanura, amalgama

difícil de altos silencios

ancestrales y de máquinas

modernas que van hollando

su epidermis milenaria.


Caminos solos, caminos

desnudos de toda entraña,

caminos como festones

del campo y de la besana,

como nervios amarillos

de la tierra roja y parda,

que se pierden, que se buscan,

que se hallan en la distancia,

que se abrazan amorosos

en la aldea calcinada,

en el albo caserío

sumido en la lontananza.


Caminos blancos, caminos

polvorientos de La Mancha

que nunca se sabe donde

comienzan ni donde acaban,

caminos viejos que van

haciéndome niña el alma

de cien recuerdos dormidos

y cien luchas olvidadas.


Caminos que siempre son

verso azul, recia palabra,

latido grandilocuente,

breve grito, mansa lágrima,

ventana abierta hacia el sueño

ya imposible de mi infancia.


¡Así son, así los quiero

los caminos de La Mancha!



2. ATARDECER.


Sobre la línea sin límites

del horizonte, corcel

de bridas interminables,

cabalga el atardecer.


De oro se visten los campos,

los celajes, de oropel.

Un reverbero de fuego

corona la rubia mies

de la llanura infinita.

La tarde muere a merced

de una telúrica abulia

con grandiosa esplendidez.


Crepúsculos de mi tierra,

gritos de la pequeñez

del hombre, ocasos del alma,

varaderos de una fe

rudimentaria y sencilla

que nace al amanecer

y se marcha con la lumbre

de un sol que no ha de volver.


Crepúsculos de mi tierra

bañados de nitidez,

agonía lenta y ancha

de las luces y del ser,

melancólico suspiro,

remanso de paz y bien.


Crepúsculos de mi tierra:

Llevadme en la redondez

de vuestra muerte, en el sueño

de vuestra rubicundez,

hacia ese mundo incruento,

dorado, del no saber,

que hace más grato el camino

y más ligeros los pies.




Sobre la línea sin límites

del horizonte, corcel

de bridas interminables,

cabalga el atardecer...

El alma y el corazón

se me van yendo con él.



3. RíO JÚCAR.


Olmedales y alamedas,

cañaverales y juncos,

senderos blancos, roquedas,

canción eterna, murmurio,

que no cesa: Río Júcar.


Atrás el paisaje abrupto

de la sierra, vas llenando

de amenidad el profundo

mutismo de la llanura,

vas alegrando los duros

secarrales de La Mancha,

tan solos y tan desnudos.


Hondo tajo en las calizas

de la planicie, ancho curso,

manso cauce en las arcillas

de los páramos ayunos.


Mi espíritu va quedándose,

romántico, vagabundo,

soñador, en tus riberas

llenas del otoño rubio

que amarillea en los chopos,

que desviste los arbustos,

que va llenando los aires

de un sol dorado y traslúcido,

que va haciendo más liviano

mi corazón y más puro

mi pensamiento.




Sé siempre,

río Júcar, roca y junco,

cañaveral y chopera,

sendero, tajo y murmullo.




4. ABRIL.


Que abril ha venido ya,

que abril está ya presente.

Lo dice el almendro en flor

y lo dice el llano verde.


Que abril está ya en La Mancha.

Lo sabe el campo y se prende

su toca de margaritas

y de romeros silvestres.


Que abril está en los caminos.

Y lo inventan las solemnes

alboradas luminosas,

los lentos atardeceres

de la inhóspita llanura,

de los eriales silentes.




Que abril está ya en la rama

y en el tallo. Lo presienten

los hayedos, las choperas,

los robledales, que hienden

el aire azul con sus copas

verdeando renacientes.


Que abril ha venido ya,

que abril está ya presente.

Lo intuye mi corazón,

mi corazón que no quiere

pasar sin dejar un poco

de la alegría que tiene.





5. ENCINAS.


Las encinas polvorientas

de La Mancha, las encinas

cenicientas de La Mancha,

son la mágica sonrisa

de los llanos destemplados

de las yermas lejanías,

de los páramos desnudos,

de las roquedas vacías...

Son amenas pinceladas

verdioscuras, que salpican

las arcillas de las lomas,



las besanas amarillas,

la desabrida aspereza,

la mortal monotonía,

la solitaria rudeza

de las tierras infinitas.


Las encinas silenciosas

de La Mancha, las encinas

centenarias de La Mancha,

tienen sobre sus cetrinas

y redondas copas toda

la fantástica y magnífica

soledad de la llanura,

todo el hielo de las frías

madrugadas del invierno.

y la blanca poesía

de los dulces plenilunios

de las noches decembrinas.


En sus troncos poderosos

-repentina y tosca lira-

tañe el viento meseteño

quejumbrosas melodías.


¡Ay, encinas de La Mancha!

¡Sed un símbolo de vida

sobre el llano desolado,

sobre la yerta campiña,

para que yo pueda siempre

veros así, tan altivas,

tan orgullosas, tan recias,

tan llenas del alma mía!


6. SURCOS.


Surcos de las tierras pardas,

de los ocres amarillos,

de las estepas rojizas,

caminos rectos, caminos

sin principio y sin final,

arañazos infinitos



del tractor y del arado

sobre los campos dormidos,

silenciosos de La Mancha,

piel nueva en el barro antiguo.



Surcos de las tierras yermas,

trazo monótono y lírico,

cicatriz honda y magnífica

del llano, elegante símbolo

de las vides verdinegras,

que mañana serán vino,

del cebadal rubicundo

y de los airosos trigos.


