Excerpt for SOLEDAD Y OTROS POEMAS LARGOS by , available in its entirety at Smashwords



























































Ley de la Propiedad Intelectual

Nº de Registro: AB-41-2014

Nº de asiento registral 00/2014/1593 Madrid























































Obra poética

original de

Jerónimo García Pérez


J E G A R P E .















El viento sopla donde quiere;

tú oyes su sonido,

pero no sabes de donde viene

ni a donde va.



SAN JUAN













P R Ó L O G O


…En el primero de los manuscritos que poseo de mi obra poética, con el título de BALBUCEOS, escribí lo siguiente: “Yo no sé cuándo se despertó

en mí el amor por la poesía. Recuerdo que, desde pequeño, tuve un especial cariño por las letras. Leía mucho y me gustaba sumirme en ese mundo maravilloso que saben crear los hombres a golpe de pluma. También yo quise hacer algo y comencé a escribir mis primeros poemas. Era allá por el año 1949. Yo tenía entonces 14 años”.


Mis primeros pasos poéticos tenían un marcado cariz épico y narrativo, supongo que como todo aquel que empieza. No sé que fue de mis primeras composiciones en forma de fábulas y apólogos. No encontré ningún resto de ellos, pero es por el año 1952, cuando surgen mis primeros trabajos literarios que aún guardaba en el cajón de los recuerdos y que hoy conservo en un manuscrito original con el mencionado título de BALBUCEOS.


SOLEDAD es uno de los primeros libros poéticos que escribí (año1959). Es una incursión en el campo de la poesía lírica, después de mis primitivos escarceos por el mundo de la épica. Contiene solamente 17 poemas, 8 son composiciones extensas, los 9 restantes son muy breves y fueron escritos en años anteriores -1952 a 1958- colocándolos al final, como complemento del libro presente. Estos últimos ocho títulos los redimí de un conjunto de trabajos literarios que conservaba aún de mis tiempos escolares y que no quise desecharlos como hice con otros muchos, tirándolos a la papelera definitivamente, por no creerlos ya merecedores de aprecio. Hice como los valencianos que conservan los ninots de sus fallas, redimiéndolos del fuego. No obstante, para dar mayor extensión a SOLEDAD, he añadido una segunda parte con otros 10 poemas largos entresacados de libros escritos posteriormente para completar este pequeño poemario.


Albacete 21 Marzo 2014.

El autor.












PRIMERA PARTE.



POEMAS LARGOS.



La soledad es el alma de los poetas. El verso blanco, el ritmo breve y la repetición invitan a su plasmación en poemas largos.


Que se me vaya quiero el pensamiento

a donde el ansia su camino le abra...

He sido tantas veces yo palabra...

Has sido tú tan pocas veces viento.


(Escrito en 1951)







I. POETA Y SOLEDAD.


Despierta, despierta, que, afuera, nos ríe

la aurora...

Vendrán a arrullarnos las aves del día,

las aves del día que nace...

Vendrán, hasta herirnos los ojos de luces,

las luces del día que nace...

Vendrán, hasta hacernos canción los oídos,

la voz de los élitros

que anuncian al día que nace...

Vendrán, hasta hacernos cosquillas la frente,

cosquillas los labios,

cosquillas el cuerpo,

los dedos del sol, que se finge

flamígero disco en el día que nace,

que nace, que nace...


Despierta, despierta, que, afuera

nos ríe la aurora...

Vendrán a arrullarnos las aves del día;

vendrán, hasta herirnos los ojos, las luces;

vendrán, hasta hacernos




canción los oídos, la voz de los élitros;

vendrán, hasta hacernos cosquillas la frente,

los labios, el cuerpo, los dedos del sol.


Despierta, despierta,

que, afuera, nos ríe la aurora...

Iremos, tu mano en mi mano,

iremos, iremos, corriendo,

corriendo, a los campos,

y haremos, cogiendo en el haz de las hojas

la escarcha, las perlas de escarcha,

rosarios de escarcha,

con cuentas de escarcha y rocío...

Y haremos,

cogiendo amapolas

de sangre,

guirnaldas, guirnaldas de flores,

e iremos, iremos,

corriendo, corriendo, a ofrendarlas

al día que nace...

Y haremos,

con plumas de viento y espumas de linfa,

siluetas de silfos, de silfos y ninfas

que dancen tejiendo mil cuentos, mil sueños...

Iremos,

iremos, corriendo, corriendo,

allí donde suenen rumores,

rumores de arroyo, lejanos,

rumores de mieses, lejanas,

mecidas por céfiros,

y haremos,

haremos alfombras de mieses,

en donde soñemos historias lejanas

con fondos de músicas tristes de arroyo,

lejanas...


Despierta,

despierta que, afuera, nos ríe la aurora...

Iremos, tu mano en mi mano,

corriendo, a los campos,

y haremos rosarios de escarcha y rocío,



y haremos guirnaldas de flores,

y haremos, con plumas de viento y espumas

de linfa, siluetas de silfos y ninfas,

y haremos alfombras de mieses lejanas

con fondos de músicas tristes de arroyo...


¡Despierta, despierta, que, afuera, nos ríe

la aurora...!


Despierta, despierta... ¿Me escuchas?...

No me oyes...

Aún tienes la noche en los ojos

y sueñas...

y sueñas un sueño imposible...

¡Despierta!

Destierra tu sueño imposible y huyamos,

destierra tu sueño y huyamos,

que, afuera, nos ríe la aurora,

la aurora sin sombras,

la aurora sin muertes, que nace,

la aurora sin luna ni estrellas,

la aurora de luces, de soles, de ruidos,

la aurora que ansío, de vida y promesas...


Despierta, que, afuera, nos ríe la aurora...

¿No me oyes?, ¿no me oyes?...

Despierta: abandona tu noche,

tu sueño imposible de noches con luna,

de noches con luna, silencios y estrellas...

Yo tengo la noche en mi espalda,

la aurora en mi pecho, en mi frente, en mis manos...

¡La aurora!...Y la toco...la tocan mis dedos...


Despierta, despierta, despierta, despierta,

que, afuera, nos ríe -¡nos ríe!- la aurora…

I
I. POEMA.


Ven a mis brazos que necesito tu abrazo blando,

que necesito tu beso leve,

que necesito sobre mi frente tu aliento dulce

tu aliento dulce sobre mi frente...

Quiero tenerte, quiero estrujarte, quiero gozarte,

que hoy tengo triste,

triste la dicha, la risa amarga, gélida el alma

y necesito

tu abrazo blando, tu beso leve, tu aliento dulce.


Ven a mis brazos

que necesito de tus caricias...


Quiero, posando sobre tu seno de viento y pluma

mis labios secos

-porque las horas, pasando zafias, los han secado-

quiero que jueguen tus dedos suaves con mis cabellos...

Quiero tenerte junto a mi lado,

y, en el silencio,

clavando el oído junto a tu pecho,

saber si existe la vida dentro,

saber si existes,

que necesito tu mano amiga

que me consuele...


Ven a mis brazos que necesito

tu abrazo blando, tu beso leve, tu aliento dulce...

No me abandones,

que hoy tengo triste,

triste la dicha, la risa amarga, gélida el alma.


Ven a mi lecho,

que tengo un lecho de eternidades, de inconcreciones,

para que duermas tu sueño célico...

Ven a mi lecho de eternidades

que quiero...quiero

soñar contigo mi sueño célico

mientras tus dedos cierran mis párpados...


