Excerpt for LA LEYENDA DE HÉRCULES IV by , available in its entirety at Smashwords









































































LPI:

Ley de la Propiedad Intelectual

Nº de asiento registral 00/2014/1970 Madrid


































LA LEYENDA

DE HÉRCULES IV

EPOPEYA EN

4.888 VERSOS

OCTOSÍLABOS









OBRA POÉTICA

ORIGINAL DE

JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ

(JEGARPE)














SI, DE VERDAD, EXISTE

UN HOMBRE QUE PUEDA

GANARSE LA INMORTALIDAD

CON SUS FANTÁSTICOS HECHOS,

ESE HOMBRE SE LLAMA

HÉRCULES.












TERCERA PARTE


APOTEOSIS

DE

HÉRCULES














XXIII. LA EMANCIPACIÓN.


1. LA LIBERTAD.


-Has cumplido con lealtad

cuanto yo te encomendé,

Hércules -dijo Euristeo-.

Supiste, con honradez,

llevar a cabo los doce

trabajos que te mandé...

Mas no sólo me serviste,

te serviste tú también.

Si bien mataste a los hijos

de Megara, tu mujer,

bien purgaste tu delito,

tu culpa has pagado bien.

Vete ya, pues eres libre.


Y Hércules dijo:


-Me iré

de aquí por muy breve tiempo,

pues he pensado volver

y aposentarme en Tirinto...

Me gusta y me quedaré.


2. UNA NOCHE EN ECALIA.


-Doce años ha que salí

de Tebas, donde maté

a mis tres hijos, buen Yolas

-le dijo a su auriga fiel-.

Te has comportado conmigo

noblemente y yo sabré

recompensar tus servicios.


-Yo sólo quiero poder

estar a tu lado siempre

y batallar y vencer

y conducirte en mi carro

y viajar, hijo de Zeus

-respondió el hijo de Ificles.


-No dudes que tengo fe

en ti, valiente sobrino...

pero eso no puede ser.

Mi destino está marcado

por un designio cruel



y no deseo que tú,

Yolas, participes de él.


-¿Qué sorpresa me deparas?


-Muy pronto lo has de saber.


Hombre y auriga cortaron

el viento con rapidez

en el carro que el fiel Yolas

tiraba con avidez.


En su camino hacia Tebas,

un sereno anochecer,

hicieron alto en Ecalia,

donde Eurito, su rey,

los acogió amablemente

presentándoles, cortés,

a su familia y a Yole,

su hija, bella mujer,

émula de Ganimeda(*)

Hércules y Yole en presencia de Eurito

en juventud y esbeltez.

Su hermosura cautivó a Hércules.

Cupido hizo blanco en él

disparándole sus flechas

dulces como el hidromel,

venenosas cual cerastas

y amargas como la hiel.


(*)Sobrenombre de Hebe o Hebea, la diosa de la floreciente juventud, hija de Júpiter y Juno. Fue una réplica femenina de Ganimedes, el hijo de Troos o Laomedón de Troya, célebre por su asombrosa belleza. Por eso se llamó Ganimeda a Hebea.




El vencedor de mil suertes,

que nadie pudo vencer,

enamorado y prendado

de Yole, cayó a sus pies.

"Cuando regrese de Tebas

-pensó- la haré mi mujer".


3. MEGARA Y YOLAS.


Cuando llegaron a Tebas

algunos días después,

le dijo Hércules a Yolas,

con voz segura, de juez,

en presencia de Megara,

su esposa leal y fiel:


-Haz de mi esposa tu esposa.

Te lo ordeno porque sé

que serás feliz con ella

y ella contigo también.

Además te dejo al mando

como cabeza, mi buen

Yolas, de los muchos hijos

(son tantos que forman grey)

que tuve con las cincuenta

hijas de Tespio.


-¡Lo haré!

-le prometió su sobrino-.

Y te juro que sabré

glorificarte, llevándolos

por el camino del bien.(*)

.

4. TIRINTO.


Hércules pasó unos días

en Tebas. Luego se fue

a la ciudad de Tirinto,

donde Alcmena le dio el ser.

Allí levantó su hogar,

pero vivió poco en él,

pues su lema era luchar

y viajar era su fe.


(*)Yolas fue más tarde el jefe de los Heráclidas (así llamados los hijos de Hércules o Heracles y su

descendencia) reinando en la isla de Cerdeña. OtraS leyendas sitúan el casamiento de Yolas con Megara a

la muerte de Hércules en el monte Eta, por propio designio de éste. Este episodio y el del siguiente capítulo

están íntimamente relacionados con los últimos días de Hércules y con la leyenda de Deyanira, según

muchos autores..





Hércules con Télefo, uno de los heráclidas



XXIV. EURITO Y YOLE.


1. COMPETICIÓN DE ARCO.


En la región de Tesalia,

en Ecalia, reina Eurito,

notable y hábil arquero

al que jamás ha vencido

ningún mortal con el arco.

Hércules fue su discípulo(1)

También discípulos fueron,

habilidosos, sus hijos.


(1)Véase el capítulo IV.




Tanta era la confianza

que poseía en sí mismo

con el manejo del arco

que, insensato, había ofrecido

la mano de su hija Yole

al temerario atrevido

que lograra derrotarle

en puntería y en tiro.


* * *

-Eurito, antiguo maestro:

Desde Tirinto he venido

atraído por el premio

que concedes al muy digno

arquero que te derrote

con la ballesta -le dijo

al soberano de Ecalia

el coloso de Tirinto.


Y el otro le contestó


-En verdad que es grande estímulo

luchar por mi hermosa hija

y perder por su cariño.

Lo que tú vas a intentar

nadie aún lo ha conseguido.

Ninguno logró vencerme.


-No pienso perder contigo,

sino, más bien, derrotarte...

A ti y a todos tus hijos.


Eurito se admiró:


-No te falta el optimismo,

mi buen aprendiz de arquero,

mas tendrás tu merecido.


A la mañana siguiente,

por mandato de Eurito,

se anunció a los cuatro vientos

el duelo a arco más reñido

que el adusto rey de Ecalia

jamás había sostenido.


Llegó el día del combate

y el pueblo, que había asistido,

llevado por su interés,

en gran tropel al recinto



donde tenía lugar

el duelo, entre fuertes gritos,

protestó por la victoria

que Hércules había obtenido.

El maestro de la ballesta,

el arquero más temido,

acababa de perder

ante su antiguo discípulo.

No convenció el resultado:


-¡Que se enfrente con tus hijos!


-¡No le dejes escapar!


-¡No le des lo que ha pedido!

Es un premio muy valioso

para un hombre tan inicuo.


-¡Te ha vencido con ventajas!

-rugió el pueblo enfurecido.


Y gritó Hércules airado:


-¡Vuestro rey ha sucumbido!

Igual que vencí a su padre

he de vencer a los hijos.


La bella princesa Yole,

muda entre tantos aullidos,

lo contempló con arrobo,

admirada de su brío,

de su apostura gallarda,

de su fuerza y del estilo

consumado en el manejo


del arco, en distancia y tiro.

Hércules y la princesa Yole

Su pequeño corazón

fue blanco del dios Cupido.



También el amor había

surgido ya en su camino

y deseaba que fuese

Yole o Iole, portando una flecha envenenada, reminiscencia de la flecha que disparó Hércules a Neso


aquel hombre su marido.

Mientras tanto, el héroe griego,

ante el asombro infinito

del rey, vencía uno por uno,

sin inmutarse, a sus hijos.

Cuando acabó con el último,

el noble y honrado Ifito,

clamó con su voz de trueno

que ahogó al asaz vocerío:


-¿Aún os mostráis disconformes?

¡Ved que vencí a vuestros ídolos!

Y al rey: -Dame a tu hija Yole.

Eso fue lo convenido.


-No te la cedo.


-¿Por qué?


-Ha llegado a mis oídos

-respondiole así el arquero-

que mataste a los tres hijos

que tuviste con Megara.

Y yo no daré un marido

tan vil y cruel a Yole.


-¡Debes dármela, Eurito!