Surcos de la tierra, abiertos

al sol denso del estío

y a las lluvias otoñales

y a los hielos y a los fríos

de los inviernos eternos,

sutil rayado esculpido

por la mano tosca y zafia

del austero campesino.


Surcos de las tierras pardas,

de los ocres amarillos,

horizontes descarnados,

mañana vides y trigos.









7. MOLINOS DE VIENTO.


Especímenes caducos,

restos de un tiempo perdido,

sonrisa de cal y viento,

magnífico y blanco guiño

de la llanura al viajero

que atraviesa sus caminos.


Así son, así se yerguen,

orgullosos aún y altivos,

los molinos centenarios

de La Mancha, los molinos

legendarios, polvorientos,

silenciosos y pacíficos.


Aspas grandes, como brazos

de gigantes cervantinos,

pero inmóviles, desnudas,

donde sólo se oye el silbo

de los cierzos gemebundos

que suena en los intersticios

de la madera y la lona,



como un cálido suspiro.

Paredes de piedra vieja,

cúpulas de acero antiguo,

maquinarias oxidadas,

engranajes, entresijos,

tolvas mohosas y muelas

desgastadas por los siglos

que conservan todavía

la pujanza de su hechizo.


Molinos del campo abierto:

Sed patrimonio, sed hitos

de la llanura. Sed siempre

la luz, el ala, el espíritu,

la voz inconmensurable

y el acento santo y lírico

de esta tierra luminosa,

de este horizonte infinito


8. OTOÑO.


¡Qué triste se queda el llano,

tan infinito y tan grande!

¡Qué inmensa y pálida muerte

la muerte de cada tarde!

¡Qué soledad amarilla

la soledad de los árboles!

¡Y qué nostalgia más ancha

la que se mece en el aire

puro y limpio de La Mancha!


Es el otoño, que nace,

que brota desangelado

de los yertos secarrales,

de las áridas estepas,

de los verdes encinares.

Es el otoño que cubre

de dulcedumbre el paisaje,

que va tiñendo las altas

lejanías de oro y sangre

con la llama mortecina



de un sol abúlico y suave,

que va cegando el sentido

de somnolientos celajes.


¡Qué triste se queda el llano!

¡Qué inmensa y larga la tarde!

¡Qué soledad la del árbol!

¡Qué soledad la del aire!

¡Qué soledad la del alma

que sueña sueños tan grandes,

tan inasibles, tan bellos,

tan etéreos que no caben

en el poema de otoño

que está temblando en mi carne.


9. PUEBLOS BLANCOS.


Pueblos blancos de La Mancha,

engalanados del sol

diáfano de los llanos,

del sol limpio y cegador

de los llanos. Pueblos blancos,

ornados del resplandor

de la meseta, vestidos

de seca y nítida luz.


Besana de recto surco.

Campo abierto. Cielo azul.

Infinita lontananza.

De vez en vez un alcor.

Rubia mies en el estío.

Breve fulgor de la flor

en abril. Hielo en noviembre.

Nieve en enero. Esplendor

de la vid en el otoño.

Soledad siempre. Canción.


Pueblos blancos de La Mancha,

llenos de luz y de sol:

Torre de clara espadaña,

mansión de noble blasón,



calle larga y empedrada,

desabrido corralón,

reja herrumbrosa, plazuela

perdida, viejo farol

que no alumbra, recoleto

jardín, mohoso portón,

soportal, ayuntamiento,

paseo, calle Mayor,

encalado cementerio,

mercado, cine...


Así son

los pueblos blancos, los pueblos

de La Mancha: luz y sol.




10. PLAZAS.


Plazas, plazas luminosas

de los pueblos de La Mancha,

tranquilas, evocadoras,

llenas de sol, amplias, blancas.

Plazas de recias mansiones,

de típicas balaustradas

de madera y soportales

de arquerías castellanas.



Alguna fuente escondida,

con cuatro caños, sin agua,

donde juegan los chiquillos.

Un reloj que ya no marca

las horas, mostrando altivo

su esfera deteriorada

sobre el sobrio frontispicio

del ayuntamiento.


Plazas

tranquilas, evocadoras,

de los pueblos de La Mancha.

Iglesias de torre antigua

y de grácil espadaña

donde aún repican los sones

agudos de las campanas

doblando a muerto en las tardes

silenciosas, grises, largas,

o anunciando el mediodía

tañendo al ángelus.


Plazas

amplias, blancas, luminosas,

de los pueblos de La Mancha,

llenas de verdes jardines,

de quijotes y de panzas

y de ruidos que no cesan

y de pájaros que cantan,

o llenas de soledad,

vacías, tristes, calladas,

lechos del sol del estío

del hielo y de las escarchas

del invierno duro y recio

del llano.


¡Plazas! ¡Ay, plazas

solitarias, luminosas

de los pueblos de La Mancha!

¡Cómo anegáis de recuerdos

de sueños y de nostalgias

mi corazón de viajero,



de peregrino, que pasa,

dejándose en el camino

jirones de luz del alma!


11. CASTILLOS.


Los castillos de La Mancha

son castillos de Castilla,

surgidos en el dorado

fragor de la Reconquista,

castillos de la llanura

que buscan peñas y riscas,

alcores y montezuelos,

para hacer su sillería,

castillos que fueron hitos

de una linde fronteriza,

que crecieron solitarios

en una tierra vacía,

tierra de luchas frecuentes,

tierra de recias porfías,

castillos que fueron sede,

mansión, cuartel y guarida

de los nobles caballeros

de las órdenes bravías.


