Excerpt for MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA III by , available in its entirety at Smashwords








































































ISBN: 978-1-291-80330-3


Ley de la Propiedad Intelectual

Nº de Registro AB-24/3/2014

Nº registral 00/2014/1595 Madrid

































Tercera Parte




OBRA ORIGINAL DE

JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ

JEGARPE





NOTA


Debido a la extensión y contenido de fotos y otras ilustraciones que componen MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA he dividido en seis partes el texto de la misma. Son, pues, otros seis volúmenes separados y continuados del libro mencionado.












LEGADO.


Sólo podré dejaros lo que es mío:

Un viejo corazón lleno de sueños,

una ancha voluntad que hizo halagüeños

los ámbitos de un mundo vano y frío,


una pugnaz pasión al albedrío

de un credo veleidoso y sin empeños,

algunos versos tímidos, pequeños,

y una canción perdida en el vacío.


Mas no os podré dejar lo que no he sido,

lo que pasó por mí sin ser notado,

lo que creí tener y no he tenido,


las lágrimas que no habéis derramado

cuando lloré por todos, el latido

de un puro amor que nunca me habéis dado.


Del libro brumas de irredención

Julio 1996 – junio 1997


I N T R O D U C C I Ó N



MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA, es un libro extenso, a medias entre una antología y una breve autobiografía de mis escritos literarios hasta el otoño de 1997, en que decidí darlo por terminado. Es el número 27 de los libros que he escrito hasta setiembre de esas fechas. Después he añadido en la cuenta otros cuatro libros más, con un balance total de más de 1500 poemas y 38390 versos, repartidos entre los 31 libros, en los que se cuentan tres baladas, tres églogas, una epopeya, una obra de teatro inacabada, una obrita de teatro guiñol, un monólogo trágico de teatro, amén de otros trabajos en prosa.


Las composiciones que he utilizado para la plasmación del libro aludido, son en su mayoría poemas líricos, que es el campo en el que mejor me muevo. Ellos, por sí mismos, hablan de mi paso por el mundo sin necesidad de que tenga que expresarrlo en una narrativa iterativa.


Sí quiero que se sepa, no obstante que, desde el primero de los libros que elaboré, BALBUCEOS (1952- 1957), hasta el último, TROVAS PARA UN OCASO PRESENTIDO (2008-2010), los conservo manuscritos, con mi propia caligrafía, después de terminarlos, ilustrados con fotografías y grabados, cuidadosamente encuadernados, en un estante de mi biblioteca, la mayoría de ellos inéditos, por propia voluntad, pues jamás he querido presentarlos a ningún concurso literario. Tan sólo ahora, a mis 79 años de edad cumplidos, me he decidido a darlos a la publicidad, aprovechando la oportunidad que me ofrece el formato del presente mundo digital.


Os dejo con este libro que tenéis entre las manos. Deseo que sea de vuestro agrado.


Albacete, 26 de Marzo de 2014

Jerónimo García Pérez (Jegarpe)











Es la primera vez que me siento delante del ordenador para dar comienzo al presente trabajo literario. No sé todavía si la frialdad del teclado o la indiferencia destellante de la pantalla me ayudarán a coordinar las ideas que bullen en mi mente y que tratan de dar forma a MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA. Particularmente siempre he preferido echarme un bloc pequeño y un bolígrafo en el bolsillo, con los que poder plasmar esas ideas que nos asaltan en un momento imprevisto, a cualquier hora del día, y que, sin las útiles armas citadas, posiblemente se perderían. Este aserto, que es perfectamente válido para navegar en el mundo de la poesía, en el que las ideas que afloran espontáneas no se resignan a marchitarse, no lo es tanto para otro modo de expresión que pretendo manejar ahora. He de admitir que, por las características de la obra que tenéis delante, el ordenador será una ayuda inestimable, ya que me permitirá trasladar todos los poemas que la ilustran sin necesidad de transcribirlos otra vez, dado que, desde el primero al último de los libros que he escrito hasta hoy, están guardados en otros tantos archivos en algún lugar del disco duro, trabajo que he ido realizando poco a poco a lo largo de estos últimos años. No obstante, siguiendo con mi costumbre, manuscribiré también la obra presente al término de la misma, para que vaya a formar parte, con los demás títulos, y con el número 27, de uno de los estantes de mi modesta biblioteca donde ya descansan los otros 26 títulos anteriores, manuscritos, ilustrados con fotografías y encuadernados.


