Excerpt for SONETOS IMPROMPTU Y OTROS SONETOS II by , available in its entirety at Smashwords








































































ISBN: 978-1-291-68503-9


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Solicitud nº AB-2-2014

Nº de asiento registral 00/2014/691 Madrid
















































Segunda parte












Fotografía que figura en el libro-manuscrito original escrito en 1980-1981


























INTRODUCCIÓN


El poemario que tenéis a la vista, SONETOS IMPROMPTU Y OTROS SONETOS es un libro que pretende rendir homenaje al soneto, esa composición poética clásica nacida en Italia, que introdujeron en España poetas del siglo XV como Garcilaso y Boscán, pero muy utilizada posteriormente por los grandes poetas de nuestro Siglo de Oro. Sonetos impromptu es el título de uno de los libros-manuscritos que poseo y que escribí durante los años 1980-1981. Consta de 50 sonetos, que constituyen la primera parte del presente poemario, pero he añadido también una segunda parte con otros 57 sonetos más, que he ido escribiendo en épocas anteriores y posteriores, seleccionándolos para formar parte del presente libro. Yo he utilizado el soneto con mucha asiduidad, incluso en libros en los que ha sido el único protagonista, como Cien sonetos a Amor o el mencionado Sonetos impromptu, con el que se abre el título de esta obra poética.


Albacete, 2015


El autor.


















O T R O S S O N E T O S


No deseo dar por terminado el presente poemario dedicado al soneto sin mostrar algunas más de estas clásicas composiciones que con tanta frecuencia he hecho uso de ellas en los libros que he escrito a través de mi andadura literaria. Para ello he seguido un orden cronológico, desde el primer soneto que compuse, en 1952, cuando tenía 16 años, hasta los últimos, escritos en 2010. No siguen, pues, un criterio temático definido, sino que están expuestos según el orden indicado. Encontraréis en ellos varios apuntes autobiográficos, sentimientos íntimos o dirigidos a otras personas, ditirambos dedicados a la naturaleza, a los monumentos artísticos, elegías, leyendas épicas, madrigales…










AL SANTUARIO DE CORTES.


Sagrada roca de celeste velo,

esbelta piedra en la feraz montaña,

fragante flor entre la hostil maraña,

nido de paz entre el silente hielo,


que contemplaste con altivo celo,

la flama augusta, la viril hazaña

del moro impío que azotó tu España,

del fiel cristiano que salvó tu suelo.


Santuario enhiesto donde el tiempo adusto

lamió tus muros sin dejarte huella.

No pasarán los años sobre ti, vetusto


y egregio templo para hacerte mella...

Jamás la saña roerá tu busto,

morada siempre de la Virgen bella.


(Escrito en 1952. Del libro Balbuceos, 1952-1957)





APOLO Y DAFNE.


Fragante rosa o virginal capullo,

temática de arcillas y pinceles,

que desdeñaste las sabrosas mieles

que Apolo te ofreció para honor tuyo.


Oh, frágil Dafne, por tu casto orgullo,

por tu pudor y por tu afán de hieles

te hizo la Tierra aromas y laureles

a los que sólo el ave dará arrullo.


Ya estás segura en las maternas haldas.

No temerás la sombra aterradora

ni sentirás su aliento en tus espaldas.


Ya no tendrás que huïr de la porfía

de Febo, entre las frondas, cual la Aurora

huye del Sol cuando despunta el día.


ANFÍTRITE Y NEPTUNO.


En la calma del mar silente, muda,

cabalgando en las olas de algodón,

se desliza, sutil, una canción,

que, de Nakos nacida, tiembla y duda.


Perla sin valvas que, al danzar desnuda,

alas le presta Eolo, Euterpe son,

himno que hace surgir a Poseidón

y danza que a Tersícore demuda.


Las Nereidas, que ciñen con cendales

de alba espuma la nítida cintura,

su voz prestan a Anfítrite, sensuales.


Y, presa de Neptuno, la hermosura

fue nácar en palacio de cristales,

de ova y lama, en el mar de la negrura.





JASÓN Y MEDEA.


Ya tienes en la Cólquida a Jasón,

de tus conjuros a su voz atraído

y de tu embrujo en su esplendor caído,

hechas su vida y alma corazón.


Pero, ¡ay, Medea!, no en esta ocasión

tus pócimas y filtros te han servido

a combatir las mañas de Cupido

contra el deseo de tu asaz pasión.


Tu amor era tan grande y tan incauta

tu prisa por amar que no esperaste

el fin de la misión del argonauta.


Y, rescatado el vellocino de oro,

de la cólera de Aetas escapaste

con tu Jasón, tu dicha y tu desdoro.


JÚPITER Y GARAMANTIS.