Así lo van pregonando

los castillos de Malpica,

Maqueda, Orgaz, Escalona,

lamiendo la orilla misma

del Alberche, San Servando,

que fue primero basílica,

y Guadamur y Consuegra,

que ornan la topografía

toledana; los conquenses

de Alarcón, ciudad antigua,

Belmonte, Garcimuñoz,

fortalezas preferidas

del Infante Juan Manuel

y el de Uclés, sede escogida

por la Orden de Santiago;



los castillos que salpican

Ciudad Real: Calatrava

la Nueva, gloriosa ruina,

Salvatierra, Almuradiel,

y, en la llanura infinita,

Bolaños y Carrión.

Y en Albacete, Chinchilla

y Almansa, como un bastión

en las tierras levantinas.


Castillos de la llanura,

señores de las calizas,

soberanos de los vientos,

ciegos de luz y de arcilla.


Los castillos de La Mancha

son castillos de Castilla.


12. RíO GUADIANA.


El más recio y más manchego

de los ríos de La Mancha,

río de alturas, de extensas

planicies, es el Guadiana.

Azuer, Gigüela y Riansares

de un lado, del otro, Záncara,

Matachel y Jabalón,

van cediéndole sus aguas,

puras y claras aún,

de las sierras inmediatas.

Después será perezoso

caudal por las tierras vastas

y secas de Extremadura,

cauce de mar deseada.


Pero el Guadiana, ante todo,

es como un cantar que pasa,

como un verso que redime

los páramos, como el alma

que hace más suave y más dulce

la soledad de La Mancha.






13. LOS GIRASOLES.


Agosto.


Los girasoles

ponen su amarillo nuevo,

su amarillo intenso y fuerte,

sobre el amarillo viejo,

mustio y sin luz, de las parvas.


Son un cálido revuelo

de corolas grandes y anchas

en el estío, un requiebro

de suspiros hervorosos

al sol generoso y bueno.

Son un batir veleidoso

de luz, un retorcimiento

febril de flexibles tallos.

Son como un plácido sueño,

como un polícromo grito,

como un virginal sosiego

de la llanura infinita.


La tarde va componiendo,

con los aromas del campo,

con el arrullo del viento

y el son de los girasoles,

el más delicado verso.












PARTE II



LA GENTE.










1. EL PASTOR.


En la llanura sin límites

muere la tarde manchega.

Hay un ladrido en el viento

y un sordo balar de ovejas

que me vienen desde lejos.

Es el pastor que regresa

cansado de la jornada,

con lentitud, a la aldea.


Cuando pasa por mi lado

y lo contemplo de cerca

descubro en su rostro noble

toda la seria aspereza,

toda la hostil soledad

de su tierra, que es mi tierra.


Sus ojos son dos punzones

negros en la tez morena

mirando, bajo la sombra



de la mugrienta visera

de su gorra, al infinito

horizonte sin fronteras.

Una colilla apagada,

pegada a sus labios, tiembla

con los vientos meseteños.

Su nariz, breve, aguileña.

Su cara, apergaminada,

impenetrable, serena,

sin edad, llena de arrugas,

delata la cenicienta

barba de acero, de varios

días, tupida y trigueña.

Tiene la piel de su brazos

hirsutos la recia huella

de toda la soledumbre

de la llanura reseca.

No lleva blusón antiguo

sino una camisa nueva

de tergal, ni pantalón

oscuro de pana vieja,

sino un pantalón ligero,

sencillo, de clara tela.

Porta, por todo cayado,

las columnas de sus piernas

y un transistor por zurrón

para alegrar sus esperas.


Cuando pasa junto a mí

tras del rebaño de ovejas

le oigo gritar a su perro

que trisca en la rastrojera

recortándole el ganado.


Y pienso, cuando se aleja,

que bajo el romo baluarte

de su recia corpulencia

se han dormido ya sus sueños

lejanos de primavera,

sus primeras ilusiones,

sus proyectos. Ya no sueña.



Pero mira el horizonte

con una mirada abierta,

con un gesto imperturbable,

sin asomo de tristezas,

sepultando cada día,

cuando la noche le cierra

los párpados, el cansancio

de la jornada, la brega

que va mermando su vida.


Y pienso que en la tremenda

vaciedad de su alma yacen

todavía las primeras

andaduras de su duro

peregrinaje y le pesan

las lluvias de los otoños,

los inviernos de la estepa

y el fuego de los estíos

sobre su altiva cabeza.

El pastor se ha ido sobre

la llanura somnolienta.

Hay un ladrido en el viento.

Muere la tarde manchega.


2. LA ABUELA.


Con la mirada vacía

posada en la roja tierra

y las manos en el halda,

mira a lo lejos la abuela.

No se sabe lo que mira.

No se sabe lo que piensa.


Sentada pasivamente

sobre una silla de anea

recorta su cuerpo breve

sobre el marco de la puerta

del encalado corral,

en las últimas callejas

de la aldea.



No se sabe

lo que mira. Sólo espera.


¡Cuántos inviernos descansan,

pienso, sobre su cabeza!

¡Cuánta nieve se ha dormido

sobre sus sienes de cera!


Bajo la santa ignorancia

que es patrimonio y herencia

del campesino, subyace

lo mejor de su alma buena,

su instinto sano de madre,

su corazón de manchega,

grande como la llanura,

sencillo como la tierra

donde ha alumbrado a sus hijos,

donde han de enterrarla a ella.


Unos chiquillos morenos

y desnudos corretean

por las calles silenciosas,

por la plazuela desierta.