¡Ay!, cuántas veces,

cuando tenía triste la dicha,

busqué en las sombras la paz sonora

y hallé tus brazos de viento y pluma,

tus brazos fuertes de viento y pluma,

que me guardaban

tu abrazo blando...


¡Ay!, cuántas veces,

cuando tenía la risa amarga,

busqué en la blanda soledad mía la miel lasciva

y hallé tus labios de sol y espuma,

tus labios tiernos

de sol y espuma

que me guardaban

tu beso leve...


¡Ay!, cuántas veces,

cuando tenía gélida el alma,

busqué en las cimas, en las alturas, el fuego mismo

y hallé tu boca de luz y de aire,

tu boca fresca de luz y de aire,

que me guardaba

tu aliento dulce...


Ven a mis brazos,

ven a mi lecho de eternidades e inconcreciones

que quiero...quiero soñar contigo



tu sueño célico,

mientras tus dedos cierran mis párpados...


Ven a mis brazos que hoy tengo triste,

triste la dicha, la risa amarga, gélida el alma,

y necesito

tu abrazo blando, tu beso leve,

tu aliento dulce sobre mi frente...


Ven a mis brazos...

¡Quiero tenerte! ¡Quiero gozarte!














III. SOLEDAD.


Soledad...

Mar sin olas y sin peces me pareces,

Soledad...

Mar sin aves y sin naves me pareces,

Soledad...

Como un cielo que no tiene nubes blancas

que lo surquen,

como un cielo sin estrellas

y sin luna me pareces,

Soledad...

Semejante a los desiertos

sin sonidos, sin aromas,



me pareces,

Soledad...

Primavera sin olores y sin flores,

primavera sin crepúsculos dorados

y sin soles me pareces,

Soledad...

Árbol triste sin ramajes y sin pájaros

que se mezan en tus frondas

me pareces,

Soledad...

Rosa blanca sin insectos y sin pétalos,

sin arrullo de auras leves,

rosa blanca me pareces,

Soledad...


Mar sin olas y sin aves,

como un cielo sin estrellas y sin luces,

semejante a los desiertos sin aromas,

primavera sin olores y sin flores,

árbol triste sin ramajes y sin pájaros,

rosa blanca sin arrullos de auras leves...

Eso eres,

Soledad...


Muy hermosa, pero fría;

muy hermosa, pero, acaso,

vas ansiando un poco un alma que no tienes,

Soledad...

Pero, acaso, vas ansiando un alma pura

que te vista de colores,

que te dote de la vida que te falta,

Soledad...


Yo te quiero como eres,

sólo mía, sin anhelos y sin ansias,

fría y bella,

Soledad...

Y sin alma,

Soledad...


Tantas veces he querido,

escapándome del mundo de las cosas,


olvidar que tengo un alma,

Soledad...

Tantas veces he querido,

evadiéndome del mundo de las cosas,

encontrar tu paz sin alma,

Soledad...

y soñar en tu regazo sin futuros,

Soledad...

Tantas veces he querido

no saber lo que es el alma,

Soledad...


Yo te quiero como eres,

sólo mía, sin anhelos y sin ansias,

fría y bella,

Soledad...

y sin alma,

Soledad...


Mar sin naves y sin peces,

como un cielo que no tiene nubes blancas,

semejante a los desiertos sin sonidos,

primavera sin crepúsculos dorados,

árbol triste sin ramajes y sin pájaros,

rosa blanca sin insectos y sin pétalos...


Eso eres,

Soledad...

Fría y bella,

Soledad...

Y sin alma,

Soledad...

¡Yo te quiero como eres,

Soledad...!


IV. INTIMIDAD.


¡Qué calma!

Mis pasos apenas si pueden turbarla...

no se oyen...son lentos...

y muy poco a poco se apagan...


La fuente tranquila está triste,

las aves no cantan

y nada se mueve...La vida

parece dormida, sin fuerzas...¡Qué calma!...


Y yo ando -¿qué busco, qué quiero?-

encima de tanto silencio, de tanta

tristeza,

de tanta bonanza...

Mis pasos no se oyen...


Tendida en la hierba, muy blanca,

pedazos de cielo sus ojos,

sonrisa de fresa y de nácar,

su cutis de nieve y de rosa,


su pelo dorada cascada,

riendo, una ninfa -¡una diosa!-

se halla...

La fuente tranquila está triste,

las aves no cantan...

Mis pasos son lentos...

Mis brazos, avaros de vida, se alargan,

mis manos, mis dedos, se abren,

y quieren tocarla -¡qué poco: tocarla!-...

De pronto, la ninfa

me esquiva, asustada...

y huye...como una gacela,

salvando ágilmente las breñas, las matas...

al viento los tules que ciñen su talle,

sus ondas doradas...

Yo corro tras ella...



Deseo alcanzarla...

Deseo, tan sólo, un halago y un mimo...

Le grito, la llamo...No tiene palabras...

Y huye, y huye...y huye...

Yo quiero alcanzarla...

Al fin ha caído rendida en el césped...

Mis manos, hambrientas de mimos, avanzan,

mis dedos se abren

y quieren rozarla -¡qué poco: rozarla!-...

Sus ojos no miran ya dulces,

su boca no ríe, no habla...

Sus ojos son ahora muy duros,

sus dientes se aprietan, sus manos se engarfan

y tiembla

como una paloma azogada...

Sus ojos azules, mirando tan fríos

me han hecho una herida en el alma...

¡No quiero ya mimos ni halagos

ni nada!

Me alejo buscando la sombra...

Mis pasos apenas si quieren turbarla...

No se oyen y, muy poco a poco,

se van apagando, se apagan...


La fuente tranquila está triste,

las aves no cantan

y nada se mueve...

¡Qué calma!...

Yo ando -¿qué busco, qué quiero?-

encima de tanto silencio, de tanta

tristeza,

de tanta bonanza.


V ALLÍ ESTARÁ MI TUMBA.


Yo seguiré buscando

por esos campos de los sueños míos

el nítido rincón de mansedumbre

que guarde mi vacío...

Yo seguiré buscando,

hasta que tenga nublos en los ojos,



ese rincón de luces

para que pueda reposar sin ruidos,

y ese rincón ha de tener rumores

de pájaros y brisas

y ha de escanciarle el aura su rocío

y ha de abrasarlo el sol caliginoso

y ha de alumbrarlo el plenilunio lánguido.













Yo seguiré buscando,

hasta que tenga otoños en los pasos,

ese rincón donde estará mi tumba,

lleno de soledad, sin estridencias,

como será mi vida,

y no quiero epitafios que lo anuncien

para que vengan a llorarlo lágrimas

y los recuerdos se me tornen flores...

Yo no quiero más lágrimas

que las que llore el cielo generoso,

yo no quiero más flores

que las que nazcan para mí espontáneas...

Yo solamente quiero

ese lugar anónimo

que voy buscando para hacer mi tumba...


Yo seguiré buscando,

hasta que tenga fríos en el alma,

ese rincón ignoto...

Enterraré conmigo

todo lo bueno y malo que no he sido,

que no seré ya nunca...



Enterraré conmigo

las esperanzas que me hicieron fuerte,

las ilusiones que me hicieron noble

y enterraré mi vida,

mi vida hecha de adioses y pretéritos...

No dejaré siquiera mi vacío...


Yo seguiré buscando

hasta que tenga nublos en los ojos,

hasta que tenga otoños en los pasos,

hasta que tenga fríos en el alma,

por esos campos de los sueños míos,

el nítido rincón de mansedumbre

que guarde mi vacío...


