Excerpt for CIEN SONETOS A AMOR II by , available in its entirety at Smashwords





































Ley de la Propiedad Intelectual:

Nº de Registro AB-18-2014

Nº de asiento registral 00/2014/1146 Madrid
































CIEN

SONETOS

A AMOR


(II)


























Copia del

manuscrito

original.

Fotografía de1958


OBRA ORIGINAL DE


Jerónimo García Pérez

JEGARPE


PRÓLOGO 2013


La presente obra poética la escribí durante los años 1957- 1958, cuando contaba 22 años de edad. La mayor parte de los cien sonetos que la conforman fueron compuestos en Valencia, cuando realizaba mi servicio militar. Es el cuarto de los 31 libros-manuscritos que poseo, si consideramos el orden cronológico en el que los escribí. Gran parte de ellos son inéditos. En lo que concierne a CIEN SONETOS A AMOR, puedo decir que la mayor dificultad que se me presentó para realizarlos fue encontrar el centenar de historias adecuadas para dar forma a todos y cada uno de los sonetos. Tuve que consultar varios textos hasta completar dicha cantidad. Hoy, que trato de sacarlos a la luz, releyéndolos, me suenan muy distantes y hasta reconozco que vienen a faltar historias muy conocidas que integran el ámbito inefable de la mitología grecolatina que no supe encontrar entonces. Os dejo, pues, con ese mundo increíble y fantástico urdido por Eros.


Albacete, Diciembre de 2013







PRÓLOGO 1958


Cuando la imaginación y la fantasía de los hombres llega hasta el extremo de crear -y creer- un mundo nuevo, de dioses que conviven con los mortales, que aman y sufren con ellos, ese fabuloso sueño se convierte en el arte y la poesía maravillosos.


Esta obra pretende desglosar, de esa gigantesca tela de araña que es la mitología griega, en la que jamás se sabe dónde termina la ficción y dónde comienza la realidad, cien historias de amor.


Pero...dejemos actuar a EROS, ese diosecillo rubicundo que labró, con su poder insospechado, la felicidad o la desdicha de nuestros personajes.







LI. HIPODAMIA Y PIRITÓO


Divinos comensales fueron parte

de tu festín de boda, Piritóo,

pero, olvidado, tu mansión holló

de la paz, con la sangre, el fiero Marte.


En su rencor trató de arrebatarte

-Euritión el brazo que raptó-

a Hipodamia, mas Ares no pensó

que su furor jamás llegó a arredrarte.


Y tu valor de lápita valiente

-Eros tu fe y tu estímulo Teseo-

hablaron al Centauro de tu honor.


Tu victoria y la dicha sonriente

de tu esposa, gloriaron tu trofeo,

que en la liza venció otra vez Amor.












LII. ULISES Y CIRCE.


De Júpiter las armas bramadoras, Pero el placer en su recuerdo aviva

en grises mares de tormentas grises que una ilusión hacia Ítaca le empuja

dieron en Creta con el cauto Ulises desde la Troya destruïda, altiva.

sobre sus playas acariciadoras.

Y en su cóncava nao, prietas las velas,

Entre las magas redes turbadoras, mira al país que en la niebla se arrebuja

que son soles de amor, de amor eclipses, donde teje Penélope sus telas.

siguiendo al negro azar en sus elipses,

cayó, de Circe,¡oh, dulces, tristes horas!




.. LIII. CERES Y POSEIDÓN


Amor, hijo de Venus, ¡cuán grande eres!,

¡cuán grande Venus, fue tu dotación

que aun los dioses herir su corazón

quisieron, por su flecha y los placeres!


Aunque corrió -yegua incansable- Ceres,

en potro convertido, Poseidón,

-Eros su impulso- la alcanzó y Arión

habló más tarde al mundo de dos seres


que, unidos por la fuerza de Cupido,

el uno fue pasión resplandeciente,

la otra pasión sin luz, ave sin nido,


vencida por el dios, suave e indolente,

pluguiera su pudor, blando y dolido,

teñir los bellos bucles de su frente.


LIV. JASÓN Y GLAUCA.


No amarás mucho tiempo, Glauca hermosa,

al Jasón promotor de mil resabios...

