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La Leyenda de Hércules I

Por Jerónimo García Pérez (Jegarpe)

Publicación de Smashwords

2017


LPI:

Ley de la Propiedad Intelectual

Nº de asiento registral 00/2014/1970 Madrid


ÍNDICE.


Prólogo. I Soñemos un poco

II. Invocación de Clío


PRIMERA PARTE. LA JUVENTUD DE HÉRCULES

III. Nacimiento de Hércules

1. Perseo y Alcmena

2. Treta de Juno

IV. Educación de Hércules

1. Las serpientes de Juno

2. Adolescencia de Hércules

V. El canto de Alceo

VI. El león del Citerón

VII. Hércules y el mensajero

1. Regreso a Tebas

2. El mensajero de Orcómenes

VIII. Tebas y Orcómenes

1. Muerte de Anfitrión

2. Duelo de Hércules y Ergino

IX. El tirano de Tebas

1. Creonte y Megara

2. Periplo de Hércules

3. La ususrpación de Lico

X. La venganza de Juno

1. La locura de Hércules

2. Tespio

3. La pitonisa de Delfos


SEGUNDA PARTE. LOS TRABAJOS DE HÉRCULES

XI. El león de Nemea

1. Nemea

2. Muerte del león

XII. La Hidra de Lerna

1. Orden de Euristeo

2. La aventura

3. Regreso a Tirinto

XIII. La corza de Cerinea

1. Cerinea

2. La caza



LA LEYENDA DE HÉRCULES I

EPOPEYA EN

4.888 VERSOS

OCTOSÍLABOS


NOTA IMPORTANTE


La Leyenda de Hércules es una obra extensa. Debido a esto y a la gran cantidad de imágenes que contiene ha sido dividida en tres partes para facilitar su lectura la cual se ofrece, por lo tanto, en tres volúmenes diferenciados y continuados con los títulos de La Leyenda de Hércules I, II y III


OBRA POÉTICA ORIGINAL DE

JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ (JEGARPE)

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SI, DE VERDAD, EXISTE UN HOMBRE

QUE PUEDAGANARSE LA INMORTALIDAD

CON SUS FANTÁSTICOS HECHOS,

ESE HOMBRE SE LLAMAHÉRCULES.



P R Ó L O G O


SOÑEMOS UN POCO.



¡Oh, ven, acude a nosotros,

Morfeo, sutil Morfeo!

Destiérranos un instante

de nuestro vano destierro.

Extiende tu vago manto,

vela los párpados nuestros...

Durmamos quedo, durmamos,

dejemos correr el tiempo...

Nos veremos transportados,

en alas del grato sueño,

a un país de fantasía,

de quimera, de embeleso,

donde habitan dulces seres,

donde viven dioses bellos,

donde moran monstruos viles,

donde imperan reyes fieros...

Veremos campos y mares,

cielos y montes veremos,

veremos costas y playas

que rebosan vida, plenos...


¡Mirad! Estamos en Grecia,

fecunda en vates y genios.

Aquello que allá se ve

son las cúpulas de fuego

del palacio de los dioses,

del Olimpo asaz soberbio.

Mirad qué brillo despiden,

qué relucientes destellos,

sus tersas columnas de oro

que hiere, plácido, Febo.


Mirad cómo mira Clitia,

sus largos bucles revueltos,

y, henchida de amor, suspira

con sublime arrobamiento.


¿Qué escena hermosa es aquella?

Mirad qué bosque tan lindo...

Parece todo de cuento...

Parémonos un momento

y así veamos qué pasa...

Mirad qué dulce concento:

Es la glorïosa Clío

que canta historias de ensueño

al son de la suave música

que, grave, le presta Orfeo.

A escucharla han acudido

de Eolo todos los vientos,

las Náyades de las fuentes,

mostrando el desnudo cuello,

las Dríadas de los árboles,

flotando al aire el cabello,

las Oréadas del bosque,

que cubren con lisos velos

su cuerpo grácil y erguido,

su espalda y sus blancos senos.



Mirad también a Diana,

a su lado el rubio ciervo...

Cazando estaba, mas, ahora,

descanso da al arco presto

y escucha el canto divino,

el armonïoso eco

de Clío, musa que canta

de bravos héroes los hechos...


Detengámonos nosotros,

confundámonos entre ellos

y escuchemos lo que canta...

Escuchemos...Escuchemos...




II. INVOCACIÓN DE CLÍO.


Yo, la glorïosa Clío,

cantaré las correrías

del héroe más valiente

que cantó la boca mía.


¡Escuchadme, oh, vosotras,

graciosas, esbeltas ninfas,

que así me miráis, atentas!



¡Oh, Febo! Tú, que, con prisa,

cruzas, rápido, los cielos,

montado en veloz cuadriga,

al viento el dorado pelo

y en la boca una sonrisa



Detén tu carro un momento

y escucha la dura vida

del hombre más temerario

que cantó la boca mía.


¡Oh, tú, Diana!, la casta,

la que con saña castigas,

la que mataste a Orión

porque te vio un triste día

bañarte en un manso río

y el río te tuvo envidia

al ver tus carnes rosadas,

al ver tu cara divina...

Guarda el carcaj y la lanza,

guarda el arco y no persigas

a los nobles animales;

déjalos en paz que vivan

y oye los famosos hechos,

las hazañas más suicidas

del héroe más admirable

que cantó la boca mía.