VI. MUNDOS.


-¿Qué tienes, poeta,

que sólo te afectan cantares del ave

y voces del agua

y silbos del viento?

¿Qué sientes, poeta?

¿Qué sueñan, despiertos, tus ojos inmóviles?

No sueñes...Regresa a mi mundo.


-¿Quién eres que turbas mi calma?


-Tu mundo tangible.

Tu mundo

de adioses, de otroras, de siempres, de nuncas,

y quiero llevarte conmigo, poeta.

Regresa a mi mundo...

No sueñes, poeta, no sueñes.


-No puedo...

No quiero seguirte a tu mundo de adioses...

Hoy tengo sonrisas adentro y se escapan...

¿No quieres seguirme?

Yo tengo, lejanos, países sin penas.

¿No quieres seguirme?




















Veremos bañarse a las ninfas azules

en ríos de plata...

Veremos jugar con los juncos

del río de plata a las leves ondinas...

Veremos peinarse el cabello a las náyades

en ríos de plata

y oiremos sus risas...

¿No quieres seguirme?

Veremos,

en bosques de plata

-los senos desnudos, los bucles de fuego,

de luz- a las dríadas...

¿No quieres seguirme?

Veremos, en bosques de plata,

correr, rubicundas,

huyendo del viento, a las bellas oréadas...

¿No quieres seguirme?...

Yo tengo, lejanos, países sin penas.


-¿Qué miran despiertos tus ojos inmóviles?

¿Qué tienes, poeta? ¿Qué sientes?

¿Qué son tus palabras?

Tu mundo sin penas,

¿qué es?


-Poesía.


-No entiendo, poeta...

No sueñes. Regresa a mi mundo.


-No puedo...

No quiero seguirte a tu mundo de otroras.

Yo tengo, remotos, países sin lágrimas...

¿No vienes conmigo?

Hoy tiene la tarde su sol para mí.

¿No vienes conmigo?

Yo puedo mostrarte quiméricos prados

de espuma,

donde ornan sus galas con flores

las pálidas sílfides...

¿No vienes conmigo?

Yo puedo mostrarte las danzas convulsas

que, en prados de espuma,

tronando, ejecutan los silfos...

¿No vienes conmigo?

Yo puedo mostrarte a los gnomos

que, en prados de espuma,

ocultan sus rostros

cubiertos con barbas de nieve, en la yerba...

¿No vienes conmigo?

Yo puedo mostrarte

los gritos, en fin, de los duendes,

que anuncian la noche...

¿No vienes conmigo?

Yo tengo, remotos, países sin lágrimas.


-¿Qué miran tus ojos, poeta?

¿Qué sientes? ¿Qué tienes?

Tu mundo sin lágrimas,

¿qué es?


-Poesía.


-No sueñes, poeta. Retorna a mi mundo.

Regresa...


-No puedo.

No quiero seguirte a tu mundo de siempres.



Yo tengo países sin muertes, ignotos...

¿No quieres seguirme?

Hoy tiene la noche su paz para mí.

¿No vienes conmigo?

Veremos

cruzar por el cielo escarchado de estrellas,

furtiva, a Selene,

portando su beso amoroso,

buscando a su amado, que duerme

muy lejos, en gélida gruta...

¿No quieres seguirme?

Yo puedo mostrarte

castillos de brumas y nieblas

donde hacen sus pócimas

de muerte o sus filtros de amor

las brujas

de ralos cabellos y risas sin dientes...

¿No vienes conmigo?

Veremos,

flotando en los cierzos de nácar

-sus cuencas vacías,

sus miembros de nada-

venir a los entes que pueblan la noche...

¿No quieres seguirme?

Yo tengo países sin muertes, ignotos...


-¿Qué sientes, poeta?

¿Qué tienen tus ojos inmóviles?

Tu mundo sin muertes,

¿qué es?


-Poesía.


-No entiendo, poeta.

No sueñes.

Regresa a mi mundo...


-No puedo.

No quiero seguirte a tu mundo de nuncas.

Hoy tengo sonrisas adentro y se escapan,

se escapan...No puedo -¡no quiero!- evitarlo.



-¿Qué tienes, poeta,

que sólo te afectan cantares del ave

y voces del agua

y silbos del viento?


-Yo tengo, lejanos, países sin penas;

yo tengo, remotos, países sin lágrimas;

yo tengo países sin muertes, ignotos...


-No sueñes, poeta...

Retorna a mi mundo.


-No puedo, no puedo...

Hoy sólo soy bruma...


-Regresa a mi mundo. Retorna a tu mundo

de adioses, de otroras, de siempres, de nuncas...



-No puedo...Hoy casi te ignoro...


VII. EN TINIEBLAS.


Voceé muy fuerte...Voceé tan fuerte

que hasta las quietudes de la melancólica

noche se encogieron...

Voceé muy fuerte porque me dolían los silencios dentro,

porque tuve miedo

de quedarme a solas con mi exantropía,

porque me oprimieron las tinieblas duras,



porque me hizo daño la imposible garra de mi soledad

y necesitaba

besos intangibles, luces sonorosas, ruido, algarabía.

Voceé muy fuerte porque quise abrirme paso entre las sombras

que se me agarraban

traicioneramente, sediciosamente, lujuriosamente,

que me conducían a sus oquedades

-lúgubres sepulcros sin calor apenas-

y que me arrastraban

hacia sus abismos que no tienen fondo, que no tienen ayes,

donde la caída dura eternamente...

Sombras como muertes

muertes que no tienen calmas sempiternas

porque ansían luces

que titilan cerca

pero están muy lejos cuando corro hacia ellas para hacer alegres

mis pupilas tristes...


Voceé muy fuerte porque las distancias

-blancas tantas veces-

se tornaron negras, negras y lejanas

y no pude asirlas para hacer pedazos mi pasado vacuo,

porque el inseguro devenir del tiempo

me veló los ojos con su venda opaca

y anduve sin rumbo, como nao sin vela,

caminando a ciegas,

tropezando, loco, con las concreciones, con las realidades

de que estaba lleno mi camino largo...


Voceé muy fuerte porque me llamaban desde el infinito

esas esperanzas y esas ilusiones

que, al tenerlas mías un instante sólo,

se hubiesen trocado goce en mis anhelos...

Pero me llamaban desde sus alturas inconmensurables

-cada vez más lejos y más impalpables-

para que, en la tierra,

yo pudiera siempre seguir esperándolas,

vívidas, pujantes y prometedoras,

en vez de añorarlas,

hechas ya recuerdo,

en la bruma tenue, muda, del pasado...



Voceé muy fuerte...Voceé tan fuerte

que, hasta las quietudes de la melancólica

noche se encogieron...

Pero el eco trajo sólo mis palabras que se atenazaron,

como zarpas fieras, cabe mi garganta,

y exhalé otro grito porque estaba solo

y necesitaba

besos intangibles, luces sonorosas, ruido, algarabía...


Y, entre las tinieblas,

otra vez volvieron a dolerme, aleves, los silencios dentro

y otra vez el miedo

de quedarme a solas con mi exantropía me asaltó de nuevo

y otra vez la garra -la imposible garra- de mi soledad,

volvió a hacerme daño...


¡Voceé muy fuerte...!

Pero estaba solo sobre las tinieblas.































SEGUNDA PARTE.



POEMAS BREVES.



El alma, la poesía, son los compañeros inseparables del poeta. A veces, etéreas, amorfas, adquieren vida y personalidad en poemas breves.