Humilla tu alta frente hasta la playa

y observa a Garamantis en la Libia,

blanca la carne que en caricia tibia

le seca el sol con su intangible toalla.


Invoca a Amor aunque su boca calla

y llama, ingenua, a la procaz lascivia...

Ve tú, vidente Júpiter y alivia

su sed por el placer en que desmaya.


Demuéstrale al Olimpo de importunos

dioses, ¡oh, Zeus!, tu razón y enconos:

que no impidieron tus amores Junos,


ni a tus hazañas estorbaron Cronos.

Fileos digan, Barbas y Pilunnos

que tu poder obrando hallaste tronos.






DIDO Y ENEAS.


Desde la Troya, navegante olido

en sus trirremes de ampulosas popas,

buscó el descanso a sus pertrechas tropas

en las costas del África, rendido.


Enamorada de su huésped, Dido,

no la curaron espumosas copas

ni músicas románticas de Iopas

en ágape de fe al barbián vencido.


En holocausto a su pasión morbosa

diera al gentil, por quien su amor suspira,

su cuerpo, sólo hollado por preseas.


¡Qué gran amor el que su amor rebosa,

el que prefiere a la ansiedad la pira,

en el confín azul perdido Eneas!


(Del libro CIEN SONETOS A AMOR 1957-1958)






TU BESO.


El plenilunio se escondió travieso...

Solos tú y yo...sin luna... ¡Qué derroche!

No sé si me encontré preso en la noche

o fue tu hechizo el que me tuvo preso...


Abrí la boca para hablar mi peso

y no llegó a escucharse mi reproche...

La tuya le prendía el dulce broche

de un eternal y generoso beso.


¿Duró un minuto sólo...solo una hora?

La luna se asomó entre las acacias...

Miré tu faz teñida de amapola.


El plenilunio se escondió, travieso.

y cuando abrí mi boca a darte gracias

mi boca fue tapada por tu beso.


SONETILLO A UNOS LABIOS.


Aún me saben a lindezas

tus dos labios -mansas olas,

buscando las playas solas

para su beso de altezas-.


Aún me saben a tibiezas

y a caricias de amapolas

y a frescores de corolas

y a dulzores de cerezas.


Aún me saben a resabios

y a sentires consentidos

y a soñados desagravios


y a perdones no pedidos

tus dos labios...tus dos labios

tentadores, encendidos...


(Del libro EL FUEGO Y EL FRÏO 1963)






YO (TRÍPTICO DE SONETOS)


I. MAÑANA.


Amanece y el sol de la mañana,

blandamente, metiéndose en mis ojos,

me da, con sus mejores mil sonrojos,

la fe de una sonrisa, nueva y sana.


Llevo el hoy en mi afán y en mi desgana...

De ayer -ese ayer lleno de abrojos-

sólo quedan cenizas y despojos

sobre mi ansia de siempre, tierna y vana.


Buscaré los caminos de mi cumbre

por el cielo sin fin de mi esperanza...

Tenderé mi mirada hasta la lumbre.


¡Tengo joven el día! (¿Qué pujanza,

qué pasión, qué sentir, qué dulcedumbre

se abre paso a través de mi añoranza?)




II. TARDE.


Atardece y las luces de la tarde

ponen miedos en mi melancolía.

Soy viajero en las márgenes del día

y en mi alma ya hay algo que no arde.


Un momento te tuve y en mi alarde

de sentirme contigo -sólo mía-

te me fuiste y mi mano tembló fría

de tu ausencia sintiéndose cobarde.


He llegado en el alba amanecida

-en mi cielo aún brillaba alguna estrella-

y estoy presto, otra vez, a mi partida.


(¡Oh, qué lejos estoy, qué lejos ella!)

Soy ese hombre que va tras de mi vida

repetido, sin fe, en la misma huella.


III. NOCHE.


Anochece y las sombras de la noche

se me enroscan como una sierpe aleve...

Tengo agujas de púrpura y de nieve

que me duelen adentro, como anoche.


Y la angustia se me hace, al fin, derroche:

Un suspiro que se me evade, leve,

un instante eternal que pasa breve,

un adiós, una lágrima, un reproche...


En la bruma inconcisa de un abismo

lleno de álgida y fría vaciedad

voy, a ciegas, buscándome a mí mismo.


Estoy solo en mi augusta soledad,

sólo yo, caminante, en el mutismo,

como ayer, como siempre, en mi verdad.


(Del libro ALBACETE Escrito el 18 de setiembre de 1.965.)



DOS CANTOS A LA MANCHA


Bendigo, con mi fe y con mi verdad,

la dulce y melancólica acritud

de tu amarilla y ruda juventud,

la voz dolida de tu vaciedad.


Bendigo en ti la sobria austeridad

de tu serena y límpida quietud

y la majestuosa infinitud

de tu canción azul de soledad.