-repitió Hércules-. Ella es

el precio que convinimos.



El rey se negó y, con él,

el pueblo ensoberbecido.

El más fuerte de los seres

juró:


-¡Mi padre es testigo

de que he de tomar venganza

de este pueblo tan indigno!


Y fue a alejarse, mas antes

de hacerlo, oyó como Ifito

decía:


-Hércules: detente.

No quiero ser tu enemigo,

pero es mi padre quien manda.

Yo sé que nos has vencido

noblemente y, por mi parte,

te otorgo lo que has pedido.


-Tendré presente tu gesto.


Y reemprendió su camino.


2. LA VENGANZA DE HÉRCULES.


Algunos días después,

en su casa de Tirinto,

Hércules fue visitado

por el argonauta Ifito.


Lo recibió en su palacio:


-¿Qué quieres, mi buen amigo?

-le dijo.


-Vengo a pedirte

(mi padre así me lo ha dicho)

los caballos que robaste

y te llevaste contigo.


El héroe pensó que aquello

era un insulto de Eurito

y respondió:


-¡Acompáñame!


A través de un pasadizo

lo condujo hasta la torre




más alta de su castillo

y mostrándole sus campos

extensos, así le dijo:


-Contempla en la lejanía

que lo que miras es mío.

Ve si están sobre mis prados

los caballos que has pedido.


Mientras Ifito miraba,

en un pequeño descuido,

Hércules, traidoramente,

lo empujó hacia el vacío.


Estimulado por la ira

que Juno, desde el Olimpo,

le envió, partió hacia Ecalia

y dio muerte a Eurito

y a sus hijos y raptó

a Yole, su amor divino,

prisionera en el palacio,

llevándosela consigo.


Luego incendió la ciudad.

Ardieron sus edificios.

Y las gentes, alocadas,

como un desbordado río,

se atropellaban, huyendo

y corriendo sin sentido.

Entre el ruido de las llamas

y el clamor de los chillidos,

se oyeron estas palabras:


-¡Así se ha vengado el hijo

de Júpiter y de Alcmena

de este pueblo fementido!(*)



(*) Según otros autores los hechos que acontecen en este capítulo están ligados íntimamente

con las aspiraciones de Hércules a Deyanira (la destructora de hombres) y lo colocan tras

de la muerte de Neso a manos del héroe, por lo que Deyanira, celosa de Yole, mandó la

túnica venenosa a su marido (véase el capítulo XXXV). No obstante, por su mayor

verosimilitud, la detallamos aquí.









XXV. EL ORÁCULO DE DELFOS


1. EL ARREPENTIMIENTO.


Llegado que hubo a Tirinto,

calmada ya su iracundia,

arrepintiose del crimen

que cometió en la figura

Templo de Apolo

sincera y noble de Ifito.


"Yo no he tenido la culpa

-se excusó-. En aquel instante

faltó a mi razón cordura.

Anidó la ira en mi espíritu

y en mi mente la locura.

Ciego, sí, lo asesiné...

¡Qué muerte tuvo más cruda!"


El más fuerte de los seres

lloró, lloró su amargura,

mientras Juno, su enemiga,

reía, allá, en las alturas.


Purificose más tarde

y aunque su alma quedó pura

su cuerpo enorme fue pasto

de enfermedad tan aguda

que le hizo perder sus fuerzas

y su gallarda apostura.


Una mañana partió

de Tirinto, con premura,

encaminándose a Delfos.


"Tal vez hallaré la cura

y el remedio de mis males

en la residencia augusta

de Apolo, al pie del Parnaso,

donde su oráculo oculta."


2. LA LUCHA CON APOLO.


En la ciudad de la Fócida,

término entre la llanura

y el Parnaso, se levanta,

amparado en las penumbras

de Fedríade y Niampea,

austeras, sobrias y adustas,

el templo del bello Apolo,




testimonio de la lucha

entre Pytón y el hermano

de la diosa de la Luna.


Cuando Hércules llegó al templo

de Delfos por vez segunda,

le negó Apolo el oráculo,

diciendo:


-Busca otra ayuda.

Yo no permito la entrada

en mi templo al que perjura

y perjuro fuiste tú

al romper la amistad mutua

que te unía con Ifito,

dándole muerte tan dura.


-No me pude contener.

Fue en un acceso de furia...

Mas nunca pensé matarlo.


-Sea o no sea disculpa,

márchate, que no te escucho

-fue la respuesta rotunda

de Apolo.


-Si no me cedes,

¡oh, conductor de las Musas!,

tus oráculos proféticos

para que haga mi consulta

yo mismo los robaré

-exclamó Hércules.


-¿Me insultas?


-No trato de hacerlo, Apolo,

mas necesito la ayuda

de tu oráculo.


Y, al punto,

atravesó las columnas

que daban acceso al templo

de inmaculada blancura.


-¡No manches con tus pisadas

la paz del templo, impoluta!

¡Retrocede! -dijo Apolo.




Y se entabló una disputa

que, luego, se transformó

en hostil y abierta lucha.


En un mortífero abrazo

se confundió la robusta

complexión del héroe griego

Lucha de Apolo y Hércules por la posesión del trípode de la Pitonisa del templo de Delfos





con la perfecta hermosura

del ágil cuerpo de Apolo.

Enlazadas sus cinturas,

firmes en tierra sus plantas,

sus bocas sin quejas, mudas,

hicieron temblar el suelo.

Pelea tan furibunda

fue zanjada por el rayo

de luz cegadora y fúlgida

que Júpiter envió

poniendo fin a la lucha.


3. LA RESPUESTA DEL ORÁCULO.


Consultó el oráculo Hércules

y se aclararon sus dudas:

Su enfermedad cesaría

dejando libre y segura

a Yole y permaneciendo

tres años bajo la dura

esclavitud de una reina.

La penitencia era justa

y Hércules dio libertad,

aunque lo hizo en contra suya,

a Yole, siendo vendido

como esclavo a la lujuria

de Onfalia, reina de Lidia,

por el dios de la Fortuna.(*)


(*) Hermes o Mercurio fue adorado también como el dios de la Fortuna.




Templo de Apolo



XXVI. ONFALIA, REINA DE LIDIA.


1. TMOLO.


A orillas del mar Egeo,

como cabeza la Misia,

echada a sus pies la Caria

y brazo suyo la Frigia,

soberbia, entre ellas, se extiende

la vasta región de Lidia.


Imperó sobre su suelo

el que a Tántalo dio vida.

Se llamó Tmolo y murió

por causa de su lascivia,

pues cometió vil estupro

con una gentil amiga,

compañera de Diana,



que por él fue perseguida.

En venganza de su afrenta

la pura y casta Artemisa

lo mató, enviándole un toro


Onfalia (detalle)

portador de toda su ira.


Una vez muerto el rey Tmolo

le sucedió en su real silla

la reina Onfalia, su esposa,

hija de Járdano y digna

competidora de Tmolo.

Famosa era y conocida

como mujer voluptuosa,

impura, sensual y frívola.

Su palacio era el albergue

del placer y la delicia,

del ocio y de la molicie.

En él se prostituían

las mujeres en honor

de Príapo y Afrodita.


2. LA SEDUCCIÓN DE ONFALIA.


Quiso el destino que Heracles,

por obra de su enemiga,

la diosa Juno, entroncase

sus hechos con los de Lidia,

pues Onfalia, sabedora

de la fama que asistía

al griego, pensó comprarlo



y encadenarlo a su vida.

lujuriosa y depravada

de reina insana y lasciva.


Así, una mañana, el héroe,

sin ninguna compañía

que no fuese la presencia

de su figura fornida,

se personó en el palacio,

ante la reina.


-Tenía

-le dijo ésta- enormes ganas

de conocer la osadía

y la bravura hechas hombre.

Dones de tanta valía

sólo son dignos de dioses.


-Yo soy mortal, reina mía.


-¡Tuya, sí, pues soy mujer!...

Y, como tal, femenina.

No ha de ser esclavo mío

quien es dueño de mi vida.