Medea vengará en ti los agravios

que infligiera a su gracia soberbiosa


el soñado varón de alma rabiosa,

de cuerpo generoso y goces sabios,

que es lumbre y sangre ya, al besar tus labios,

del fuego que será tu fe y tu fosa.


Arderás, ¡ay, Creusa!, en el vestido

de la maga, arderá tu corazón;

no sentirás -sanguinolento instinto-


desfallecer tu amor en el olvido,

ni verás el palacio de Creón

iluminar, flamígero, a Corinto.




LV. HELENA Y DEÍFOBO.


De la prolífica Hécuba nacido,

Troya su cuna y la verdad su pena,

falaz, la dicha, le condujo a Helena,

de manos siempre del procaz Cupido.


No le bastó saber que el fementido

Paris la amara hasta la tumba amena,

ni que besara la candente arena,

odiándola, su hermano Héctor, fornido.


Eros cegó sus ojos de tal suerte

a la mundana lucha y enojosa,

que así le sorprendió la honesta muerte


sin conocer la insidia de su esposa,

que, Menelao, broquel broncíneo y fuerte,

cavárale a Deífobo la fosa.



LVI. FEBO Y CLITIA.


No fue su acción ingratitud de Febo

para con Clitia -quien su amor desea-

no odiosa seducción de Leucotea,

que fue designio del sensual mancebo


cubrir el corazón del rubio efebo

con su áurea y dulce miel, rica Amaltea

de goces y de dichas, que en él crea

un más ardiente amor, extraño y nuevo.


Pero truncada en flor su vida tierna

-¡oh, vil despecho, cólera fraterna!-

no consiguió el pretérito cariño


de Apolo, y, arrastrando -fuego y copo

su cuerpo- al Sol mirando, triste guiño,

murió, y brotó en su pena el heliotropo.




LVII. MELANTO Y POSEIDÓN.


Todo lo infuso que su cuerpo encierra Tú, que has burlado siempre poder, fiereza, dignidad, espanto [los certeros - trócase al punto en juventud y encanto. disparos de Cupido, te hallas Tu faz se ha suavizado y ya no aterra [ahora . bajo el influjo del fogoso Himeros

¡Ah, Poseidón!, tu voluntad se aferra

a ese son triste, misterioso canto, Con tu figura de veloz delfín,

que, entre la bruma de la mar, Melanto, corre tras de la ninfa seductora

modula, para asombro de la tierra. hasta lograr su sumisión al fin.



LVIII. JÚPITER Y LATONA.


Para ocultar a Juno, audaz ladrona

de goces y pasiones, su almo amor,

el Júpiter galano y seductor

buscó en la noche que el azul jalona


de estrellas y de luz, nueva matrona

con que dar forma al arte creador

de Apolo y de Artemisa. Tal honor,

Tan gran verdad se realizó en Latona.


El Cielo dio su beso silencioso

de cierzos a la Noche, de ansia ayuna

y, luego, su deleite pretencioso.


Posesos de un fantástico crisol,

el beso se hizo pura y casta Luna

y el cálido deleite se hizo Sol.





















LIX. IXIÓN Y NEFELA.


La voz de Deyoneos la canción

que alzaron las Erinnias en su alcance,

más la bondad de Júpiter del trance

lo perdonó, purificando a Ixión.


Y, otra vez, palpitante en su pasión,

su cariño hacia Juno fue el romance

que impetró en el Olimpo un nuevo lance

en pos del triunfador de Tifaón.


La iracundia de Zeus se rebela

y otorga a la lascivia hijos Centauros,

habidos, no con Hera, con Nefela.


Libídine y traición, falaz moneda

que, justa, le negó palmas y lauros

y le aherrojó a la torturante rueda.








LX. BELEROFÓN Y ANTEA.





No el fratricidio en su verdad extinto,

huyendo del euménico terceto,

buscó a su luengo errar un parapeto

en las mismas entrañas de Corinto.


A la maldad de Némesis sucinto,

lo amó, dolosa, la mujer de Preto,

y su mentira, para el rey decreto,

le hizo vencer, Belerofón distinto


-fiereza por ternura- a la Quimera.

Pero el azar funesto, paso a paso,

siguiole hasta el Olimpo en su carrera,


su empresa convirtiendo en odisea,

pues en las crines del letal Pegaso,

volando, con Thanatos, iba Antea.