¡Oh, tú!, errante viajero,

veloz Eolo, que miras,

desde tu nube flotante,

cual nevada y clara isla,

de las gentes sus amores,

sus azares, sus desdichas:


Escucha las aventuras,

deleita tu mente, admira

al hombre más arrojado

que cantó la boca mía.


Da libertad a tus vientos:

Al robador de Oreitia

y al Céfiro de occidente,

y al Notos del sur envía,

y suelta también a Euros,

mas no provoques sus iras,



que, sosegados, escuchen

de Hércules las valentías

y a todo el orbe las cuenten

y a todo el mundo las digan.

¡Oh, Gea!, tú, de la tierra



procreadora infinita,

de gentes, fieras y plantas

que luego acoges, solícita,

en un lugar de tu seno,

ya muertas, y las cobijas:

Saca tu busto gigante

de entre esa negra rendija,

profunda grieta, que abres

cada vez que regurgitas

y oye las magnas andanzas

y oye las gestas bravías

del más robusto varón

que cantó la boca mía.


¡Oh, Júpiter prepotente!

Tú, que repartes justicia,

que mandas y te obedecen

todos los dioses y cuidas



de personas y de pueblos:

Escucha con alegría,

pues de tu hijo se trata,

la historia más asistida

de guerras, muertes y viajes

que cantó la boca mía.



Asombraos, ¡oh, vosotras!,

deidades todas, amigas

de emociones y de luchas,

de aventuras y de intrigas,

que Apolo, presto, me preste

el dulce son de su lira

y, al compás de suave música,

que ablande a las piedras mismas,

que haga pararse al arroyo

de aguas puras, cristalinas,

que inunde el ámbito entero

de luz, de paz, de armonía,

narraré el valor más grande

que cantó la boca mía.


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PRIMERA PARTE

LA JUVENTUD DE HÉRCULES



III. NACIMIENTO DE HÉRCULES.


1. PERSEO Y ALCMENA.


Aún alegría y orgullo

rezuman cielos y tierras

del noble país de Beocia,

allá en el suelo de Tebas,

ciudad fundada por Cadmo

(el fundador de Cadmea)

con Fénix, Cílix y Thasos,

sus hermanos que, en la empresa

de libertar a Europa,

su hermana, que estaba presa

y seducida por Júpiter,

llegaron a aquellas tierras.


Aún alabanzas y cantos,

himnos triunfales de guerra,

entonan sus habitantes,

nacidos, según lo cuentan,

de los dientes de un dragón

cuando recuerdan la escena

del nacimiento del héroe,

llamado, por su gran fuerza,

Alceo en su juventud...


Así la historia comienza


Estando ausente Anfitrión,

el rey de la vasta Tebas,

descendiente de Perseo,

se dejó a su esposa Alcmena

y luchó con los tafianos

en dura y hostil pelea.


En tanto que, confiado,

batallaba con fiereza,

se presentó ante su esposa,

como si su esposo fuera,

(tan fiel transmutado estaba)

el dios Júpiter. Con ella

engendró a Hércules, el héroe

más adorado de Grecia.


Mas veamos qué ocurrió

ntes que Hércules naciera:



2. TRETA DE JUNO.


Ya Júpiter se gloriaba

de que el hijo que naciera

de Alcmena iba a ser el líder

si nadie se lo impidiera

de la raza de Perseo...


Pero he aquí que, cuando eran

más recios sus pensamientos,

le habló de esta manera

su esposa Juno, diciendo:


-Señor de cielos y tierras,

dirigente del Olimpo,

dios de las negras tormentas,

de los rayos y los truenos:

has de hacerme una promesa.


Y el vencedor de Tifón

concedió a su esposa audiencia.


-Prométeme -dijo Juno

con altivez y soberbia-

que el primer varón que nazca

de entre la raza señera

descendiente de Perseo

ocupará la regencia,

será el rector de ese pueblo.


Terminó de hablar la bella

y Júpiter contestó

con su voz potente: -Sea.


Él pensaba que sería

su hijo el que primero viera

las delicias de la vida...

Mas su creencia no era cierta.

Juno era terca enemiga

y perseguidora acérrima

de aquellos hijos que Júpiter

tenía de otras doncellas

y, sabiendo que aquel día

nacería Hércules de Alcmena,

aplazó su parto y, presta,

se trasladó Juno a Argos.


A poco nació en Micenas,

por su deseo, Euristeo.

Vástago de Esténelo era

y Esténelo de Perseo.


Con esto lograba Hera

su primera gran victoria:

Impedir que Hércules fuera

el señor de toda Argos

y de la estirpe persea.


Más tarde nació en Tirinto

Hércules, figura recia (*).



Era primo de Euristeo

y su vasallo. La idea

de Juno dio resultado.


Júpiter, ante la treta

de su mujer, se indignó,

mas fue fiel a su promesa.

No quebrantó su palabra.

¡Y su palabra era eterna!


Alcmena tuvo dos hijos. (*)

Hércules, cuya paterna

ascendencia fue el dios Júpiter,

e Ificles, cuya nascencia

de Anfitrión, se retrasó

porque así lo quiso Hera.


(*)Alcmena tuvo un parto doble: Hércules,(hijo de Júpiter) e Ificles (hijo de Anfitrión). Ambos gemelos vivieron caminos diferentes y solamente coincidieron en contadas ocasiones hasta la muerte de Ificles


V. EDUCACIÓN DE HÉRCULES.


1.LAS SERPIENTES DE JUNO.