¡Bendita seas siempre, mi llanura,

porque al nacer a tu calor me diste,

junto a mi soledad y mi amargura,


un poco de tu mansa reciedumbre,

porque me hiciste ser alegre y triste,

sonrisa y llanto a un tiempo, nieve y lumbre!


(Escrito en Setiembre de 1966)


Mi trova se alce para ti, sencilla,

como tu pueblo, que es mi pueblo, llano:

por lo que tenga mi canción de humano,

por lo que tengo yo de sol y arcilla.


Mis versos sean como azul semilla

de la ilusión que en recoger me afano

que soy poeta de rugosa mano,

cantor de tu calígine amarilla.


Yo he de ensalzar tus lontananzas duras,

como mi raza, que es sonora risa,

llorando para sí sus amarguras,


como el vigor con que te doy mi canto

que tiene penas dentro y es sonrisa

porque se sabe reprimir el llanto.


(Del libro ALBACETE 1968...Escrito en Setiembre de 1967)






A LA VIRGEN DE LOS LLANOS


Porque tu amor y tu belleza ansío

cantar en versos puros y lozanos,

porque te quiero dar en mis humanos

ruegos mi tosco corazón bravío


y porque el sobrio ditirambo mío

será, si no me ayudas, ecos vanos,

¡oh, Virgen soberana de Los Llanos:

dale a mi pluma majestad y brío!


Así podré decir, sin que reproches

mis fáciles palabras, que en ti encierra

su sol el oro que las mieses dora,


su luz, la lumbre de las claras noches,

su fe, la raza que labora y ora.

Luz, sol y fe: Esa es mi agreste tierra.


(Escrito en Setiembre 1.957)

(Del libro ALBACETE, 1968)




TU NIETO.


Sonó un batir de alas en tu muerte,

un postrero temblor de dulcedumbre,

cálido afán, pugnaz pálpito, lumbre,

que le dieron vigor a tu fe inerte.


En tu grito, desesperado y fuerte,

hubo un nombre en tu voz, hecho costumbre,

un lamento triunfal de reciedumbre

que no pudiste, madre, contenerte.


Tú no sabes, tú no sabrás ya nunca,

que sin quererlo se te fue la vida,

igual que el débil tallo que se trunca


ante el cierzo brutal, áspero y frío,

responder a esa voz tierna y querida

que te llama y se pierde en al vacío.


RETRATO.


Hebras de fina plata su cabello,

sus ojos abatidos, huidores,

a veces bondadosos, reidores,

a veces apagados, breve el cuello.


Sus manos un blanquísimo destello

que se posaban anunciando amores

y, renacido de sus mil dolores,

su gesto, siempre amable, siempre bello.


Mujer de renunciadas experiencias,

sentido corazón, alma sencilla

y fe conmovedora, limpia y ancha,


de tímidas y cándidas creencias.

Mujer al fin de cierzos y de arcilla,

formada en las llanuras de La Mancha.


(Del libro VEINTE POEMAS DE DOLOR Y MUERTE 1970)





T
RÍPTICO A LA MANCHA.


I. SURCOS.


Bajo la luz que dora la aspereza

de la llanura austera y amarilla

trazan su línea fácil y sencilla

los surcos soñolientos de pereza.


Símbolos sobrios de delicadeza

que peinan la reseca y parda arcilla:

tierra sin par de la mejor semilla

serán mañana, emporios de riqueza.


Inmenso mar de verdes alcaceles

en la efímera y suave primavera,

tembloroso aleteo de oropeles


en los santos rigores del verano,

vides nuevas serán, uva señera

del otoño magnífico del llano.











II. ENCINAS.


Ancladas en la hostil monotonía

de un paisaje sin alma y sin relieve

yerguen, romas, su copa endrina y breve,

las encinas en la ancha lejanía.


Son sonrisas que animan la atonía

del erial polvoriento con su leve

redondez soñolienta, insulto aleve

de los páramos llenos de acromía.


Son un signo de augusta reciedumbre

sobre el hielo y la nieve del invierno

largo y duro del llano o en la lumbre


cegadora y ardiente de la siega.

Son el grito de libertad eterno

de la estepa desnuda y solariega.








III. ALDEAS.


Abiertas a los vientos irascibles

de la árida llanura -unos caminos,

unas grises besanas, unos pinos-

dormitan las aldeas, apacibles.


Casonas encaladas, ostensibles

en medio de los campos blanquecinos,

contrastan con los ocres mortecinos,

sesgadas en el páramo, inasibles.


Triscar vivaz de inquietos animales,

revuelo de palomas, unos perros,

cigarras en las tardes estivales,


rumor de ábregos cierzos libertarios,

lejano azulear de yermos cerros,

aromas de la tierra, mesetarios.