De antemano hago saber que MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA, no es una autobiografía, como puede inferirse por el título, entre otras razones porque mi paso por el mundo ha transcurrido tranquilamente, sin grandes acontecimientos que merezcan ser narrados, por lo menos hasta hoy día, pero también porque no deseo dar a conocer por ahora etapas de mi vida que recuerdo con amargura y que no quiero volver a revivir en estos momentos. A pesar de todo yo sé que no podré eludir este propósito y trataré algunos de los aspectos de forma sucinta, sin citar más nombres de personas que los necesarios por ser hombres y mujeres que viven todavía y que son acreedores de todo mi respeto. No guiándome, pues, intereses biográficos a la hora de confeccionar el presente trabajo, debo encuadrarlo entonces como una antología de mi obra poética, desde mis comienzos ya tan lejanos hasta hoy. En realidad hay una serie de poemas, incluidos sobre todo en los últimos títulos, que, por sí mismos, reconstruyen la casi totalidad de mi andadura terrenal y a los que iré recurriendo a lo largo de esta exposición. Son poemas y crónicas retrospectivos que hablan de mis impresiones y de mis recuerdos, memorias de





las vivencias de infancia y de juventud que aparecen con reiterada profusión durante los años postreros de nuestra existencia para endulzar la melancolía en que se sume el alma humana.


La idea de volver a recordar los versos que he ido escribiendo a lo largo de mi vida y el confeccionar una selección de los mismos para conformar el cuerpo de MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA no es nueva. En el verano de 1980, bajo los títulos de SELECCIÓN POÉTICA y SELECCIÓN LITERARIA compilé en sendos volúmenes lo que entonces creí lo mejor de mi obra artística. En el preámbulo del primero de los libros citados escribo: "Toda mi obra es inédita, quizá no sólo atribuible a mi deseo propio. Los dieciséis libros que he escrito permanecen inéditos, desde BALBUCEOS hasta BALADAS. Pienso que, entre tantos títulos, pueden entresacarse algunos poemas que ofrezcan esa mínima calidad exigible por un lector medio. No debo reconocer de antemano, y perdón por la inmodestia, que no existan en mi obra poética, al menos, unos cuantos trabajos que merezcan ser redimidos de entre el acervo de todos los demás. En alguna ocasión he escrito que la importancia no está en las cosas sino que las conferimos a las cosas nosotros, los hombres. Y esto es lo que quiero que se me reconozca: La perseverancia en el propio trabajo impuesto, la perseverancia que termina por perfeccionar y pulir la obra artística." Más adelante hago saber: "En esta selección me he encontrado con la dificultad de tener que elegir entre un total de 19.240 versos que he compuesto hasta la fecha, repartidos entre 574 poemas, una epopeya, una obra de teatro guiñol, una obra de teatro inacabada y tres baladas, sin hacerla exhaustiva."


Desde entonces han transcurrido ya diecisiete años y han cambiado los números anteriores: 26 títulos, sin contar el que estáis leyendo, 29.743 versos y 1.226 poemas, amén de otros escritos en prosa. También el modo de presentación de los trabajos literarios, que, si en aquella ocasión era una mera exposición cronológica de los mismos después de una breve síntesis de las características principales de cada uno de los libros glosados, ahora pretendo variar el orden de algunos de ellos para adaptarlos al guión cronológico que he impuesto a la narración.



ALBACETE.


25 SETIEMBRE 1997.













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El trabajo que caracterizaba a la Brigada Obrera y Topográfica consistía en la preparación de planos y mapas a pequeña escala para uso del ejército. Había una sala de dibujo en la que se encontraban los delineantes del grupo cuya misión era la del trazado de los mismos y otra donde se cuadraban los itinerarios y se realizaban los cálculos que luego servían de guía para la realización de los trabajos anteriores. Aquí es donde me adscribieron a las órdenes de un teniente bonachón y diabético.