I


Bebe en la fuente de la amargura

tus penas...Bebe...

bebe... No dejes que se le agoten...

Cuando no queden

te han de hacer falta..

y tendrás, sed. ay,

de penas...¡Bebe!


II


Ahora tengo temblándome de luna

los ojos y las lágrimas;

ahora tengo la noche, dulcemente,

bulléndome en el alma...

Todo lo tengo y se me tornan viento

las manos, las palabras,

las lágrimas...la noche...Ahora lo tengo

todo...Quizá mañana...


III


Rincones de mis recuerdos...

¡Qué vacíos de futuros...!

¡Qué vacíos de pretéritos...!






IV


Si alguna vez te evades

de mí, porque te asusta mi dolor,

no me abandones...Búscame

donde no llegue el sol,

donde las mismas sombras se repudien...

donde se encuentre la resignación...

Búscame, que, aguardándote

-yo solo- estaré yo.


V


Pasé una vez -mis pasos no se oyeron-

cien veces, mil...y no sabré jamás

si me dejé jirones de mis sombras,

si me llevé -no sé- su soledad.


VI


Mis ojos se abrieron,

sin fuerzas,

no queriendo abrirse...

Las horas

-sin prisa, vacías, oscuras-

volvieron a herirme en el rostro,

crueles...

Mis manos buscaron

ignotos caminos de luces y sólo abarcaron

el aire, la sombra y la noche...

Mis dedos, ansiosos -temblando-

quisieron, estériles,

saber de un contacto,

de un aliento amigo,

y palparon sólo la almohada fría...

Mis ojos cerráronse,

sin fuerzas,

no queriendo abrirse...








VII


Grité porque el silencio me hizo daño,

porque la noche me negó su trono,

porque oprimiste mi garganta tú...

Y porque estaba solo.


VIII


Una ilusión se va y otra se viene

-que es ése mi vivir y mi esperar-.

La que se va se lleva mis suspiros...

La que viene, ¿qué se me llevará?...

Mas vivo puesta en ella mi esperanza...

Sin ilusiones... ¿qué me quedará?


IX


El tiempo que pasa

-¡Dios mío, qué raudo

que pasa!- mis horas alegres y amargas

irá sepultando...

Pero hay en mí algo -yo no sé su nombre-

por el que no pasan, céleres, los años...

Algo que no tiene

ni siquiera historia...Algo sin pasado.




ALBACETE, 1959.








OTROS

POEMAS

EXTENSOS






























EL CUENTO DE LA NIÑA, LA ROSA Y LA MARIPOSA.


Marga tenía un jardín.

¡Qué jardín tenía Marga!

Estaba lleno de flores,

de flores blancas, muy blancas,

otras eran violetas,

amarillas, encarnadas...

Habían enredaderas

que, mimosas, se abrazaban

a los troncos de los árboles

y a los tallos de las plantas.


En el centro del jardín

una fuente de aguas claras

donde jugaba su hermano

a las navales batallas

con sus barcos de papel...


¡Cuántas veces aplastaba

la nariz contra el cristal

de la espaciosa ventana

para mirar su jardín,

su jardín que tanto amaba!

Miraba sus bellas flores

y sus tardes soleadas

y sus rincones umbrosos,

sombríos... Pero miraba,

sobre todo, en dirección

de una escondida enramada,

muy cerca ya de la verja

que con la calle lindaba...


Era un lugar ignorado

por todos los de la casa.

Sólo ella lo conocía.

Lo descubrió una mañana...

¡Era tan grande el jardín!...

Tan grande que no se hartaba

de pasar entre sus frondas

una vez y otra... Así, tantas,



que lo halló por fin, porque ella

todo lo curioseaba.


Pues bien: En aquel rincón

lleno de sombra y de calma

había plantado un día

una rosa. ¡Con qué gracia,

con qué primor la veía!

¡Con qué esmero la cuidaba!

La visitaba a menudo

y a menudo la regaba...

Así crecería pronto

y pronto se haría alta,

tan alta como otras flores...


Hacia aquel lugar miraba

la niña tras el cristal,

apoyada en la ventana.


¡Oh, Señor!, ¡cómo quería

ella a su rosa! Anhelaba

estar un momento a solas

para salir de su casa

y visitar a su rosa,

a su rosa muy amada...

porque era suya -sí, suya-

y todo el mundo ignoraba

que la niña poseyera

una flor tan delicada

de exclusiva propiedad...

¡Oh, Dios!, ¡cómo la aterraba

el pensar, ay, que otras manos

pudieran acariciarla...!

Tenía celos de todo:

del sol que la coloraba,

del aura que la mecía,

del ave que la arrullaba...


Por eso la había plantado

tan triste y tan solitaria

al amparo de aquel hueco



donde la ajena mirada

no pudiera descubrirla

ni el viento la deshojara.


Así que, todos los días,

cuando apenas despertaba,

una alegría muy íntima,

cruel casi, despiadada,

hacía que el corazón

acelerara su marcha.


Cuando su padre se fuera

a su faena cotidiana,

sus hermanos a la escuela

y solamente quedara

su madre, Marga podría

curiosear a sus anchas

por el jardín y charlar,

sin que nadie la escuchara,

¡oh, candorosa inocencia!

con su rosa colorada.


* * *


¡Qué contenta y qué gozosa

visitó aquella mañana

a la rosa la chiquilla!

¡Qué cúmulo de alabanzas

dedicaría a la flor!

¡Cómo podría admirarla!


Pero, ¡oh, suerte caprichosa!,

¡oh, ilusiones truncadas!...

Lo que la niña observó

la dejó aterrorizada:

Sobre los pétalos rojos,

furtivamente, posaba

una grácil mariposa

que, placentera, chupaba,

con su trompa espiriforme,

el néctar de su adorada.



A cada golpe, la niña

sentía una honda punzada,

un terrible alfilerazo

en su ser...















¡Ah, qué desgracia!

Tanto cuidar a la rosa,

tanto mimo...¡para nada!,

para que, luego, un insecto

feo y torpe, se ensañara

con la infeliz de esa forma

La mariposa enrollaba

su trompa... y a cada golpe

que le daba se llevaba,

prendido en ella, el color

de su cáliz escarlata,

el polen, el dulce néctar...

¡la vida en una palabra!


No era eso lo que sentía.

Lo que más le preocupaba

era saber que la rosa,

conforme -¡y hasta halagada!-

permitía sus caricias...

¡Qué celosa estaba Marga!


Rencorosa, enfurecida,

llena de amor y de rabia,


se dirigió cautelosa

hacia la flor la muchacha...

Tomaría a la mariposa

para luego castigarla...

¿Qué venganza tomaría...?

Le arrancaría las alas,

le cortaría la trompa,

su horrible trompa, tan larga...


Decidida se acercó

y, cuando ya la tocaba

con sus dedos, ¡oh!, la suerte

le hizo una mala pasada...

La mariposa voló...

La niña quedó cortada.

¡Ya no podría vengarse!...

Tampoco le interesaba.


Correría con su rosa,

a arrullarla, a consolarla,

a embriagarse entre su aroma,

a perderse en su fragancia.


¡Qué cerca estaba la flor!

¡Qué cerca la rosa estaba!

Entre sus pétalos suaves

ocultó Marga su cara

temblorosa de ternura


Así, nada le importaba...

ni que la vida rugiese,

ni que las horas pasaran...


Y un ósculo cariñoso

de paz, de amor y de calma,

quedó prendido en la rosa...