(Escrito en 3-8 Agosto, 1982. Del libro RIMAS POLICOLORES 1982-1983))





SONETILLO A UNA ADOLESCENTE.


Niña: Ya sabes amar.

Ya sabes de la ilusión

que hace abrir tu corazón.

Sabe darte y sabe dar


amores en el mirar

reticente y juguetón

que hay en tus ojos, que son

como pedazos de mar.


Niña, que ya eres mujer:

No pierdas la rectitud

que te adorna. Sabe ser


sencilla, como la luz

del sol del amanecer

con que ornas tu juventud.


Hotel Asturias. Gijón. 8-12 1984


SONETO A UNA MUJER AMADA.


No he podido olvidarte todavía,

que estás dentro de mí, que eres el son

nostálgico que alienta en mi canción,

el ala suave de mi poesía


que va haciendo más leve la atonía

mortal en que se anega el corazón.

Tu nombre es una cálida obsesión

que se abre paso en mi melancolía.


Me queda lo mejor de ti: la amable

caricia del recuerdo, la primera

sonrisa de tus labios, la agradable


primicia de tu cuerpo quinceañero,

tu ardiente juventud, la primavera

bella y gentil de nuestro amor primero.


(Del libro A SOLAS CON EL SENTIMIENTO, 1984-1985)



ELEGIA EN FORMA DE SONETO.


En memoria de mi buen amigo Manolo Gómez. Navarro. Marzo de 1985


Acabo de enterarme de tu muerte,

tu muerte, presentida ya, Manolo,

que deja el corazón desnudo y solo,

la carne estremecida menos fuerte.


Desde mi soledad corro a ofrecerte

mi prístina palabra, el protocolo

sencillo de mi verso, sobre el dolo

de ese no verte más, de no tenerte.


Te has ido cuando ya la paramera

comienza a verdear, cuando las aves

alegran ya la nueva primavera

y el llano hierve de corolas suaves...

Quiero mirarte ahí, de esta manera,

sobre la luz, de la que ya no sabes.


MÉRIDA.


Precioso testimonio de la Historia,

herencia visigótica y romana,

prez y jalón de la aventura hispana,

augusto monumento, recia gloria.


Que canten su epopeya laudatoria

las aguas perezosas del Guadiana,

Emérita extremeña y lusitana,

que guarden tus ruinas tu memoria.


Que vele para siempre entre la yedra

que oculta la razón de tanta piedra

la impronta perennal de tu pasado,


la voz sutil que emana de los siglos,

tus cien leyendas y tus cien vestiglos,

la luz de tu esplendor nunca enterrado.


(Del libro CAMINO DE SOMBRAS 1986-1995)


ANA.


A la memoria de mi amiga y compañera Ana Soto Martínez. 12 Octubre 1987


No verte más. No oír tu voz hermana...

No sé si le cabrán tantas dolencias

al corazón tan lleno ya de ausencias,

tan harto ya de esta existencia vana.


No estás, empero estás. Estás ahí, Ana,

en el temblor de mis reminiscencias,

haciéndome más nobles mis vivencias

casi perdidas, de niñez lejana.


¿Cómo me puedo imaginar inerte

tu cuerpo grande, sólido, incansable,

sumido en el silencio de la muerte?


¿Cómo escapar de la prisión sin rejas,

del almo desamparo en que nos dejas,

Ana, con tu partida irreparable.


ELEGÍA.


En memoria de mi amigo Antonio Giménez Real, muerto inesperadamente el día 4 de Noviembre de 1.991.


La muerte te llegó como querías,

breve y callada, cuando ya el otoño

ponía en la hoja gris y en el madroño

del parque un resquemor de exantropías.


Recuerdo aquellas gratas correrías,

los largos viajes del estío, Antonio,

y aquel errar por la llanura, ñoño,

para llenar el tedio de los días.


Hoy, que está ya en los campos mayo ameno,

te evoco en él, le falta tu presencia

para sentirlo en mí más grato y pleno.


Y al evocarte, en mi reminiscencia,

vuelves a ser ese hombre manso y bueno

que constituye tu mejor herencia.




SONETO ELEGIACO.


En memoria de José Munera Moreno, a quien conocí hace años en un pueblo manchego.


Pueblo claro de traza pizpireta,

dormido en la calígine del llano,

callejas de aire y sol, guiño lejano

de la alta torre, plaza recoleta,


sencillo cementerio, molineta,

blancos caminos, campos de secano...

y un calidísimo recuerdo humano

que aflige el corazón y me lo aprieta.


¡Benditos años del sesenta y tantos!

Éramos todos aún, tiempo fecundo.

¡Cuántos amigos se han marchado, cuántos,


que olvido con frecuencia hasta sus nombres

y no sé si han ido al otro mundo

o aún están en el mundo de los hombres!


