Excerpt for LA LEYENDA DE HÉRCULES II by , available in its entirety at Smashwords






































































ISBN: 978-1-312-11567-5


LPI:

Ley de la Propiedad Intelectual

Nº de asiento registral 00/2014/1970 Madrid


































LA LEYENDA

DE HÉRCULES II

EPOPEYA EN

4.888 VERSOS

OCTOSÍLABOS












OBRA POÉTICA

ORIGINAL DE

JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ

(JEGARPE)














SI, DE VERDAD, EXISTE

UN HOMBRE QUE PUEDA

GANARSE LA INMORTALIDAD

CON SUS FANTÁSTICOS HECHOS,

ESE HOMBRE SE LLAMA

HÉRCULES.







NOTAS QUE FIGURAN EN EL MANUSCRITO ORIGINAL (1956)


Existe al principio de la obra manuscrita un mapa que expone, por orden cronológico, las rutas y caminos que siguió el esforzado héroe griego hasta hallar la inmortalidad y que se reproduce abajo












SEGUNDA PARTE

LOS


TRABAJOS


DE


H
ÉRCULES.







Hércules y el león de Nemea (Zurbarán, 1634)



XI. EL LEÓN DE NEMEA.


1. NEMEA.


En la región de Nemea,

la cual heredó su nombre

de la hija del rey Asopo,

entre Cleone y Flionte,

existe un valle frondoso

que es morada de un enorme

y monstruoso león

que causa males atroces

en las tierras donde actúa.


Son muy justos los temores

de las personas que viven

escuchando día y noche

sus espantosos rugidos,

sus horrorosos clamores.

Era hijo de Tifón

(productor de humo y vapores)

el mismo que fue vencido

y arrojado a los horrores

de los infiernos por Júpiter,

viviendo allí desde entonces

y mostrando su furor

en el humo y los ardores



que emanaba en los volcanes

con sus potentes pulmones.


2. MUERTE DEL LEÓN.


Euristeo llamó

a Hércules y así hablole:


-Necesito que des caza

al fiero león que se esconde

en el valle de Nemea.

Quiero que su piel adorne

los muros de mi palacio,

los suelos de mis salones.


Y el héroe griego salió


sumiso a cumplir sus órdenes.


Durante días enteros,

escalando agrestes montes,

atravesando llanuras

y cruzando umbrosos bosques,

Hércules llegó a Nemea.


Buscó en los alrededores

del valle al horrible monstruo

de curtida piel de bronce

y una tarde lo encontró

lanzando aullidos feroces.

Su cuerpo era una montaña,

sus patas robustos robles,

sus uñas eran puñales

y en sus ojos retadores

habían ansias de muerte

entre sus grises fulgores.





Mas él no se intimidó.

Rápidamente apuntole

con el arco y con las flechas

que, al dispararse veloces,

se alojaron en el cuerpo

del terrible mastodonte.

Pero la fiera, inmutable,

no acusó apenas el golpe.

Sólo sintió unos pinchazos,

unas tenues comezones

que estimularon su sed

de sangre. Hércules lanzole

entonces su dura clava

y nuevamente acertole...


Pero el monstruo, furibundo

sólo sintió un leve roce.

En vista de esto, el fornido

Hércules abalanzose,

con ímpetu irrefrenable,

sobre la túrgida mole

del animal y rodaron,

enlazados, bruto y hombre.

Hasta que, en un gran esfuerzo,

el héroe griego agarrose

a la garganta del león

con sus brazos vengadores

y fue apretando, apretando...

Con movimientos muy torpes

la fiera dejó su vida

entre los brazos del noble.






* * *


Con el monstruo a sus espaldas

Hércules hacia la corte

de su primo Euristeo,

presuroso, encaminose

y, en su presencia, le dijo:


-Mucho trabajo costome

darle muerte a este león,

pero he cumplido tu orden.





















XII. LA HIDRA DE LERNA.


1. ORDEN DE EURISTEO.

Era la Hidra de Lerna

un animal repulsivo,

hijo de Equidna y Tifón

y, al igual que ellos, maligno.

Grande como una montaña,

como a la muerte temido,

respetado como un dios

y tal como un dios tenido.

Portaba siete cabezas

y siete horribles hocicos,

por donde llamas y fuego





emanaba en sus bufidos.