Sobre los labios de Marga

la grana de una gotita

de sangre ¡Cruel venganza!

¡Una espina le pinchó...!

No sintió dolor, no, nada.


Sólo sintió una amargura

que fue creciendo en su alma...

¡Sí! La rosa prefería

a sus caricias sagradas,

las caricias del insecto.

¡Qué acerbo gusto! ¡Qué rabia!


La niña cubrió a la flor

con una pequeña caja

que yacía en un rincón

del jardín, abandonada.

Así no podría ya

la mariposa encontrarla.

Y Marga se fue de allí.

Se fue muy acongojada.


* * *

Aquella noche la niña

soñó, ¡oh!, que se encontraba

paseando, en un jardín

fantástico, rodeada

de rosas grandes, muy grandes,

igual que en los cuentos de hadas.

Marga corría entre ellas...

¡Qué hermosas!...Había tantas...


De pronto, ¡visión horrenda!,

como por arte de magia,

sus corolas se cubrieron

de forma casi instantánea,

de gigantes mariposas...

¡Horror! ¡Cómo la miraban

con sus ojos siempre fijos!

¡Cómo temblaban sus alas!

Al fin se alzaron en vuelo

y volaron hacia Marga,

desenrolladas sus trompas.



La niña se vio cercada

entre sus alas polícromas,

entre sus velludas patas.

¡Qué miedo estaba pasando!

¡Qué miedo!... Gritó asustada

y...


* * *

Las sombras de su alcoba,

silenciosas y pesadas,

suplantaron al jardín...

Todo era quietud y calma.


Abandonando su lecho

Marga corrió emocionada,

escoltada por la angustia,

hasta la estancia inmediata,

donde su madre dormía.


-Mamá, mamá.

-¿Qué te pasa?


-Tengo miedo.


-¿De quién, hija?


Con lágrimas en la cara,

la nena contó a su madre,

sin escatimar palabras,

el secreto de la rosa

y la pesadilla extraña

de que había sido objeto

en su sueño. Avergonzada

por su actitud, esperó,

pintado en su rostro el ansia,

la respuesta de la madre.


-La mariposa es el alma

de la rosa, hija querida.

Ellas adquieren sus gamas



-le dijo- con sus colores,

del polen hacen sus galas

y del néctar su alimento...

Si algún día les faltara

esta fuente de existencia

morirían apenadas

y la flor se secaría,

al saberlo, de nostalgia.


La escuchó Marga en silencio

y zambullóse en la cama

sepultando su cabeza

en la cálida almohada

que, al rato, se humedeció,

de su llanto, con las lágrimas.

Buscó el calor de su madre

y allí se sintió amparada...

¡Con qué dolor lloró entonces!

Lloró, ¡qué franca es la infancia!

La chiquilla percibió

que una mano dulce y blanda

acariciaba su pelo

y una voz:


-No temas nada

-le dijo- que yo te velo...

Prométeme que, mañana,

dejarás libre a la flor

para que pueda besarla

otra vez la mariposa

y vestirse con sus galas.


La niña lo prometió.

De este modo consolada

tornó a dormirse... Y el sueño

puso sosiego en su alma.

* * *

A la mañana siguiente

Marga se fue a la enramada

para dejar a la rosa

en libertad y...


¡Oh, desgracia!

Junto a la caja yacía,

yerta, caídas sus alas,

una gentil mariposa...


Su pena fue más amarga

cuando al buscar su consuelo

en la rosa, al destaparla,

la halló muerta de tristeza,

mustia, seca, deshojada...


Dios la había castigado...

Su llanto se hizo palabras...

¡Cómo lloró la chiquilla!

¡Cómo se llora en la infancia!


Caída en el suelo, la flor

recibió en su faz las lágrimas

que, como un riego postrero

y estéril, le enviaba Marga,

mientras sus pétalos eran

zarandeados del aura.


(Del libro BALBUCEOS 28 Noviembre , 1955)


PECADO.


Niños vestidos de verde,

niñas vestidas de blanco,

inocentes criaturas

cogiditas de la mano,

tristes miradas las suyas

y menuditos sus pasos...

Niños que no tienen padres

y que no tienen hermanos...

Niños que sólo conocen

una casa y un techado,

unas rígidas costumbres,

un paseo cotidiano

y unas monjas bondadosas

que, a fuerza de años y años,

les enseñaron a amar



al Dios divino y humano...

Niños sin juegos, sin fiestas...

¡Niños del orfelinato!


















¡Qué sorpresa te produjo

verlos pasar a tu lado!

La misma que a mí, mujer,

que yo también soy humano.


¡Qué sonrisita más fría

se estereotipó en tus labios...

Pensaste...igual que yo...

igual que tantos y tantos:

Qué culpa pueden tener

estos hijos del pecado",

mas no quisiste pensar

en recuerdos más lejanos,

recuerdos que te trajeron

-como a mí, sin sospecharlo-

los semblantes inocentes

de estos niños desgraciados.


Piensa, aunque te avergüences

-como yo lo estoy pensando-

piensa, que siempre es bueno


pensar en momentos gratos,

piensa, que no es un delito

pensar en ratos pasados,

piensa, que nadie sabrá

jamás lo que hayas pensado...

¿Tienes vergüenza?...Pues sabe

que yo también soy casado

y pienso, pienso en un día

que nunca podré olvidarlo.


Erubescente, la tarde

se cobija en el ocaso.

Miles de pájaros huyen

al horizonte lejano,

huye el viento a la montaña

y paralizan su canto

las aguas mansas del río

y tórnase gris el campo...

Quietud, olvido, bonanza...

Todo estaba solitario...

¡Solos los dos en el mundo!

Había que aprovecharlo...

Era un momento sublime,

feliz...¡y lo aprovechamos!


¿Qué importa que se cubriesen

los montes, por no mirarnos...?

¿Y qué importa que la noche

aprisionase los campos

con su sudario de muerte,

con su finísimo manto,

para que no sospechasen

nuestra falta de recato...?


Nunca nos hemos querido,

nunca nos hemos amado...

Mas fue un momento poético,

un sueño puro, anhelado,

una vil fugacidad,

una celada que el diablo

nos preparó...y caímos...

Mas fue un pecado romántico.


Luego te fuiste callada

y yo me quedé callado,

recordando aquel instante

que hoy pienso que me hizo daño,

porque la felicidad,

el placer y los halagos

no existen en esta vida...

Te vi perderte a lo largo,

confundirte en la distancia,

sumirte en los muros sacros

del cementerio del pueblo...

¡El cementerio!...¡Qué vagos

presentimientos me asaltan,

como entonces me asaltaron,

al ver sus cipreses verdes

y sus muros encalados!

Iguales que los vestidos


de estos niños...¡Verde y blanco!



¡Qué sorpresa te produjo

verlos pasar a tu lado!


Pensaste...igual que yo:

que entre todos los muchachos

podría hallarse tu hijo...

Tal vez aquél sonrosado,

aquél de los ojos negros,

aquél del pelo anillado,

o el que a su lado camina,

o aquél de los ojos claros,

o ese otro tan risueño,

o quizás éste tan guapo

que te parece en la cara

y en los hoyos de los brazos.


Yo sé que antes que mujer

eres madre y has llorado

aquel momento tan dulce

que ahora sabes que fue amargo...


Niños vestidos de verde,

niñas vestidas de blanco,

inocentes criaturas

cogiditas de la mano,

tristes miradas las suyas

y menuditos sus pasos...

Niños sin fiestas, sin juegos...

