Excerpt for LA LEYENDA DE HÉRCULES III by , available in its entirety at Smashwords







































































LPI:

Ley de la Propiedad Intelectual

Nº de asiento registral 00/2014/1970 Madrid


































LA LEYENDA

DE HÉRCULES III

EPOPEYA EN

4.888 VERSOS

OCTOSÍLABOS







OBRA POÉTICA

ORIGINAL DE

JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ

(JEGARPE)














SI, DE VERDAD, EXISTE

UN HOMBRE QUE PUEDA

GANARSE LA INMORTALIDAD

CON SUS FANTÁSTICOS HECHOS,

ESE HOMBRE SE LLAMA

HÉRCULES.







NOTAS QUE FIGURAN EN EL MANUSCRITO ORIGINAL (1956)


Existe al principio de la obra manuscrita un mapa que expone, por orden cronológico, las rutas y caminos que siguió el esforzado héroe griego hasta hallar la inmortalidad y que se reproduce abajo

















































































XVI. LOS PÁJAROS DE ESTÍNFALIA.


1. LAS AVES DEL LAGO ESTÍNFALO.


Hércules, siguiendo el curso

que el destino le depara,

de viajes y de avatares,

se dirige ahora a la Arcadia.

A su paso mudo va

recordando las palabras

que Euristeo le dijera

antes de ponerse en marcha:


-Tendrás que poner en fuga

a las aves estinfálidas

que viven cerca de Estínfalo,

en un lago, arracimadas.

"Empresa ardua -pensó

el barbián de mil batallas-

empero, pese a los dioses,

juro que he de desterrarlas,

aunque me cueste la vida,

aunque a millones me salgan."

* * *

Eran las aves, nocturnas,

rapaces y sanguinarias.

pues no temían al hombre,

como no temían a nada.


Se alimentaban de todo,

incluso de carne humana,

Traicioneras y alevosas

como las Queres macabras,

Aves estinfálidas












viles como las Harpías

y negras como las Parcas.

Fue Marte, el dios de la guerra,

quien les dio furor y saña

y quien las puso en el lago

para que en él habitaran.

Tenían picos de hierro

y de hierro eran sus alas

y su plumaje, de hierro,

y eran de hierro sus garras.

Poseían en sus plumas

mucha fuerza y mejor arma

pues las lanzaban, cual flechas,

a muy enormes distancias.

La región donde vivían

era umbría y desolada,

apacible y silenciosa;

ni el sol por el día alumbraba

ni por las noches Selene

vertía su luz de plata.

Su cielo, siempre en tinieblas,

sólo Hécate lo cruzaba,

veloz y siempre seguida

de un tropel de errantes almas.

Aquel lugar parecía

fúnebre y triste morada

de espíritus intangibles,

de conjuros y de magias


2. LA CARRACA DE MINERVA.


Caminando hacia su objeto

el noble Hércules se halla

frente a frente con Minerva,



la guerrera, asaz armada

de los pies a la cabeza,

con escudo, yelmo y lanza.


-¿A dónde vas, joven héroe?

-quiso saber la citada.


-Trataré de desterrar

a las aves estinfálidas

del lago donde se alojan

-contestó el griego.


Hércules y Minerva


-Tamaña

empresa es digna de un dios...

Tú no podrás realizarla


-No soy un dios, soy mortal.

Tú eres Minerva, la sabia.

Yo soy Hércules y vengo

a cumplir una orden dada

por mi señor Euristeo

-contestó con voz opaca.


La guardiana de Erictonio (*),

en su semblante la calma,

contempló al hijo de Júpiter

respondiéndole admirada:


-He oído hablar de ti

y de tus bravas hazañas.

Mi madre Juno te odia,


(*) Minerva




mas tu apostura gallarda

y tu fuerza prodigiosa

han ganado mi confianza.

Jamás podrás desterrar

a esas aves, pues son tantas

que cubren la luz del sol

cuando vuelan en bandada.

Mas yo te ofrezco mi ayuda:

Agitando esta carraca

de ruido desagradable

conseguirás ahuyentarlas.


* * *


Y así sucedió en efecto,

como la diosa deseaba:


Una vez hubo llegado

a su meta tan ansiada

hizo sonar fuertemente

la carraca que portaba.

El estrépito espantoso

produjo la desbandada

de las aves, que volaron

sin guía, desordenadas,

hasta llegar a la isla

de Aretias, bella y lejana

en donde las encontraron

los valientes argonautas


3. ORDEN CUMPLIDA.


Contento del resultado

de su aventura fantástica

el noble griego regresa

a Tirinto y así le habla

a su primo Euristeo:


-Tu orden está realizada.

Las viles aves de Estínfalia

han huido a las ignoradas

regiones de allende el mar.

Ninguna quedó en la Arcadia.








XVII. EL TORO DE CRETA.


1. EL REY MINOS.




Cierta vez el dios del mar

formó de lo más profundo

de las simas de su reino

un toro blanco y nervudo,

modelado con espumas

y llevado por impulsos

de las olas hasta Creta.

Era el regalo que el sumo

gobernador de los mares

mandaba a Minos, profuso,

para que éste en sacrificio

se lo ofreciese, mas hubo

de sucumbir el buen rey:

Al verlo tan bello y puro

ofreció otro toro al dios

y se quedó con el suyo.

Pero enterado el hermano

de Júpiter del insulto

que Minos le había inferido,

colérico y furibundo,

mandó una locura al toro

que grandes males produjo,

pues asoló las regiones

de Creta y hasta sedujo

a Pasifae,la que brilla,



mujer de Minos, que estuvo

presa de obscena pasión

por la res, con la que tuvo

un hijo de enorme cuerpo

de toro y humano busto.(*)


* * *


Euristeo llamó a Hércules

y delante de él dispuso:


-Habrás de llegarte a Creta

y, allá, entre sus viejos muros,

darás caza al toro blanco

que a Minos cedió Neptuno

para que el rey lo ofrendase,

en sacrificio, a su culto,

trayéndolo a mi presencia.


Oyó en silencio al augusto

y asintió con la cabeza

sin dar más monta al asunto.


Pronto salió de camino

en busca del país oculto

a sus ojos por el mar:

Creta, fantástico mundo,

gaznate del mar Egeo.

isla de mitos y embrujos.