Sus fauces eran terribles,

como los negros abismos

que dan acceso al Averno


Eran tan fuertes sus gritos

y sus voces que, de lejos,

semejaba un cataclismo.

Sus ojos eran como ascuas

y en sus fulgores y brillos

había ansiedad de muerte

y destellos asesinos.

La diosa Juno le daba

sus famélicos instintos

y su voraz alimento.


Cumpliendo su cometido

encarnaba los pantanos

y las fuentes y los ríos

de aquella región de Lerna

donde había hecho su nido.


* * *


-Ve a la comarca de Lerna

-dijo Euristeo a su primo-

y mata a la inmunda Hidra







que se asienta en aquel sitio.

Es el segundo trabajo

que te encomiendo.


Y el hijo

de Júpiter contestó:


-Haré lo que me has pedido.


Desde el Olimpo, su padre,

en trono de oro macizo

guarnecido de rubíes,

de esmeraldas y zafiros,

oyó la conversación

altamente complacido.


2
. LA AVENTURA.


Una espléndida mañana

se puso el griego en camino,

acompañado de Yolas,

su fiel criado y sobrino (*).


Después de andar mucho tiempo

llegaron a su destino

y hallaron al monstruo enorme

chapoteando enfurecido

entre las aguas fangosas

de un lago manso y tranquilo.



(*) Yolas era hijo de Ificles (hijo de Anfitrión), por lo tanto sobrino de Hércules.





Observolo el noble Hércules

sin reparos y seguido

cercanamente por Yolas,

pensó arrostrar el peligro

zambulléndose en el agua...

Notando a su espalda ruido,

el monstruo se revolvió

y encontró a los dos amigos.

Sus grandes bocas se abrieron

exhalando aliento tibio

hasta quemar sus mejillas

Mas ya Hércules, convertido

en una furia, saltaba

hacia el cuello escurridizo

más próximo a él, cercenando

de un golpe mortal, preciso,

de clava, su gran cabeza.

Apenas hubo caído

sangrante, botando, al agua,

entre estertores y aullidos,

nacieron dos nuevas testas

más fieras que de principio

de su cuello mutilado.

Segundo intento fallido:

Otra vez la clava de Hércules,

en un mortífero giro,

corta otra infecta cabeza

y dos en el mismo sitio

aparecen al instante.

Por vez tercera, con brío,

surcando el aire, la clava

vuelve a arrancar, ¡lindo tiro!,

dos cabezas, mas ahora

son cuatro las que han nacido.




Yolas, que ve la impotencia

de los embates bravíos

del griego, sale a la orilla

plenamente decidido

a ayudarle con un plan

sabiamente concebido.


Con una velocidad

que hubiese envidiado el mismo

Mercurio, corrió hacia el bosque

más cercano y más tupido

de cuantos en la región

de Lerna habían existido...

Allí encendió grande hoguera

que el viento, furioso, hizo

extender por la comarca

hasta quedar convertido

todo el lugar en un caos

de destrucción y exterminio.

Devorados por las llamas,

entre perennes crujidos,



ramas y árboles caían

por el fuego consumidos.

Fue tan enorme el incendio

que hasta el agua de los ríos,

de los pantanos y fuentes,

ante el calor producido

por él, se secó en sus cuencas

y todo quedó vacío.


Viendo Yolas los efectos

volvió otra vez con su amigo

y a tiempo llegó de verlo,

aún luchando y ya abatido,

con la Hidra, pero entonces,

como un milagro imprevisto,

las cabezas de la bestia,

mustias, sin vida, entre gritos



muy débiles, se esfumaron,

como el humo, al infinito.


Sólo quedó una cabeza

que resistió a aquel designio

de los dioses: la del centro.

Era inmortal, pero henchido

de gozo, Hércules saltó

sobre ella y de raudo tiro

la seccionó de su cuello.

Con saña vil la deshizo

sin piedad, despedazándola,

y cuando ya ningún ruido

se escuchaba de sus fauces,




emponzoñó en sus hocicos,

con su veneno, las flechas

que portaba. Acto seguido

la aplastó inhumanamente

y, ya piltrafa, el fornido

joven enterrola en vida

poniéndole encima un risco

para que ya no saliera

de allí, jamás en los siglos.