A poco de nacer Hércules,

Juno, iracunda, mandó

dos serpientes a su cuna,

pero el infante a las dos,

tras breve y fugaz pelea,

entre sus manos ahogó.

Fue el primer alarde que hizo



de su fuerza el semidiós.


Y la diosa, fracasada,

ante los dioses juró

que haría dura la vida

al robusto matador

de sus horribles culebras.

Y el juramento cumplió.


2. ADOLESCENCIA DE HÉRCULES.


Pasaron meses y meses,

año tras año pasó,

y a medida que pasaban

dieron valor y vigor

al cuerpo del héroe griego,

de Juno odio y temor

y de Júpiter orgullo

y de Grecia grande honor

y de su madre consuelo

y gloria para Anfitrión.


Cierta mañana, su padre

de esta manera le habló:


-Hijo mío. Es el tiempo

llegado de tu instrucción.

Habrás de educarte y ser

digno hijo de quien te crió.

Serás orgullo del mundo

y del mundo admiración.

Jamás temerás a nadie

y nadie tendrá valor

para medirse contigo.


El eco expandió su voz

y, por contornos y pueblos,

Eolo lo transportó

hasta el Olimpo lejano

donde Júpiter lo oyó

y se alegró grandemente

de oír hablar a Anfitrión.


Y fue éste quien primero

comenzó su educación

enseñándole a llevar

el carro con perfección.

Más tarde fue el pugilato:

Autólico lo inició

en esta modalidad.

Eurito lo adiestró

en el manejo del arco.

Cástor también le enseñó

a luchar cargado de armas

pesadas, sin trabazón.

Y Lino a tañer la lira

y en el canto lo amaestró.


Se hallaba Hércules tañendo

la lira en una ocasión

cuando su maestro, enojado,

sañudo, le reprendió.

Hércules, que aún no era mozo,

con su lira le asestó

tan gran golpe en la cabeza

a Lino que lo mató.



-¿Qué has hecho, indigno hijo mío?

-clamaba Anfitrión, airado-

¡Has dado muerte a tu maestro!

¡Ah, vil! ¡A Lino has matado!

No mereces ser mi hijo...

¿Por qué lo hiciste? Postrado

de hinojos ante su padre,

sumiso siempre y callado,

Hércules le respondió:


-¡Porque me hubo castigado!


Respuesta fría que escucha

Anfitrión con sumo agrado

pensando que nunca su hijo

soportará los agravios

que le dirijan los hombres

sin dar placer a sus manos.

Y las siguientes palabras

fluyeron de entre sus labios:


-Saldrás al amanecer

para guardar mis ganados

hacia el monte Citerón.



Es tu castigo. Acabado

su discurso el rey de Tebas,

notablemente irritado,

salió de la estancia donde

con su hijo había hablado.


* * *

Sumiso, el joven Alceo

(que así en sus primeros años

Hércules fue conocido)

partió como fue ordenado

hacia el monte Citerón,

a apacentar el rebaño.


V.EL CANTO DE ALCEO.


-Sólo montes y montañas,

sólo valles y collados,

sólo cielo, tierra y agua,

sólo animales y campos.

Y entre tanta inmensidad

estoy aquí encerrado.

-De esta manera pensaba

el héroe griego-. Entre tantos

alicientes como ofrece

al hombre con sus encantos

esta vida, yo estoy preso,

aquí, entre corderos mansos.

Yo aspiro a la libertad

como todos los humanos.

Quiero ser un hombre libre.

No quiero estar aquí atado

compartiendo la ventura

de estos bravos desgraciados.

Yo nací para ser libre,

para estar en todos lados.

Quiero luchar con los hombres

y vencerlos y matarlos

y no enamorar a ninfas

y dialogar con los hados.

Quiero reñir con dragones

y ahogarlos entre mis brazos

y no cuidar de estas bestias

que sólo gustan de halagos.

Quiero correr aventuras

surcando mares salados

y no bañarme en las aguas

de este romántico lago.

Quiero retar a los reyes

y vivir en sus palacios

y no en esta humilde choza

acatando sus mandatos.

Quiero vivir con los dioses

y también desafiarlos

y no mirar impasible

los favores que me han dado.

Quiero ser como el canoro

pajarillo sonrosado

que, siendo menos que yo,

vuela libre en el espacio.

Quiero ser como esas aguas

que, entre monótonos cantos,

transcurren hacia la mar,

felices, lentas, pasando.

Quiero ser como esas nubes

que surcan, en vuelo raudo,

los finísimos celajes

del azul anacarado.

Quiero ser un hombre libre,

no quiero estar aquí atado

compartiendo la ventura

de estos bravos desgraciados.



Calló su lamento Alceo

y sus ecos angustiados

aún se quedaron vibrantes

sobre los aires flotando.


Atraídos por sus voces

han acudido temblando

todos los dioses a oírlo.

Y Júpiter, desde lo alto

del Olimpo portentoso,

en su trono, está pensando:

"Será como tú deseas.

Se hará como tú has hablado."



VI. EL LEÓN DEL CITERÓN.


Cuentan que un fiero león

recorría la comarca

haciendo graves estragos

entre las gentes honradas.