Septiembre de 1986


(Del libro CAMINO DE SOMBRAS 1986-1995)




UN RINCÓN DE MI ADOLESCENCIA.


El sol feble de agosto se adormece

sobre el ramaje antiguo, ahogando en lumbre

flamívoma la suave mansedumbre

del parque, ansiando sueños...Atardece...


Y al tiempo que la luz se desvanece,

se muere en una mansa dulcedumbre,

el alma se me escapa, por costumbre,

leve, sin yo notarla, y se estremece.


Todo lo siento, lleno de indolencia

desde este banco viejo, recogido,

testigo mudo de mi adolescencia,


donde nacieron puros, introversos,

con su voz nueva haciéndose latido

grandilocuente, mis primeros versos.


TE AMÉ...


Te amé, mujer, con un amor tardío,

mordido, cruel, por las desconfianzas,

con un amor casi sin esperanzas

que, a poco de nacer, ya no era mío.


Hoy, que ya no te agitas en el frío

que hiela el miedo de mis remembranzas,

te evoco y te haces en mis añoranzas

un ente amorfo, lánguido, vacío...


Y no hay rencor, no hay odio. Es que los años

borran recuerdos y sepultan daños.

Mas si otra vez viviera esos instantes


de dulce desamor y difidencia,

sabe que, con la misma vehemencia,

yo volvería a amarte como antes.









MI CIUDAD PEQUEÑA.


Esta ciudad pequeña, que ha crecido

ganándole terreno a la llanura,

no es la ciudad pequeña que perdura

dentro de mi almo corazón dolido.


Le faltan tantas cosas que ha perdido...

Su recoleta intimidad, su hondura

provinciana, su luz sencilla y pura,

la humana calidez de su latido.


La hostil voracidad, año tras año,

del tiempo ha ido lastrándome de daño

la imagen de este niño sentimiento


que está haciendo sentirme más extraño

en esta mi ciudad, en la que aliento,

como un ave sin fe nacida hogaño.





LA IMAGEN DE MI MADRE.


En alas de la brisa vespertina,

la tarde echada ya, vino hasta aquí,

haciéndose latido y voz en mí,

tu imagen buena, madre, repentina,


para reconvenirme, femenina,

con sus reproches blandos, que no oí,

que no acepté jamás, que no sentí,

y que hoy duelen en mí como una espina.


Y mientras, madre, voy, sin ilusión,

sin fe, en medio de tanta acerbidad,

buscando esa difícil redención


en lo más hondo de mi vaciedad,

en las entrañas de mi corazón,

en los abismos de mi soledad.


SONETILLO A UNAS MARIPOSAS.


Flirtean las mariposas

revolando en los linderos

aún verdes de los senderos,

inquietas, vivas, graciosas.


Son ondas de luz airosas,

suspiro en los reverberos

de los páramos austeros,

de las llanuras tediosas.


Son la amena poesía

que llena de gentileza

la otoñal monotonía.


Son la mística belleza

que hace olvidar la atonía

de la hostil naturaleza.






ESTA IDEA DE LA MUERTE.


¡Oh, Señor, esta idea de la muerte

que convive con mi melancolía,

que me aterra, que me hace, cada día

que pasa, más inerme y menos fuerte!


¿Hasta cuándo, Señor, tengo que verte,

que sentirte en mi muerte todavía?

¿Hasta cuándo, Señor, esta agonía

que apresa el alma y me la deja inerte?


Esta muerte que duerme, inconsentida,

en el lecho en que yace mi esperanza,

que desnuda de cánticos mi vida,


va dejando mi espíritu a su suerte,

naufragando en un mar de destemplanza...

¡Oh, Señor, esta idea de la muerte...!
























CORAZÓN SIN RUMBO.


¿A dónde vas sin rumbo, corazón,

eterno enamorado de la luz,

del aire puro, del sereno azul

y de las lejanías y del sol?


¿A dónde vas sin fe, sin ilusión,

sin ansia, sin pasión, sin inquietud,

perdidas, con tu acerba juventud,

las horas nunca halladas del amor?


¿Por qué porfías, náufrago, en el mar,

buscando, ciego, el faro salvador

de un puerto al que jamás has de llegar?


¿Por qué corres inútilmente en pos

de un cántico inasible? ¿A dónde vas,

a dónde vas, mi pobre corazón?








LEGADO.


Sólo podré dejaros lo que es mío:

Un viejo corazón lleno de sueños,

una ancha voluntad que hizo halagüeños

los ámbitos de un mundo vano y frío,


una pugnaz pasión al albedrío

de un credo veleidoso y sin empeños,

algunos versos tímidos, pequeños,

y una canción perdida en el vacío.