3. REGRESO A TIRINTO.


-¿Por qué quemaste la selva,

auriga noble? -le dijo

el gran Hércules a Yolas,

cuando iban ya de camino.





-Yo sabía que la Hidra

-le contestó su sobrino-

encarnaba los pantanos

y los lagos y los ríos

y las fuentes de Lernea.

Por eso quemé aquel sitio

y el fuego secó las aguas

y, por el mismo motivo,

se secaron las cabezas

de aquel animal maldito.


* * *

En la ancha la luz de la tarde

el griego avistó Tirinto,

invadido de contento

y alegre, al haber cumplido

el mandato de Euristeo,

su segundo cometido.


Juno

























Pero Juno que observaba

desde lo alto el optimismo

de Hércules prometió

para él nuevos peligros.





XIII. LA CORZA DE CERINEA.



1. CERINEA.


-Llégate al Peloponeso,

mi buen Hércules, y da

caza a la corza veloz

que habita en aquel lugar

-así decía Euristeo-.

Bien la reconocerás

por su cornamenta aurífera,

por su mucha agilidad

y por sus patas de bronce...

Viva me la has de entregar.


Cuando acabó Euristeo

comenzó Hércules a hablar:


-Mañana mismo saldré

de camino y la tendrás

muy pronto ante tu presencia.

¡Prometo que así será!


* * *


Junto al golfo de Corinto,

no muy lejana del mar,

situada en una colina





de la Acaya, la ciudad

de Cerinea se yergue.


Como un sobrio pedestal

el templo de las Euménides

quiere en sus cumbres posar

los mil silencios y calmas

de su leyenda ancestral.

En sus vastos peristilos

Helios se para a peinar

sus largos cabellos de oro,

su cabellera sin par.

Y, rodeándola, selvas

y bosques de matorral,

valles frondosos, montañas

y ríos de albo cristal.

Entre ellos vive la corza

que Hércules ha de cazar.


2. LA CAZA.


Así se decía el griego:

"Fácil empresa será

el apresar a esta pieza".


Y la siguió sin cesar

durante días y días

mas no la pudo alcanzar.

Cuando más seguro estaba

de poderla capturar,

con gran soltura y aplomo,

se escurría el animal...

Así pasaron los días

sin que llegase a encontrar

ocasión aprovechable

para poderla cazar.


Al fin, un día, impaciente,

comentó al verla pasar

tan cerca de él que sus cuernos,

que el sol hacía brillar,

hirieron con sus destellos

sus ojos:


-¡Raudo animal!

No correrías tú tanto

si te pudiera matar.




Aquello le dio una idea,

le hizo concebir un plan:

“Si bien matarte no puedo,

pues viva te he de llevar

hasta Tirinto, sí puedo,

no obstante, herirte y mermar

tu resistencia y vigor...

Herirte será mi afán.”


Y cierta tarde, el coloso,

viendo a la corza triscar

entre el verde de los campos,


extrajo de su carcaj

una flecha y se dispuso,

tenso su arco, a disparar.

Y disparó, de tal suerte,

que fue su flecha a clavar

sobre sus patas broncíneas.

La herida no fue mortal,

Hércules con la corza en presencia de Diana

pero sí lo suficiente

certera para quitar

velocidad a sus miembros.

Corrió errante el animal,

perseguido por el griego,

que, con mayor libertad,

logró alcanzarlo muy pronto,

sangrante y cansado ya.




* * *

-Aquí tienes a la corza

-dijo Hércules, al llegar,

a su primo-.Muchos días

tardé en poderla alcanzar.


Y Euristeo contestó



-Has cumplido. Bien está.

Hércules y la corza



XIV. EL JABALÍ DE ERIMANTO.


1. SALIDA DEL HÉROE.


Descansó muy poco tiempo

el esforzado y valiente

varón de la bella Grecia,

pues Euristeo, que es mente

de Juno, la vengadora,

a quien teme y obedece,

le llamó ante su presencia

y le dijo:


-Has de traerme

el jabalí que en los montes

de Erimanto prevalece

por su notoria fiereza...

Pero no has de darle muerte.



























Tras un pequeño silencio

le respondió al cabo Hércules:


-Vivo he de traerlo hasta aquí

puesto que así tú lo quieres.