Devoraba los ganados,

a las personas mataba,

perseguía a los animales

pequeños y, al darles caza,

con sus dientes poderosos

sus carnes despedazaba.

Era temido de todos

por su cruel y odiosa saña,

por su fuerza portentosa,

por sus cruentas dentelladas,

por su ataque traicionero

y sus durísimas zarpas.

Labradores atrevidos,

blandiendo múltiples armas,

salían a darle muerte

pero jamás regresaban.

Pastores rudos trataron

de atrapar con artimañas

a la fiera y no lograron

más que caer en sus trampas.

Varios jóvenes fornidos

acometieron la hazaña

mas no pudieron matarlo

y sí morir en sus garras.


Pese a todos los esfuerzos

de aquellas gentes honradas

seguía el fiero león

recorriendo las montañas.


* * *


Apacentando el ganado

Hércules cierta mañana

vio acercarse a dos pastores.

Con viva y ligera marcha

el joven salió a su encuentro

y oyó que le preguntaban:


-Venimos buscando a un hombre...

Hércules. Así se llama

y es hijo del rey de Tebas.

¿Lo conoces? -Con él hablas.


-No es posible. Eres muy joven

para empresa tan tamaña.

-¿Acaso un simple pastor

rehúsa creer mis palabras?

Soy Hércules, por mi padre

traído a estas montañas,

para guardar su ganado.

¿Qué quieres de mí? Ante tanta

vehemencia contestó

el pastor que antes hablara:


-Creemos en ti, muchacho.

Fiamos en tu palabra.


-Hablad entonces. -Venimos

a decirte que des caza

al león del Citerón.

Anfitrión así lo manda.

Hablé con él en el nombre

de mi pueblo y en demanda

de auxilio contra esa bestia

que asola nuestra comarca.


-Pues si mi padre lo quiere

y el pueblo por ello clama,

decid a todos que juro

ante los dioses venganza

y donde quiera se esconda

esa fiera he de matarla

aunque sea hija de Thanatos

y Juno le preste saña.


De pronto un rugido horrible

heló las turbias miradas

de los ancianos pastores,


palidecieron sus caras,

temblaron sus rudas manos.


Hércules se puso en guardia.


Allá, a unos cincuenta metros,

un león despedazaba

con sus dientes a una oveja

que, moribunda, balaba.


En rauda y veloz carrera

Hércules al león alcanza

y de un salto gigantesco

sobre su lomo se lanza,

atenazando su cuello

entre los brazos. Levantan

hombre y fiera en la contienda

nubes de polvo. Las zarpas

del monstruo hieren los brazos

del joven, pero éste abarca

con más fuerza el grueso cuello

en la furiosa batalla.

Los dos seres se confunden

en una preciosa estampa.


Al fin se escucha un chasquido,

unos rugidos de rabia

y un grito viril de triunfo.

Con la cerviz inclinada,

la fiera yace en el suelo.

La pelea está terminada.


Ya el león del Citerón

no asolará la comarca

haciendo graves estragos

entre las gentes honradas.


Los pastores, asombrados,

hablaron de aquella hazaña

gloriosa y el joven Hércules

cobró merecida fama.


VII. HÉRCULES Y EL MENSAJERO.


1.REGRESO A TEBAS.


















Cuando el último rugido

de la fiera agonizante

fue solamente un susurro

que se esfumó por los aires,

cuando los rudos pastores,

aún asombrados del trance

del que saliera el forzado

Hércules incomparable,

se despedían del joven,

arrancó la testa infame

del animal y, al instante,

se la puso en la cabeza

y vistió su piel sangrante.


Cubierto de esta manera

y con pasos arrogantes

abandonó aquellos prados

para ir a ver a sus padres.


Atravesando caminos,

llanuras, montes y valles,

llegó hasta las cercanías

de un conocido paisaje.

Eran los muros de Tebas,

de donde salió meses antes

a custodiar el rebaño,

desterrado por su padre.


2. EL MENSAJERO DE ORCÓMENES.


Antes de entrar en el reino

cesó en su marcha, expectante,

y, oteando el horizonte,

vio hacia él acercarse

a un hombre que lo llamaba.

Esperó a que él llegase

y luego le preguntó

cuando lo tuvo delante:


¿Qué quieres? -¿Eres tebano?

-dijo el otro, vacilante.


-Soy el hijo de Anfitrión.

Y...tú, ¿quién eres? -De parte

de Ergino, que es rey de Orcómenes,

yo vengo a comunicarte

que mi señor os exige

el dinero que pagarle

debéis, por ser tributarios

desde muchos años hace.


Y la respuesta del joven

fue cruel, ruda, tajante,

pues cogiendo al mensajero

con sus manos de gigante

le cortó nariz y orejas

y al infeliz, suplicante,

dijo después, con desprecio:


-Por qué no te mato sabe:

Corre y dile al rey Ergino

que no acatamos de nadie

ni órdenes ni tributos,

ni debemos vasallaje.

Nuestra raza poderosa

sabe por sí gobernarse...

Es una injuria, un oprobio,

pagar dinero a un cobarde.

Di todo esto a tu señor.

Y ahora ya puedes marcharte.


El hombre, despavorido,

tembloroso su semblante,

abandonó aquel lugar

con el rostro tinto en sangre.