Los oficiales y algunos suboficiales sólo acudían a las horas de oficina.


Llamábamos familiarmente "partidas" a unos grupos de trabajo compuestos por soldados de la Brigada Obrera que salían a distintos puntos de la región con objeto de obtener los datos que luego serían utilizados para la confección de los planos. Permanecían fuera del cuartel varias semanas y hasta meses, en ocasiones, cuando el trabajo así lo requería.


Yo participé en tres de estas "partidas". La primera, requerido por el sargento Sánchez, temido por todos los compañeros del cuartel por su agrio carácter. Fue al principio. Me llamó al despacho y me dijo:


-Usted se llama Jerónimo García.


-Sí, mi sargento -le contesté.


-Es usted maestro, según compruebo en esta lista.


-Sí, mi sargento.


-Bien. Me acompañará usted en una partida próxima por Sagunto y El Puig, como ayudante del cocinero.


No expresé nada en contra. Pensé que era más conveniente callarse y acatar sus mandatos.


Así que durante unos cuantos días fui pinche del cocinero, un paisano mío con el que hice una buena amistad y a quien todavía veo alguna vez por Albacete. Él se ocupaba de hacer las comidas en la cocina de un viejo local de Auxilio Social en el Puerto de



Sagunto, frente a la playa, y yo me ocupaba de facilitarle todas las vituallas necesarias,

proveyéndome de ellas en el cercano mercado, con vales que luego eran pagados por el ejército. A la hora de la comida acudían los compañeros al mencionado local pero, en ocasiones, cuando se desplazaban a puntos más distantes teníamos que acudir nosotros, con los utensilios a cuestas o a lomos de una mula, para preparar la comida in situ.


Uno de estos días se nos quemó una paella que cocinamos en un patio de una aldea, donde nos esperaban. El sargento Sánchez no dijo nada en aquel momento pero al día siguiente me hizo acompañarle como cuadernista, poniendo en mi lugar, como ayudante de cocina, a otro de los soldados de la partida, que, por lo que supuse, no le hacía juego como calculador del grupo.


Como cuadernista tuve que realizar rápidos cálculos con las cifras que el propio sargento me iba cantando después de mirar por el taquímetro para interpretar la distancia a la que se encontraba la cota señalada por la mira que sostenía uno de los componentes del grupo. El sargento, con estos datos, iba dibujando, de forma provisional, el plano que luego pasaría por la sala de dibujo, para ser perfeccionado.


También dormíamos en domicilios particulares que el propio ejército nos facilitaba. A mí me asignaron durante varios días uno en El Puig, cerca del conocido monasterio. El dueño tenía tres hijas, y yo me enamoré eventualmente de una de ellas.


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Durante una temporada y en ocasión de mi servicio militar, hace de esto ya bastantes años, hube de cumplir una obligada estancia en el Puerto de Sagunto. Ahora he vuelto de nuevo por motivos de otra índole y he encontrado a la industriosa ciudad cambiada hasta el punto que no he sabido orientarme en el marasmo de sus calles nuevas para llegar a la playa.


Luego, tendido boca arriba sobre la arena, con las manos bajo la nuca, me ha asaltado el recuerdo, con sus dedos intangibles, blandos, dolorosos:


Transcurrían plácida y lentamente los días de un junio mediterráneo, brumosos de sol, saturados de grandes mosquitos que acudían a los arrozales cercanos a la playa. Veníamos avanzando en nuestro cometido topográfico, litoral adelante, desde el Puig hasta el Puerto y fue aquí donde fijamos nuestra residencia.


De aquella época recuerdo agradablemente la luminosidad del mar, la transparencia de las tardes que no acababan nunca, las interminables caminatas a lo largo de las playas, unas veces en busca de los vértices geodésicos en los picos de las montañas, otras, andando desde que alboreaba el día hasta que se echaba sobre nosotros la pegajosa noche de la costa.