2. CAPTURA DEL TORO.


El coloso de Tirinto,

durante días, anduvo

por tierra y cruzó la mar

buscando al hermoso bruto

por mandato de Euristeo.

Por fin arribó el forzudo

varón a la isla de Creta

y, sin perder un segundo,

incansable y combativo,

salió en su búsqueda, al punto.


Erró por pueblos y aldeas

y no vio en lugar alguno

indicios del animal.


(*)Fue el célebre Minotauro que Minos ordenó encerrar en el Laberinto y a quien arrojaba periódicamente siete muchachos y otras tantas muchachas, como sacrificio. Cuando Hércules le dio libertad por orden de Euristeo, fue muerto por Teseo.



Mas pronto cambió su rumbo

y llegó en el oportuno

momento en que el bravo toro

hacía estragos, iracundo.














Se lanzó el fornido Hércules,

sin más armas que sus músculos,

sobre el toro y lo apresó

entre sus brazos robustos.

Sin conceder importancia

a los testigos que, mudos,

asistieron a la escena,

pintado en ellos el susto,

se cargó a su espalda al toro,

de Minos baldón y orgullo,

y se alejó de esta forma,

lento el paso, mas seguro.


* * *


En presencia de Euristeo,

mostrando a la res, repuso:


-La tarea ha sido fácil

y he complacido tu gusto.

Te traigo al toro de Creta.

Aquí lo tienes. Es tuyo.


Y el rey de Tirinto habló,

decidido y resoluto:


-Dònale la libertad.

Déjalo que siga el curso

de su azarosa existencia.


Y el héroe le dio el indulto.





XVIII. LOS CABALLOS DE DIOMEDES.




1. LA TIERRA DE LOS BISTONES.


Cabalgando en la vertiente

del Rodope y a la orilla

del mar Egeo se extiende,

sobre la Tracia infinita,

el pueblo de los Bistones,

raza de temple y bravía.

La madre naturaleza

puso en sus densas campiñas

y en sus abruptos paisajes

la fuerza adusta y tranquila

y el vigor áspero y duro

de su salvaje armonía.

Guerreros de nacimiento

y hasta la muerte, tenían

por soberano a Diomedes,

gobernador de sus vidas,

hijo de Marte y Cirene.

En sus cuadras poseía

los más hermosos caballos

de Grecia y de Grecia envidia.

Como quiera que Diomedes

los tenía en gran estima

les daba a comer la carne

de los hombres que vencía

a diario en las batallas.

Tales eran las comidas

que los salvajes caballos

ingerían cada día.


* * *



-Hércules, quiero que traigas

a mi presencia, enseguida,

los caballos de Diomedes

que en la vasta Tracia habita.


Y el gigante contestó:


-Tu orden será obedecida.


El coloso de Tirinto,

con la afable compañía

de sus amigos más íntimos

partió a la desconocida

comarca de los Bistones,

donde acechaba la intriga.


2. ABDERO Y DIOMEDES.


Cierta noche silenciosa,

una sombra subrepticia

cruzó el palacio del rey

Diomedes. Buscando iba

las cuadras del soberano.


Cuando las tuvo a la vista

entró en ellas y apresó

las bravas caballerías,

sin pensar que entre sus dientes

pudo dejarse la vida.

Con los caballos al trote

el griego emprendió la huida

al lugar donde esperaban

sus compañeros.


-¡Aprisa!

Aquí traigo los caballos

que tomar me proponía.


Mas no acabó la aventura.


Al cabo de algunos días,

cuando a la orilla del mar

Hércules se disponía

a regresar a Tirinto,

perfiló en la lejanía

al rey Diomedes que, al mando

de su ejército, venía

dispuesto para la lucha

y exclamó:



-Más les valía

haber quedado en palacio

pues sentirán su osadía.


Y dirigiéndose a Abdero

le ordenó:


-Tú, amigo, cuida

de los caballos. No dejes

que te los quiten. Vigila.

Y nosotros a la lid.

¡Combatamos con porfía!


Pronto el campo de batalla

se cubrió de algarabía:

Hércules y sus amigos

contra las huestes adictas

al rey Diomedes de Tracia.


Hombres y bestias caían,

machacadas sus cabezas,

sus entrañas retorcidas

y atravesados sus pechos,

entre horribles agonías.

Y, en medio de la pelea,

Hércules se inmortaliza.

Como un rugiente huracán,

aplasta, hiere y derriba,

sembrando el campo de muerte

con la sangre de sus víctimas.


En un momento en que puede


escurrirse de la riña



se dirige hacia el lugar

en donde dejado había




a Abdero, su compañero,

y, horrorizando su vista,

aparece su persona,

ya en piltrafas convertida,

devorada por las bestias.


Y, ante sus restos, afirma:
























Abdero devorado por los caballos caníbales de Diomedes




–Abdero, hijo de Mercurio,

prometo hacerte justicia.

Yo juro al dios de la guerra

que he de matar en la liza

a su vástago Diomedes.


Y Marte escuchó sus iras.


Poseído por las Furias

hacia Diomedes camina

el gran Hércules, dispuesto

a terminar con su vida,

aun seguro de que Marte

y Juno, su alta enemiga,

han de prestarle su ayuda.

Pero el coloso confía



en su valor y destreza,

y, entre armas arrojadizas,

desdeñando los peligros

que su paso obstaculizan,

ansioso, busca a Diomedes

y al verlo lejos, le grita:


-¡Cruel rey de los Bistones:

M
ide tu fuerza a la mía!


Y el soberano de Tracia,

henchido de gallardía,

se lanza raudo a la lucha,

mas pronto frena sus iras

el rey, al verse cogido

en los brazos de él. Se agita,

quiere zafarse del lazo

que le produce la asfixia,

pero no consigue nada

sino dejarse su vida.

El griego, al ver el cadáver,

clama:





-¡Promesa cumplida!

Compañero: Te he vengado.

Abdero: Te he hecho justicia.


Y, delante de sus súbditos,

echó sus carnes malditas

a los salvajes caballos

que dieron cuenta enseguida

de aquel sabroso manjar.


Y, al momento, ¡oh, maravilla!,

sus famélicos instintos

y su bravura nociva

se amansaron para siempre.

Ya nadie les temería.