Cuando hubo llegado a Orcómenes,

exhausto, contó al detalle

su infructuosa misión,

su ignominioso percance

y la respuesta que Tebas,

despreciativa, insultante,

les mandaba. Lo oyó Ergino

y, levantando en el aire

su puño, aleve, juró

de los tebanos vengarse.


VIII. TEBAS Y ORCÓMENES.


1. MUERTE DE ANFITRIÓN.


Ergino, hijo de Climeno,

ante la afrenta de Tebas,

armó a su potente ejército

declarándole la guerra.

Los tebanos aceptaron

y acudieron con presteza

a la lid, con Anfitrión

y Hércules a la cabeza.


La batalla fue enconada.

Duró semanas enteras

y en ella tomaron parte

no sólo las huestes fieras

de ambos reyes, sino dioses

que, con sus mañas y tretas,

protegían a aquel bando

que más de su agrado era.

Así Juno al rey Ergino

ayudaba en la pelea

y Júpiter a Anfitrión

y a Hércules daba fuerzas.


Entretanto, la batalla

recrudecía sangrienta.

Miles de lanzas mortales

buscaban pechos, sedientas.

Cientos de carros yacían

destrozados en la tierra.

Miles de agónicos hombres,

con las entrañas afuera,

se arrastraban por el suelo.

Cientos de horrendas escenas,

cientos de ruidos letales...

Y en medio de la contienda

apareció el furibundo

y airado dios de la guerra,

el cruel Marte, acompañado

de su eterna compañera

en las batallas, Belona,

y de toda su asistencia:

Discordia, Deimos y Fobos

y las Queres traicioneras

y las Harpías, que rondan,

con sus alas de corneja,

robando todas las almas

que el cuerpo, a su muerte, deja.


Ajeno a todos los dioses

que alrededor merodean

Hércules sigue luchando

con su bravura y destreza,

ahogando, hiriendo y matando

a los hombres por decenas.

Todos le huyen y le temen

y nadie con él se enfrenta.

Mas Hércules, con ardor,

sereno, los busca y reta,

y mueren bajo sus pies

con lamentos de impotencia.


Cierta mañana amanece

con crespones de tristeza.

El rey Anfitrión ha muerto,

pero ha muerto con nobleza,

batallando sin descanso,

combatiendo sin flaqueza.


Thanatos ha dirigido

hacia su pecho la flecha

que le ha quitado la vida,

que ha truncado su existencia.



Luto, dolor, decaimiento,

negros presagios, tinieblas,

asaltan a los guerreros

que están defendiendo a Tebas.


Juno, soberbia y altiva,

muy confiada se muestra.

Pero Júpiter, al punto,

requiere ante su presencia

al dios de los pies alados,

Mercurio, y de esta manera

le dice: -Ve y dile a Hércules

que ante nada desfallezca

y que en duelo desafíe

al rey Ergino y lo venza.


Y el pelígero Mercurio,

como una pluma ligera,

surca el espacio, veloz,

portando la buena nueva.


2. DUELO DE HÉRCULES Y ERGINO.


Hércules al rey Ergino,

como Júpiter quisiera,

ha retado y ha aceptado

su enemigo la pelea.


Los dos fuertes contendientes

a la batalla se aprestan.

Ergino cargado de armas,

Hércules sólo en la diestra

blande su clava pesada.

Le basta y sobra con ella.


Al momento ha comenzado

el gran combate y Minerva,

la nacida del cerebro

de Júpiter, con presteza,

ha acudido a ver la lucha

lanzando gritos de guerra.


Ergino arroja su lanza

y su primer tiro yerra.



Hércules la coge al vuelo

y entre sus manos la quiebra.

Al punto pasa al ataque.

Con mano segura y diestra

tira su clava potente,

tan hábilmente directa,

que se hunde en el ancho pecho

de su enemigo, certera.


Admirados se han quedado

los de Orcómenes y Tebas

y también la diosa Juno,

ante tamaña destreza.


Hércules y los tebanos

por su victoria campean

y arremeten con tal furia

contra las huestes dispersas

de Ergino que, en breves horas,

dejan las tropas pertrechas,

muertos sus hombres, deshechos

sus armamentos de guerra.


La victoria del dios Júpiter

ha sido cruda y completa.

Y los tebanos, cantando

himnos triunfales, regresan

a su tierra, a sus hogares,

al noble país de Tebas.



IX. EL TIRANO DE TEBAS.


1. CREONTE Y MEGARA.


Después de muerto Anfitrión,

Creonte heredó su trono

y una nueva era de paz

tras de los muros musgosos

y desgastados de Tebas

se abrió para sus gloriosos

habitantes que ya nunca

pagarían con su oro

al soberano de Orcómenes

su tributo deshonroso.


Se quedó Hércules entre ellos

y los tebanos, gozosos

de contar con su amistad,

ofreciéronle su apoyo.


Cierto día, el rey Creonte

habló con él de este modo:


-Yo tengo una hija, Megara,

y he pensado darle esposo.

Ella me ha dicho que te ama,

que la subyuga tu arrojo.

Si no se casa contigo

no lo hará jamás con otro.

Ahora, piénsalo, y si accedes

te la cedo en matrimonio.


Y Hércules contesta: -Acepto.

Tu ruego me hace dichoso.


Y la unión se celebró

en medio de actos pomposos,

bataholas de alegrías

y bullicios y jolgorios.


Pero Hércules no gustaba

de prolongados reposos.