Entre ellos va tu hijo amado,

el hijo de tus entrañas,

¡el fruto de aquel pecado!


(Del libro BALBUCEOS. 12 Enero, 1955)















MUJER.


Vendré cuando me ansíes, mujer sin luz, sin nombre

como ave nocherniega,

para besar tus labios -y para que me beses-

para beber la vida sobre tus senos blandos

y para que soñemos

-mis ojos en tus ojos, tus ojos en la noche-

que no se mueve el mundo,

que ya no son tangibles las cosas que nos miran...



Y los suspiros breves que exhalen nuestros pechos

serán como cristales

-azules, verdes, malvas-

que, sobre el aire negro, se harán calidoscopios

para que contemplemos las ilusiones nuestras

que siempre estaban lejos cuando las manos ávidas

quisieron alcanzarlas...

Y apretaremos fuerte

el tiempo entre los dedos, hasta exprimirlo dentro,

hasta que se haga viento,

hasta que se haga nada...


Vendré, mujer sin nombre, sin luz, cuando me ansíes,

como ave nocherniega,

para buscar tu abrazo,

y en el silencio denso, tu me dirás: "¡Te quiero!"


Yo te diré: "¡Te quiero!"

Y en el silencio denso no se abrirán los labios

ni sonarán palabras...

Tú me dirás: "¡Te quiero!" Yo te diré: "¡Te quiero!"...

No sonarán palabras,

pero comprenderemos...

Y guardará, celosa, la noche nuestro idilio

en su regazo triste.

Yo iré robando, leve, las fúlgidas estrellas

prendidas en tu pelo,

que se helarán sin brillo cuando las toque, fría,

mi mano sin recuerdos...

Yo elevaré tu velo

y arrancaré la niebla que tienes en tus párpados,

y arrancaré la bruma que tienes en tus labios

y haré que se resbale,

sobre tu espalda tersa,

ese cendal de espuma que cubre tu pureza...

Y temblarás de frío.


Mujer sin luz, sin nombre, vendré cuando me ansíes,

como ave nocherniega,

la sangre en mis mejillas,

la sed sobre mi pecho...



Tú me estarás mirando venir entre la noche

-los brazos en el tronco sin ruidos y sin céfiros,

igual que una hamadríada-

y esperarás mis ósculos

y cerrarás los ojos cuando me beses trémula

y cerraré los ojos cuando te dé mi beso...

Vendré a tenerte toda

y para que me tengas.


¡Oh, Clitia sin Apolo!, ¡oh, Psiquis sin amado!,

cuando te encuentres sola, sin dichas, sin amores,

grítale fuerte al viento

que yo vendré ligero -como ave nocherniega-...

Vendré cuando me ansíes,

mujer sin luz, sin nombre,

desconocida casi, sin formas todavía...


(Del libro EL FUEGO Y EL FRÍO. Julio-Agosto 1963)










ROMANCE


Retratados tus dos ojos

en el agua, me miraban.


Eran dos perlas divinas

que destellos irradiaban,

dos estrellas que reían,

dos diamantes que jugaban

sobre las aguas del río...


Eran verdes esmeraldas

que me hablaban de ilusiones,

que me hablaban de esperanzas...



Eran dos vidrios que mimos

y caricias encerraban...


Me miraban y reían

mientras los olmos roncaban,

mientras las aguas corrían,

mientras las hojas temblaban,

mientras cantaban las aves...


Dos mundos de dulces ansias,

dos lagos de extraños goces,

dos reinos de ricas galas...


Retratados tus dos ojos

en el agua, me miraban

y, en el agua, reflejados,

mis ojos te contemplaban.


Tus ojos me hipnotizaron;

me penetró tu mirada,

como una ola enfebrecida

que, loca, en el cuerpo avanza

y que deja adormecidos

los sentidos cuando pasa...


Sentí, aún estando insensible,

un calor que me abrasaba...


Ya no roncaban los olmos,

ya no corrían las aguas,

ya no temblaban las hojas,

ya las aves no cantaban...

El cielo ya no era azul,

era rosa y escarlata,

salpicado de ilusiones

y de mitos de la infancia,

cruzado por aves de oro,

surcado por nubes blancas

y embargado de canciones

delicadas, suaves, blandas.




Sentí muy cerca de mí

el roce de tu alba cara.

Noté que tus lindos brazos

en mi cuello se enlazaban

y luego...


* * *

Luego sentí

que un viento nos arrastraba

por caminos silenciosos,

por regiones desoladas,

donde sólo había dos seres

confundidos en un alma.


Soñé con mares serenos,

soñé con noches de plata,

y con cendales de espuma,

y con vellones de lana

y con seda y perlería...

Soñé con tardes nimbadas

y con pompas relucientes

que de los cielos bajaban...


Soñé que entre blandas plumas

mi vida, dulce, se ahogaba.


Acaso pensé un momento,

mientras a mí te abrazabas,

buscar lo que no tenía:

una paz que me faltaba,

un bien del que carecía,

un amor que no encontraba...

Acaso todo lo hallé

o -acaso- no encontré nada.


* * *

Retratados tus dos ojos

en el agua, me miraban.


Eran dos perlas divinas

que destellos irradiaban,



dos estrellas que reían,

mientras los olmos roncaban,

mientras las aguas corrían,

mientras las hojas temblaban,

mientras cantaban las aves...


Recuerdos gratos que arrastran

las voces roncas del viento,

las aguas del río, claras...


(Del libro EL FUEGO Y EL FRÍO. Julio – Agosto 1963)


CULPABLES.


No sé quién tuvo razón.

Ignoro quien fue el culpable...

Si tú por arrepentirte

o si yo por no escucharte.


* * *

Dos sonrisas, dos destinos,

dos deseos entrañables...

Y un sólo cielo, sereno,

un bello y sutil paisaje,

una luna silenciosa

y aves, muchísimas aves,

y lamentos de cigarras

en las noches estivales...


Y, entre todo aquel ensueño,

dos amores de romance,

dos cariños de leyenda

y dos almas ideales

que dejaron de ser ciertas

cuando fueron desiguales...

Dos suspiros, dos quereres,

que pasaron a ser aire

porque de aire estaban hechos...


Dos amores irreales...

Quisimos ser un ser sólo,

un alma, un cuerpo, una sangre,


un corazón, un destino...

y hoy, ya ves, no somos nadie.

Dos ansias que se desean

o dos seres tan cobardes

que se están queriendo y huyen,

que se aman y no lo saben.


*
* *


No sé quién tuvo razón.

Ignoro quién fue el culpable...

Si tú por arrepentirte

o si yo por no escucharte.


Pero dejemos que corran

nuestras vidas por sus cauces,


como discurren los ríos

derechos hacia los mares.

Nos seguiremos amando,

siempre, en silencio, distantes,

alejados, separados

por esa valla infranqueable...


Al fin, somos muy distintos:

Dos espíritus errantes,

un cuerpo y dos sentimientos,

un alma y dos ideales,

un sólo amor, dos destinos...






o dos seres tan cobardes

que se quieren y se huyen,

que se aman y no lo saben.


* * *


Dejémoslo todo así,

en un amor de romance

y no queramos saber

quién de los dos fue el culpable.


MIS HORAS TRISTES


I. SOLEDAD.


Eran mis horas tristes...

Mi corazón estaba vacío de pretéritos

y yo me debatía

-penosamente ciego-

buscándole un camino a mi vida sin sentido,

sin luces, sin anhelos...