Y recuerdo también mi fugaz enamoramiento de una de las tres hijas del matrimonio en cuya casa me albergué aquellos días y que, para mi desgracia, estaba muy enamorada de su novio. Nunca me hizo el obsequio de una mirada. Nunca me concedió el más mínimo gesto de agrado. Nunca me hizo concebir una esperanza. Pero yo soñaba



con ella en la habitación oscura que daba a la suya pared con pared. Y parecía escuchar,

en el silencio de la noche, sus suspiros atenuados y hasta su respiración suave, cálida, sugeridora, íntima.


Pero aquello pasó ya. Pertenece sólo al recuerdo. Ha venido a mí ahora por no sé qué caminos desconocidos.


Entre tanto, la playa ha ido llenándose de gentes. Es mediodía. Poco a poco me va invadiendo una abulia mansa y suave. He entornado los ojos heridos por un sol impío.


ESCRITO EN EL PUERTO DE SAGUNTO.


DE PEREGRINAJE DEL ALMA SOLA.

ALBACETE, MAYO-SETIEMBRE DE 1975


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Otra de las partidas, la última antes de mi licencia, me llevó hasta Almansa, de cara al verano de 1.958. En esta ocasión se me buscó alojamiento en una aldea un tanto alejada del pueblo, mientras el resto del grupo recorría la zona montañosa en los alrededores del pico Mugrón, en el que se encontraba uno de los vértices geodésicos que era utilizado como referencia para el trazado de los mapas.


El matrimonio de la aldea tenía también dos hijas; una, como de unos veinte años, no la vi más que una vez, el primer día. Supongo que el padre, no fiándose de mi condición de militar, la envió al pueblo, a casa de una hermana suya, durante el tiempo que yo permanecí en la casa. ¿Cómo podría yo haber convencido a aquellas buenas gentes de que no me movía ningún fin que pudiera dañar la honra de la muchacha? Pero nada dije en mi defensa. Hubiera sido improcedente. Sin embargo me hice muy buen amigo de la pequeña, una niña de tres o cuatro años, que habituada a vivir en la aldea y a no ver más que a sus padres todos los días, no me dejaba realizar los trabajos sobre los itinerarios que diariamente me enviaba el grupo topográfico, hablándome con su voz de trapo.


En alguna ocasión hube de buscar a mis compañeros en puntos que ellos mismos determinaban, para lo que utilizaba la mula, que permanecía conmigo bastante tiempo y a la que tenía que proveer de alimentos. Era una vieja mula, que se había librado de los efectos de la riada de Valencia, acostumbrada a los ruidos del tráfico de la urbe, a la que no asustaban los chirridos de los tranvías que aún recorrían la piel de asfalto de la ciudad levantina. En las largas caminatas a las que la sometía hasta encontrar al grupo no desdeñaba meterse en los recién nacidos y apetitosos cebadales que había a la orilla del

camino, haciendo caso omiso de los tirones del ronzal con los que yo, caballero en mi mula, trataba de conducirla.


* * *


Fue en Valencia y durante el servicio militar cuando terminé de escribir CIEN SONETOS A AMOR, sobre otros tantos temas mitológicos. Nunca olvidaré aquellas tardes de paseo que muchas veces acababan en los Viveros de la ciudad a los que me acogía frecuentemente para escribir en el viejo bloc que siempre me acompaña en un bolsillo:


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"Demuéstrale al Olimpo de importunos

dioses, ¡oh, Zeus!, tu razón y enconos:

que no impidieron tus amores Junos,


ni a tus hazañas estorbaron Cronos,

Fileos digan, Barbas y Pilunnos

que tu poder obrando hallaste tronos."


-¿Tiene usted hora?


Era la niña de ojos azules y cabello oscuro sobre el que cabalgaba un enorme lazo blanco. Era la niña de mirada triste y suplicante. Antes de desaparecer paseo adelante volvió su graciosa cabecita para obsequiarme con una postrera y fulgurante mirada. Y se fue..