Deseoso de aventuras

Hércules, al día siguiente,

abandonó la ciudad

de Tirinto nuevamente

y caminó hacia la Arcadia.


Durante días, el héroe

vagó sin descanso alguno,

avanzando velozmente.

Helios le daba su luz,

su padre Júpiter, suerte,

Morfeo, calma y reposo,

y, por las noches, Selene

lo despertaba bañando

de rocío su alba frente.


Pero Juno, despiadada,

persiguió siempre al valiente,




poniéndole en su camino

obstáculos y accidentes

que a duras penas vencía

el temerario, imprudente.


2. LA LUCHA CON LOS CENTAUROS.


Y así llegó a las montañas

Foloes, donde convergen

los países de la Arcadia


















y de la Élida, permanente

rincón donde los Centauros,

hijos de Ixión y Nefele,

habitaban como patria.



Allí pensó detenerse

y pedir amparo a Folo

para pasar el relente

a cubierto. Encaminose

al antro donde el prudente

y benévolo Centauro

habitaba y de esta suerte

le habló:


-Bondadoso Folo,

hijo de Melias: Concédeme

pasar la noche contigo.

Soy Hércules.


-¿Ese hombre eres?

le contestó el buen Centauro-.



Te conozco por las célebres

hazañas que de ti cuentan.

Pasa, pues eres mi huésped.

Aunque mi cueva es humilde

en ella hallarás albergue.




Pasó el griego al interior

y Folo, obsequioso siempre,

horadó un tonel de vino

y dio de beber al héroe,

diciendo:


-Sacia tu sed

con este licor ardiente

que es fuente de los Centauros,

regalo de Baco. ¡Bebe!


Guiados por el aroma

de aquel licor excelente

se aproximaron al antro

del leal Folo sus congéneres

y uno de ellos exclamó:


-¡Oídme, Centauros fieles!

Exijamos nuestra parte

de vino a Folo. No debe

malgastarlo de esa forma.





Mas otro murmuró aleve:


-Yo sé que hospeda en su cueva

a un hombre llamado Hércules

con el que comparte el vino.

Tenemos que darle muerte.


Y en tremebundo tropel

entraron aquellos seres,

mitad hombres, mitad bestias,

en el antro.


-¡Alto, detente!

¡No bebas más de ese vino!

-amenazaron al verle.


Pero Hércules no hizo caso

y los Centauros, rebeldes,

se armaron con grandes rocas

y ramas de pino, fuertes,

acometiendo al coloso,

quien tuvo que defenderse

disparándole sus flechas.

Los Centauros, impotentes,

y viendo que era imposible

con tales armas vencerle,

recurrieron a su madre,

la negra nube Nefele,

que envió, para ayudarles,

toda el agua de su vientre

en una lluvia tenaz,

espesa como un torrente,

que desgajó duras rocas

y produjo en las pendientes

descomunales aludes,

destructores y rugientes.


Mas, lejos de amilanarse,

siguió combatiendo el héroe,

disparando sin descanso

sus raudas flechas mordientes.

Una de ellas alcanzó

a Folo, el benevolente,

sin proponérselo el griego

que fue un casual accidente.

El flechazo fue fatal

pues le produjo la muerte.





Ante el cadáver de
Folo

el gigante se enfurece

y redobla sus embates.


Los Centauros retroceden

acosados por el hijo

de Júpiter, quien se crece

y, al cabo, los pone en fuga,

derrotados ampliamente.


* * *

Y Hércules se puso en marcha

después de aquel incidente

en busca del jabalí

que era objeto de su suerte.


3. PSOFIS Y EL JABALÍ.


En el valle del Doana

Psofis, soberbia, se extiende,

buscando, ansiosa, el amparo

que Erimanto le concede,

el gran monte que, a su espalda,

airoso, altivo, se yergue.


Desde algunos años antes

la comarca entera teme

las furias de un jabalí

que siembra pánico y muerte







Jabalí de Erimanto










por donde quiera que pasa,

asola, destruye y hiere.


Cuando Hércules llegó a Psofis

la halló desierta de gentes,

llenas de calma sus ágoras,

sus vías mudas, silentes.


-¿Qué pasa aquí, buen anciano?