* * *


En el lugar donde Abdero

cayera, en la costa misma,

se levantó una ciudad.

por Hércules erigida,

recordando al camarada

caído en empresa digna.


Hércules y Diomedes


Hércules arrojando a Diomedes a sus propios caballos


Hércules arrojando a Diomedes a la voracidad de los caballos























XIX. EL CINTURÓN DE HIPÓLITA.






















Hércules e Hipólita




1. EL DESEO DE ADMETA.


-Me gustaría tener

en mi poder una cosa

-dijo a su madre la hija

de Euristeo, graciosa.


-¿Cuál es ella?


-El cinturón

que dio Marte a su hija Hipólita.


-Es una insignia real

que ensalza su real persona.

Sólo a ella le pertenece.


Y Admeta dice:


No importa

Si ella es noble, yo soy noble...

Si bella, yo soy hermosa.

¿Por qué ha de tener tal prenda

y no poseer yo otra?




Y su madre le responde:


-Ese objeto es una joya

que sólo puede lucir

en la cintura de Hipólita,

pues es símbolo de fuerza

que el dios de la guerra otorga

a sus hijos predilectos.


Mas la linda Admeta implora:


-Yo podría aventurarme

a pedírselo.


-¿Tú sola?


-Sola, no. Hércules podría

servirme hasta allá de escolta.


* * *

Euristeo llamó a Hércules

y le dijo:


-Mi hija adora

y desea para ella

el cinturón con que adorna

Hipólita su cintura.

Acompáñala y afronta

con ella cuantos peligros

a vuestro paso se opongan.


* * *

-Mira, Admeta, aquellas brumas

que allá, a lo lejos, se notan

-dijo Hércules ante el mar-.

Más allá esta Europa

y, más allá todavía,

la región en donde mora

la hija de Marte y Otrera.

Nos acechan mil peligros

en esas tierras ignotas...

¿No te da miedo la empresa?

¿Te crees con fuerzas de sobra

para arrostrarla?


Y Admeta

dio esta réplica, orgullosa:





-¡No temo nada! Vayamos

a esa comarca remota.




2. EL PAÍS DE LAS AMAZONAS.


Tras diversas aventuras

corridas en Europa

y en Asia, por fin llegaron

al país de las Amazonas,

en el oriente lejano.


Los recibió, cariñosa,

la reina y Hércules dijo:


Júpiter te dé su gloria!

Hija de Marte: Venimos

desde tierras misteriosas

muy lejanas, a pedirte

una prenda muy valiosa:

Tu cinto.


-¿Y si no accedo?


-Te juro, por la memoria

de mi padre, que yo mismo

lo he de tomar.


Temerosa,

dijo la reina:


-¿Quién eres

para hablarme de esta forma?


-¡Soy Hércules!



-Te conozco

por las hazañas famosas

que me han contado de ti

y te admiro porque osas

amenazarme en mi reino...

No quiero que tú lo cojas.

Te regalo el cinturón

como prueba afectuosa

de mi amistad y te brindo

mi mansión acogedora

para que, siendo mi huésped,

la honres con tu persona.


Hipólita entregando el cinturón a Hércules


Ante el acento sincero

de las palabras de Hipólita,

el griego acepta su oferta


y
Admeta también lo apoya.


Mas no había de durar

mucho la calma. La diosa

de la fecundidad, Juno,

de los Infiernos señora,

soberana de la Tierra

y de Júpiter esposa,

contempló desde la altura

esta escena y, envidiosa



de la calma que gozaba

su enemigo, tomó forma

de Amazona dirigiéndose

a aquel país, presurosa.

Pasó como una de tantas

entre tantas cazadoras

compañeras de Diana,

bella entre ellas como pocas,

jinete en brioso corcel,

figura gallarda, airosa,

cuyos encantos oculta

tras leve y ligera ropa.

Llevada del odio insano

que la consume y ahoga

habla del modo siguiente

Juno

Amazona

con las bravas luchadoras:































-Nuestra reina está en peligro.

Su perdición está próxima,

su muerte se acerca rauda.



Yo bien sé que fue una loca

al otorgar su amistad

a Hércules, ese hipócrita

que vino sólo a matarla.

Pero aquí estamos nosotras

dispuestas a que ese hombre

no mate a nuestra señora.


Así fue como la calma

y la paz quedaron rotas.


El coloso de Tirinto

cercado por las hermosas

hijas de Ares y Harmonía

luchó contra aquellas hordas


de la reina y las venció.


Con su fuerza portentosa

produjo estragos entre ellas

causándoles la derrota.


El héroe griego, creyendo

que era Hipólita la autora

de aquella farsa, se vino

hasta el palacio y, a solas,

le dijo:


-¡Me has engañado!

Yo te creí más juiciosa,

pero quisiste embaucarme

valiéndote de esta historia





















Quiso ella justificarse

mas no salió de su boca

sonido alguno, pues Hércules

le infligió una muerte pronta.(*)

* * *

Cumplida ya su misión

dio el cinturón a la ansiosa

Admeta quien se lo puso

en la cintura, gozosa,

y emprendieron el regreso,

a través de la Europa,

hacia Grecia que, a lo lejos,

aparecía brumosa.


XX. LOS REBAÑOS DE GERIÓN.


1. LA LEJANA ISLA ERITIA.


En la Bética brumosa

del occidente lejano,

en el lugar donde Océano

besa al mar Mediterráneo,

frente al Tartessos se encuentra,

África e Iberia a los lados,

la misteriosa isla Eritia (**).


(*) Según otra leyenda no murió, pero perdió su trono, que pasó a manos de su

hermana Melanipa.


(**) Según unos historiadores corresponde a una isla que se halla frente a Cádiz, y según otros, frente a Huelva




En ella hizo su reinado

el gigante Gerión,

monstruo aborto de los mares,

por Crisaor engendrado

y Calirroe, la Oceánida.


Contaba grandes rebaños

de bueyes y de terneras

que pastaban en los prados

exuberantes de la isla,

celosamente guardados

por el pastor Euritión

y el perro Ortro, que, a su mando,

impedía que las reses

se alejaran demasiado.


* * *

Euristeo ordenó:


-Hércules, mi buen vasallo:

Desplázate a la isla Eritia

y vuelve con los ganados

del gigante Gerión.