Su ansia voraz de aventuras,

su sed de proyectos locos,

llegó a obsesionar su mente,

llenó su cerebro todo...


2. PERIPLO DE HÉRCULES.


Y a la mañana siguiente,

sin rumbo fijo, el coloso

se fue de Tebas, en busca

de correrías, ansioso.


Atravesó toda Grecia,

visitó todos sus nomos,

surcó sus mares contiguos

y conoció los remotos

países del extranjero,

ignorados y brumosos.


A la vuelta visitó

el Olimpo esplendoroso

e hizo amistad con los dioses.

Vulcano, en su fragua al rojo,

modeló preciosas armas,

hechas de plata y de oro,

entregándoselas a Hércules,

quien, incansable y fogoso,

bajó al pavoroso Averno,

conoció el Tártaro lóbrego

y a Plutón y a Proserpina

y a su cortejo horroroso.


3. LA USURPACIÓN DE LICO.


Durante la ausencia de Hércules

en Tebas reinaba el dolo

y acechaba la traición

en los lugares recónditos.

Lico, un hijo de Neptuno,

había usurpado el trono

después de matar a Creonte,

traicionero y alevoso.


Implantó la tiranía

y no cejó en su propósito

de violentar a Megara

llevado de un plan morboso.


Quiso hacerla su mujer

y Megara, llena de odio,

se resistió bravamente...

Mas Lico siguió su acoso



Hasta que, al fin, cierto día,

en medio de un gran asombro,

Hércules se presentó

de improviso. Con aplomo,

Lico quiso defenderse,

pero su valor fue poco

cuando notó la venganza

y ansia de muerte en el rostro

de su forzudo enemigo.


Con sus brazos musculosos

Hércules atenazó

el cuello del insidioso.


Y Lico dejó su vida

entre estertores agónicos.


Y nuevamente la paz

tras de los muros musgosos

y desgastados de Tebas

volvió a sonreír a todos.


X. LA VENGANZA DE JUNO.


1. LA LOCURA DE HÉRCULES.


Hércules tuvo tres hijos

de Megara, todos ellos

aspirantes al valor,

al espíritu guerrero

y a la fuerza de su padre

en los tiempos venideros...

Mas, ¡oh, dolor!, no llegaron

aquellos felices tiempos



Juno, enemiga perenne

y astuta del héroe griego

no pudo ver sin envidia,

libre de lucha y de riesgos,

a su mortal enemigo,

con pérfido desprecio,

consiguió que la locura

se apoderara al momento

del belicoso varón

a fuerza de enfurecerlo.



A tanto llegó su cólera,

tan loco estaba, tan ciego,

que dio muerte a sus tres hijos

a flechazos. Y fue aquello,

aquel vil asesinato,

aquel crimen tan horrendo,

lo que dio luz a su mente,

lo que volvió a su cerebro

l

Juno

a cordura arrebatada,

el dolor y el desconsuelo

y lo que le hizo exclamar,

desesperado: -¿Qué he hecho?

¡He dado muerte a mis hijos!

¿Cómo es posible? ¡Están muertos!


Y, sintiéndose culpable,

se penó con el destierro.


2. TESPIO



Seguido de las Erinnias

que zaherían su cuerpo

y laceraban su cara.

con sus punzantes flagelos

y, sin piedad, le hostigaban,

recordándole el suceso,

Hércules se puso en marcha

y fue a visitar a Tespio,

en la comarca de Tespias.


-He venido desde lejos

para que me purifiques

-dijo al hijo de Erecteo-.

-He matado a mis tres hijos

y ahora no encuentro consuelo.

Mas no supe lo que hacía

porque yo no estaba cuerdo...

¡Perdí toda la razón!

Pon tú a mis males remedio...


Tespio lo purificó

y él partió para el destierro.


3. LA PITONISA DE DELFOS.


Se dirigió presuroso

al oráculo de Delfos

para saber de qué suerte

cumpliría su destierro

y dijo la Pitonisa

con voz que sonó en el templo:


-Establécete en Tirinto,

al servicio de Euristeo,

por espacio de doce años.

Te encargará los trabajos

más difíciles y expuestos

que jamás hayas soñado.

Mas cúmplelos todos ellos

y al final conseguirás

ser inmortal como premio.



Escuchó a la Pitonisa

en medio de un gran silencio

y vio su figura incierta

cubierta de finos velos,

recortada entre las llamas

de los hachones de fuego

y envuelta por el perfume

sutil de los pebeteros

que adornaban la mansión

de Apolo, viril y apuesto,

dios de la luz y del sol,

que refleja en sus cabellos,

de las artes y las letras,

dios de lo hermoso y lo bello,

que demuestra en la armonía

de su fino y grácil cuerpo.


Pensando en su porvenir

Hércules salió del templo

y se dirigió a Tirinto

donde su primo Euristeo

le haría vivir a su mando

los más críticos momentos

de su azarosa existencia.


Y, mientras tanto, en el cielo,

sobre una flotante nube,

escoltada por el viento,

la diosa Juno reía

su venganza presintiendo.


SEGUNDA PARTE

LOS TRABAJOS DE HÉRCULES.


XI. EL LEÓN DE NEMEA.


1. NEMEA.


En la región de Nemea,

la cual heredó su nombre

de la hija del rey Asopo,

entre Cleone y Flionte,

existe un valle frondoso

que es morada de un enorme

y monstruoso león

que causa males atroces

en las tierras donde actúa.