-Yo sólo vine a servirte.


Contempló la gallardía

del famoso griego Onfalia

y dijo:


-Son conocidas

todas tus bravas hazañas

en Lidia y sus cercanías.

Hablan de ti como un dios.

Tu valor los intimida,

tu fuerza los sobrecoge

y tu nombre los fascina...

¿Y si supiesen mis súbditos

que el vencedor de la Hidra

no es sino un esclavo mío?


Y acabó: -¿Qué pensarían?


Hércules dijo: -El oráculo

me ha mandado que te sirva.






-Tú, que has surcado los mares,

q

Onfalia

ue has sido del hombre envidia,

que has bajado a los Infiernos

y, provocando las iras

de Plutón, has apresado

al Cancerbero vigía,

que has retado a las deidades,

que has desdeñado la vida

y que has corrido la Grecia

y el mundo de orilla a orilla,

¿te falta, acaso, el valor,

se muestra tu fuerza esquiva

para abrazar a una reina?


Onfalia, provocativa,

poniendo el ansia en su acción

y una incitante sonrisa

en sus labios, se acercó

a Hércules, decidida:


-¡Abrázame, noble griego,

y sabrás lo que es la dicha!

¡Será tu primer servicio!


-Me niego, reina de Lidia.

Yo vine a luchar por ti

y no, mi dueña querida,

a dejarme seducir

por tus encantos de ninfa.


-Como todas las mujeres,

mujer soy, que necesita

de halagos y de placeres.


Y oyó que Hércules decía:


-Por eso no te obedezco.

Mujeres fueron desdichas

en mi espinosa existencia:

Megara primero; las hijas

de Tespio, después, y, luego,

Yole, la hermosa y divina

hija de Eurito de Ecalia;

mujer fue la Pitonisa

que me envió a tu palacio;

mujer, Juno, mi enemiga,

y mujeres son las Moiras

que mi suerte determinan.



-Pues yo para ti seré

-dijo la reina- Talía.

¡Bésame! ¡Yo te lo ordeno!

Bebamos la poesía

de Venus y de Cupido...


¡Embriaguémonos de vida!


Los nervudos brazos de Hércules

rodearon a la viuda

de Tmolo, pero su abrazo,

áspero, no poseía

la dulzura y la ternura

que el alado Eros ponía


cuando a
Psiquis se abrazaba.


Ante la ruda caricia

de que era objeto, la reina

clamó, presa de la asfixia:



-¡Suéltame, déjame ya!

¡Estás ahogándome!


Altiva,

Onfalia, al sentirse libre,

gritó al héroe, enfurecida:


-Pues me has rechazado, infame,

sufre ahora mi perfidia...

¿No quieres viajes y luchas?...

Pues los tendrás enseguida,

mas morirás en la empresa.



-Ordena y serás servida.


XXVII. LOS ITONES Y CICNO.


1. ITONA.


-En Itona, en la Tesalia,

morada de odiosos seres,

está tu aciago destino.

-dijo la reina al gran Hércules-.

Ardua y difícil empresa



te encomiendo.

-Obedecerte

es mi deber. Di, ¿qué es ello?


-Destruirás y darás muerte

a los malditos Itones.

Demuestra que eres valiente.


* * *


Grecia otra vez. Otra vez

sus eternos campos verdes,

sus frescos valles frondosos

y su mar azul, riente.

Otra vez Grecia, su patria,

escenario de su suerte.


-He de destruir Itona

porque Onfalia así lo quiere.


Y dirigiose hacia ella,

a Tesalia, solo siempre.


* * *


Cuentan que Itona, una noche,

fue pasto de un imponente

incendio que devoró

sus muros altos y fuertes

y que un hombre, casi un dios,

mezcla de bestia inclemente,

hijo del fuego cruel,

despedazaba a las gentes

que, en apretado tropel,

huían de aquel torrente.


-¡Es la venganza de Júpiter!

-gritaban-. ¡La negra muerte!


Terminada su misión

en Itona, el robusto Hércules

pensó regresar a Lidia.

Mas aún no se iría el héroe

de Tesalia: Otras andanzas

habían de acontecerle.


2. CICNO Y MARTE.


En la bahía de Volo,

activo puerto de Feres,


junto a la orilla del mar,

Pagases, bella, se yergue.


Mirándose en las serenas

aguas de la mar se advierte

un templo que se elevó

en honor del prepotente

Apolo, dios de la luz,

enhiesto, firme, solemne.


En su regreso de Lidia,

Hércules, frente por frente

del templo, oyó que le hablaban:


-¡Eh, tú, extranjero! ¡Detente!


Y Hércules le contestó

al importuno:


-¿Quién eres?


-Soy Cicno. Mi padre es Marte.

Extraño: ¿De dónde vienes?


-No te importa -respondió

el griego-. Dime, ¿qué quieres?


-Y...¿me preguntas qué quiero?

-sentenció-. Sólo vencerte.


-Pretensión inútil, Cicno.


-¿Te estás burlando? ¡Defiéndete,

que vas a morir!


Y Cicno

se echó sobre él de repente

pero era poco enemigo

para la roca viviente

que era Hércules. Al momento

lo ahogó entre sus brazos éste.


Apenas tocó en el suelo

el cuerpo de Cicno, inerte,

se transformó en un esbelto

cisne de pluma fulgente,

como el vívido relámpago

que cruza rápido el éter.


Marte



-Has matado a mi hijo Cicno,

Hércules. Sólo tu muerte

puede compensar su pérdida.


Aterrador, imponente,

delante del vencedor,

gritando sus estridentes

aullidos de guerra estaba

el dios Marte, pero pese

a ello, Hércules se aprestó

al combate contra el fuerte,

invencible y fiero Marte.

Se estremecieron al verles

luchar, montañas y mares.

El dios de la guerra y Hércules,

sujetos por las cinturas,

resbalaron por el césped

hasta que el rayo de Júpiter

los separó, refulgente.


El coloso de Tirinto,

después de aquel incidente,

prosiguió su viaje a Lidia,

inmutable, indiferente.


XXVIII. EL LADRÓN LIDIO SILEO.


1. EL PELIÓN.


Es el Pelión un macizo

montañoso que jalonan

de oro y de luz las riberas

perennemente espumosas





de Volo y del mar Egeo,

a lo largo de la costa.

Picos de casi seis mil

pies de altura lo coronan.

Sobre su cima más alta,

Quirón, el Centauro, mora,

el mismo que dio a Jasón

y otros héroes la más sólida

educación que le diera

ser alguno a otra persona.

De sus bosques milenarios

se obtuvo la más valiosa

madera que se soñara;

de ella se hizo la famosa

Argos, la nave primera

que surcó las rumorosas

regiones de Poseidón

hacia el país de la Cólquida,

en busca del vellocino

de oro, lejana y remota.


Lidio Sileo, el ladrón,

rey de la Élida brumosa,

habitaba por entonces

en el Pelión. Ricas frondas

constituían sus tierras

pues plantado había otrora

viñas, de donde colgaban

racimos de uvas muy rojas.

Muchos hombres laboraban

en las faenas de poda,

recolección y obtención

de bebida espiritosa.


2. MUERTE DE LIDIO SILEO.


Hércules, de vuelta a Lidia,

se detuvo algunas horas

en el Pelión, para dar,

durante las negras sombras

nocturnas, descanso al cuerpo.


Cuando despuntó la aurora

siguió caminando. Al rato

se encontraba en las umbrosas

pertenencias de Sileo

quien le espetó, sin demora:



-¡Alto, fornido extranjero!

No más camines y aporta

tu esfuerzo en el laboreo

de mis viñas.


-¿Quién me nombra?


-Sileo, hijo de Neptuno,

el que te conmina ahora

a que trabajes.

Y oyó:


-¿Hablas en serio o en broma?


Colérico, contestó

el hijo de Neptuno:



-¿Osas

burlarte de mí, extranjero?

Soy el más fuerte.


-¡No importa!

Apártate del camino,

que marcho.


-¿Por quién me tomas?