Los quemaré en holocausto

de honor a la hermosa Juno.


Y Hércules contesta al rato:


-Dura y penosa es la empresa

y el viaje tétrico y largo

pero yo, rey de Tirinto,


he de cumplir tu mandato.




2. LAS COLUMNAS DE HÉRCULES.


El más robusto varón

viajó, viajó sin descanso.

Holló por tierras ignotas

que nadie había pisado

y en los confines de Libia(*)

y de Europa, a ambos lados

de Gibraltar erigió

dos columnas, que llamaron

Calpe y Abila los hombres.
















Hércules cierra Gibraltar (Zurbarán)




Con ellas quedó marcado

el límite de navegación

de griegos y de romanos.

Más allá de las columnas,

misterios, ruidos extraños

de los mares procelosos,

de los mundos ignorados.


3. EL BARCO DEL SOL.


Después de tan largo viaje

se mostró el griego cansado

y sudoroso, porque Helios

arrojó sobre él sus rayos

de fuego. Pero el gigante,

furiosamente irritado,

le disparó al dios dos flechas

que no dieron en el blanco.


(*) Libia era el nombre con que se conocía todo el continente africano en aquellos tiempos.





Helios



-¿Por qué tus flechas lanzaste

contra mí, mortal osado?

-le preguntó.


Y contestó

el noble Hércules al cabo:


-Porque tus rayos me herían...

Mas no quise hacerte daño.

Sólo quise conseguir

que me prestases tu barco

para viajar hasta Eritia.


Y el rubio dios, admirado,

^ le dijo










Hércules en la nao del Sol




-Puedes usar

con bien mi aurífera nao,

y podrás volver a Grecia

con ella si es de tu agrado.




Ortro y Gerión


4. ORTRO, EURITIÓN Y GERIÓN.


El gran Hércules vivía

los momentos más ansiados

de su gloriosa existencia.

Se encontraba en los más raros

países que conocieran

los incrédulos humanos.


El bajel cortó los mares

siempre recto navegando

y una incierta y negra noche

hombre y nave fondearon

en las costas pavorosas

de Eritia, sede de espanto.


Buscó en los alrededores

la pista de los rebaños,

mas tuvo que abandonar

al momento tal trabajo

pues era oscura la noche.


"He de esperar al amparo

de esta montaña a que Eos

comience a esparcir los claros

fulgores de la mañana",

pensó para sí. Y, al rato,

Morfeo, el reparador,

cubrió de sueño sus párpados.


Antes que el día naciera

Hércules se vio atacado



por Ortro, al pie del monte Abas,

donde se había refugiado.


Era Ortro un infame perro,

hijo de Tifón y hermano

de la Hidra y de Cerbero.

Su madre era Equidna, el Pánico,

la nube tempestuosa.

Poseía en lo más alto

de su cuello dos cabezas

de horribles y feos rasgos.


Al sentirse acometido

por el monstruo, el esforzado

Hércules blandió su maza

e hizo frente al nefando

y abominable animal.

Hombre y perro se enzarzaron

en una lucha terrible...

Los formidables mazazos

del griego dieron en tierra

con la bestia, destrozados

su cuerpo y sus dos cabezas,

que, en dolorosos espasmos,

arrancadas de su tronco,

sin vida al suelo rodaron.


Siguiendo las huellas de Ortro

Hércules halló el ganado

pastando calmosamente

en medio del fértil campo.

Euritión, el Gigante,

lo guardaba, confiado.


-¡Pastor! Si estimas tu vida

-le dijo a Euritión el bravo

Hércules- dame esos toros

que, tan celoso, has guardado.


-¿Quién eres -le contestó-

que te muestras tan osado?


Soy Hércules!


-¿Dónde está Ortro?


-¿Tu perro?


-Sí.




-¡Lo he matado!

Y haré lo mismo contigo

si no me das lo que acabo

de pedirte.


Y el Gigante,

por respuesta, atacó rápido

al más robusto varón:


-¡Te he de matar con mis manos!


Gigante

El de Grecia lo esquivó

y atenazó entre sus brazos

la garganta de Euritión,

quien, presa de aquel abrazo,

impotente y sin defensa

de nadie, murió asfixiado.


La escena fue presenciada

por Menetio que, cercano

al lugar de la contienda,

custodiaba, en un collado,

los rebaños de Plutón.


Veloz, como los Centauros,

corrió Menetio a avisar

a Gerión.


Ya en el palacio

del tricéfalo Gigante

le dijo así:


-Soberano

de Eritia: Te comunico

que un extranjero ha matado

a Euritión y Ortro y se quiere

apropiar de tus rebaños.


Gerión exclamó:


-Si mientes

ha de costarte muy caro,

mas, si dices la verdad,

será ese hombre el castigado.


Cuando Hércules se dispuso,

ya los bueyes embarcados,

a regresar a su tierra



en el aurífero barco,

apareció Gerión,

furioso, vociferando:


-¡Vuelve, ladrón! ¡Por Mercurio

que me has de dar lo robado!

¡No huyas! ¡Dame lo mío

o si no iré yo a quitártelo!


Hércules dando muere a Gerión












El coloso de Tirinto,

volviendo sobre sus pasos,

miró al monstruo fijamente,

le disparó con su arco

y Gerión rodó por tierra,

sin vida, muerto a flechazos.


5. EL LADRÓN CACO.


Frente a las costas de Roma,

foco del Mediterráneo,

arribó una noche Hércules,

buscando abrigo y amparo

para él y para las reses,

que estaban faltas de pasto.


Se cobijó entre las rocas

de un agreste acantilado

y dejó a los animales

pastando en el verde campo

que se extendía más lejos.

Sobre la roca postrado

Se durmió el héroe y sin vida

para él las cosas quedaron.


Muy cerca de aquel lugar

salvaje e inhospitalario

se yergue el monte Aventino,

cubiertas siempre de blanco






sus cimas níveas, peladas...

Entre ellas habita Caco,

el más astuto ladrón

del mundo, hijo de Vulcano,

cobarde y bribón Gigante,

mitad hombre y mitad Sátiro.

Vivía en una caverna

recóndita, solitario,

y sólo se alimentaba

de lo que había robado

durante las largas noches

que se pasaba rondando,

acechando el oportuno

momento para hurtar algo.