Había anochecido.


Con el soneto temblándome en los dedos, nacido a las inconclusas luces de un otoño valenciano, emprendí el regreso a lo largo de la Alameda. El Turia discurría sosegadamente a mi derecha. En las sombras, apoyados sobre la baranda de cemento del río, proyectadas sus siluetas sobre la claridad de la lejanía, se amaban desesperadamente las parejas y se olvidaban de la soledad que llevaban dentro.


DE VIAJE LÍRICO POR ESPAÑA.

INVIERNO 1967-INVIERNO 1970.


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Trascribo cuatro de los sonetos que componen el libro antes mencionado: CIEN SONETOS A AMOR.

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CASANDRA Y AYAX.


No en la ancha Troya, pavorosa ruina

que tú auguraste sin ser escuchada,

busques la mansa paz, Casandra amada:

Huye más lejos de su odiosa inquina.


No en el templo has de hallar, mujer divina,

el amparo que ansías, pues lograda



te verás por Ayax, aunque abrazada,

pidas fe a la imagen paladina.


Ya no existe tu hermano, Héctor egregio,

muerto en liza una tarde roja y fatua,

para afrenta tan vil vengarla regio.


En el templo, troyano privilegio,

se produjo, al rodar cuerpos y estatua,

además de un estupro, un sacrilegio.


MARTE Y AFRODITA.


Yo, Demodoco, a quien la sabia mano

de Apolo, en su Parnaso morador,

me hizo ser ciego para ver mejor,

narré solícito al saber humano


la boda de Afrodita y de Vulcano,

la límpida pasión del forjador,

su dulce, incomprendido, franco amor,

y su derecho, insatisfecho y vano.


Yo, Demodoco, cantaré hoy al mundo

que Venus fue infiel en su matrimonio,

que fue vaivén de su placer fecundo,


que en el carnal deleite encontró el arte

y que dejó quererse -testimonio

doy de su dicha- por el fiero Marte.


EUROPA Y JÚPITER.


Costas de nácar donde el mar desmaya,

Náyades lindas de inefable lloro,

noches de plata, amaneceres de oro:

hablad al mundo de un amor sin talla.


Decid que Europa, en la ondulante playa,

quedó prendada del gallardo toro,

hijo del Tiempo y amador sonoro,

nacido de la espuma que se acalla.


Narrad que, sin recato y sin pudor,

jinete en sus espaldas relucientes,

dejó raptarse la hija de Agenor,




que, no sabiendo de su ignota meta,

los labios de deseo, sonrientes,

dejó quererse en la remota Creta.


DE CIEN SONETOS A AMOR.

VALENCIA, 1.957 - 1.958.


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El 26 de Junio de 1.958 me entregaron la licencia ilimitada del Ejército, pasando desde entonces a la reserva hasta mi licencia definitiva, que se produjo en 1.968.


De nuevo con la familia, en Albacete, con 23 años de edad, sin ningún horizonte abierto hacia el futuro aún, me vi en la necesidad de preparar la oposición a ingreso en el Magisterio Nacional, que fue convocada el 30 de octubre de aquel mismo año y que concluyó un año después, el 26 de Noviembre de 1.959. Entre los setenta y cinco opositores aprobados figuraba yo con el número 27.


Simultaneando los estudios que requería la interminable oposición, sin un céntimo en los bolsillos pero con mi vocación de poeta intacta, escribí por aquel tiempo un libro de poemas titulado SOLEDAD, en el que, en efecto, comenzaba ya a perfilarse la soledad que ha ido presidiendo mi vida hasta hoy y de la que no he sabido zafarme, ni creo que lo pueda hacer ya nunca, pues ha echado raíces en mí.


Quiero terminar este capítulo de mi vida entresacando del libro mencionado un largo poema que fue publicado por la prensa local:


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MUNDOS.


-¿Qué tienes, poeta,

que sólo te afectan cantares del ave

y voces del agua

y silbos del viento?

¿Qué sientes, poeta?

¿Qué sueñan, despiertos, tus ojos inmóviles?