LXI. CLITO Y PALENA.


Lance de amor, hostigador prurito

que hizo enfrentarse en la caliente arena

a la pasión de Drías, vil y obscena,

el fiel cariño del apuesto Clito.


Espíritu de anhelos nunca ahíto

su apoyo le ofrendó al Amor Palena

y, victorioso el Bien, surgió la Pena,

hija sutil de su letal delito.


La cólera paterna de Sitón,

sorda al amado que su premio grita,

al fuego, impune, condenó su acción.


La lluvia salvadora de Afrodita

-la llama extinta- defendió la unión

de ambos amantes, la impiedad contrita.


LXII. FINEO Y CLEOBULEA.


Deja que Cloto tu dolor posea

y que se pliegue, al recordar, tu frente.

Deja que el tiempo borre tiernamente

la herida en que tu amor aún se recrea,


que más le amaste siempre, Cleobulea,

rendido en otros brazos, mas presente,

que entre los tuyos propios, mas ausente.

Y deja que Cupido así lo crea.


En el calor de la Danaide, reo

de su pasión sin límites, Fineo

agotará veloz su juventud.


Tu amor será más joven cada día,

el de él se anegará en la senectud

que no supo prever su profecía.








LXIII. POSEIDÓN Y TEÓFANA.


No en los hombres malgastes tu sonrisa

ni a sus voces de amor te sobresaltes,

ni a sus quejas y goces tu alma exaltes,

ni a sus besos respires más aprisa.


Tu suerte va narrándola la brisa

del mar y sus auríferos esmaltes

la esparcen más allá, hija de Bisaltes,

hasta las costas blancas de Crinisa.


Neptuno mutará a tus pretendientes

en sórdidas jaurías y en rebaños

y te amará después -carnero en mientes-.


El fruto que te legue Poseidón,

Teófana, será, al pasar los años,

el libro de la historia de Jasón.












LXIV. EOS Y TITÓN.


Si te robó el amor, albina Aurora,

no su belleza de varón adules,

mas la argucia de Céfiro sí emules,

y róbale a tu vez, gentil raptora.


Sobre las aguas que tu hermano dora,

allende el mar y la distancia, azules,

a tu mansión de luminosos tules,

donde reina tu amor, tu pasión mora,


condúcele en tu carro -rosa y plata-

y gana su cariño, Eos ingrata,

para dejarlo abandonado luego.


Cuando Cronos enturbie su razón

y le muestre la senectud su apego,

búscale a tu deleite otro Titón.













LXV. ORITIA Y BÓREO


Como un Apolo que cariños bebe

en fuentes del amor y no se sacia,

trató de beber Bóreo, mas, reacia,

como un capullo que a la vida breve


sus pétalos abrir nunca se atreve,

Oritia le negó, dulce, su gracia,

y no supo aceptar, reina de Tracia,

palacios de cristales y de nieve.


El rudo hijo de Eolo, despreciado,

quiso, a sus pies, su encono ver sumiso

y conquistar, sincero, el no logrado


querer de la doncella. Y, porque quiso,

el hombre que amó mucho y no fue amado,

raptola en las orillas del Iliso.









LXVI. AQUILES Y DEÍDAMIA


Tras de esas ropas sórdidas, adredes

-Pirra sin patria en tu aventura extraña-

osaste huir de tu enojosa hazaña

buscando la caución de otras paredes.


Mas no fue Sciro todo Licomedes.

El corazón que ama jamás se engaña

y nunca fue creída tu patraña

por la mujer que te apresó en sus redes.


Deídamia adoró tu bizarría

y le entregó a tu afán su lozanía

sin mendigar más recompensa, Aquiles,


que la deshonra de su castidad,

para inmolarla a Amor en su verdad,

amante, entre tus brazos varoniles.


LXVII. DEMÉTER Y JASIÓN


Los bucles rubicundos, como el trigo

que abate en las llanuras el ciclón,

los labios escarlatas, de pasión,

los ojos de deseo y de castigo...


Así espero, Deméter -¡sé testigo

de su ansia, tú, Corilas, tú, Plutón!-

ser miel al albedrío de Jasión,

las armas del amor, blandas, consigo.


Cariño tan inmenso y tan sincero

nunca sentido por la diosa Ceres,

se eternizó en el tiempo, duradero.