Aquella noche el ladrón,

en su paseo cotidiano,

llegó a los alrededores

donde pacía el rebaño

que el gran Hércules había.

desde Eritia transportado.

Aprovechando su sueño,

con cautela, le sustrajo,

de entre los bueyes más viejos



los terneros más lozanos.

Hasta llegar a su cueva

les hizo andar al contrario

para que, luego, el coloso

no detectase sus rastros.


A la mañana siguiente

notó Hércules, asombrado,

la falta de las terneras.


"Pueden haberse extraviado"

-pensó. Y comenzó a buscarlas,

mas sin ningún resultado.


Creyéndolas ya perdidas

regresó sobre sus pasos

y se dispuso a embarcarlas,

en su interior lamentando

la pérdida de las reses.


-Mas han de llegar a salvo

las restantes hasta Grecia.


Apenas había hablado

se oyeron unos mugidos

a los cuales contestaron

los toros de la manada.

El griego, encolerizado,

se dijo:


"Los creí perdidos,

mas, no: me los han robado".


Guiado por los lamentos

tristes y desesperados

de las cautivas terneras,

Hércules dio con el antro

del Gigante cavernícola.

Furioso, arrancó el peñasco

que tapaba la caverna

de Caco e hizo pedazos

la cadena que su padre

Vulcano había forjado

para cerrarle la entrada.

Penetró en el subterráneo

agujero, decidido

a escarmentar al malvado.

Lo derribó por tres veces

a pesar de que el vil Caco



emanaba por su boca

todo el fuego que Vulcano

había puesto en su cuerpo.

Hércules y Caco




























Al fin logró estrangularlo

entre sus brazos de hierro

que en el cuello se anudaron

como una recia serpiente

que aprieta, mortal, su lazo.


6. ÉRIX DE SICILIA.


No llegó Hércules directo

a Grecia, pues hizo un alto

en Sicilia para dar

a los rebaños descanso

y permitirles comer

en sus ubérrimos llanos.

Los animales corrieron

a sus anchas, vigilados

por el héroe. Reparó

que un toro se había alejado

de la manada y corría,



por la locura hostigado.

Abandonando a los otros

siguió las huellas del bravo

animal que, cada vez,

corría más alocado.


Muy cerca de aquel lugar

se encontraba, apacentando

su rebaño, el corpulento

maestro del pugilato:

Érix, hijo de Neptuno,

y poderoso adversario

en la lid para el mortal

que cayera entre sus manos.


Descansando Érix notó

que un toro se había acercado

a sus rebaños y viéndolo

tan lustroso y tan gallardo

pensó quedarse con él

y lo ocultó entre el ganado.


Hércules llegó más tarde

persiguiendo al brioso macho

que había escondido Érix.

Al reparar en el hato

de toros donde se hallaba

y verlo allí, fatigado,

dijo a Érix:


-Ese toro

es mío, pues se ha fugado

del rebaño que poseo

y apaciento más abajo.


Le respondió el pugilista:


-¿De dónde vienes, extraño?

Eres muy fuerte.


-No es eso

lo que yo te he preguntado.


-El toro es mío, no tuyo.


-Entonces voy a quitártelo.


Montando en cólera, Érix

exclamó:



-¡Me has insultado!

¡A mí! ¡Al hijo de Neptuno!

¿Ignoras, extraño, acaso

que soy el hombre más fuerte

del mundo?...Érix me llamo.


Y Hércules contestó:


-Para mí eres un gusano.


Fuera de sí, el pugilista

vociferó:


-Ya no aguanto

más tus insultos. ¡Te reto!

El toro es mío si gano

y, si me vences, es tuyo.


-¡Acepto! Ya puedes dármelo.


Muy breve fue la contienda

pues Érix fue derribado

varias veces por el héroe.

El pugilista, cegado

por la rabia, redobló

sus fuerzas, ya casi exhausto,

mas sus puños se estrellaban

sin eficiencia en el ancho

pecho de su contendiente,

quien terminó por matarlo.


7. VUELTA A GRECIA.


De nuevo en el barco de oro

del dios solar y llevando

los rebaños de Gerión

consigo, cruzó los amplios

confines del mar, con rumbo

a Grecia.


"Salí hace un año

de mi tierra pero vuelvo

después de llevar a cabo

lo que mi primo ordenó"

-pensó. Y siguió navegando,

cortando el bajel las aguas

del azul Mediterráneo.


* * *



En presencia de Euristeo

Hércules dijo:


-Te traigo

los ganados de Gerión.

He cumplido tu mandato.


XXI. LAS MANZANAS DEL JARDÍN

DE LAS HESPÉRIDES.




Hespérides en el jardín de las manzanas de oro





























EL MANDATO DE EURISTEO.


Dijo el señor de Tirinto,

el sucesor de Perseo:


-Hércules, vasallo noble:

Grande empresa te encomiendo.




-Por más grande que ella sea

la cumpliré, hijo de Esténelo.

¿Qué he de hacer?


Ante respuesta

tan recia, exclamó Euristeo:


-Ve al jardín de las Hespérides,(*)

más allá del río Océano

y trae las manzanas de oro

que guardan con tanto celo,

las mismas que Gea dio

a Juno en su casamiento.


* * *

El incansable varón

caminó días enteros.

Se recorrió las llanuras,

atravesó los desiertos,

salvó los enormes ríos

y escaló los altos cerros

venciendo cuantos peligros

a su paso se opusieron.


Juno, perenne enemiga,

procuró que el héroe griego

no llegase a su destino

sin conocer nuevos riesgos


2. LIBERACIÓN DE PROMETEO.


Prometeo fue un Titán

divino, hijo de Japeto

y de Climena y hermano

de Epimeteo y Menetio.

Su madre y su esposa Esíone

eran hijas del Océano.

Prometeo robó a Júpiter,

en una férula, el fuego,

y formó con él y arcilla

al hombre dichoso. Luego,

auxilió a la humanidad

en el diluvio que el fiero

rey del Olimpo envió,


(*) Las islas más occidentales del mundo conocido entonces. Se cree que eran las Canarias o el archipiélago

de Cabo Verde.





horrísono, desde el cielo,

para el mundo empecatado,

como cruel escarmiento.