Loco de furia, Sileo,

como impulsado por honda,

se abalanzó sobre Hércules...

Mas la batalla fue corta,

pues el griego, con su clava,

asestó tan fiera y pronta

mazada en su gran cabeza

que rodó hasta el suelo, rota.


3. MISIÓN CUMPLIDA.


-He cumplido la misión

que me ordenaste, señora

-le dijo así a su llegada

Hércules a la reina Ónfala (*)

-No creí que lo consiguieras

-fue la respuesta-. Tu próxima

Y más principal empresa,

es capturar a los Cércopes

que habitan en las Termópilas.


XXIX. FIN DE LA ESCLAVITUD.


1. EL PASO DE LAS TERMÓPILAS.


El paso de las Termópilas,

entre la Grecia central

y la Tesalia, se extiende

hacia el largo de la mar

y al pie del monte Calídromo,

como inseguro puntal,

contrafuerte del monte Eta

En él se dio la campal

batalla en la que Leónides,

el astuto general

de Esparta, perdió la vida,

ante el aspecto falaz


(*)Onfalia)


y engañoso que ofrecía

desfiladero sin par.

En él fue preso Filipo

y en él se pudo guardar

de las iras de Aulio Glabrio

y su ejército imperial

de Roma, Antíoco el Grande,

de Siria, su país natal.


El origen de su nombre

estriba en la cantidad

asaz de fuentes termales

que existen, cabe el caudal

rebelde del río Asopus,

y en la otra parte oriental,

entrada al estrecho paso

por Alpeni, la ciudad.


Los Cércopes (*),raros seres,

enanos de harta maldad,

cobardes, pero ladrones,

hicieron de aquel lugar

su refugio predilecto.

Sólo solían robar

a las gentes, en las noches

de tupida oscuridad,

saliendo del escondrijo

como sombras que, al vagar,

sólo dejaban la huella

de un silencio sepulcral.


2.EL CASTIGO DE LOS CÉRCOPES


A aquellos seres menudos

debía de castigar

el coloso de Tirinto.



Después de mucho viajar

se presentó en las Termópilas

el héroe, dispuesto a dar

tan pronto como pudiera

con los Cércopes y usar

de su fuerza prodigiosa

para herirlos sin piedad


(*) Tienen una gran semejanza con los duendes de nuestra Edad Media. Eran dos hermanos con nombres

diferentes según unos u otros historiadores. Para otros no eran enanos sino de elevada estatura. Zeus los

convirtió en monos. De aquí procede el nombre de cercopitecos con el que se conoce una especie de

simios.




. Cierta negrísima noche

en que el temible barbián

yacía en su dormitorio,

se despertó al ver entrar

a dos sombras sigilosas

que pretendían robar

sus armas. Las apresó,

sin darles tiempo a escapar,

y observó que eran los Cércopes

que él buscaba con afán.


Los colgó de una gran viga

del techo, con crueldad,

cabeza abajo, y los vio,

después, reír y llorar,

revolverse con torpeza,


balancearse y gritar.



Cuando se había cansado

de oírlos gimotear,

les quitó las ligaduras

y los dejó en libertad.


3. LA SERPIENTE DEL RÍO SIGARIS.



Antes de llegar a Lidia


Hrcules y la serpiente del Sigaris

tuvo un encuentro final

con la terrible serpiente

del Sigaris torrencial.

Hércules y la serpiente del Sigaris


Dicha serpiente habitaba

desde tiempo inmemorial

en las márgenes del río.

Causa era de todo mal...

Era enorme y venenosa,

de piel viscosa y letal,

ojos de fuego y escamas

cortantes como un puñal.


Como el magnífico Hércules

tenía que atravesar

el Sigaris en su marcha,

por fuerza tuvo que hallar


en su interior a la sierpe,

a la que hubo de matar,

no sin esfuerzo pequeño,

teniendo que mutilar,

con un golpe de su clava,

cabeza tan infernal.


4. FIN DE LA ESCLAVITUD.


Ya sin obstáculo alguno

que se pudiera citar

regresó Hércules a Lidia

y explicó a Onfalia al llegar:


-He castigado a los Cércopes.

No volverán a robar.


Oyó la reina al gigante.


-Está bien -comenzó a hablar-.

Tu apostura, tu valor

y esa tu temeridad

de que haces gala, orgulloso,

me han cautivado de tal

forma, valeroso griego,

que ello me hace, una vez más,

rogarte que te desposes

conmigo...Ya me amarás.


5. MATRIMONIO CON ONFALIA.


Casó Hércules con Onfalia,

reina de la liviandad,

y cuentan que fue feliz,

pues Cupido, perspicaz,

lanzó sus certeras flechas

al corazón del barbián,

quien sintió sobre su pecho

las dulces ansias de amar.


Como fruto de su unión

nació, para perpetuar

la reciedumbre de Heracles,

Lamio, que fue héroe racial

de la tesálica Lamia.


H

Hércules, vestido con ropas de mujer, y Onfalia

ércules no pudo estar

inactivo mucho tiempo...




Lo requería su afán


Hércules

de aventuras.


Y una noche,

a los tres años de entrar

en Lidia, la abandonó

para buscar el azar. (*)


Hércules vistiendo ropas de mujer y Onfalia jugando con su maza






(* )La leyenda nos dice que, por espacio

de un año, Hércules estuvo entregado a

los placeres y a la molicie, vistiendo

ropas de mujer y entretenido en hilar,

mientras Onfalia jugaba con su maza.

Decharme dice que no fue él sino

la divinidad hermafrodita siria

Saudón quien casó con Onfalia.

No obstante es la leyenda griega

la que hemos elegido para esta narración









XXX. LAOMEDONTE DE TROYA.


1. EL MONSTRUO DE TROYA.


Troya, la imperecedera

ciudad a quien dio la fama

su lauro de la tragedia

y la epopeya, se halla

entre los ríos Simosis

y Escamandro, en la lejana,

triste y fantástica Misia,

que fue escenario de tantas

luchas por faltas de Paris

y Helena, su bienamada.


La construyó Laomedonte

con la ayuda voluntaria

de Apolo y de Poseidón,

quienes, al verla acabada,

quisieron que Laomedonte

sus servicios les pagara,

pero el hijo de Eurídice

y de Ilo no les dio nada,

expulsándolos de Troya

y erigiéndose en monarca.


La cólera de Neptuno

creó de las negras aguas

del mar un horrible monstruo

para que, cruel, devastara

la tierra que tumba fue

de figuras legendarias.


Hércules, defiende a Hesione del monstruo marino






Para saciar sus instintos

carnívoros, le arrojaban

cada día una doncella

que, con fruición, devoraba.


Un día tocó la suerte

a la hija del rey, muchacha

de muy notable belleza.

Hesíone se llamaba.


Enterado Laomedonte

de tan funesta desgracia

clamó justicia a los dioses,

pero ésta le fue negada

ofreciendo el rey entonces

riquezas a quien matara



a la bestia. Mas ninguno

quiso emprender tal hazaña.


2. LA PROMESA DE HÉRCULES.


Hércules, tras de obtener

la libertad tan ansiada

que le unía con la Lidia,

partió hacia tierras troyanas

para ver a Laomedonte

a quien dijo a su llegada:


-Me han hablado de ese monstruo

que se esconde en tu comarca

y vine para matarlo.


Contestó el rey:


-Tus palabras

me alegran, noble guerrero.


-La aventura es arriesgada

y habrás de darme algo a cambio.


El otro anunció:


-Si matas

a ese animal te daré

lo que pidas. Antes, nada.


-Me ofrecerás los caballos

divinos que regalara

Zeus a Tross en otro tiempo,

cambiándolos por la cara




de su hijo Ganimedes,

de cerúlea porcelana.


-Tuyos serán -dijo el rey-

si cumples con tu palabra.

Hércules liberando a Hesíone del monstruo de Troya























Hércules, una vez más,

demostrando su alta fama,

salió triunfante del riesgo,

derrotando a la alimaña

y liberando a Hesíone

de una muerte pregonada.