Mas no os podré dejar lo que no he sido,

lo que pasó por mí sin ser notado,

lo que creí tener y no he tenido,


las lágrimas que no habéis derramado

cuando lloré por todos, el latido

de un puro amor que nunca me habéis dado.








MI FE.


Me indujisteis la fe en un mundo lleno

de bellos ideales, limpio y sano.

Me enseñasteis a ser manso y humano.

Y yo acepté esa fe. Supe ser bueno.


Supe albergar amores en mi seno.

Traté de ser un hombre humilde y llano.

Y huí de la mentira...Mas fue vano...

Me defraudó el comportamiento ajeno.


Ahora me encuentro solo entre la gente,

sin voluntad, ahogado en la materia,

sin saber resurgir, tan impotente,


tan ciego, que camino impenitente

trabado por mi fe y por mi miseria

y esclavo de mi credo omnipresente.





PRELUDIO DE PRIMAVERA.


Ya están donándole su beso tierno,

su guiño de rimada galanura,

su hervor de calidez, a la llanura

las lluvias del otoño y del invierno.


Verdea el alcacel en el materno

regazo de la tierra áspera y dura

y tiñe ya el almendro de blancura

la antigua piel del ocre sempiterno.

Comienzan ya a danzar en las cunetas

del ácromo camino, en el lindero

sin fin, las delicadas violetas.


Se intuye ya en la yerma paramera,

sobre el hostil paisaje de febrero,

venir la esplendorosa primavera.



TU LLAMADA.


Silencio, oscuridad, luna creciente

que se entra soñolienta, entrevelada,

por entre el cortinaje hasta la almohada,

cribándose en un haz de plata efluente.


Turbando la quietud, ancha y ardiente,

creí oír tu voz dulce y amada,

la cálida pasión de tu llamada

que vino a desvelarme, vehemente.


Sentí en mi mano fría, desolada,

la brisa de tu mano, suavemente,

y en mi carne mortal, enamorada,


correr tu sangre pródiga y caliente.

Llegaste con la noche, recatada,

para quedarte en mí definitivamente.







PESARES.


Tintinea la lluvia en el cristal

cadenciosa, serena, dulcemente.

El reloj de pared, impertinente,

deja oír su latido de metal.


Pesa el denso silencio como un mal

incruento, que se entra lentamente

por los anchos caminos de la mente,

sedicioso, tiránico, mortal.


Pesa el aire que ahoga el sentimiento,

la tarde que se marcha, el sufrimiento

que me ata a esta existencia carcelaria.


Pesa el tiempo que pasa y no regresa,

la huella de mi paso humilde. Y pesa,

sobre todo, mi alma solitaria.



RUEGO.


Perdona que me atreva a reprocharte,

Señor, tu alto designio permanente,

sin fin, que está matando lentamente

la voz del corazón que viene a hablarte.


¿A qué esperas, Señor, para llevarte

contigo ya, definitivamente,

ese humano despojo, que presiente

su muerte y brega ya sin estandarte?


¿Por qué me haces dudar de tu bondad?

¿Por qué escondes tu mano generosa,

tu mano que derrama caridad?


Señor: Te estoy llamando y no contestas.

No dejes que mi fe dude, alevosa,

con su dolor y mi pesar a cuestas.


OCASO.


Recordándote, padre, que en estos últimos años, más que un padre, eres un hijo para mí.

Como te han ido, padre, envejeciendo

la dura brega, la asechanza fría

de la diaria mundanal porfía,

los años que te han ido consumiendo.


Con cuánta lentitud se te está yendo

la vida, paso a paso, día a día.

Cómo te vas sumiendo en la atonía

de un sinvivir senil, languideciendo.


Yo sé que un sentimiento de impotencia

llena tu corazón de amarulencia

y pides en silencio a Dios la muerte


que venga a redimirte leve y presta.

¡Qué difícil es, padre, hacerse fuerte!

¡Cuánto cuesta morirse, cuánto cuesta!


(Del libro BRUMAS DE IRREDENCIÓN 1996-1997)



RETRATO.


Ligero y noble el cuerpo al que mancilla

sólo la cortedad de su estatura,

armónicos el talle y la figura,

lacio el cabello, hoyuelo en la barbilla,


adusto y serio el rostro en el que brilla

su gesto altivo, su mirada dura,

los labios finos, rezumando agrura,

frunce la frente, tersa la mejilla.


De pensamiento flaco y primitivo

y corazón caliente e instintivo

buscó pocos amigos en la vida.


Y así ha vivido siempre, solitario,

en un mundo aparente, insolidario,

difícil, que no fue hecho a su medida.


SONETO.


Recordándote, padre


Te fuiste, padre, sin leer un verso

de esta mi humilde obra, pura esencia

de un modo de vivir, de una existencia

que tuvo que adaptarse a un mundo adverso.