Por esto, y por ocultar

a Júpiter un secreto

de trascendente importancia,

castigó éste a Prometeo,

el cual fue preso en el Cáucaso

con cadenas, por Hefesto,

y condenado a vivir

durante siglos enteros

atado siempre a una peña,

bajo un horrible tormento,

pues un águila bajaba

todos los días del cielo

y devoraba sus hígados

con su pico corvo y negro,

recreciendo por las noches

sus entrañas con exceso

para que, al día siguiente,


fuesen comidas de nuevo.


Así, tan grande suplicio

tenía que estar sufriendo

hasta que un dios ocupase

su lugar en el Infierno.


* * *



Llegado Hércules al Cáucaso,

cuyo nombre le fue puesto

por Saturno, al darle muerte

a un pastor, en su recuerdo,

encontró en el monte Nífate,

prisionero, a Prometeo,

y oyó que éste le decía

entre lamento y lamento:


-Hombre: No pases de largo.

No te alejes, forastero...

¡Compadécete de mí!

Ve lo que sufro y padezco.

Mata al impío animal

que me corroe los huesos

y líbrame del suplicio

al que me tiene sujeto

el dios Júpiter.


-¿Quién eres?


-Soy el Titán Prometeo.

-contestó:



-Yo pondré término

a tu infeliz existencia

y fin a tus sufrimientos.



El coloso de Tirinto

El gran Hércules alzó

su arco pesado y siniestro

y disparó sobre el águila.

Su disparo fue certero

pues mató a la infame ave

atravesando su cuello.

Después rompió las cadenas

que ataban al prisionero

y le dijo:


-Ya estás libre

del penoso cautiverio.


El Titán huyó veloz

por entre montes y cerros

no sin antes dar las gracias

al poderoso héroe griego.


3. BUSIRIS DE EGIPTO.


Prosiguiendo su camino,

Hércules llegó a los yermos

parajes del sobrio Egipto

que riega el Nilo soberbio.

Por entonces gobernaba

Busiris, el rey electo,

hijo de Anifra y Neptuno,

déspota y sin sentimientos.

Cuentan las viejas leyendas

que el hambre asoló su reino

durante casi dos lustros.

Busiris pidió consejo

a un adivino de Chipre

quien le dijo que el remedio

para aplacar los estragos

que el hambre hacía en su pueblo

consistía en sacrificar

anualmente a un forastero.

Busiris, que prometió

pagar con mucho dinero

al chipriota, comprobó

si el mago estaba en lo cierto

para lo cual, el tirano,

lo sacrificó el primero.

Desde entonces, cada año,

sacrificaba al viajero

que se atrevía a cruzar

sus dilatados terrenos.



Así se hallaban las cosas

en Egipto, cuando el griego

se decidió a hacer un alto

para dar reposo al cuerpo.


No ignorando su presencia

el rey dijo a sus guerreros:


-Los dioses claman venganza

y hay que calmar sus deseos

sacrificando una víctima

para tenerlos contentos.

Buscad por el territorio

y traedme prisionero

a un extraño que ha llegado

al país desde muy lejos.















Busilis, rey de Egipto (detalle)




De la noche a la mañana

Hércules se encontró preso

de los hombres de Busiris

que, aprovechando su sueño,

lo cargaron de cadenas

y luego lo condujeron

al palacio de su rey


En el patio del tormento

fue atado hasta que Busiris

acompañado del séquito,

llegara para dar la orden

de arrojarlo vivo al fuego.


Cuando Busiris entró,

Hércules, tras gran esfuerzo,


ya había roto las cadenas

que lo ataban y, colérico,

blandiéndolas furibundo,

con ellas dio muerte al pérfido

Busiris y a sus os hijos;

también mató al carcelero,

al heraldo y al verdugo

y a todos cuantos quisieron

participar de su muerte

en aquel rito sangriento.


4. ANTEO.


En la Libia milenaria

vivía y reinaba Anteo

hijo de Gea y Neptuno,

Gigante temible y fiero

que retaba y daba muerte

a todos los extranjeros

que pasaban por su reino.

Con los huesos de los muertos

y los vencidos por él

había erigido un templo

a su padre, el dios del mar,

poseedor de su respeto.


Allí fue donde el coloso

tuvo su tercer tropiezo,

que hasta llegar a su meta

debía pasar primero

por incontables países,

y Libia entre todos ellos.


"Descansaré aquí unos días

y seguiré, ya repuesto,

mi camino hacia el jardín

de las Hespérides."


Pero

no contaba el noble Hércules

con anteriores sucesos.


Avisado el rey de Libia

por uno de sus adeptos

de la presencia de Heracles

en el país, fue a su encuentro

y, hallándole, le previno:


-Estás en Libia, extranjero.

¿Sabes qué suerte te aguarda?




¿Sabes que fin te reservo?...

¡La muerte!...Dime, ¿quién eres?


-Yo soy un aventurero

que voy hacia el occidente.

Y, tú, ¿quién eres?


-Anteo,

el hijo de Poseidón

-le contestó-. Hace ya tiempo

-prosiguió- que necesito

material para mi templo.


-¿Qué quieres de mí, valiente?


-Solamente tu esqueleto.


Y Hércules le replicó

sin inmutarse:


-¿Sólo eso?...

Yo te conmino a que luches

conmigo a ver si tus hechos

demuestran tu cobardía

o tu valor, en efecto.



Hércules luchando con Anteo


Anteo le respondió,

sorprendido:


-¡Acepto el reto!


Los dos seres se enredaron

en un feroz cuerpo a cuerpo.

Los terribles puñetazos




retumbaban en los pechos

sin que las bocas dejaran

escapar ningún lamento.

Muy pronto la fuerza de Hércules

se puso de manifiesto

al derribar por dos veces

al fuerte Anteo en el suelo,

mas éste vuelve a la carga

y es derribado de nuevo.

Ante el asombro de Hércules,

que lo creía deshecho,

Anteo vuelve a la lucha

todavía más violento,

más fuerte e impetuoso


-Cada vez que toco el suelo

mi madre Gea, la Tierra,

me presta vigor y aliento.

¡Jamás podrás derrotarme!

¡De aquí no saldrás ileso!


El más robusto varón

izó con sus brazos férreos

el cuerpo de su enemigo

y, sosteniendo su peso

H´ercules dando muerte a Anteo

en el aire, rodeó



con ansia mortal su cuello.