Y cuando, a los pocos días,

se presentó en la morada

de Laomedón, a pedirle

el estipendio, el monarca

le explicó:


-¡No lo tendrás!

Es petición harto cara

para servicio tan nimio.


-Así, pues, no me das nada.


-¡Nada te doy!


-¡Ay, de ti



-contestó Hércules- que tratas

de burlarte así de mí!

¡Ay, de ti, que así me infamas!

Hasta Némesis,la recta,

ha de temer mi venganza.

Clama clemencia a los dioses

porque si ellos no te amparan

ya nadie te librará

de mi fatal amenaza.


Y el griego salió de Troya

aquella misma mañana.


3. TELAMÓN, EL ARGONAUTA.


Como pasaran los días

y su reino estaba en calma

creyó Laomedonte que Hércules

no cumpliría su palabra,

pero una tarde el vigía

que en la costa vigilaba

las aguas del mar rugiente,

divisó en la lontananza,

difusamente, seis naves

que hacia Troya se acercaban

y que portaban a bordo

una poderosa escuadra.

Era Hércules que volvía.


Esta vez lo acompañaba

en el viaje Telamón

amigo suyo, argonauta

y cazador calidonio,

desterrado de su patria.(*)


Cuando llegaron a Troya

desembarcaron la armada

y rodearon sus muros

dispuestos para asaltarla.


Duró poco tiempo el cerco,

ya que Hércules, sin más armas

que sus manos, se introdujo,

sembrando terror y alarma,

en el palacio del rey,

a quien dio muerte inmediata.

No conforme todavía

siguió su horrible matanza:


(*) Telamón, hijo de Ea, desterrado de su patria Egina por matar a su hermano mayor Foco Fue compañero de Jasón.




Cayeron todos los hijos

de Laomedón a sus plantas,

excepto Hesíone y Príamo(*).


Cruenta fue su venganza.


* * *

Hesíone y Telamón,

la ciudad ya apaciguada,

se unieron en matrimonio,

mientras la erecta y gallarda

silueta del bravo griego

se perdía en la distancia

del mar, rumbo a la ventura.


Silenciosa, a sus espaldas,

quedaba la triste Troya,

demolida, destrozada...


XXXI. LOS HIJOS DE NELEO.


1. NELEO Y PELIAS.


Nacido de los amores

sostenidos en secreto

por Tiro y por Poseidón


(*) Príamo, Padre de Héctor y Paris, personajes centrales de la guerra troyana desencadenada por el amor del segundo hacia Helena, esposa de Menelao de Lacedemonia.



surgió a la vida Neleo.

Su vida habría de ser

un constante sufrimiento

pues ya, desde el mismo instante

de su triste nacimiento,

su madre, dolosamente,

sin ningún remordimiento,

lo abandonó, en compañía


Pelias y Jasón

de Pelias, su hermano, artero.


Hallados por un pastor,

compadeciéndose de ellos,

les dio cobijo en su casa,

en la que fueron creciendo...


Y, un día, los dos hermanos,

inconsolables viajeros,

encontraron a su madre

desposada con Creteo,

a la sazón rey de Colcos.

Se emocionó Tiro al verlos

y fue tanta su alegría

y tan grande su contento

que logró que su marido

los acogiera en su reino.


Fueron pasando los años.

Neleo y Pelias crecieron.

Y sobrevino la muerte

de su padrastro Creteo.

Se disputaron el trono

los hermanos, con denuedo,

venciendo en la lucha Pelias.


Salió Neleo de nuevo,

expulsado por su hermano,

de Colcos, para el destierro.



Mas, casado con Eurídice

fue rey de Pilos Neleo,

en donde, al fin, residió

hasta su final.


* * *

Empero

no acabaron aún sus penas,

avatares y desvelos.


2. LOS NELEIDAS.


Neleo tuvo diez hijos

de Eurídice. Eran éstos:

Peisidice, Policasto,

Antíloco, Estracio, Eretro,

Pisistrato, Trasimedes,

Equefrón, Perseo y Néstor.


* * *


Dijo un día Peisidice

a sus hermanos, artero:


-Hércules tiene en sus campos

el más envidiable y bello

de los rebaños del mundo.


-El mismo -exclamó Perseo-

que arrebatara a Gerión

en la isla Eritia(*).


-Robemos

las reses para nosotros

-propuso Equefrón al resto.


-Aprovechemos la ausencia

de Hércules.


-No estoy de acuerdo

con vosotros -disintió

el hermano más pequeño,

Néstor, el buen argonauta,

célebre por sus consejos.


Trasimedes, decidido,

le contestó:

.

*)Según unos, Euristeo ofreció en sacrificio a Juno todas las reses que le llevó Hércules, sustraídas a Gerión

(véase capítulo XX). Según otros, las regaló al héroe, quien las dejó pastar en sus campos



-No queremos

mezclarte en nuestros asuntos...

Nosotros solos lo haremos.


Y se mofó Pisistrato:


-Así serás uno menos

a repartir el botín.














Les reprochó:


-No hagáis eso.


Y todos le replicaron:


-Guarda tu elocuencia, Néstor.


* * *

Y una noche silenciosa

llevaron el plan a efecto

los Neleidas. Cautelosos,

emprendieron el regreso

con las reses sustraídas,

hacia Pilos, cuando oyeron

a sus espaldas la voz

de Hércules:


-¿Qué estáis haciendo?


Quedaron mudos de espanto

los vástagos de Neleo

y el coloso de Tirinto,

montando en ira, colérico,

uno por uno, les fue

dando muerte, justiciero.



3. TRISTEZA EN PILOS.


En Pilos, el rey lloró

con amargo desconsuelo

la pérdida de sus hijos.


-Ellos sólo lo quisieron,

padre... Yo los advertí

y no me escucharon, ciegos

-clamaba el último hijo

de Neleo, el noble Néstor.


XXXII. LOS GIGANTES.


1. LOS TITANES.


Después del Caos, Urano,

padre del cielo infinito,

se desposó con la Tierra.

Naciéronle en un principio

los poderosos Titanes:

Cronos, el tiempo temido,

Jafet, Atlante y Océano,

padre de todos los ríos.

Nacieron luego los Cíclopes

y, al final, los Hecatonquiros(1).


Como Urano devolviera,

uno por uno, los hijos

que iba creando, a la Tierra

se indignó su esposa e hizo

que Cronos, al frente de ellos,

luchase con su marido.








Mutilación de Urano por su hijo Cronos o Saturno



A un golpe de harpé(*) redujo

elTiempo a Urano y, herido

lleno de cólera, el Cielo,

dejó llover, vengativo,

su sangre sobre su esposa


)Hecatonquiros o Hecatónquiros. (Tempestade

. (*)Especie de hoz que dio la Tierra a su hijo Cronos para quevenciera a su padre.


De sus gotas, el dios quiso

que brotaran los Gigantes,

profiriendo horribles gritos,

y las Erinnias, portando

sus hachones encendidos,

sierpes sobre sus cabezas,

fuego sus ojos flamígeros

y flagelos en la mano,

terribles y retorcidos.


Cronos y Rea

-Oye mi voz -dijo Urano,

aterrador- hijo mío:

Igual que te has rebelado

contra mí, serás vencido,

destronado y arrojado

al Tártaro, por tus hijos(2).



Júpiter, el poderoso,

el prepotente, el magnífico,

señor de todos los dioses

moradores del Olimpo,

los convocó cierto día

y de esta forma les dijo:


-Oye mi voz -dijo Urano,

aterrador- hijo mío:

Igual que te has rebelado

contra mí, serás vencido,

destronado y arrojado

al Tártaro, por tus hijos(*).


2. ASAMBLEA EN EL OLIMPO.


Júpiter, el poderoso,

el prepotente, el magnífico,

señor de todos los dioses

moradores del Olimpo,

los convocó cierto día

y de esta forma les dijo:


-Sabedores los Gigantes

de nuestro gran poderío

desean unir sus fuerzas

terribles y combatirnos.


Y, airado, Marte repuso:


-¡Tenemos que destruirlos!



-¡Debemos aniquilarlos!