Y no te lo reprocho. Tu universo

pequeño, tu total indiferencia

por lo que fuera ajeno a tu creencia

chocaron con un orden más diverso.


Obviando tu apatía por el arte

quiero, a pesar de todo, hacerte objeto

de este homenaje en verso y ofrendarte,

con toda mi humildad y mi respeto,

las cosas, padre, que no supe darte

en el amor con que he hecho este soneto.























SIEMPRE ESTARÁS CONMIGO.


Siempre estarás conmigo, padre: Cuando

me abatan el cansancio y el hastío,

cuando este pobre sentimiento mío

que me ha hecho amarlo todo esté llorando,


cuando esté triste, cuando esté mirando

la soledad de tu sillón vacío,

tu dormitorio tan sin ti, tan frío,

tu sombra amada, tu fantasma blando,


cuando la luz de la llanura avive

tu cálido recuerdo, que aún pervive

por los linderos del camino amigo,


cuando te intuya libre, cuando imperes

en el morir de mis atardeceres...

Siempre, padre, siempre estarás conmigo.


(Del libro OTROS VEINTE POEMAS DE DOLOR Y MUERTE 1999)




SONETO A UN DESAMOR


No sabrás del amor que no supiste

darme en tiempos pasados - ya dormido,

sin remedio, en el alma - del latido

del corazón, más noble y menos triste.


No sabrás del dolor que me infligiste

con tu aleve despecho, preterido,

con tu hostil desamor, tu ácido olvido.

No sabrás del amor que no me diste.


Ya borré en lo más hondo de mi ser

tu recuerdo, tu nombre, tus desdenes.

Sólo tuyo seré y tú serás mía


cuando en la sombra de la noche vienes,

haciéndote canción y poesía.

Tenerte, no teniéndote, mujer.


¿POR QUÉ, SEÑOR…


¿Dónde pones, Señor, tu excelsa mano?

¿Por qué ocultas tu potestad divina

con este mundo nuestro que camina

poseso de un placer doloso y vano?


¿Por qué escondes tu juicio soberano,

tu bondad generosa, a tanta inquina?

¿Por qué enfrenas, Señor, la disciplina,

la ley que le impusiste al ser humano?


¿Por qué duda tu recta voluntad

ante el mal, ante tanta iniquidad?

¿Por qué cede tu sabia omnipotencia?


¿Dónde vive el amor que echa de menos

el alma, el que nos hizo ser más buenos?

¿Dónde mora, Señor, nuestra inocencia?





SONETO DE AMOR


Se vendrá la florida primavera

con su mágica luz, su beso blando

y su carga de sueños, derramando

su eternal melodía placentera.


Con ella me vendrá, leve y ligera,

sobre una nube blanca resbalando,

tu imagen fiel. Yo te estaré mirando

venir, solo. Será una larga espera.


Tú, sueño alado, cálido derroche

de azul pureza, de áurea poesía.

Yo, mística ansiedad, carnal reproche.


Tú, celical y esplendoroso día.

Yo, incierta sombra, pavorosa noche.

Tú, el vano verso, amor, del alma mía.


INCERTIDUMBRE


Me iré algún día de este absurdo mundo

ignorando por qué he venido a él,

lacerado por una duda cruel,

por una sinrazón en la que me hundo.


Viajero sin origen, errabundo,

navego por la vida, sin cuartel,

apátrida, perdido en la babel

de un cosmos infinito, tremebundo.


Tan sólo soy un átomo que gira

en un orbe inextenso, sin edad,

hacia una real e inexorable pira.


Yo, irrepetible. Yo, en mi unicidad.

Yo, solamente, en mi total mentira.

Yo, reo en mi inequívoca verdad.






A UN PARQUE EÓLICO


Gigantes colosales de anchas alas,

voraces predadores de la altura,

molinos de metal ensambladura,

de torres recias, poderosas palas.




Fustes giróvagos en filas ralas

que ascienden loma arriba ansiando holgura,

pecados que despojan de hermosura

la luz del campo, sus antiguas galas.


Titanes que reviven las andanzas

dañosas de quijotes y de panzas

por este llano extenso, soledoso,


cargado de silencios, reidores,

nunca turbados por el jactancioso

batir de los aerogeneradores.



A UN ESPINO


Cobijo del rocío matutino,

lira del ronco viento que murmura

su eterno son en la campiña dura,

piropo descarnado, viejo espino.


Cinético habitante del camino,

respingo de la ríspida llanura,

vaivén del aura en la invernal friura

y amante del erial circunvecino.


Eres el verso adusto, eres el aria

del páramo inextenso, desabrido,

de la ocre tierra, yerma y milenaria.