Unos débiles gemidos,

un doloroso resuello

y un chasquido, demostraron

que el Gigante había muerto.


5
. EL TITÁN ATLANTE.

Caminando a su destino

Hércules tuvo otro encuentro

con el vesánico Atlante

hermano de Prometeo,

que aguantaba en sus espaldas,

durante años, impertérrito,

todo el peso de la bóveda

celeste, con sus luceros,

sus astros y sus estrellas.


-¿Dónde vas, aventurero?

-quiso saber el Titán.


Y Hércules le dijo, presto:


-Al jardín de las Hespérides,

por mandato de Euristeo,

en busca de unas manzanas

que poseen el secreto

de la eterna juventud.


Atlante lo oyó en silencio

y respondió:



-Todavía

te resta andar mucho trecho

y correr grandes peligros

para llegar allí, ileso.

Ladón, con sus cien cabezas,

guarda la entrada del huerto.


-Aunque hubiese mil dragones

he de correr ese riesgo.


Y el gran Atlas le propuso:


-Yo te hago un ofrecimiento.


-¿Cuál?


-Las mujeres que habitan

en ese lugar de ensueño

son mis hijas. Si tú accedes

a sostenerme los cielos

durante mi breve ausencia,

a cambio yo te prometo

pedir tan valioso fruto

a mis hijas y ofrecértelo

a mi vuelta.


Y el gran Hércules

contestó al Titán:


-Accedo.


Hércules, durante días,

sostuvo el enorme peso


de la bóveda celeste.

Atlas llevando las manzanas a Hércules

Atlante volvió trayendo

en su poder las manzanas

y alargándoselas, dijo:



-Aquí las tienes, amigo.


-Sostén los cielos primero.


Se negó Atlante a seguir

sosteniendo por más tiempo

en sus espaldas, las bases

del inmenso firmamento


-Es monótona esta vida.

Jamás querré sostenerlo

-murmuró-. Sostenlo tú.

Ahí te quedas... Yo me alejo.


E hizo acción de marcharse,

mas no consiguió su objeto

pues Hércules lo engañó.

con un ardid, devolviendo

a sus espaldas el orbe.


-¿Creías Atlante necio

que me habías engañado?

Ase firme el universo

que no se caiga y te aplaste

y continúa en tu puesto

que así lo quiso mi padre.


Y se fue de allí, riendo.(*)


6. LAS MANZANAS DE LA JUVENTUD.


-Las manzanas que guardaban

las hijas de Atlante y Héspero

en su jardín, ya son tuyas

-dijo Hércules al regreso

de su viaje accidentado

a su primo Euristeo,

y éste exclamó:


-Te las dono,

pues cumpliste mi deseo

y has sabido, en tal empresa,

desenvolverte con éxito.


(*)Parece ser que Atlas ofreció a Hércules llevar él mismo las manzanas a Juno. El héroe griego simuló aceptar esta oferta y le pidió un cojín para colocárselo a los hombros y atenuar con ello el peso que suponía sostener la bóveda celeste en sus espaldas. Accedió Atlante y en el instante en que aferraba de nuevo con sus fuertes brazos el orbe, para facilitar la colocación del cojín, escapó Hércules, llevándose las manzanas consigo. Otra leyenda cuenta que fue el mismo Hércules el que se desplazó hasta el Jardín de las Hespérides y robó las manzanas de oro después de matar al dragón Ladón que las custodiaba. Esta leyenda de Atlas o Atlante es la que inspiró a Verdaguer su obra La Atlántida





Hércules las regaló

a Minerva, como obsequio

de su amistad duradera

y de sus mutuos afectos,

y la diosa las volvió,

al fin, a donde salieron,

al jardín de las Hespérides,

al país de los misterios.


XXII. CONQUISTA DE CERBERO.


1. ORDEN DE EURISTEO.


-La empresa que te encomiendo,

Hércules, es grande empresa,

mas si has triunfado en las otras,

que tan difíciles eran

-díjole así Euristeo-

también triunfarás en ésta.


-Dime qué tengo que hacer.
















El Hades. Tártaro




Y el rey le dio la respuesta:


-Baja al Hades cavernoso,

mansión de Plutón, y apresa

a Cerbero, su guardián,

trayéndolo a mi presencia.




Quiero saber cómo es

el perro de tres cabezas.

* * *

Hércules, en compañía

de la guerrera Minerva

y el pelígero Mercurio

dio principio a la proeza

de encadenar a Cerbero

y subirlo hasta la tierra.

2. EL AVERNO.


En Ténaro, el promontorio

que en la Laconia se eleva,

existe una cueva lóbrega,

oscura, grande y siniestra,

que da acceso a los Infiernos,

morada de la tristeza.


Por allí bajó el coloso

a las grutas sempiternas

del Averno y conoció

sus patéticas miserias.


El Hades (*) era un lugar

tenebroso, residencia

de las almas de los muertos.

Son sombras de indiferencia,

impalpables, intangibles,

sin sentimientos, sin penas,

sin voluntad, sin amores,

sin recuerdos, sin conciencias;

son despojos de los cuerpos

que atraviesan las tinieblas

como fantasmas de luz,

como sombras que conservan

solamente un parecido

de su pasada existencia;

su hablar es sólo un silbido

con que anuncian su presencia.


Todo esto vieron los dioses

y el fuerte varón de Grecia.



(*) El Hades (Averno, Infierno) no hay que confundirlo con Hades (Plutón), rey de los Infiernos. El Hades

era una superficie plana y circular, rodeada del río Océano. El Tártaro, prisión de los dioses destronados, es

distinto del Averno, pues éste, aunque subterráneo, se considera a una profundidad pequeña, distando

tanto del Tártaro como del vértice de la bóveda celeste.




3. LA CORTE DE HADES


Plutón, poseedor del Érebo

habitaba bajo la Élida,

en un horrendo palacio.

Proserpina era la reina,

su esposa, a la que robó

en un tiempo de la tierra.

para hacerla su mujer.