Y, ni aún el rayo del regente sumo,

las dichas fulminando y los placeres,

logró borrarlo. Su dolor se hizo humo.





LXVIII MARTE Y AFRODITA.


Yo, Demodoco, a quien la sabia mano

de Apolo, en su Parnaso morador,

me hizo ser ciego para ver mejor,

narré solícito al saber humano


la boda de Afrodita y de Vulcano,

la límpida pasión del forjador,

su dulce, incomprendido, franco amor,

y su derecho, insatisfecho y vano.


Yo, Demodoco, cantaré hoy al mundo

que Venus fue infiel en su matrimonio,

que fue vaivén de su placer fecundo,


que en el carnal deleite encontró el arte

y que dejó quererse –testimonio

doy de su dicha- por el fiero Marte.


LXIX. CLITEMNESTRA Y EGISTO.



Mientras tu esposo defendía el mixto

honor aqueo, el corazón su diestra,

en la troyana, sin igual palestra,

tú el tuyo adulterabas con Egisto.


Esclava del placer, un plan previsto

por tu lujuria, concibió, siniestra,

tu mente de asesina, Clitemnestra,

para impetrar un crimen nunca visto.


Y Agamenón, salido de su baño,

halló el fin, ignorando tus manejos...

Sudario fue la túnica de engaño.


Mas no a tu unión sacrílega te aprestes,

que la venganza del bizarro Orestes,

urdida por Electra, no está lejos.




LXX. FILIS Y DEMOFONTE.


Paris queriendo o destruyendo Bronte,

honra de Marte o de Eros adalid,

Filis le amó ya en la troyana lid,

y le amaría, huésped de Caronte.


Hora tras hora, su ansia el horizonte,

noche tras noche, su ánimo el cenit,

ave o estrella, de su anhelo ardid,

triste esperó al ingrato Demofonte.


El incansable hijo de Teseo

le prometió que volvería un día

de Atenas para dársela a Himeneo.


Pero no pudo resistir su ausencia

y, presa de su asaz melancolía,

se dio a Thanatos, ¡oh, terca impaciencia!


LXXI. TANAIS Y TALASA. LXXII. HIPÓLITO Y FEDRA.


Las noches sin calor serán tu casa, Ya te refugies en la negra hiedra,

los días sin sabor serán tu mundo, barba musgosa del senil Nereo,

en tu vivir sin dichas, errabundo, ya en el Averno, plutoniana seo

por tu desdén hacia el amor que abrasa que al humano valor diezma y [arredra,


Y cuando desfallezca tu alma, lasa ya te hagas cielo, tierra, viento, piedra

-¡oh, daño del efebo rubicundo!- te han de seguir, Hipólito, el deseo

caerás en el cariño furibundo y la ira, vengativos, de Teseo,

de la mujer que te dio el ser: Talasa. y la maldad de tu madrastra Fedra.


Huirás temblando de pasión y rabia Más vale que la muerte, fría y seria,

a donde puedas enterrar tu amor, te arranque de tu mundo de injusticia,

Tanais sin techo y amador sin savia, de iniquidad, de engaño, de miseria.


hasta tu tumba, baladí rumor, Tal vez Virbio, en la maternal caricia

y arrastrarán al mar tu voz sin labia de la dulce y sencilla ninfa Egeria,

las ondas que guardaron tu dolor. seas feliz en la quietud de Aricia.





LXXIII. EUROPA Y JÚPITER.
















Costas de nácar donde el mar desmaya,

Náyades lindas de inefable lloro,

noches de plata, amaneceres de oro:

hablad al mundo de un amor sin talla.


Decid que Europa, en la ondulante playa,

quedó prendada del gallardo toro

-hijo del Tiempo y amador sonoro-

nacido de la espuma que se acalla.


Narrad que, sin recato y sin pudor,

jinete en sus espaldas relucientes,

dejó raptarse la hija de Agenor,


que, no sabiendo de su ignota meta,

los labios de deseo, sonrientes,

dejó quererse en la remota Creta.