Eran mis horas tristes...

Y yo tenía miedo

-un día y otro día-

de ser el mismo hombre, sin rumbo y sin senderos,

cantando a cada paso un himno a la esperanza

que me bullía adentro,






un himno de grandezas, un ditirambo dulce

que yo tenía hecho

para el futuro día

que habría de venirme, agradablemente nuevo...


Y así, cada mañana,

cuando la luz del alba llegaba hasta mi lecho

a despertarme, leve,

yo abría los postigos de mi ventana al cielo

azul de mi esperanza...


Hacía frío fuera, un frío casi fiero,

cruel y despiadado, que me atería el alma,

dejándola desnuda de voz y de deseos.

Mis ojos recorrían,

con mudo desaliento,

un cielo tenebroso sin soles y sin nubes,

hostilmente desierto,

un páramo sin flores, sin auras y sin pájaros,

un eternal invierno...


* * *


Eran mis horas tristes,

con mi ventana abierta, sin tregua, hacia mis sueños,

para que se me entrara aquello que esperaba,

meloso, innominado, que siempre estaba lejos.


II. AMOR.


Y un día

llegó, misterioso y extraño...

Entrose en mi alma,

despacio,

lo mismo que un rayo

de sol transparente, furtivo,

callado...

y el himno que yo le guardé,

de esperanza, mi canto

de fe y de ilusiones,

temblome -al salir- en los labios,

como una paloma azogada

que escapa -buscando

la altura,

la luz- de mis manos...


Abrí mi ventana

y hallé un infinito remanso

de paz, de armonía...

Había clarores de lentos veranos,

murmullos de trigos al viento,

rumores de mares lejanos...

Habían perfumes y aromas que nunca

notaron,

que nunca sintieron los hombres...

Aquellos que fueron inhóspitos páramos

estaban repletos

de nítidos prados...

Habían pujantes, polícromas flores

y cálidos pájaros...

Y yo, como un niño que sueña

fantásticos,

quiméricos sueños de hombre,



huí de mi noche, turbado,

mirándolo todo

con ojos suspensos

de asombro y de pasmo.


Y amé

la noche y el día,

lo bueno y lo malo,

la vida y la muerte...


Viví enamorado

de todo y de todos,

porque algo -ese algo

tangible y hermoso

que yo presentía-

llegó, misterioso y extraño,

y entrose en mi alma

despacio, despacio,

un día

de mayo.

III. RECUERDO


Pero arribó la noche

-la noche sigilosa, preñada de secretos-

y se llevó mi gozo,

dejándome perdido e inconsolable, inmerso

en un brumoso mundo

inhóspito, sin fuego,

sin auras y sin flores, sin soles y sin pájaros...

Y me quedé sediento...


Hacía mucho frío y yo vagaba tenue,

como un vano fantasma, doliente o irredento,

como un rodal de niebla,

como un jirón de viento,

buscándome en las sombras del día y de la noche,

penosamente ciego...


Eran mis horas tristes...

Mi corazón estaba cansado de recuerdos,

cansado de andar tanto,

sin rumbo y sin senderos...


Eran mis horas tristes,

con mi ventana abierta -¡sin tregua!- hacia mis sueños.


(Del libro EL FUEGO Y EL FRÍO. Julio-Agosto 1963)


IDILIO


Nada más que esto te pido:

que me miren en silencio

tus ojos que ya no tienen

para mí lágrimas dentro,

que ablandes sólo un instante

tu corazón insincero,

tu corazón que latía

para mí sólo hace tiempo

y que se plieguen tus labios

que no son de sangre y fuego

para mí, como otras veces,

no para esquivar mis besos,

sino para que me escuches

-sin que me hables- un momento.

Aquí me tienes, mujer,

aquí me tienes de nuevo,

no porque tú lo quisieras

sino porque yo lo quiero.















Han pasado muchos años,

muchos años, desde aquello...



Tú eras casi una chiquilla

y yo era casi un mancebo

pero bastó una mirada

sólo de tus ojos negros

para que ya no pudieras

irte de mi pensamiento

y en él te llevo conmigo...

Un altar te he hecho en mi pecho,

de luces y de ternura,

con la imagen de tu cuerpo,

para darle cada día

todo lo mejor que tengo...


Han pasado muchos años,

muchos años desde aquello...

desde que tú me dijiste

que ya no me amabas...y eso

aún me perdura en el alma,

aún tortura mi cerebro.


Quise olvidarte y no pude

porque te llevaba dentro,

y aprendí a tener orgullo

entonces...Y me fui lejos...

Tuve mujeres y amores

pero, fiel a mi recuerdo,

supe guardar tu memoria...

Y aquí me tienes de nuevo...


Han pasado muchos años,

muchos años desde aquello...

Se han ido mis ilusiones,

pero aunque yo soy más viejo

mi amor sigue siendo joven...

Lo mismo que tu desprecio.


Aún guarda aquella alameda

-¿te acuerdas?- nuestro secreto...


Aún me parece escuchar

cuando musitan los céfiros



su canción entre las frondas,

el rumor de nuestros besos.

Aún me parece sentir,

cuando me acaricia el viento

levemente las mejillas,

el halago de tus dedos.

Aún me parece notar

cuando, mecidas del cierzo,

se tienden, febles, las mieses,

el temblor de tus cabellos,

y veo, como una sílfide,

recortándose en el cielo

azul, tu silueta esbelta,

la noche en tus ojos negros,

el sol en tus labios rojos,

el alba en tu claro cuello,

la luz, el día y la vida


latiendo en tus blandos senos...

Aún guarda aquella alameda

-¿te acuerdas?- nuestro secreto...

¿Recuerdas que hicimos juntos

un solemne juramento?

¿Recuerdas que prometimos

querernos siempre...querernos

con el alma...y que sellamos

nuestro pacto con un beso?...

Pues, si te acuerdas, ¿qué hiciste...?

¿Olvidarlo...? No lo creo...

Me lo confirman tus ojos

y tú me lo estás diciendo



aunque no tienes palabras...

¡Me lo dice tu silencio!

Podrás quitarme tu amor,

tu nombre, tu juramento...

pero la dicha de haberte

tenido junto a mi pecho,

el placer de tus caricias,

el aroma de tu aliento,

los besos que tú me has dado...

óyelo, mujer, todo eso

no podrás arrebatármelo

aunque esté mil veces muerto

porque en mi tumba estarán

palpitando los recuerdos...


Nada más que esto te pido:

que me miren en silencio

tus ojos, que ya no tienen

para mí lágrimas dentro,

que ablandes sólo un instante

tu corazón insincero,

tu corazón que latía

para mí sólo hace tiempo

y que se plieguen tus labios,

que no son de sangre y fuego

para mí, como otras veces,

no para esquivar mis besos

sino para que me escuches

-sin que me hables- en silencio...


Quiero decirte tres cosas:

que te quise, que te quiero

y que te querré por siempre...

Pero, no... no tengas miedo

que no he venido a medrar

la limosna de tus besos

que me sabrían amargos

porque ya no son sinceros...

No tengas miedo, mujer,

que ya no pido ni ruego,

porque mi orgullo es muy grande...

es mayor que tu desprecio.


Sólo deseo decirte

que cumplí mi juramento,

que cuanto más me desdeñas

tanto más te estoy queriendo...

Pero ya no ansíes más

porque no quiero ofrecértelo...