-preguntó a un viejo, paciente,

y el viejo le respondió:


-¡Por Júpiter que no eres

de aquí cuando lo preguntas!


-Dime, dime a qué se debe

tanta quietud y silencio.


-Encarnado en fiera aleve

Thanatos ha entrado en Psofis.

Un gran jabalí acomete

y aterroriza a mi pueblo.


Y, sorprendido, dijo Hércules:

-¡El jabalí de Erimanto!...

Desde hoy no vais a temerle.

He venido desde lejos

por que me venza... o vencerle.


El griego se proveyó

al momento de unas redes

para atrapar a la bestia.


-Que Methis joven, te preste

-dijo el viejo al verlo ir-

sapiencia, pues eres fuerte.

* * *























Guiado por los gruñidos

espantosos y potentes

del animal, le dio vista,

observándolo prudente:

Contempló su enorme cuerpo,

su piel fofa y repelente,

sus patas gruesas y grandes,

su boca de sucios dientes,

sus cerdas ralas y duras

y sus colmillos salientes.


Saliendo de su escondite

el más fuerte de los seres,

con la red entre sus manos,

contra la fiera arremete.

El jabalí, que ha advertido

su presencia, le hace frente,

pero no tarda en caer

prisionero entre sus redes.



4. VUELTA A TIRINTO.


Con él cargado a la espalda

regresó a Tirinto, alegre,

y mostrándole a su primo

el jabalí:







-Aquí lo tienes(*)

-le dijo-.Cumplí tus órdenes.









Euristeo escondiéndose en una tinaja ante el temor que le produce la presencia del jabalí (detalle).













(*) Euristeo, que era un hombre cobarde, solía esconderse en una tinaja de bronce cuando Hércules

regresaba de algunos de los trabajos que le encomendaba por voluntad divina, pero acostumbraba a

transmitir eestas órdenes por mediación de Copreo, un hijo de Pélope que estaba refugiado en su casa, pues

temía ncontrarse a solas con su primo.





XV. LOS ESTABLOS DE AUGÍAS.


1. LOS ESTABLOS.


Era Augías, hijo de Helios,

argonauta y afamado

compañero de Jasón

en su viaje accidentado



hacia la isla de los Eetas

y de Élida soberano.

Poseía extensas tierras,

ricos y fértiles campos

y mobiliarios valiosos

decoraban su palacio.



Pero entre tanta riqueza

resaltaban sus establos,

sucios y llenos de estiércol

desde hacía treinta años.

Tres mil carneros y bueyes

vivían allí hacinados.

Sobresalían entre ellos

doce toros consagrados

por Augías a su padre,

el Sol, todos ellos blancos,

tan blancos como la nieve,

y uno, Faetón llamado,

fulgía como una estrella

al ser por el sol tocado

devolviéndole su piel

lustrosa todos los rayos.


* * *

-Dirígete al rey Augías

que en la Élida está reinando

para limpiar sus establos

que de inmundicia y estiércol

el tiempo ha ido llenando.

No le exijas beneficios

a cambio de tu trabajo,

pues no le sirves a él

sino a mí.


-Quedo enterado.


De esta manera Euristeo

a Hércules había hablado.


2. DESVIACIÓN DEL ALFEO.


-Noble señor de la Élida,

hijo del Sol agraciado

-dijo Hércules ya en presencia

de Augías, en su palacio-.

He venido desde lejos

porque sé que tus rebaños



en sus establos no gozan

de limpieza desde hace años.

Y aquí me tienes dispuesto,

sólo en un día, a limpiarlos.


Hércules en los establos de Augías

-¿Así lo crees? Sin embargo

te lo puedo demostrar.


Y...¿qué me pides a cambio?


-Muy poca cosa te pido:

un diezmo de tus rebaños.


-Lo tendrás, mas no lo haré

si no cumples lo pactado.


-Tampoco lo cumpliré

sin que tú me hayas jurado

delante de algún testigo

el darme lo concertado


Al hablar de esta manera

Hércules no había obrado

de acuerdo con los deseos

que su primo había expresado.


-Que sea Fileo, tu hijo,

testimonio de este pacto.






Así fue como Fileo,

por Hércules reclamado,

garantizó el juramento

como testigo de cargo.