Negro corpiñuelo, negro

pañolón y saya negra,

con la mirada vacía

mira a lo lejos la abuela.

¿Piensa, quizá, en tantos hijos

que ha parido y que están fuera,

hijos que fueron la dicha

de su juventud primera,

los que llenaron de luces

su lejana primavera?

¿Piensa en el esposo muerto

a quien amó con la fuerza

primitiva, ruda y única

de su sentir de doncella?

¿Piensa, acaso, en la pujanza,

perdida ya, de otra época,



cuando aún no le dolían

en los huesos la pelea

tenaz y dura del campo,

ni los soles, ni la brega

constante de cada día,

ni la lucha, ni la entrega?...


Tiene las manos posadas

en el halda, manos viejas,

manos grandes, sarmentosas,

única y ruda herramienta

que supieron hacer toda

la recia y sobria faena.


Con la mirada vacía

mira a lo lejos la abuela,

negro corpiñuelo, negro

pañolón y saya negra.

No se sabe lo que mira.

No se sabe lo que piensa...


Unos chiquillos morenos

y desnudos corretean

por las calles silenciosas,

por la plazuela desierta

de la aldea.


No se sabe

lo que mira. Sólo espera.


3. EL CAMPESINO.


El cielo limpio, la tierra

de los campos, seca.


Paso.


La mañana tiene tintes

de un otoño ya avanzado.




Mis ojos se posan sobre

los surcos rectos del llano.

Sobre la arcilla la roma

silueta de un hombre: arado

que va rompiendo los lomos

del terreno, duros y áridos.


Es un campesino sobrio,

forjado en La Mancha.


Paso.

















Mas mi corazón se queda

con él y no sé evitarlo.


Me ha conmovido su rostro

grave, enjuto, solitario,

rostro tallado y curtido

por cien vientos meseteños,

por cien inviernos y estíos.

Me han conmovido sus manos,

grandes, nervudas, obreras,

plagadas de antiguos callos.


Confecciona un cigarrillo

con ademán reposado.



Lo enciende con un mechero

de yesca, antiguo, y al cabo,

tras escupir en el suelo,

se lo coloca en los labios

y fuma, aspirando el humo

con el aire de los campos.

Me mira de nuevo apenas

y vuelve luego al trabajo.


La azada levanta el polvo

de los surcos, seco y áspero,

al compás que va marcándole

la mula, con ritmo largo.


La mañana tiene tintes

de un otoño ya avanzado.

Yo paso. Mi corazón

se me queda enamorado

del alma del campesino.

No sé, no puedo evitarlo.


4. LOS VENDIMIADORES.


Hay calidez en la tarde

macilenta del otoño

que va muriendo despacio,

con una sonrisa de oro,



en la recta inacabable

de un horizonte brumoso.


Camino de Valdepeñas

y Tomelloso, garbosos,

con su carga blanca y negra,

recubiertos con el polvo

del llano, van los tractores,

tirando de quejumbrosos

remolques, llenos de la uva

que mañana será mosto.


Con las carretas regresan,

cansancio y sol en el rostro,

los recios vendimiadores,

los vendimiadores sobrios

de La Mancha. Van cantando

cantos rudos y sonoros

que se mezclan con el viento,

perdiéndose poco a poco.

Cantan cantos de alegría,

de juventud, de alborozo,

por el fin de la jornada,

de la tarea, por todo.


Vendimiadores manchegos:

mozas quinceañeras, mozos

fornidos, trabajadores

serios, braceros toscos

de la tierra áspera y fría,

mujeres y hombres estoicos,

con viento y hielo en los brazos,

agua y relente en los ojos,

obreros de sol a sol,

alma del paraje inhóspito,

corazón de la llanura,

sonrisa del campo solo.


Camino de Valdepeñas

y Manzanares, gozosos

por el fin de la jornada,



cansancio y sol en el rostro,

marchan los vendimiadores

de La Mancha, recios, sobrios.

Van cantando cantos rudos

que se apagan poco a poco,

que se pierden en la tarde

macilenta del otoño.


Yo los miro. Y se me inflaman

de un orgullo ajeno y ñoño

los sentidos. Y una luz

que brota nueva en mis ojos

me hace amar con fe sencilla,

nacida de lo más hondo

del corazón, a mi tierra,

que es heredad, patrimonio

de mis mayores, solar

de hombres buenos, laboriosos.


5. LAS ROSERAS.


Con el surco blanqueado

por las escarchas primeras

de noviembre, con el hielo

que hace endurecer la tierra,

caminan juntas, el hálito

condensándose en la niebla,

las risas en la alborada,

cantarinas, las roseras.


Campos de pétalos malvas

a lo lejos azulean,

corolas de estambres rojos

y túnicas violetas,

llenas aún del rocío

de la amanecida fresca.

Camino adelante van,

cantarinas, las roseras.







Cuando el sol tibio de otoño

comience a dorar la estepa,

cuando la línea infinita

de la llanura hosca y yerma

se desligue del sopor

de su invernal somnolencia,

quedarán desnudas, tristes,

solitarias, las parcelas

de la rosa de azafrán,

azules y violetas.


La mañana está llegando.

Por los caminos regresan

las roseras, portadoras

de cestos de rosa prieta.


Luego, al calor del sagato,

-gris cocina, larga mesa-

bromeando y sonriendo

para alegrar la faena,

desnudarán, una a una,

prolija y lenta tarea,

las preciadas flores hasta

que las penumbras primeras

de la tarde difuminen

los perfiles de la aldea.