Me iré otra vez sin que sepas

el dolor que yo me llevo

aunque tenga que morderme

la lengua por contenerlo

y me sorberé las lágrimas

que están picándome adentro

y estrujaré fuertemente

el corazón en mis dedos

y evitaré que mi boca

proclame tu nombre al viento

para que no sepas nunca

la pena que yo me llevo,

porque mi orgullo es muy grande...

¡Es mayor que tu desprecio.


(Del libro ALBACETE. 17 de mayo de 1.961)




TRÍPTICO DE SONETOS A LA MANCHA.


a) SURCOS


Bajo la luz que dora la aspereza

de la llanura austera y amarilla

trazan su línea fácil y sencilla

los surcos dormilentos de pereza.


Símbolos sobrios de delicadeza

que peinan la reseca y parda arcilla:

tierra sin par de la mejor semilla

serán mañana, emporios de riqueza.


Inmenso mar de verdes alcaceles

en la efímera y suave primavera,

tembloroso aleteo de oropeles


en los santos rigores del verano,

vides nuevas serán, uva señera

del otoño magnífico del llano.


b) ENCINAS


Ancladas en la hostil monotonía

de un paisaje sin alma y sin relieve

yerguen, romas, su copa endrina y breve,

las encinas en la ancha lejanía.















Son sonrisas que animan la atonía

del erial polvoriento con su leve

redondez soñolienta, insulto aleve

de los páramos llenos de acromía.


Son un signo de augusta reciedumbre

sobre el hielo y la nieve del invierno

largo y duro del llano o en la lumbre



cegadora y ardiente de la siega.

Son el grito de libertad eterno

de la estepa desnuda y solaniega.


c) ALDEAS.


Abiertas a los vientos irascibles

de la árida llanura -unos caminos,

unas grises besanas, unos pinos-

dormitan las aldeas, apacibles.


Casonas encaladas, ostensibles

en medio de los campos blanquecinos,

contrastan con los ocres mortecinos,

sesgadas en el páramo, inasibles.











Triscar vivaz de inquietos animales,

revuelo de palomas, unos perros,

cigarras en las tardes estivales,


rumor de ábregos cierzos libertarios,

lejano azulear de yermos cerros,

aromas de la tierra, mesetarios.


(Del libro RIMAS POLICOLORES 3-8 AGOSTO, 1982).


TE SUEÑO SIEMPRE.


No sabes, mujer,

lo que me enfurece

no poder sentirte,

no poder tenerte.



Tú no te imaginas

lo que a mí me duele

no saberte mía

y soñarte siempre,

siempre, noche y día,

posesivamente.


Si pudiera odiarte

te odiaría a muerte,
















te devolvería

desdén por desdenes

y me mostraría

frío e indiferente

con tu indiferencia...

pero, ¿cómo puede

ser ingrato y duro

quien sólo te quiere?,

¿cómo puede odiarte

quien te sueña siempre?


¡Qué castigo amarte!

¡Qué aflicción quererte

sin que tú lo sepas,

sin que yo lo apruebe!



No me apena tanto

que tú me desdeñes

sino que no sepa

dejar de quererte,

que te tenga dentro

sin poder tenerte,

que estés en el alma

mía, vehemente,

que andes en mi huella

y en mi voz, que alientes

en mi pensamiento,

que mores aleve

y única en mi verso

sin que lo desee.


No sabes, mujer,

lo que a mí me duele,

lo que a mí me apena

no poder tenerte,

no poder sentirte...

y soñarte siempre.


19 DICIEMBRE, 82


(Del libro RIMAS POLICOLORES 1982-1983)


¿HABRÁ UNA PUERTA ABIERTA?


¿Habrá una puerta abierta?

¿Se acabará el camino

o empezará el camino? ¿Será el final absurdo?

¿Será el total principio?

¿Renaceré de nuevo?

¿Me iré sin mí o conmigo?...


Si no alentara siempre dentro de mí esta duda

que me hace ser un ente que pasa, un peregrino

sin nombre, un desterrado juglar que va cantando

las muertes que ha vivido

con versos que pretenden

ser puros e infinitos,

que aspiran, jactanciosos, poder sobrevivirme,



¿qué terrenal resorte, qué célico designio,

podrían redimirme

de todo el pesimismo,

de todas las angustias

que van lastrando el alma y cegando los sentidos?




















¿Habrá una puerta abierta?

¿Me iré sin mí o conmigo?

¿Me dejaré en la tierra

las muertes que he vivido?

¿No habrá un lugar sin nombre de salvación remota

para el amorfo espíritu?

¿Me ha de doler adentro la idea de dejarme,

como un objeto inútil, aquello que creí mío?

¿Me han de enterrar, acaso,

con la ancha incertidumbre de haber sido o no sido?

¿Han de cubrir con tierra

tan sólo mi vacío?..


Me llena de pavura

mi trágico y efímero

vagar por este mundo, pero me queda adentro

la duda de sentirme, yo solo, yo individuo...


de ser yo únicamente.

¡Señor, no me la quites!

¡Déjame ser yo mismo,

yo mismo, con mis versos llenos de incertidumbre,

yo mismo, hecho lamento, yo mismo, hecho latido!

¡Que pueda preguntarme, Señor, cada mañana,

cuando despunte el día, sin fe, dubitativo:

¿Habrá una puerta abierta?

¿Se acabará el camino?


(Del libro LOS CREPÚSCULOS DEL ALMA…Enero-Agosto 1983)


.CUATRO COMPOSICIONES IMPROMPTU.


I. AGONÍA.


Yo no hubiera querido

verte en tan duro trance

y no pude apartar de ti mis ojos...

Nunca podré olvidar aquel instante

en el que te marchaste para siempre.

¡Nunca, nunca podré olvidarlo, padre!

Tu pecho marfileño, sudoroso,

hundido, jadeante,

tu boca abierta, inmensamente abierta,

buscando un poco de aire,

tus brazos fláccidos, hinchados, laxos,

tu rostro agonizante,

tus ojos, ya eternalmente cerrados...

¡Nunca, nunca podré olvidarlo, padre!

Sanatorio del Rosario. Albacete.

27 Enero 1999. 22:10 h.


II. TANATORIO.


Ese rostro de cera

que parece escaparse de la urna,

ese gesto sereno

y tranquilo y esa pálida túnica

que recubre piadosa

tu cuerpo macerado por las úlceras...

¡Si hasta estás guapo, padre,

en tu lecho postrero de alburas!


Tanatorio Municipal. Albacete.

28 Enero 1999. 6:30 h.


III. EL BESO.


Posé mis labios cálidos

sobre tu frente fría como el hielo,

recién sacado, padre,

de la urna de cristal tu cuerpo yerto.

Era mi beso fiel de despedida,

mi beso singular, mi último beso.

Cayó la tapa oscura

sobre tu féretro con golpe seco

y no pude evitar que el corazón

se me encogiera adentro,

que una congoja artera

se deshiciera en un llanto sincero.


Tanatorio Municipal. Albacete.

29 Enero 1999. 10:30 h.


IV. DESPEDIDA.


Aquí te entrego, madre,

después de tantos años,

el cuerpo de mi padre, de tu esposo.

Te lo he estado cuidando

como me lo pediste,

con un mimo deífico diario.

Os dejo juntos, compartiendo el mismo



recinto funerario,

para que no estéis solos.

Madre, dale tu mano

y sé su norte y guía en ese mundo

que aún no conoce, oscuro y solitario.

Yo ya he cumplido mi misión terrena.

Sólo puedo llorarlo.


Cementerio Municipal. Albacete.

29 Enero 1999. 12:00 h.











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