LXXIV. ACTEÓN Y SÉMELE. LXXV. ERIGANIA Y MENELAO.


Sigue llorando en tu eternal abismo, Oréadas del bosque y la montaña,

de luces y de estrellas caravana, deidades del noctámbulo concento,

tu insípido pasado y tu mañana, ¡oh, Pléyadas!, espíritus del viento,

tus voces sin palabras, tu idealismo. Náyades albas que la luna baña:


Deshaz entre las ondas tu lirismo Os hablo yo, Erigania, cruel y extraña

del río en que aún se mira la tez grana Talía no ha escuchado mi lamento,

de Sémele, la amada de Diana, Laquesis me ha negado su alimento...

y la verás y te verás tú mismo. Guardadme mi secreto en vuestra entraña.


Tú eres el agua que la está bañando, No tengo corazón, sólo su vaho

tú eres el sueño que la está durmiendo me está quemando, lacerando, el tú eres el aire que la está besando. [pecho,

tan vacuo que lo oprimo y no lo toco.

Ella, verdad, Acteón; tú, poesía , Me lo ha robado triste Menelao,

pero te quiso, desdichado, huyendo y su despecho, al fin, me lo ha deshecho

de la canina, sin piedad, porfía. para matarme en vida poco a poco.


LXXVI. MELIBEA Y ALEXIS.


Cupido es del amor la inmensa cumbre.

Ningún mortal le negará su apego.

Todo furor lo extinguirá su fuego,

toda virtud la quemará su lumbre.


Aunque Artemisa la pureza encumbre

de Melibea, en incitante juego

con su pasión, su corazón, aún lego,

es ya ansiedad, deseo, incertidumbre.


Así lo ordene la impiedad paterna,

su impar virginidad, por siempre eterna,

no otro hombre la hollará; tan sólo Alexis.


De entre las garras de Plutón robada

por Afrodita y a su amado dada,

le sonreirá feliz, después, Laquesis.








LXXVII. TISBE Y PÍRAMO.


Despiertos aún de Píramo los ojos LXXVIII. POMONA Y PICO.

-sangriento el velo entre su mano yerta-

clavaron su postrer mirada incierta Ave sin voz de vagaroso errar,

en los de asombro de su amada, flojos. en otro tiempo juvenil mancebo,

que poseías el amor longevo

Y, prosternándose, lloró de hinojos de la Pomona que trazó tu azar.

Tisbe, la imagen del varón, ya muerta,

que Eros dejó en su corazón abierta ¡Oh, mírala, tristísima, llorar

la herida de un amor hecho de abrojos. tu ausencia en los crepúsculos [de fuego

Cabe los muros del jardín que uniera o en las mañanas cálidas de Febo,

parcos amores y rencores viera, o en las auroras de Eos, de azahar!

frente a la fuente, sin fulgor, de Nino,

Pero ella -sílfide entre los trigales

hendió la espada gélida en su pecho. que otrora fueron musical arrullo

Sobre la hiedra, en eternal acecho, a los soplos del viento, sensuales-

dos vidas encauzaron su destino.

te prefirió, incorpóreo, en el olvido

antes que ser verdad, Pico sin nido,

ya en brazos de Vertumno, amante suyo.






LXXIX. ARTEMISA Y TITIO.





Alarde del rencor, odio infinito

en que la diosa Juno se recrea,

el pérfido varón de la Eubea,

Titio,en Panope, sordo al casto grito,


quiso hacer suya a Diana. Su delito

-baldón de la perversa hija de Rea

y digna de los vástagos de Gea-

atrajo a Apolo, morador en Pito.


Y la deidad del rubicundo pelo

-su hermana en el brutal abrazo risa-

rayos sus manos y sus ojos hielo,


aligerando su carcaj aprisa,

-dardo de muerte, rasgador del cielo-

mató al gigante y liberó a Artemisa.










LXXX. ATIS Y CIBELES . LXXXI . IFTIMA Y MERCURIO.
















Por más que a tus pasiones te rebele Un día cruzarás, ansia de altura,

por defender tu honor de diosa, caro dardo del éter, la nimbada cima

o has de negar que tu cariño avaro del monte Olimpo y volarás encima

impúsole a Atis sacrificios crueles. del bravo mar, en su inefable anchura..


Él, en sus bosques de ilusión, Cibeles, Verás vestirse su cendal de albura

te olvidó pronto y entregó su claro sobre las olas de cristal, a Iftima

y limpio amor a la hija de Sangaro, hablándole de amor, como el mima,

joven y hermoso al fin, ansia de mieles. recién nacida, a su feliz ventura.