Y a la mañana siguiente,

con la escarcha y con la niebla

de noviembre, con el hielo

que hace endurecer la tierra,

llenas de risas, al alba,

caminarán las roseras

alegres y cantarinas,

como ayer, a la tarea.


Campos de pétalos malvas

a lo lejos azulean.



6. EL SEGADOR.


Remangado hasta los codos,

con el magnífico sol

de julio sobre los hombros,

siega y siega el segador.


Curvas de acero y de mies

va dibujando su hoz

que rasga el aire caliente

como un dardo silbador.

Cobriza tiene la tez

y bañada de sudor,

nudosas sus manos fuertes,



curtidas en la labor,

la mirada dura y hosca

y animoso el corazón.

No tiene ayer ni mañana.

Sólo es presente. Sólo hoy.


Surco adelante camina

sin detenerse, hacedor,

desparramando en hacinas

el trigo a su alrededor

y encorvado por el recio

trabajo demoledor.

Algunas veces se yergue

y haciéndose sombra con

la mano sobre la frente

mira al desalentador

horizonte de La Mancha,

cantar dorado y azul

que se mete por los ojos,

poco a poco, cegador.


Hay en su rostro una grave

y eterna preocupación.

Piensa, quizá, en las jornadas

de pegajoso calor

que le restan todavía,

piensa en el abrasador

mes de agosto, en las faenas

de la trilla, en el dolor

de las besanas sin trigos,

llenas de desolación,

amarillas, esperando,

la lejana redención

del surco, de las semillas

y de la renovación.


Todo esto miran inquietos

los ojos del segador

y hay en su adusta mirada

un incontenible amor

por los horizontes limpios,



por la tierra que le vio

nacer, por los secarrales,

por el magnífico sol

que está quemando su espalda.


Suspira. Limpia el sudor

de su rostro. Hace silbar

el acero de su hoz.

Y caen las mieses cortadas

al suelo, a su alrededor.


El cielo es puro. Infinitos

los llanos. Hay esplendor

en la tarde de La Mancha.


Surco adelante, hacedor,

remangado hasta los codos,

siega y siega el segador.




7. EL SEMBRADOR.


Sobre el surco renovado

de tierra blanda y mullida,

herida recién abierta

por la arada y la cuchilla,

va esparciendo el sembrador

a puñados la semilla.


Siembra ilusiones y empeños,

mañana serán espigas,

siembra esperanzas y afanes,

mañana serán sonrisas.


Algunas veces reposa

sus diminutas pupilas

en el cielo inacabable

o en las rectas lejanías

y parece que su boca

dura y áspera suplica

por lo bajo una plegaria

todo el año repetida:


"Agua, Señor, agua. Aleja

los fríos y las sequías.

Haz que maduren los granos.

Haz que crezcan las espigas.

Haz que no se torne inútil

la brega de cada día."

Y sigue esparciendo el grano,

caminando surco arriba,

la frente llena de azul,

los ojos llenos de arcilla,

viento en el pecho desnudo,

sol en las canas mejillas,

mientras se apaga en sus labios

resecos una colilla.


La tarde de la llanura

se va muriendo deprisa,

con una muerte grandiosa,

con una muerte infinita.


El sembrador va esparciendo

por el surco la semilla.

Siembra ilusiones y sueños,

mañana serán espigas.


La tarde de la llanura

se va muriendo tranquila.



8. LA MOZA.


¡Ay, cómo mira la niña

con su mirada de corza,

con sus ojos soñadores!

¡Ay, cómo mira la moza!

¡Y ay cómo la miro yo

cuando voy pasando en la hora

del atardecer manchego!


Es lo mismo que una diosa

despeinada de los campos,

el pelo negro y hermosa.

Sonríe tímidamente

pero yo sé que está sola,

yo sé que se encuentra triste,

prisionera en la anchurosa

vastedad de la llanura

y sé que por dentro llora.

Es como una flor radiante

de delicada corola

creciendo en la paramera,

como una cálida aurora

que alumbra perfiles duros,

como una brisa que sopla

por las antiguas encinas,

por las calcinadas rocas.


¡Ay, cómo mira la niña

con su mirada de corza,

sentada en un berrocal

del camino, triste y sola!

¡Y ay cómo la miro yo!


Su silueta se recorta

grave y grácil en la tarde

llena de mieses y aromas.

¿Qué sueño estará soñando?

¿En qué regiones ignotas

estará su pensamiento

de princesa caprichosa,

de princesa prisionera?


¡Ay, cómo mira la moza!


Es como una diosa bella

que ama imposibles, que añora,

presa en su cárcel sin rejas,

ajándose melancólica.

Yo sé que su corazón

brinca como una paloma

dentro del pecho y suspira.

Yo sé que ansía y que llora.


¡Moza manchega, garrida,

hija de una tierra sobria!,

yo, que paso con la tarde

caída, como una sombra,

me detendría a su vera

para saber de su boca

los reproches que le duelen

y las penas que la ahogan

y la amaría, si amarla

le pareciera.


La moza

se queda. Yo voy pasando

por la tarde silenciosa

de La Mancha. Ella se queda

con su pena y su congoja.


9. LOS ANCIANOS.


Con sus ojillos menudos

y sus caras arrugadas,

su barba de varios días

y sus manos rudas y anchas

descansando en sus cayados,

los ancianos hablan y hablan.


Éste porta un blusón gris

sobre su camisa blanca.

Ése un pantalón oscuro

y un jersey basto de lana.

Aquél viste un traje viejo,

gastado, de gruesa pana.