-exclamaba el vocerío

de los dioses, pero Apolo

impuso silencio y, digno,

les habló de esta manera:


-¡Escuchad! Prestadme oídos:

El oráculo dispuso

que nunca serán vencidos

los Gigantes si en la lucha

contra nuestros enemigos,

no nos apoya un mortal.


Un silencio repentino

invadió a los dioses.


Zeus,

dirigiéndose al divino

auditorio, les propuso:


-Que sea nuestro elegido

el terrible y fiero Hércules.


-¡Hágase como lo has dicho!

-respondió Hades, furibundo,

dios del Averno, salido

de las tinieblas profundas

de su reino, negro y frío,

para prestar su concurso

a tan alto cometido.


Júpiter habló de nuevo,

su voz temible bramido:


-Baja a la tierra, Minerva,

y solicita el auxilio

de Hércules -mandó a su hija-.

Ruégale que se lo pido

yo, el más fuerte de los dioses,

Júpiter, el terrorífico.


* * *

Ascendiendo hasta la cima

neblinosa del Olimpo,

acompañando a Minerva,

el coloso de Tirinto

interrumpió la asamblea

para decir:




-Complacido

he escuchado a Atenea,

dios Júpiter, y he venido,

dejándolo todo abajo,

dispuesto a cumplir contigo.


Admiráronse los dioses.

Contempló Juno al fornido

hijo de Alcmena y de Júpiter,

tantas veces perseguido

por su saña y tantas veces

vencedor de mil peligros,

llena de fascinación

y asombro, mal reprimidos.


Júpiter expuso el plan

que tenía concebido:


-Helios, Selene y Eos

alumbrarán de continuo

nuestro campo de batalla.




Asamblea en el Olimpo

Yo enviaré mi nocivo

rayo de muerte a la tierra

desde mis techos olímpicos

y los demás bajaréis

a la tierra, a combatirlos.




3. EL COMBATE.


Y se entabló la contienda.

Se poblaron de ruïdos

las cercanías de Flegra,

se desbordaron los ríos,

tembló la tierra llenándose

de pavorosos sonidos

el ámbito todo. El cielo


se encogió con los horrísonos

rayos y truenos que Zeus


manaba, aleve y mortífero.

Gigante Talos, armado con una piedra




Vomitaron los volcanes

su lengua de líquido ígneo

y abrieron los terremotos

pavorosos precipicios.

Todo era desolación,

mortandad y cataclismo.


Con brillantes armaduras,

prorrumpiendo en alaridos,

los Gigantes arrojaban

gruesas rocas al Olimpo(*)

-catapultas las montañas

del proyectil terrorífico-


(*)Los antiguos vieron en este combate la lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas

. De ahí que se desataran las fuerzas de la Naturaleza


y desgajaban los árboles

lanzándolos encendidos,


como si fueran antorchas,

hacia el cielo, enfurecidos.


Hércules, junto a Minerva,

de raudo y certero tiro,

derribó en el suelo a Alción

y, en medio de un gran aullido,

volvió a la vida el Gigante.


. -Nadie ha podido conmigo.

Soy inmortal en mi tierra.


Quedó Hércules sorprendido

y oyó decirle a Atenea:


-¡Sácalo de Flegra, hijo

de Júpiter! Tu flechazo

lo ha dejado malherido.


Atenea agarrando por el pelo al gigante Alción




















Cargó Hércules en su espalda

el cuerpo desfallecido

del Gigante y lo arrojó

sobre el mar embravecido

y, al punto, dejó la vida

entre estertores y gritos.





Volvió el barbián a la lucha

y oyó las voces de auxilio

de Juno, presa en los brazos

de Porfirión, seducido

por la belleza soberbia

de la diosa y, por designio

de Júpiter, el Gigante

mancillarla en su honor quiso...

Mas lo hirió el rayo de Zeus

dejándolo sin sentido

para ser muerto después

por Hércules. Allí mismo,

sobre el tremendo cadáver

de Porfirión, retorcido,

se ganó las simpatías

de la diosa el bravo ídolo.


Hera y Porfirión

Minerva arrojó Sicilia

sobre Encélado que, huido,

quería buscar refugio,

y desolló luego, vivo,

a Palas, para cubrirse

con su piel del enemigo.

Polibotes quiso huir

de Neptuno tridentino

abandonando la isla

de Kos, pero el perseguido

cayó aplastado debajo

de la isla de Nisiros.


Efialtes perdió un ojo

por un flechazo salido

del arco de Apolo y otro

por un dardo, dirigido

con mano diestra, por Hércules;



Hécate mató a Citios;

Vulcano a Mimas; Mercurio,

el mensajero pelígero,

invisible bajo el casco

de Plutón, dio merecido

fin a Hipólito; Artemisa

mató a Egeón; Dionisos,

amamantado de ninfas,

acabó con Euritos

y las Moiras, con sus clavas

de resplandores broncíneos

exterminaron a Thoon

Poseidón o Neptuno

y a Agrios.



Despavoridos,

el resto de los Gigantes,

desde lo alto eran heridos

de muerte por el letal

destructor rayo zeusino

y rematados por Hércules

con sus flechazos fatídicos.



4. DESPEDIDA.


Oyéronse estas palabras

en medio del exterminio:


-Vuelvo a mi patria, señor

de los dioses. He cumplido

tus órdenes.


Y los dioses

lo despidieron solícitos.


Hebe


















Entre la bruma del monte

lleno de niebla, perdido,

se alejó Hércules, en busca

del azar y del peligro.



Hebe(*) miró la apostura

del griego, con infinito

amor en sus bellos ojos,

llenos de dulzura y brillos,

grana y sangre sus dos labios

y el sol orlando sus rizos.


XXXIII.AQUELÓO.


1. ENEO Y DEYANIRA.


Llegó a Calidonia Hércules

buscando un breve reposo

para sus fuerzas y Eneo,

su monarca, recibiólo

con alegría.


Eneo de Calidonia


-He sabido

-le dijo- del valeroso

combate que sostuviste

con Alción, en recto apoyo

de los dioses del Olimpo.


Y contestó Hércules:

-Sólo

les ayudé a derrotar

a los hijos poderosos*)

de Rea.


Hebe o Hebea, hija de Júpiter y Juno, personificación de la juventud




Mirando fijos

al héroe, llenos de asombro,

cautivadores y tiernos,

lo contemplaban los ojos

de la bella Deyanira,

la hija de Eneo.


-Es hermoso

el brillo de tus pupilas

-oyó decirle.


Su rostro

encendióse con la púrpura

de un impensado sonrojo,

al rogarle:


-Bravo Hércules:

Si tú has podido con todos

los obstáculos que hallaste

en tu camino glorioso,

¿podrás librar a mi padre

de la afrenta de Aquelóo?


-Haré lo que tú me pidas

-le contestó, mas, curioso,

quiso saber los temores

del rey Eneo, quien, pronto,

le dijo así:


-Sabe, amigo,

que él desea en matrimonio

a mi hija Deyanira,

mas le infunde un pavoroso

terror, y yo no deseo

entregársela a ese monstruo,

quien, en venganza, me afrenta,


Aquelóo (mosaico)

hostigador y alevoso,



cada día y cada noche,

con su figura de toro.


-Mi padre le teme mucho.

Está asustado.


Los escuchó

Hércules y, al cabo, dijo:


-¡Yo os libraré de Aquelóo!


2. LA DERROTA DEL TORO.


Era Aquelóo un dios fluvial,

señor del agua y aborto

del Océano y de Tetis,

trueno señero y sonoro

en la tempestad y padre

de las Sirenas.


Hallolo

Hércules en la ladera

del monte Eta esplendoroso

y en las riberas del río(*)

del que hizo morada y trono.

Tomó la figura horrible

feroz y grande de un toro

y retemblaban las aguas

con su mugido espantoso.


-¿A qué has venido, extranjero?



Hércules combatiendo con Aquelóo

-¡A matarte! -dijo el otro.