No sueñes...Regresa a mi mundo.



-¿Quién eres que turbas mi calma?


-Tu mundo tangible.

Tu mundo

de adioses, de otroras, de siempres, de nuncas,

y quiero llevarte conmigo, poeta.

Regresa a mi mundo...

No sueñes, poeta, no sueñes.


-No puedo...

No quiero seguirte a tu mundo de adioses...

Hoy tengo sonrisas adentro y se escapan...

¿No quieres seguirme?

Yo tengo, lejanos, países sin penas.

¿No quieres seguirme?

Veremos bañarse a las ninfas azules

en ríos de plata...

Veremos jugar con los juncos

del río de plata a las leves ondinas...

Veremos peinarse el cabello a las náyades

en ríos de plata

y oiremos sus risas...

¿No quieres seguirme?

Veremos,

en bosques de plata

-los senos desnudos, los bucles de fuego

de luz- las oréadas...

¿No quieres seguirme?

Veremos, en bosques de plata,

correr, rubicundas,

huyendo del viento, a las dríadas...

¿No quieres seguirme?...

Yo tengo, lejanos, países sin penas.


-¿Qué miran despiertos tus ojos inmóviles?

¿Qué tienes, poeta? ¿Qué sientes?

¿Qué son tus palabras?

Tu mundo sin penas,

¿qué es?


-Poesía.


-No entiendo, poeta...

No sueñes. Regresa a mi mundo.


-No puedo...

No quiero seguirte a tu mundo de otroras.

Yo tengo, remotos, países sin lágrimas...



¿No vienes conmigo?

Hoy tiene la tarde su sol para mí.


¿No vienes conmigo?

Yo puedo mostrarte quiméricos prados

de espuma,

donde ornan sus galas con flores

las pálidas sílfides...

¿No vienes conmigo?

Yo puedo mostrarte las danzas convulsas

que, en prados de espuma,

tronando, ejecutan los silfos...

¿No vienes conmigo?

Yo puedo mostrarte a los gnomos

que, en prados de espuma,

ocultan sus rostros

cubiertos con barbas de nieve, en la yerba.

¿No vienes conmigo?

Yo puedo mostrarte

los gritos, en fin, de los duendes,

que anuncian la noche...

¿No vienes conmigo?

yo tengo, remotos, países sin lágrimas.


-¿Qué miran tus ojos, poeta?

¿Qué sientes? ¿Qué tienes?

Tu mundo sin lágrimas,

¿qué es?


-Poesía.


-No sueñes, poeta. Retorna a mi mundo.

Regresa...


-No puedo.

No quiero seguirte a tu mundo de siempres.

Yo tengo países sin muertes, ignotos...

¿No quieres seguirme?

Hoy tiene la noche su paz para mí.

¿No vienes conmigo?

Veremos

cruzar por el cielo escarchado de estrellas,

furtiva, a Selene,

portando su beso amoroso,

buscando a su amado, que duerme

muy lejos, en gélida gruta...

¿No quieres seguirme?

Yo puedo mostrarte



castillos de brumas y nieblas

donde hacen sus pócimas

de muerte o sus filtros de amor

las brujas

de ralos cabellos y risas sin dientes...

-¿No vienes conmigo

Veremos,

flotando en los cierzos de nácar

-sus cuencas vacías,

sus miembros de nada-

venir a los entes que pueblan la noche...

¿No quieres seguirme?

Yo tengo países sin muertes, ignotos...


-¿Qué sientes, poeta?

¿Qué tienen tus ojos inmóviles?

Tu mundo sin muertes,

¿qué es?


-Poesía.


-No entiendo, poeta.

No sueñes.

Regresa a mi mundo...


-No puedo.

No quiero seguirte a tu mundo de nuncas.

Hoy tengo sonrisas adentro y se escapan,

se escapan...No puedo -¡no quiero!- evitarlo.


-¿Qué tienes, poeta,

que sólo te afectan cantares del ave

y voces del agua

y silbos del viento


-Yo tengo, lejanos, países sin penas;

yo tengo, remotos, países sin lágrimas;

yo tengo países sin muertes, ignotos...