Todos llevan una gorra

mugrienta, llena de grasa

y fuman cigarros grandes

que ellos lían y preparan.

Conversan pausadamente

junto a la fuente del agua,

mientras un sol tibio y bueno

se mece sobre la plaza

del pueblo. Algunos chiquillos

gritan y rompen la calma

del lugar. Es mediodía.

Se escuchan las campanadas

monótonas del reloj

perdiéndose en la distancia.


Son viejos duros y fuertes,

de mirada desolada,

como la llanura, sobrios,

como la tierra adorada

que les ha visto nacer.

Son ancianos de La Mancha.

Ellos ya dieron hace años,

su juventud, su pujanza,

y amasaron con sudores

la recia brega diaria,

la herencia de sus mayores;

por eso hay en su mirada

perdida un suave aleteo

de sueños y de nostalgias.


Con sus ojillos menudos

y sus caras arrugadas,

su barba de varios días

y sus manos rudas y anchas

posadas en sus cayados,

los ancianos de La Mancha

charlan y charlan, pausados,

de sueños y de nostalgias,

mientras un sol tibio y bueno

se mece sobre la plaza.




10. LAS ESPIGADORAS.


Ha terminado la siega.


Las tierras ocres del llano

se cubren con la dorada,

mélica luz del verano


De amarillo se han vestido

las besanas y los campos

y soplan en los alcores

vientos cargados y cálidos.

En las frescas alboradas

de la meseta, temprano,

salen las espigadoras

para recoger el grano

que ha ido quedando en los surcos,

ese grano bueno, aislado,

que no han hollado las máquinas,

que las hoces no han cortado.

Son mujeres de La Mancha,

sencillas, que van tomando



las espigas, una a una,

presta la vista, las manos

hábiles, duchas y diestras,

seguro y rápido el paso.


Después, cuando el sol remonta

los horizontes del páramo

y comienzan a bañarse

de claror los solitarios

llanos, las espigadoras,

-una sonrisa en los labios

y un pañolón en el cuello-

ponen fin a su trabajo

y, alegres, por los resecos

caminos, van regresando.


Mañana, cuando la aurora

vuelva de nuevo a los campos,

saldrán las espigadoras

para recoger el grano.





























PARTE III.


LOS PUEBLOS








1. ALBACETE.


Echada sobre los llanos,

silenciosamente, tiende

su fisonomía nueva

y acogedora Albacete.


La arrullan otoños grises,

inviernos blancos la mecen

y veranos amarillos,

caliginosos de mieses

y fulgurantes, floridas,

cortas, primaveras verdes.

Pincelada amena y varia

que posa soberbiamente

su sonrisa vertical

sobre un horizonte inerte,

desprovisto de perfiles,

pero grandioso y solemne.


Arriba la abraza el cielo,

abajo, el llano, y, enfrente,

Chinchilla le da su beso

de reciedumbre, perenne.

Más lejos, en la distancia

-trazo azul apenas leve-

se presagian los dominios

de la sierra sugerente.


Ciudad ancha, sin fronteras,

abierta a los vientos siempre,

sin murallas que la guarden,

sin castillos que la velen.

Ciudad donde se aposentan

el sol de julio, la nieve

de enero y todos los cierzos

que le vienen de poniente,

ciudad que armoniza el viejo

caserón del diecinueve,

manchego, típico y amplio,

lleno de luz y enjalbiegue,



con el moderno edificio

del cansado siglo veinte.

Ciudad, en fin, sin pasado,

que tiene en su historia breve

sencilla y ruda, la cuna,

la voz de un mejor presente.




2. TOLEDO.


Coronado de cien torres

y rodeado del Tajo,

allá donde empieza el ocre

del monte y acaba el llano,

se amontonan las callejas

del Toledo milenario,

del Toledo sempiterno,

celtibérico y romano

y visigodo y judío

y musulmán y cristiano.


La historia duerme en sus piedras

y en sus muros desgastados

un bello sueño de siglos,

pacífico y sosegado.



En sus callejas antiguas,

en sus rincones callados,

habitan los personajes

oscuros y recatados

de sus hermosas leyendas

y moran aún, enigmáticos,

los belicosos espíritus

de sus guerreros gallardos.

Iglesias y sinagogas

y mansiones y palacios

trenzan su noble poema

de góticos y románicos,

de mudéjares airosos,

de platerescos alados.

Valor rezuman los muros

del Alcázar, arte sacro

los sillares silenciosos

de su Catedral y vagos

y misteriosos efluvios

se desprenden de los rancios

medallones de sus puertas,

de sus escudos heráldicos...


Toledo, inmortal Toledo,

cantado por Garcilaso,

retratado por El Greco,

riqueza, herencia y legado

de nuestros mejores tiempos,

de nuestros orgullos patrios:

Sé siempre un hito, un bastión

de La Mancha, adelantado

roquero y fuerte del sobrio

territorio castellano

y sé siempre esa sonrisa

que no se contiene el llano,

con tus cien torres, tu Alcázar,

tu Catedral y tu Tajo.







3.CUENCA.


Glosa de suaves colinas.

Hoz del Júcar. Hoz del Huécar.

Catedral. Casas colgadas.

Milagro. Naturaleza.

Jalón que ansía llanuras

y altas serranías: Cuenca.


Ciudad, si variada, sobria,

si castellana, manchega,

si sosegada y tranquila,

vivaz, a la vez, e inquieta.

Ciudad de recia raigambre,

de gentes nobles y atentas

forjadas en la grandiosa

soledumbre de la tierra,

sencillas, como los llanos,

y altivas, como las sierras.