Son muy justos los temores

de las personas que viven

escuchando día y noche

sus espantosos rugidos,

sus horrorosos clamores

Era hijo de Tifón

(productor de humo y vapores)

el mismo que fue vencido

y arrojado a los horrores

de los infiernos por Júpiter,

viviendo allí desde entonces

y mostrando su furor

en el humo y los ardores

que emanaba en los volcanes

con sus potentes pulmones.


2. MUERTE DEL LEÓN.



Euristeo llamó

a Hércules y así hablole:


-Necesito que des caza

al fiero león que se esconde

en el valle de Nemea.

Quiero que su piel adorne

los muros de mi palacio,

los suelos de mis salones.


Y el héroe griego salió

sumiso a cumplir sus órdenes.


Durante días enteros,

escalando agrestes montes,

atravesando llanuras

y cruzando umbrosos bosques,

Hércules llegó a Nemea.


Buscó en los alrededores

del valle al horrible monstruo

de curtida piel de bronce

y una tarde lo encontró

lanzando aullidos feroces.

Su cuerpo era una montaña,

sus patas robustos robles,

sus uñas eran puñales

y en sus ojos retadores

habían ansias de muerte

entre sus grises fulgores.

Mas él no se intimidó.

Rápidamente apuntole

con el arco y con las flechas

que, al dispararse veloces,

se alojaron en el cuerpo

del terrible mastodonte.

Pero la fiera, inmutable,

no acusó apenas el golpe.

Sólo sintió unos pinchazos,

unas tenues comezones

que estimularon su sed

de sangre. Hércules lanzole

entonces su dura clava

y nuevamente acertole...



Pero el monstruo, furibundo

sólo sintió un leve roce.

En vista de esto, el fornido

Hércules abalanzose,

con ímpetu irrefrenable,

sobre la túrgida mole

del animal y rodaron,

enlazados, bruto y hombre.

Hasta que, en un gran esfuerzo,

el héroe griego agarrose

a la garganta del león

con sus brazos vengadores

y fue apretando, apretando...

Con movimientos muy torpes

la fiera dejó su vida

entre los brazos del noble.


* * *

Con el monstruo a sus espaldas

Hércules hacia la corte

de su primo Euristeo,

presuroso, encaminose

y, en su presencia, le dijo:


-Mucho trabajo costome

darle muerte a este león,

pero he cumplido tu orden.



XII. LA HIDRA DE LERNA.


1. ORDEN DE EURISTEO.


Era la Hidra de Lerna

un animal repulsivo,

hijo de Equidna y Tifón

y, al igual que ellos, maligno.

Grande como una montaña,

como a la muerte temido,

respetado como un dios

y tal como un dios tenido.

Portaba siete cabezas

y siete horribles hocicos,

por donde llamas y fuego

emanaba en sus bufidos.

Sus fauces eran terribles,

como los negros abismos

que dan acceso al Averno



Eran tan fuertes sus gritos

y sus voces que, de lejos,

semejaba un cataclismo.

Sus ojos eran como ascuas

y en sus fulgores y brillos

había ansiedad de muerte

y destellos asesinos.

La diosa Juno le daba

sus famélicos instintos

y su voraz alimento.


Cumpliendo su cometido

encarnaba los pantanos

y las fuentes y los ríos

de aquella región de Lerna

donde había hecho su nido.


* * *


-Ve a la comarca de Lerna

-dijo Euristeo a su primo-

y mata a la inmunda Hidra

que se asienta en aquel sitio.

Es el segundo trabajo

que te encomiendo.


Y el hijo

de Júpiter contestó:


-Haré lo que me has pedido.


Desde el Olimpo, su padre,

en trono de oro macizo

guarnecido de rubíes,

de esmeraldas y zafiros

oyó la conversación

altamente complacido.



2. LA AVENTURA.


Una espléndida mañana

se puso el griego en camino,

acompañado de Yolas,

su fiel criado y sobrino (*).


(*) Yolas era hijo de Ificles (hijo de Anfitrión), por lo tanto sobrino de Hércules.


Después de andar mucho tiempo

llegaron a su destino

y hallaron al monstruo enorme

chapoteando enfurecido

entre las aguas fangosas


de un lago manso y tranquilo.

Observolo el noble Hércules

sin reparos y seguido

cercanamente por Yolas,

pensó arrostrar el peligro

zambulléndose en el agua...

Notando a su espalda ruido,

el monstruo se revolvió

y encontró a los dos amigos.

Sus grandes bocas se abrieron

exhalando aliento tibio

hasta quemar sus mejillas

Mas ya Hércules, convertido

en una furia, saltaba

hacia el cuello escurridizo

más próximo a él, cercenando

de un golpe mortal, preciso,

de clava, su gran cabeza.

Apenas hubo caído

sangrante, botando, al agua,

entre estertores y aullidos,

nacieron dos nuevas testas

más fieras que de principio

de su cuello mutilado.

Segundo intento fallido:

Otra vez la clava de Hércules,

en un mortífero giro,

corta otra infecta cabeza

y dos en el mismo sitio

aparecen al instante.

Por vez tercera, con brío,

surcando el aire, la clava

vuelve a arrancar, ¡lindo tiro!,

dos cabezas, mas ahora

son cuatro las que han nacido.