Mas para serte fiel en su pureza Pluma en tus brazos de gentil augurio

se mutiló y Thanatos intervino, la tomarás -rubicundez su faz-

callada, con su muerte traicionera. y, cabalgando en tu corcel de viento,,


Tus lágrimas sinceras de tristeza la gozarás en tu pradal, Mercurio,

regaron su sepulcro y brioso pino para alegrar la inalterable paz

brotó al reverdecer la primavera. con el triscar del Sátiro, contento.








LXXXII. FRIXO Y DEMODICE.


Juguete de su onírico deseo,

con la calumnia, Demodice quiso

que renunciara a su desprecio Frixo

por el carnal adúltero recreo.


Mas la mentira la creyó Creteo

y no pudo aceptar la acción sumiso,

como tampoco se mostró indeciso

en darle muerte a Hipólito Teseo.


Pero esta vez la infamia y el desdoro

no en el gentil lograron hacer mella,

ni a la inocencia le asustaron tramas,


que huyó de Jolcos en caballo de oro

para ofrendarle al Helesponto a Hella

el desdeñoso vástago de Atamas.



LXXXIII. CLITA Y CÍCICO.


Fresca fontana que al dolor naciste

de lágrimas sinceras: aún palpita

entre las breñas el cantar que grita

ondas de luz en la tersura triste.


Deja que llore tu pasión y viste

con rimas la canción que el agua agita.

Que nadie y nada ignore lo que Clita

sintió la muerte de su esposo... Insiste.


Del argonauta afán el dolio presa,

halló la noche eterna en su ardua empresa

y, muerto, le lloró después su viuda,


buscando a Cícico en la eterna noche...

Fresca fontana: No te quedes muda...

Murmura, sempiterna, tu reproche.







LXXXIV. AGAVEA Y BACO.


Tanto la quiso la deidad del Ida,

el nunca despreciado hijo de Rea

que, para amarla menos, fue Agavea

de una locura cruel enfebrecida.


Pero la hermosa, para amar nacida,

ansió después, cual suave Galatea,

el fruto de su hermana Semelea

y a Baco le ofrendó el alma y la vida.


¡Oh, Júpiter! ¡Oh, Venus! ¡Qué ventura

vivir queriendo y fenecer queriendo,

donándole al placer la juventud!


Amor sólo se da a la donosura

que, por ser joven se lo está pidiendo.

Jamás Eros llamó a la senectud.













LXXXV. IFIMEDIA Y NEPTUNO.


Parvo el tiempo en el río que la asedia

de la linfa, al pasar, tranquila y clara

-por mirarse la seda de su cara-

un espejo de plata hizo Ifimedia.


Un suspiro que el pecho no remedia

y una triste sonrisa en que se ampara,

blanda lágrima, perla que se azara,

lo conturbó, trazando su tragedia.


Ella busca pecados y perdones,

ella añora quereres y pasiones

que no encuentra en Alóo, parco y frío.


Quieren huir con el agua sus pesares

y Neptuno, que canta con el río,

la robó y la llevó a sus verdes mares.






LXXXVI. TESEO Y HELENA.


Apenas flor brotada vehemente

del mundo sensitivo a la sonrisa,

su loco afán de amar creció deprisa,

siendo la dulce Helena adolescente.

Y supo cautivar, danza viviente

de nubes hostigadas por la brisa

-libélula en el templo de Artemisa-

la masculina, belicosa mente.


Tan linda la admiró, tan intangible,

en su vaivén etéreo, en su recreo,

que la raptó, no para hacer audible


sólo su goce, el varonil Teseo,

también para erigirla -en el plausible

rescate de los Dióscuros- trofeo.


LXXXVII. ARIADNAY TESEO.


Si un día en el que indagabas el por qué

de la ausencia de Amor en tu añoranza,

surgió, de entre la blanca lontananza

-con las naves del héroe- tu alma fe,


no preguntes al mar cómo se fue,

sin dejarle resquicio a la esperanza,

el amor de Teseo. La pujanza

de una nueva pasión le guió a Eglé.


No lamentes, Ariadna, su partida.

Deja que huya a soñados paraísos

con la dama que te infligió la herida.


Tú también viajarás con Dionisos

a la blanda región donde se olvida,

esclava de cariños más sumisos.