Y se entabló un enconado

combate que duró poco,


(*) El río de su mismo nombre, hoy llamado Aspropótamo.


pues Hércules, en la lucha,

con su poder prodigioso,

arrancó un cuerno a la bestia

por donde se escapó todo

el furor del dios.


-¡Me rindo!

-clamó Aquelóo, tembloroso.


-Te dejaré si prometes

-le dijo Heracles al monstruo-

renunciar a Deyanira

y librar al temeroso

Eneo de tu presencia

enojosa.


Prometióselo

así el vencido y partió

el griego lleno de gozo.(*)

* * *

Abandonado en el Eta,

brotaron del cuerno roto

las aguas que fertilizan

la faz de aquellos contornos.



















Las Ninfas de los cercanos

montes y bosques umbrosos

lo rociaron con sus frutos

y lo cubrieron con lotos.



(*)En otra leyenda se dice que para reparar el daño ocasionado a Aquelóo, Hércules

ofreció traerle uno de los cuernos de la cabra Amaltea que amamantó a Júpiter



3. MATRIMONIO CON DEYANIRA.


De regreso a Calidonia

Eneo dio en matrimonio

a su hija Deyanira

a Hércules victorioso,

compensando sus favores

impagables de este modo.


Y Deyanira amó a Hércules

como héroe y como esposo.



XXXIV. EL CENTAURO NESO.


1. EL COPERO EUNONIO.


Sonaron en Calidonia

himnos y cantos triunfales

porque llegaron, solemnes,

pomposos, los esponsales

de la hermosa Deyanira

y del esforzado Heracles.


Acudieron a las fiestas


gentes de todas las partes:

Hércules y Deyanira

dioses, varones y damas,

sin distinciones de clases.


Eneo quiso brindar

por sus regios comensales



y halló su copa vacía.

Gritó a su copero:


Escánciame

de ese vino delicioso,

Eunonio... Quiero embriagarme.


Y cuando Eunonio, solícito,

acudió para llenarle

la copa, le derramó

sobre sus vestidos parte

del líquido que portaba.

Habló para disculparse

el copero y el tebano,

que vio a Eunonio en aquel trance

tan apurado, acudió

junto a él, para ayudarle,

dándole un papirotazo,

bromeando, en tono afable.


Cayó el copero en el suelo

y no volvió a levantarse.


-¡Está muerto!


-¡Lo ha matado!

-gritaron los circunstantes.


-¡Juro que no quise hacerlo!

-se disculpó ante el cadáver

del infeliz Eunonio,

consternado, el buen Heracles.


* * *


Lleno de franca tristeza

por el injusto percance

se penó con el destierro

el griego.


Y así, una tarde,

abandonó Calidonia,

furtivo, como un culpable,

llevándose a Deyanira

consigo en su incierto viaje.








2. EL PASO DEL RÍO EVENOS.


Para llegar a Traquina,

cuyo rey, Ceris, amable,

quiso acogerlos, hubieron

de atravesar un paraje,

junto al torrente de Evenos,

donde moraba, constante,

hijo de Ixión y Nefele,

Neso, el Centauro gigante

que ayudaba a los viajeros

en su misión de pasante,

a atravesar la corriente

del río, de parte a parte.


Hércules dejó a su esposa

sobre la grupa salvaje

de Neso, quien la llevó


Rapto de Deyanira (Guido de Reni)

a la otra orilla, galante,

mas, preso de la hermosura

de Deyanira ,incitante,

emprendió veloz galope

el raptor. Y, viendo el lance

desde la opuesta ribera,

lleno de furia y coraje,

Hércules, alzando su arco,

disparó un dardo silbante,

emponzoñado y mortal(*)

rasgador de cielo y aire

que fue a clavarse en el cuerpo

del fugitivo cobarde.


Cayó malherido Neso

y, deseando vengarse,

le dijo así a Deyanira,

exhausto ya, agonizante: (


(* ) Envenenado con la sangre de la Hidra de Lerna (véase capítulo XII)




-Toma y empapa mi túnica

con mi herida pues mi sangre

tiene un poder milagroso,

maravilloso, admirable,

que hará amarte a quien la vista,

con ansias irrefrenables


Engañada Deyanira

por las palabras falaces

del Centauro untó la túnica

en el biforme sangrante,

ocultándole la prenda

a su esposo, quien, triunfante,

llegaba junto a la bella

para proseguir el viaje.


* * *

En un punto de la Lócrida

quedó para siempre, exánime,

el cuerpo de Neso y cuentan

que infectó aquellos lugares

con el olor nauseabundo

de su herida abominable.


XXXV. MUERTE DEL HÉROE.


1. LA LLAMADA DE LA GLORIA.


Hércules vivió en Traquina

las más apacibles horas,

los más sosegados días

de su existencia azarosa.

Le dio un hijo, de nombre Hilos,

a Deyanira, su esposa.




Pero, enseguida, volvieron

a turbarle la memoria

el fragor de las contiendas,

el placer de las victorias.

Y por las noches soñaba

que lo llamaban las roncas,

atrayentes, dulces voces

de las batallas ignotas.


Y una mañana le dijo

a Deyanira:

-La gloria

me está esperando...¿No escuchas

su llamada poderosa?...

¿No ves, llamándome, a Júpiter,

en las cumbres que Helios dora?...


Y la bella Deyanira

pensó, triste y melancólica,

que no podría jamás

retenerlo.


-Marcho ahora.

Mi destino es la pelea.


Y dejando a la custodia

de Ceris (*) esposa e hijo

partió por la misteriosa

ruta que le iba trazando

la aventura seductora.



(1) Ceris, rey de los Estados en el país de Traquina




2. EL MENSAJERO LICAS.


Algunos días más tarde

llegó a Traquina brumosa

un mensajero de Heracles,

quien se expresó de esta forma:


-Me llamo Licas y vengo

desde el Cenaón, señora,

donde me aguarda tu esposo.


Oyó Deyanira, ansiosa,

al mensajero, diciéndole:

-¿Es que quiere alguna cosa?


-Hércules -le contestó

Licas- desea unas ropas


Deyanira entregando a Hércules la túnica de Neso

blancas para revestirse


en la augusta ceremonia

que le piensa dedicar


a Júpiter
.

Mas, celosa,

Deyanira imaginó

en su mente destructora(*)

que Hércules ya no la amaba


(*) Deyanira fue conocida como la destructora de hombres.



y le envió, cautelosa,

la túnica que le diera

el Centauro Neso otrora,

confiando, ilusionada,

en su promesa dolosa.


3. LA TÚNICA DE NESO.


Acompañado de Hilos

llegó a la Eubea hermosa

el dócil Licas, portando

la túnica venenosa.

Y, encaminándose al monte

Cenaón, le dijo:


-Toma,

Hércules, la vestimenta

que te ha mandado tu esposa.


Después de abrazar a Hilos,

el héroe vistió las ropas,

presto para el sacrificio...

Pero la mortal ponzoña,

impregnada en el vestido,

invadió la sangre toda

del corpulento varón

quien, presa de ardiente cólera,

no pudiendo desasirse

de la prenda dolorosa,

arrojó en el mar a Licas.(*)


(El juicio perdido y loca

su enfebrecida razón,

su voz retembló en las rocas

del Cenaón, expandiéndose

firme, en sonorosas ondas,

para que la oyesen, lejos,

las deidades poderosas.


Ya más en calma, le dijo,

fláccidas sus fuerzas todas,

a Hilos:


-¡Sígueme al Eta!...

¡Quiero morir a su sombra!...



1) Neptuno hizo una roca con su cuerpo muerto.

Muerte de Hércules




4. EL MONTE ETA.


Entre el Parnaso y el Pindo,

cabe las nítidas costas

del mar Egeo, se eleva

la cumbre esbelta y airosa

del Eta, donde peinaba

su claro pelo, la Aurora,

se desperezaba Helios

y nacía, pudorosa,

todas las noches Selene,

para jugar en sus frondas.(*)


Llegado al monte, dijo Hércules

con su voz árida y sobria,

alargándole a su hijo

su arco y sus flechas dañosas:


-Entrégalo a Filoctetes,

el arquero, hijo de Poias,

mas dile que no revele

el secreto de su historia.(**)


Construyó luego una pira

gigantesca entre las rocas

y, recostándose en ella,

con la vista melancólica

perdida en los altos cielos,

del que recuerda y añora

las lizas y los combates

en su mente evocadora,

le dijo a Hilas:


-Enciende

el fuego, que acuda, pronta,

la Muerte, para llevarme

a sus grutas tenebrosas.