Eres hito silente, eres latido,

eres voz de esta estepa solitaria

y símbolo del llano adormecido.


A UNA PLAZA DE UN PUEBLO MANCHEGO


Abriéndose al ardiente sol y al viento

que barre eternamente la llanura,

yergue la plaza la alta arquitectura

de su arcaico y más noble valimiento.


Arcada castellana, Ayuntamiento,

coqueta fuente de moderna hechura,

reloj de antigua línea, galanura

de la barroca iglesia, movimiento,


alguna rosaleda, una escultura

de fácil traza, un tosco monumento,

un busto de un prohombre, la estructura


de un quiosco abandonado y herrugento…

Y siempre la luz nueva, clara y pura

de un sol caliginoso y soñoliento.









A UN PASTOR


En un alcor umbroso y abrigaño,

colmado de balidos y cencerros

y recortado por activos perros,

pasta apacible y dócil el rebaño.


Reviviscencias cálidas de antaño

que miman con su aporte de requiebros

al cielo azul y a los lejanos cerros

de un llano abierto a un mundo actual, extraño.


Rondado de su séquito canino,

-ovejas cien, simpático pollino-

mira impasible y lánguido el pastor


al grupo heterogéneo mientras fuma

y va cubriéndose de suave bruma

la tarde de un otoño encantador.







A UN CREPÚSCULO DE OTOÑO


Allá, donde la tarde se adormece

y un nítido horizonte se dilata,

se viste de un vivísimo escarlata

un cielo que se incendia y resplandece.


Un flavo sol crepuscular acrece

la estampa aurífera, otoñal y grata

de unos chopos mirándose en la plata

del manso riachuelo que los mece.


Más cerca se oye el cálido aleteo

de aves que, en un sonoro clamoreo,

buscan su lecho blando, nocturnino,


cabe una encina roma, verdioscura,

o entre la fronda acicular de un pino,

notables símbolos de la llanura.


A LAS MÁQUINAS DEL CAMPO


Hollando los silencios ancestrales,

moliendo los terrones cenicientos,

la piel rugosa de los macilentos,

dormidos surcos de los sequedales,


se ven las máquinas descomunales,

mancilla de los campos dormilentos,

ruidosas moles, lesos esperpentos,

que rompen la llanura, innaturales.


Ora hienden su argéntea cuchilla

cercenando las mieses soleadas,

ora arañan la pátina amarilla


que han dejado las parvas agostadas,

ora zapan impías en la arcilla

de las nobles llanuras violadas.






A UN PINAR


Turbando la eternal monotonía

del llano – aleve mácula importuna

en la uniforme lontananza ayuna –

surge el pinar llenándolo de umbría.


Oasis redentor de la atonía

que encoge al corazón, calma laguna,

donde un silencio acogedor se acuna

y al ave exterioriza su alegría.


Pinos que donan verticalidad

a la infinita horizontalidad

desnuda, secular, de la llanura,


que afrontan los calores del estío

y los rigores del invierno frío

cribando vientos de la tierra dura.


A UN CAMPO DE VID


Abiertas en el llano amplio, sin fin,

bañadas de un lejano y tibio sol,

muestran todo su mágico esplendor,

las pámpanas colgantes de la vid.


Racimos de apretados granos mil,

como un mélico guiño en el verdor

de la hoja que los viste, áureo fulgor

que orna de amena luz la tierra hostil.


Cargueros de opulenta uva plantel

ponen su nota alegre y peculiar

por los caminos, al atardecer,


llenando la tranquila soledad

de la llanura, su ancestral yermez,

de un halo misterioso y otoñal.








A UN HUERTO SOLAR


Como una bélica legión romana,

vasto acervo de escudos y broqueles,

se extienden centenares de paneles

al sol y al cielo azul de la mañana.


Lato devorador de la besana

y embargador de verdes alcaceles,

huerto solar, que inflama de oropeles

el horizonte gris, su línea llana.


Viveros de magníficos resoles,

remedos de metálicos crisoles,

pacíficos captores, vítrea grey,


que ofrece con su inmóvil insistencia

una alta pleitesía a su existencia,

rindiéndose, cautiva, al astro rey.






















A MI LLANURA


Tocada de una mística ternura,

de una sutil apacibilidad,

va durmiéndoseme la voluntad

en esta grata paz de la llanura.


Tan sólo alteran su eternal blandura

la suave y dulce musicalidad

del cántico del ave y la bondad

de un aura flébil, otoñal y pura.


Yo que soy de esta tierra abierta y dura,

venero en su solemne sobriedad

la austera vacuidad de mi andadura,


la herida aleve de la soledad

que yacerá en la misma sepultura

que yazga yo, que yazga mi verdad.


(Del libro TROVAS PARA UN OCASO PRESENTIDO 2008-2010)









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