* * *

Al día siguiente Hércules,

dispuesto a llevar a cabo

su cometido, partió

de la Élida hacia el cercano

río Alfeo(*) y desvió,

con su poder sobrehumano,

su caudal hasta las cuadras

de Augías, el soberano .


Allí, practicó una brecha

para dejar libre el paso

a las aguas turbulentas

que arrollaron y arrastraron

consigo todo el estiércol

que se hallaba amontonado.


Después de esta operación

volvió a su curso ordinario

las aguas del río Alfeo

el gran Hércules, ufano.


Así fue como en un día

las cuadras limpias quedaron.


3. LA NEGATIVA DE AUGÍAS.


Iris, veloz mensajera

de Juno, había llegado

a Élida y, ante Augías,

de este modo había hablado:


-La hermosa Juno me manda

para darte este recado:

Cuando Hércules te pida

la parte de tus rebaños,

no se la cedas, pues, sabe

que te limpió los establos

no porque así él lo quisiera

sino porque fue mandado



(*) Según otras versiones el río Peneo, y en otras el Menio




Iris















por su señor Euristeo,

quien le impuso ese trabajo.


Rauda como el pensamiento,

la mensajera, cortando

el espacio con sus alas,

se alejó, al aire flotando

las galas de su vestido

de colores matizado.


Cuando Hércules ante el rey

se presentó, reclamando

el precio por su servicio

que acordaron entre ambos,

negose Augías, diciendo:


-No te daré los ganados

que te ofrecí, pues ya sé

que todo ha sido un engaño

para burlarte de mí.


-Señor, yo no me he burlado

de ti. Juraste un acuerdo.


-Digo que me has engañado

pues tú cumplías las órdenes

de Euristeo, tu amo.

¡No tendrás lo que pediste!


-Pero tú juraste dármelo

ante tu hijo Fileo.








-El juramento fue falso,

pues me engañabas


El héroe

llamó a Fileo, irritado,

y exclamó:


-Puesto que fuiste

testigo de lo pactado

quiero que sepas, Fileo,

que tu padre se ha negado,

cumplida ya mi misión,

a darme lo estipulado.


Y Fileo respondió:


-Que no es honroso, declaro,

tu proceder, padre mío.


Augías rugió, agitado:


-¡Ah, depones contra mí!

¡Te pesará, desgraciado!

Mañana, yo te lo ordeno,

saldrás de aquí, desterrado.


Así fue como Augías

no entregó nada, obcecado,

al coloso de Tirinto.


Fileo, soliviantado,

estableciose en Duliquia

no sin haberle rogado

a Hércules:


-Yo he cumplido

contigo. Haz tú otro tanto.


-Yo te prometo, Fileo

-le respondió con agrado-

que haré por ti cuanto esté

al alcance de mi mano.








4. LA MATANZA.


Pasó algún tiempo y un día,

cuando Augías olvidado

había ya el incidente,

Hércules, inesperado,

hizo su entrada en la Élida,

después de haber reclutado

un ejército importante

de soldados voluntarios.


Con ímpetu furibundo,

con vigor inusitado,

se recorrió la ciudad

devastando y saqueando

cuantas cosas de valor

se oponían a su paso.

Entró en palacio y dio muerte,

vengativo y sanguinario,

a Agástenes y a Eurito,

los dos de Fileo hermanos,

y a su padre el rey Augías.

No contento con este acto

prendió fuego a la ciudad

que fue de las llamas pasto

durante días y días.

El griego no había olvidado

la promesa de justicia

que le hiciera al desterrado

Fileo y sin perder tiempo

se llegó a Duliquia, rápido,

y le dijo:


-Vuelve a la Élida.

Tu destierro ha terminado.

Te portaste bien conmigo

y yo, fielmente, te pago

con el trono que tu padre

al morir solo ha dejado.


-¿Ha muerto?


-Yo lo maté,

y maté a tus dos hermanos.

Por no cumplir su palabra

su castigo ha sido caro.


* *




Hércules volvió a Tirinto

después de haber colocado

en su trono al rey Fileo.


-He cumplido tu mandato.

-hablóle así a su regreso

a Euristeo, su amo.


















Continúa en LA LEYENDA DE HÉRCULES III


























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