Yolas, que ve la impotencia

de los embates bravíos

del griego, sale a la orilla

plenamente decidido

a ayudarle con un plan

sabiamente concebido.


Con una velocidad

que hubiese envidiado el mismo

Mercurio, corrió hacia el bosque

más cercano y más tupido

de cuantos en la región

de Lerna habían existido...

Allí encendió grande hoguera

que el viento, furioso, hizo

extender por la comarca

hasta quedar convertido

todo el lugar en un caos

de destrucción y exterminio.



Devorados por las llamas,

entre perennes crujidos,

ramas y árboles caían

por el fuego consumidos.

Fue tan enorme el incendio

que hasta el agua de los ríos,

de los pantanos y fuentes,

ante el calor producido

por él, se secó en sus cuencas

y todo quedó vacío.


Viendo Yolas los efectos

volvió otra vez con su amigo

y a tiempo llegó de verlo,

aún luchando y ya abatido,

con la Hidra, pero entonces,

como un milagro imprevisto,

las cabezas de la bestia,

mustias, sin vida, entre gritos

muy débiles, se esfumaron,

como el humo, al infinito.


Sólo quedó una cabeza

que resistió a aquel designio

de los dioses: la del centro.

Era inmortal, pero henchido

de gozo, Hércules saltó

sobre ella y de raudo tiro

la seccionó de su cuello.

Con saña vil la deshizo

sin piedad, despedazándola,

y cuando ya ningún ruido

e escuchaba de sus fauces,



emponzoñó en sus hocicos,

con su veneno, las flechas

que portaba. Acto seguido

la aplastó inhumanamente

y, ya piltrafa, el fornido

joven enterrola en vida

poniéndole encima un risco

para que ya no saliera

de allí, jamás en los siglos.


3. REGRESO A TIRINTO.


-¿Por qué quemaste la selva,

auriga noble? -le dijo

el gran Hércules a Yolas,

cuando iban ya de camino.


-Yo sabía que la Hidra

-le contestó su sobrino-

encarnaba los pantanos

y los lagos y los ríos

y las fuentes de Lernea.

Por eso quemé aquel sitio

y el fuego secó las aguas

y, por el mismo motivo,

se secaron las cabezas

de aquel animal maldito.


* * *

En la ancha la luz de la tarde

el griego avistó Tirinto,

invadido de contento

y alegre, al haber cumplido

el mandato de Euristeo,

su segundo cometido.



Pero Juno que observaba

desde lo alto el optimismo

de Hércules prometió

para él nuevos peligros.


XIII. LA CORZA DE CERINEA.


1. CERINEA.


-Llégate al Peloponeso,

mi buen Hércules, y da

caza a la corza veloz

que habita en aquel lugar

-así decía Euristeo-.

Bien la reconocerás

por su cornamenta aurífera,

por su mucha agilidad

y por sus patas de bronce...

Viva me la has de entregar.


Cuando acabó Euristeo

comenzó Hércules a hablar:


-Mañana mismo saldré

de camino y la tendrás

muy pronto ante tu presencia.

¡Prometo que así será!


* * *


Junto al golfo de Corinto,

no muy lejana del mar,

situada en una colina

de la Acaya, la ciudad

de Cerinea se yergue.


Como un sobrio pedestal

el templo de las Euménides

quiere en sus cumbres posar

los mil silencios y calmas

de su leyenda ancestral.

En sus vastos peristilos

Helios se para a peinar

sus largos cabellos de oro,

su cabellera sin par.

Y, rodeándola, selvas

y bosques de matorral,

valles frondosos, montañas

y ríos de albo cristal.

Entre ellos vive la corza

que Hércules ha de cazar.


2. LA CAZA.


Así se decía el griego:

"Fácil empresa será

el apresar a esta pieza".


Y la siguió sin cesar

durante días y días

mas no la pudo alcanzar.

Cuando más seguro estaba


de poderla capturar,

con gran soltura y aplomo,

se escurría el animal...

Así pasaron los días

sin que llegase a encontrar

ocasión aprovechable

para poderla cazar.


Al fin, un día, impaciente,

comentó al verla pasar

tan cerca de él que sus cuernos,

que el sol hacía brillar,

hirieron con sus destellos

sus ojos: -¡Raudo animal!

No correrías tú tanto

si te pudiera matar.


Aquello le dio una idea,

le hizo concebir un plan:

Si bien matarte no puedo,

pues viva te he de llevar

hasta Tirinto, sí puedo,

no obstante, herirte y mermar

tu resistencia y vigor...

Herirte será mi afán.”


Y cierta tarde, el coloso,

viendo a la corza triscar

entre el verde de los campos,

extrajo de su carcaj

una flecha y se dispuso,

tenso su arco, a disparar.

Y disparó, de tal suerte,

que fue su flecha a clavar

sobre sus patas broncíneas.

La herida no fue mortal,

pero sí lo suficiente

certera para quitar

velocidad a sus miembros.



Corrió errante el animal,

perseguido por el griego,

que, con mayor libertad,

logró alcanzarlo muy pronto,

sangrante y cansado ya.


-

Hércules y la cierva de Cerinea, en presencia de Diana

Aquí tienes a la corza

-dijo Hércules, al llegar,

a su primo-.Muchos días

tardé en poderla alcanzar.


Y Euristeo contestó


-
Has cumplido. Bien está.














Continúa en La Leyenda de Hércules II














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