Aquella fue su primera

salida de los Infiernos

desde que, en justa solvencia,

Rapto de Proserpina





























con sus hermanos, tocole

el Hades en recompensa (*)


Componían su cortejo

Thanatos, la muerte cierta,

Hipnos, el dios de los sueños,

y las Furias traicioneras,

que son hijas de la Noche

y de Aqueronte. Megera


(*)Júpiter, después de vencer a Cronos, su padre, repartió el imperio entre él y sus dos

hermanos Neptuno y Plutón. A éste le tocó el Hades.




Mercurio y Atenea (Minerva)


y Tisífone y Alecto

se llamaban las severas

ordenadoras del mundo

y de Perséfona(*) siervas.


Hércules, acompañado

de Mercurio y Atenea

llegó al reino de Plutón

y habló a éste de esta manera:













Plutón y Proserpina



(2) Proserpina



-Rey del Averno invisible,

vengo del mundo de afuera

a llevarme a Cancerbero

para que mi amo lo vea.


Y Plutón, que no quería

usar de la violencia

ante el hijo de su hermano

dio la siguiente respuesta:


-Al otro lado de Estigia,

muy cerca de la ribera

del Aquerón caudaloso,

tiene su nido esa fiera.

Ve y aprésala tú mismo

si para ello tienes fuerza.


El griego le respondió:


-Esa es muy fácil tarea

para mí. Conseguiré

encadenar a esa pieza.


Y Hércules se dirigió

hacia la morada tétrica

del guardador del Infierno

fija en su mente una idea:

Apresar a Cancerbero

y trasladarlo a la tierra.


4
. TESEO Y PIRITÓO.

A su paso por el Hades

encontró en una caverna,

fuertemente encadenados

a los raptores de Helena.



Eran el héroe Teseo,

hijo de Egeo de Atenas

y Piritóo, el lápita

rey de los hombres de piedra,

enemigos en amores

y amigos en la contienda.


-¿Quiénes sois que así gritáis?

exclamó al ver sus siluetas-.

Es tanta la oscuridad

que, a no ser por vuestras quejas,

jamás os hubiese hallado.


Y es Teseo quien contesta:


-Yo soy Teseo y este hombre,

que a mi lado se lamenta,

el tesalio Piritóo.

Estamos en esta cueva

desde hace ya mucho tiempo.


-¿Por qué sufrís tal condena?


-Quisimos raptar a Core

-dijo el lápita- la bella

hija del rey Aydoneo,

mas caímos en la puerta

del Hades, presos del hijo

de la protectora Rea.


Lo escuchó con atención

el fuerte hijo de Alcmena

y contestó:


-Seréis libres.


Y destrozó las cadenas

con las que fijos estaban

Piritóo y el hijo de Etra.


5. EL BARQUERO CARONTE.


Prosiguiendo su camino

entre las densas tinieblas

llegó a la laguna Estigia

y vio la barcaza negra

de Caronte, que flotaba

sobre sus aguas serenas.




Carón conducía las almas

hacia las sombras eternas


a través del lago Estigia,

desde una orilla a la opuesta.


Contempló como el barquero

buscaba bajo la lengua

de las almas de los muertos

la consabida moneda

que, al morir, sus familiares

le ponían, para que ella

les permitiese la entrada

a la mansión de las penas.


Hércules dijo a Caronte

cuando éste estaba de vuelta,

después de haber descargado

las almas en la ribera:










La barca de Caronte (Luca Giordano)




-¡Eh, conductor, no te alejes!



Y oyó decir:


-¿Qué deseas?


-Que nos lleves en tu barca

al Aquerón.


-Tu propuesta

-contestó firme el barquero-

no puedo satisfacerla.

Yo sólo puedo pasar

desde aquella parte a ésta

las almas.


-Yo soy mortal...

No soy una sombra incierta

-replicó-. Tengo permiso

del gran dios que te gobierna

para apresar a Cerbero

y no sé de otra manera

de llegar al Aquerón

si no es en tu barca negra.


Prosiguiendo su camino

entre las densas tinieblas

llegó a la laguna Estigia


-Si es cierto lo que me dices

y si así Plutón lo ordena,

apresúrate a subir

a mi barca.


Ya en cubierta,

Carón sumergió los remos

en el agua y una estela

de sucia espuma indicó

que se alejaban de tierra.


Caronte














6. EL AQUERONTE Y CERBERO.


Aqueronte era un Gigante,

hijo del Sol y la Tierra.

Por dar agua a los Titanes

que emprendieron la faena

de escalar el ancho cielo,

el dueño de las tormentas,

transformándolo en un río,

lo precipitó en las densas

oscuridades del Érebo.

Esto cuenta la leyenda.


Cuando llegó al Aquerón,

inquieto por la impaciencia,

buscó Hércules a Cerbero,

y lo halló al pie de una puerta

que sirve de entrada al Hades,

cuidando que no saliera

ni entrara nadie al Infierno.



Su figura era tremenda:

Tenía el cuerpo de perro

y, en lo alto, tres cabezas

con tres fauces horrorosas

y otras tres bocas siniestras

cuyos ladridos poblaban

el Averno de estridencias;

su lomo estaba erizado

de sierpes y de culebras

que destilaban ponzoña;

completaban su presencia

una cola de dragón





y seis ojos que centellas

flamígeras despedían

desde sus pútridas cuencas.



El coloso de Tirinto,

tras de una breve pelea

logró aprisionar al perro

y cargarlo de cadenas.


Después emprendió el regreso


con el
Cancerbero a cuestas.


7. ASCENSO A LA LUZ.


Hércules, acompañado

de Mercurio y de Minerva,

ascendió al mundo exterior,

a la ciudad de Trezenas,



en la Argólida. De allí,

y sin dejar a su presa,

se despidió de los dioses

y partió, tras de una ausencia

de casi un año, a Tirinto,

en donde Euristeo impera.


* * *

-Aquí te traigo a Cerbero

-dijo el ídolo de Grecia-.

Admira su vil figura,

hiela tu vista y contempla

su cuerpo sucio y mezquino,

sus tres pavorosas testas.


Y el rey de Tirinto dijo:


-Has cumplido tu promesa.

Devuelve a Cerbero al Hades.

Me horroriza su presencia.


El héroe volvió al Infierno

y dejó libre a la fiera.



Euristeo escondiéndose en una tinaja ante la presencia de Hércules y Cerbero








Continúa en LA LEYENDA DE HÉRCULES IV

























































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