LXXXVIII. ALCINOE Y JANTO


Por negarle un salario que era suyo

a Nicandra, su fiel y dócil sierva,

le hizo presa de su rencor Minerva,

convirtiendo en pasión su magno orgullo.


Engañada por el falaz arrullo

-cantar de Janto que el amor enerva-

corrió tras él, cediendo sin reserva

su fe y su vida a un ser, sólo un murmullo


del mar, que se esfumó como un ensueño.

Abandonó a Anfíloco en su empeño

de amor falaz que al corazón corroe.


Contrita, deseosa de olvidar,

se arrojó a la vorágine del mar,

negra y gélida tumba de Alcinoe.



LXXXIX. JÚPITER Y GARAMANTIS.


Humilla tu alta frente hasta la playa

y observa a Garamantis en la Libia,

blanca la carne que, en caricia tibia,

le seca el sol con su intangible toalla.


Invoca a Amor aunque su boca calla

y llama, ingenua, a la procaz Lascivia...

Ve tú, vidente Júpiter y alivia

su sed por el placer en que desmaya.


Demuéstrale al Olimpo de importunos

dioses, ¡oh, Zeus!, tu razón y enconos:

que no impidieron tus amores Junos,


ni a tus hazañas estorbaron Cronos.

Fileos digan, Barbas y Pilunnos

que, tu poder obrando, hallaste tronos.




XC. PITIS Y PAN.


La ambicionaban: Impetuoso, el Viento,

manso, el Rumor del campo y la pradera;

Bóreas, locuaz, en su veloz carrera,

callado, Pan, en su infeliz lamento.


Ella adoró desde el primer momento

la soledad sin voces, placentera,

la calma de los bosques, flor sincera,

nacida para ser brisa y concento.


Y desdeñada por la furia, hostil,

habló en la noche la siringa gélida

-arbusto ya su amada, en la gentil


halda de Gea-.Junto al cruel barranco

-para el dios frigio pavorosa Élida-

a Pitis le insinuó su dolor blanco.



XCI. TIRO Y POSEIDÓN


Cuando te ahogue el abrazo de Creteo

en las horas eternas del connubio,

sentirás que te ciñen, tierno efluvio,

otros brazos, hija de Salmoneo.


Besará tu desnudo el Enipeo

y la espuma hollará, manso diluvio,

Tiro, tu rostro de Nereida, rubio.

Poseidón vendrá a ti, como un Proteo


-pasión sólo en la calma nemorosa,

caricia en la corriente rumorosa,

ansia y amor en el solaz sin ruido-.


Y serás en los brazos de tu esposo,

no el incesto de Sísifo, morboso,

sí el placer de Neptuno, hecho Cupido








XCII. CALIPSO Y ULISES.


Una vez lo verás venir, erecto,

en sus naves oscuras y tremendas,

por un mar de misterios y leyendas,

hasta tu isla de Ogigia, Ulises recto.


El varón de la Grecia predilecto

-del troyano aquelarre en las horrendas

batallas transformado- en sus ofrendas

dulces de amor, se ganará tu afecto.


Gozarás en siete años siete días,

que el placer es más breve que el dolor,

y, otra vez, la penuria y la tiniebla,


Calipso, engendrarán monotonías

en tu aburrida soledad de amor,

niebla la nave en la marina niebla.












XCIII. PASIFAE Y EL TORO DE CRETA.


En la calígine del mar de Creta,

de entre la espuma de cristal y plata,

creó Neptuno, en su potencia innata,

de un toro la traslúcida silueta,


para que Minos, en su pira inquieta,

su hermosa estampa le ofrendara intacta,

pero creyéndola una acción ingrata

quemó otra res en mutación secreta.


Y Poseidón, para vengar la afrenta,

mandó a su esposa Pasifae violenta

pasión por el astado. Tal pasión


que -Athor extraña en su piel de ternera-

quiso hacer real su lujuriosa acción,

sintiéndose feliz junto a la fiera.








XCIV. HIPODAMIA Y PÉLOPE.


Ya condenes a eterno celibato

a la dulce Hipodamia, ya poseas

los caballos de Bóreas, no te creas

que venciste a tu azar funesto e ingrato.


Ya Capeto, Aristómaco o Alcato

yazgan tristes de amores y peleas,

ya a otros Acrias les pese sus ideas

de vencerte, su mal será tu ornato.