La curva del río forma,

con el ocre de las viejas

campiñas pardas y rojas,

dolorosamente yermas,

y con el azul del cielo

nítido, que la rodean,

una estampa reposada,

bucólica y placentera

de un pueblo que se ha dormido

solemnemente y que sueña,

sobre un silencio de siglos,

sobre una paz sempiterna,

sueños nuevos y actuales,

con alas de viento, etéreas,

alas mansas, apacibles,

renacidas de otras épocas.


Así es Cuenca: Catedral.

Milagro. Naturaleza.

Glosa de suaves colinas.

Hoz del Júcar. Hoz del Huécar.



Casas colgadas. Jalón

de la llanura y la sierra.

Ciudad sobria y variopinta

y castellana y manchega.




4. ALCÁZAR.


En medio de la llanura,

blanca de soles, Alcázar.

De un lado la mira Herencia,

del otro Campo Criptana

y enfrente se alza el Toboso.

Lo demás, cielo y besana,

mar de mieses amarillas

en el verano, peladas

campiñas en el invierno,

verde abril, sonrisa larga

de vides en el otoño,

de encinas en la distancia.


Trenzan ameno conjunto

la casa antigua, encalada,

y el edificio moderno,

las calles rectas y largas,



llenas de albura y de luz,

y las plazas soleadas,

las recoletas callejas

y las avenidas amplias,

los remozados jardines

y la estación vieja y rancia.

Todo, todo se armoniza,

todo se aúna en Alcázar.


Alcázar, blanca de soles,

Alcázar, la bien cercada,

la de la vid y las mieses,

la de la parda besana,

la bendición de los llanos,

el corazón de La Mancha.


5. CIUDAD REAL.


En tierras de Calatrava,

campos de arcilla y de cal,

horizontes sin fronteras,

se yergue Ciudad Real,

acogedora, moderna,

llena de tranquilidad

que le presta la llanura.


Hoy sosegado lugar.

Otrora, tierra de nadie,

collados de soledad,

escenario y testimonio

de las contiendas sin par,

del poderoso cristiano,

del valiente musulmán

y sitio donde el Rey Sabio

mandó erigir la ciudad.


La abrazan campos de vides

y mares de cereal.

La arrullan cielos abiertos

y vientos de libertad.

Y hay en el santo silencio



de la tierra un ancestral

lamento, un grito perdido,

maravilloso, triunfal,

de una calma embriagadora,

de una redentora paz.


En tierras de Calatrava,

campos de arcilla y de cal,

acogedora, moderna,

se extiende Ciudad Real.


6. ALMAGRO.


Almagro: Viejo poema

de la llanura, ancho sueño

de piedra y cal, testimonio

silencioso de otro tiempo,

joyel de la historia, huella,

pretérito, monumento...

Todo habla de tu grandeza

pasada: Desde el Convento,

de augusta y severa traza,

renacentista y señero,

solar de los calatravos,

hasta los palacios regios;

desde la Universidad,

de elegante y noble aspecto,

hasta las torres gastadas,

llenas de yedra y de hielo

de San Agustín, proclaman

tu nombre a todos los vientos

de la meseta, tu nombre

rutilante, claro y recio.


Tiene tu plaza Mayor

el sabor clásico y serio

de Castilla y la traslúcida

sencillez del sol manchego:

soportales, cristaleras,

maderas, hierro, cemento,



columnas blancas de luz,

solanas, Ayuntamiento,

Corral de Comedias...


Todo,

todo en ti es puro recuerdo,

todo habla de tu grandeza

pasada, Almagro, ancho sueño

de la llanura, poema

de piedra y cal, monumento.


7. CHINCHILLA.


Como un espolón airoso

que penetra llano arriba,

como una proa que avanza

sobre un estío de espigas,

sobre un invierno de nieves,

sobre un otoño de arcillas,

se yergue, antigua, al socaire

de antiguos vientos, Chinchilla.


Reposa el tiempo en las piedras,

en las iglesias dormidas,


en la herrumbre de las rejas

y en las calles retorcidas.

Descansan en el silencio

las fontanas escondidas,

los rincones recoletos

y las plazuelas tranquilas.

Duermen pacífico sueño

de alturas diez torres místicas

y cien cuevas que la cercan

como bocas de la cima.


Abajo está la llanura

sin límites, infinita,

azulada y gris y verde,

extendiéndose, sumisa,

callada y sobria a sus pies,

inventando lejanías.


Chinchilla está en la llanura.

Chinchilla es Mancha y Castilla.


8. PUERTOLLANO.


Puertollano es monte y llano.

Por una parte lo guarda

de los vientos meseteños

la sierra de Calatrava,

por otra le da su abrazo

la planicie de La Mancha.


La ciudad, mitad obrera,

mitad campesina, se halla

tendida en una ladera

reseca, parda, soleada,

y se extiende, bullidora,

riente y plena, en la falda.

Callejas rectas, difíciles,

de casas prietas y blancas,

buscan arriba los hálitos

azules de la montaña

y abajo la palpitante

y amable llamada urbana.


Más lejos, por los caminos

anchurosos que señalan

los antiguos territorios

de la Orden de Calatrava,

hollando el celaje limpio

de humos densos y de llamas

rojas, se eleva el poblado

con sus cien torres metálicas,

sus depósitos cilíndricos

y sus máquinas extrañas,

rompiendo la paz bucólica,

la ancestral y eterna calma

de los campos que lo cercan,

de los llanos que lo abarcan





9. VALDEPEÑAS


















Trigales de espigas rubias,

interminables hileras

de verdes vides, caminos

polvorientos que se alejan

sin saber a dónde, surcos

rectos en la arcilla seca.