Y allí mismo, donde besan

a la Tesalia las olas

espumosas del Egeo,

mansamente, donde moran


(2) El Eta era el monte más oriental de Grecia por lo que los poetas creían que en él nacían el día y la

noche, el sol y las estrellas.


(*+)Filoctetes, el arquero más famoso de Grecia, que mató a Paris en la guerra de Troya, quebrantó el

secreto de Hércules cuando capitaneaba las fuerzas de Melibea, y cayéndole un dardo, descuidadamente

hirióle en un pie y le causó una herida tan pestilente que sus compañeros le abandonaron en la isla de

Lemnos durante nueve años.



las Nereidas y las Ninfas

de los bosques y las sombras,

donde nacen las estrellas

y se oyen las rumorosas

cantinelas de las aguas,

allí edificó su fosa

el héroe magno de Grecia,

prez y jalón de la Historia...

Allí se hicieron cenizas

sus andanzas y sus glorias.

Hércules dispuesto a morir sobre

la pira de leña preparada para el fuego




5.FIN DE DEYANIRA.


Cuando supo Deyanira

el fin de Hércules, por boca

de su propio hijo, clamó

contra los dioses, rabiosa,

y, enarbolando un puñal

de fina y cortante hoja

lo hundió en su pecho, brotando,

torrencial, su sangre roja.


XXXVI. LA INMORTALIDAD.


Cuando las últimas fuerzas

del agonizante Hércules

se hicieron humo y ceniza

hasta perderse en el éter,

descendió de las alturas

una nube reluciente

de nacarados reflejos

que lo arrancó de la Muerte

escoltándolo a las luces

de las regiones celestes.


En su trono de oro y plata

vio Zeus venir al héroe.

A su diestra estaba Juno,

al otro lado estaba Hermes,

el alado mensajero

de los dioses prepotentes.

Sonriéndole se hallaba

la dulce y preciosa Hebe,

hija de Júpiter y Hera,

escanciadora de néctares,

consoladora de Marte



en los combates crueles,

amiga y rival de Venus,

uncidora de corceles

en el aurífero carro


Júpiter

de su madre, refulgente.


Más allá estaban: Minerva,

la guerrera hija de Metis;

Ilitia y el fiero Marte;

la fecunda y bella Ceres;

Talía, Aglaia, Eufrosina;

Apolo y su hermana Artemis;

Afrodita y su hijo Eros,

el acogido por Thetis

y Eurinome, en el mar,

y Neptuno omnipotente.


Y se oyó la voz de Júpiter

decir entre los presentes:


-Por tus empresas sin par,

por tus hazañas valientes,

yo te doy la juventud

y la vida para siempre

y te concedo la dicha

de morar eternamente

con los dioses del Olimpo

y junto a mi hija Hebe

que te otorgo en matrimonio


Escuchó a su padre el héroe

con el semblante radiante.


-Haré lo que tú me ordenes.


Y, desde entonces, vivió,

honra de los dioses, huésped

inmortal en el Olimpo,

el más fuerte de los seres,

Hércules, el invencible,

Hércules, el vehemente,

Hércules, el arrogante,

el incomparable Hércules.

Apolo y Artemis (Cranach) (Cranach) (Cranach)





XXXVII. CANTO FINAL DE CLÍO.


Yo, Clío, la gloriosa,

canté las gestas bravías,

narré las magnas andanzas,

difundí la noble vida

del héroe más admirable

que cantó la boca mía.



Diana y ninfas

Asombraos, ¡oh, vosotras!,

graciosas, esbeltas Ninfas,

que me escuchasteis atentas.




Helios


¡Oh, Febo!, tú, que, con prisa

cruzabas rápido el cielo

montado en veloz cuadriga,

al viento el dorado pelo

y en la boca una sonrisa

y te paraste a escucharme:

Asómbrate ante la vida

del hombre más temerario

que cantó la vida mía.


¡Oh, tú, Diana, la casta,

la que con saña castigas,

la que mataste a Orión

por ser descubierta un día

bañándote en aguas puras

y el río te tuvo envidia

al ver tus carnes rosadas,

al ver tu cara divina:

Cubre tu rostro de pasmo

ante las mil correrías

del barbián más invencible

que cantó la boca mía.


¡Oh, tú!, errante viajero,

veloz Eolo, que miras

desde tu nube flotante,

cual nevada y clara isla,

de las gentes sus amores,

sus azares, sus desdichas.




Bóreas, Notos, Euros, Céfiro:

Admirad las valentías

del hombre más arrojado

que cantó la boca mía.


¡Oh, Gea!, tú de la tierra

procreadora infinita,

de gentes, fieras y plantas

que luego acoges solícita


en un lugar de tu seno,

Gea

ya muertas, y las cobijas:

demuda tu rostro al nombre

de la figura magnífica,

del más egregio varón

que cantó la boca mía.


Júpiter


¡Oh, Júpiter prepotente!

Tú, que repartes justicia,

que mandas y te obedecen

todos los dioses y cuidas

de personas y de pueblos:



Alégrate en tu alegría

ante la viril hazaña

que cantó la boca mía.


Asombráos, ¡oh, vosotras!,

deidades todas, amigas

de emociones y de luchas,

de aventuras y de intrigas,

que narré el valor más grande

que cantó la boca mía.
















E P Í L O G O .


XXXVIII. VOLVAMOS A NUESTRO MUNDO.


Cuando los últimos ecos

de las augustas palabras

de la musa se esfumaron

en los aires y en las aguas,

en las luces y en las sombras

de las hermosas comarcas,


Ninfas de las aguas

de los ubérrimos campos


de la Grecia milenaria,

contemplamos apagarse

las cúpulas de ígnea llama

del Olimpo de los dioses,

hundirse sus columnatas

de relucientes destellos,

cubiertas de oro y de plata.


Vimos retirarse a Febo

en su cuadriga dorada,

suspirar de pena a Clitia,

su pálida enamorada,

revueltos los largos bucles

y sublime la mirada.




Y se esfumaron las Dríadas,

desnudo el cuello y la espalda,

las Náyades, las Oréadas,

mostrando sus carnes blancas,

al viento los lisos velos

y las translúcidas gasas

flotando, como polícromas

mariposas de albas alas

que se pierden en la noche.


Vimos también a Diana,

guardando el arco y las flechas,

desaparecer, cuitada,

entre las sombras del bosque

llenas de silencio y calma.


Dejemos también nosotros

estas regiones fantásticas

y contemplemos, por último,

la donosura y la gracia

de sus azules campiñas,

de sus amarillas playas,


en nuestro ingrávido viaje

Santuario de Hércules


por rutas imaginarias.

Dejemos ya de soñar

que nuestro sueño se acaba...

Volvamos a nuestro mundo

sin milagros y sin fábulas.



















Comencé a escribir LA LEYENDA DE HÉRCULES en el año 1956. Tenía entonces 21 años de edad. La dejé inconclusa durante un tiempo prolongado, abandonándola y olvidándola en un cajón de mi mesa escritorio. Pero decidí acabarla cuando corría el año 1964, escribiendo los ocho últimos capítulos que componen la obra. Caligrafié todos los romances de que consta y encuaderné el manuscrito resultante que todavía conservo en mi pequeña biblioteca, junto con los demás libros que he ido escribiendo posteriormente. Allí ha permanecido la obra todos estos años, inédita y olvidada. Hoy, caminando ya hacia mis ochenta años he decidido darla a conocer, redimiéndola de este injusto olvido al que la he sometido.


Albacete, 17 de Junio de 2014

Jerónimo García Pérez (Jegarpe)





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