Porque un día la fuerza del amor

de Pélope, en el pecho hallará asilo

y arderá en el volcán de su vigor,


¡oh, Enómao!, la patraña de Mirtilo,

para que, libres de tu asaz temor,

gocen dos almas el placer tranquilo.


XCV. EVADNE Y CAPANEO.


Esas que lloran, lágrimas de fuego,

suspiros son de Evadne, nunca fosa,

lamento de un amor que no reposa,

humo serán después, ceniza luego.


Esa hoguera, del dios Zeus reniego,

no es pira horrenda, tumba silenciosa,

del bravo Capaneo o de su esposa;

es un himno al amor, una oda, un ruego.


Y esas llamas, ingrávidas volutas,

que se elevan sinceras hacia el cielo,

trazadoras de rumbos y de rutas,


son mensajes que envía, confundido

con su asaz crepitar, su leve vuelo,

al Olimpo de Júpiter, Cupido.


























XCVI. CORE Y PLUTÓN. XCVII. NICTIMENA Y EPOPEO.


Yo, Helios, que de luz el orbe iriso, ¡Cuántas horas te hiciste exantropía!

Deméter, te diré de tu hija amada: cuántos días dolor y cuántos pena

Entre flores y ninfas, confiada, -apasionada émula de Helena-

la flor -perfume eterno- de Narciso por tu lascivia incestuosa e impía!


arrancara su mano. Tiche quiso Que fue tu mismo padre el que latía

que la Tierra, en venganza, desgarrada, dentro del pecho tuyo, Nictimena,

abriérase y, por Hades, trasladada no sólo lo creó tu mente obscena,

se viera, no al Averno, a un paraïso. que Eros también tus ansias acrecía.


No busques más a Core, diosa Ceres, Mas síguele queriendo. No te importe

sosiega tu cansado corazón, pensar que no será jamás consorte

no llores...Calma tu ira repentina. de tu pasión el lánguido Epopeo.


Hoy es la más feliz de las mujeres, Recuérdalo en la umbría que te ciega,

que en el lóbrego reino de Plutón en la sombra eternal de tu recreo,

se ha mutado en la reina Proserpina. ¡ oh, ave vagarosa, nocherniega!











XCVIII. MELANIPA Y NEPTUNO.


En cárcel de silencios chilladores

-sombra y dolor en que su amor se anega-

clama a Neptuno Melanipa, ciega...

Ciego vivir fue su vivir de amores.


Quejas llorando nacerán favores,

que no su oculto esposo dichas niega

a la mujer que en generosa entrega

le dio su cuerpo en días turbadores.


Pastores salvarán el fruto habido

de su secreta unión -aun a despecho

de Eolo, por las Furias poseído-.


Y no serán frontera sus enojos

para que el dios del mar consuma el hecho

de dar la luz a sus caducos ojos.









XCIX. ACAMAS Y LAODICEA.


Infatigable buscador de famas,

prez y jalón del adalid Teseo:

Si Helena fue ya para ti deseo,

te halló el Amor en las troyanas llamas.


Tímida y leve entre mil bellas damas

ansiaste a Laodicea en tu Himeneo

y el dios te la ofrendó como trofeo

de tu victoria, afortunado Acamas.


En las noches de Troya, pavorosas,

sobre las vísceras despedazadas

por el furor de Marte, entre las fosas


-lechos de soledad, ay, del vencido-

para ti, dichas nuevas no alcanzadas,

surgió la faz invicta de Cupido.






C. DIDO Y ENEAS.


Desde la Troya, navegante olido

en sus trirremes de ampulosas popas,

buscó el descanso a sus pertrechas tropas

en las costas del África, rendido.


Enamorada de su huésped, Dido,

no la curaron espumosas copas

ni músicas románticas de Iopas

en ágape de fe al barbián vencido.


En holocausto a su pasión morbosa

diera al gentil, por quien su amor suspira,

su cuerpo, sólo hollado por preseas.


¡Qué gran amor el que su amor rebosa,

el que prefiere a la ansiedad la pira,

en el confín azul perdido Eneas!



OBRA POÉTICA ESCRITA EN 1857 - 1958


















































Download this book for your ebook reader.
(Pages 1-69 show above.)