Y, en medio de la infinita

llanura, humilde y pequeña,

pero, a la vez, dilatada,

grande, se halla Valdepeñas,

para que le entren las auras

campesinas, sanas, buenas.


Calles derechas y largas,

casonas solas, inmensas,

corralones encalados,

plazas antiguas, bodegas

con olor a vino y mosto

y evocadoras iglesias,

le dan un inconfundible

sabor de ciudad manchega.





Aletargada en los fríos

inviernos de la meseta,

resurge cuando despuntan

las brisas de primavera

y comienzan a crecer

las mieses verdes y espesas

que se mecen en la luz

renacida de la tierra

y se animan con el sol

fuerte y duro de la siega.


Pero es, llegado el otoño

cuando revientan las cepas

de racimos colorados

y macizos, cuando empiezan

los días de la vendimia

cuando los campos se alegran

y se llenan los caminos

de tractores y carretas

cargados de uva madura,

reluciente, dulce y nueva.


10. MANZANARES.


¡Qué inmensos llanos los llanos

por tierras de Manzanares!

¡Qué vasta canción de viñas!

¡Qué poema de trigales!

Huellan su fisonomía

de mieses y secarrales

las carreteras que van

cruzando de parte a parte,

de Andalucía a Castilla,

de Extremadura a Levante.


Y extendiéndose en la anchura

de lindes inabarcables,

se encuentra el pueblo, sencillo,

tranquilo, callado y grande,

con todo el sol de La Mancha





reverberando en sus calles,

reflejándose en los claros

arcos de los soportales

de la plaza porticada

o de la iglesia elegante.


La soledad de los campos,

la desnudez del paisaje,

se revisten, en octubre,

de la luz dorada y suave

de las uvas maduradas

en el sueño de la tarde

melancólica y perdida

y parecen embriagarse

de postreros resplandores,

de fragancias otoñales,

el sol de las lejanías,

la redondez de los aires,

que hacen que sean más llanos

los llanos de Manzanares.




11. BELMONTE.


A la sombra del castillo,

por la ladera del monte,

callejas de arcilla y piedra,

sube que sube Belmonte.


Plazuelas de rancia estampa,

rincones evocadores,

iglesias desmoronadas

y recovecos sin nombre

que proclaman a los vientos

su rango de recio porte.


Ornando los frontispicios

de las antiguas mansiones,

de las puertas herrumbrosas,

de los mohosos balcones,

cabalgan escudos de armas,

medallones y blasones,

que le confieren un sello

de ciudad antigua y noble.

Desde la azul atalaya

del castillo, sobrecoge

la infinita y desolada

llanura. En sus torreones

parece vagar el alma,

todavía disconforme

de Juana la Beltraneja.

Y hay en los alrededores

un recuerdo vago y tenue,

dolorosamente informe

del poeta que pasó

dejándonos sus canciones

de amor y recogimiento:

Fray Luis, una voz y un hombre.


12. VILLARROBLEDO.


El cielo puro, el paisaje

recio, inhóspito y austero,

la lontananza sin fin.

En medio, Villarrobledo.


Abrazo abúlico y ancho

de la llanura, áureo beso

de sol, pincelada recta

sobre el horizonte recto,

lugar en el que se aúnan

lo castellano y manchego.

Calles derechas y largas,

de corralones inmensos,

sin puertas y sin ventanas,

que terminan campo adentro.

Cereales en los veranos,

en los otoños, viñedos,

primaveras fulgurantes,

inacabables inviernos,

vientos inmisericordes

y soles en todo tiempo.


El cielo puro, el paisaje

recio, inhóspito y austero,

la lontananza sin fin.

En medio, Villarrobledo.


13. QUINTANAR DE LA ORDEN.


Penetrada del silencio

y de la honda soledad

de la llanura, se extiende,

sosegada, Quintanar.


De un lado la mira Cuenca,

del otro, Ciudad Real,

La Mota enfrente, el Toboso

y Alcázar están detrás

y los pueblos soleados

de Castilla, más allá.


La carretera que cruza

la ería de la ciudad,

rectísima y traficada,

no consigue perturbar

la paz de sus calles blancas

ni la calma secular

de sus plazuelas manchegas.


Tiene también Quintanar,

en sus campos, esa luz

dorada, dulce, sin par,

de los pueblos de La Mancha,

reflejándose en la cal

de sus corrales antiguos,

esa luz crepuscular

hecha de brisas y aromas,

de azul y de cereal.


14. SAN CLEMENTE.


Sesgada, en el denso sueño

sobrecargado de mieses

y de azules infinitos

de la llanura, se extiende,

campesina, silenciosa,

bucólica, San Clemente.



Tiene en sus calles antiguas,

en sus plazuelas alegres

y en sus iglesias, la luz

sencilla, clara y solemne

de los pueblos de La Mancha.


Sobre los arcos silentes

y musgosos de la plaza

porticada, languidecen

los rayos de un sol impío,

demoledor, insolente.

San Clemente es eso: luz,

sol, horizontes y mieses,

una sonrisa en el llano,

un pueblo manchego siempre.


































Y finalizo.


Seguir sería insistir sobre lo mismo, usar y abusar de los mismos adjetivos.


Pero no olvidéis el espíritu de La Mancha, la poesía de la llanura.




ALBACETE, 1978-79.

























































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