-No sueñes, poeta...

Retorna a mi mundo.


No puedo, no puedo...

Hoy sólo soy bruma...


Regresa a mi mundo. Retorna a tu mundo

de adioses, de otroras, de siempres, de nuncas...




-No puedo...

Hoy casi te ignoro...


DE SOLEDAD.

ALBACETE, 1.959.






















Nació en mí por entonces una desmedida afición por el ajedrez que me llevó a disputar varios torneos locales y provinciales. Ya en el año 1.956 conquisté un campeonato provincial del Frente de Juventudes que se celebró en Hellín y posteriormente, hasta bien entrada la década de los sesenta, participé en otros torneos enfrentándome a todas las figuras albacetenses del momento: Eduardo Franco, los hermanos Sotos, Gómez Mora, Tébar.. Después abandoné esta práctica y no he vuelto a tocar un tablero, sino excepcionalmente.














































































v

la década de los sesenta











V


LA DÉCADA DE LOS SESENTA.


El primer día de abril de 1.960 tomé posesión de mi primera escuela como maestro provisional en la localidad de La Roda, cercana a Albacete. Me adscribieron a un centro graduado que se encontraba en una plazuela próxima a la estación, que se conocía, y supongo que se seguirá conociendo todavía, como las escuelas de la báscula, porque frente a ellas existía una báscula pública para el pesaje de la carga de camiones. Hoy, esta escuela, que ha cambiado poco, en su aspecto exterior, lleva el nombre del que entonces fue mi primer director, Juan Ramón Ramírez, un hombre ya de edad por aquella época, que esperaba su jubilación.


Aunque sólo estuve en La Roda tres meses hasta la terminación del curso, ya de cara al verano, recuerdo la vieja pensión junto a la iglesia del pueblo, en la que compartí habitación con un obrero de una empresa ferroviaria de construcción, del que estaba enamorada mi "patrona" y con la que contrajo matrimonio algunos años después, según supe.







También recuerdo que empecé a colaborar en una emisora de radio local, La Voz de la Mancha, con un programa titulado "Consúltenos su problema". Por su título puede adivinarse que se trataba de un consultorio sentimental, escuchado en los pueblos próximos de la cercana provincia de Cuenca. Utilicé un seudónimo que, el propio director de la emisora, que pertenecía a la denominada Red de Emisoras del Movimiento (R.E.M.), cambió por otro que a él le gustaba más: el profesor Mauro. Seguí como colaborador de La Voz de la Mancha algún tiempo más a pesar de que tuve que abandonar la localidad en julio de 1.960.


En setiembre de 1960 me incorporé a mi nuevo destino, ya como maestro propietario definitivo, en un pueblecillo también cercano a la capital, La Herrera, en el que permanecí tres años.


Me costó trabajo adaptarme a la vida en un pueblo pequeño que no llegaba a los trescientos habitantes y que vivían sobre todo de la agricultura. La escuela era una escuela unitaria en la que habían aproximadamente treinta alumnos de todas las edades, desde los seis años hasta los trece o catorce. Todos eran niños porque aún no se había introducido la educación mixta en España.


Los sábados y domingos aprovechaba para llegarme hasta Albacete unas ocasionales salidas del alcalde del pueblo, que era el propietario también de un par de destartalados autocares que cubrían la línea Albacete-La Herrera-Balazote, para recoger a unos cazadores que contrataban sus servicios en los fines de semana, durante la época de caza. Eran las únicas salidas que podían hacerme olvidar un poco el hastío que me producía la vida lánguida del pueblo.


Durante los primeros meses estuve durmiendo en una pequeña habitación cedida por el Ayuntamiento, aneja al mismo, que comunicaba directamente con la calle por unos grandes portones carcomidos que dejaban pasar la luz a través de unos intersticios que el paso del tiempo había ocasionado en la madera. Más tarde supe que era utilizada como depósito de cadáveres cuando la ocasión lo requería. Aquella idea y el hecho de estar durmiendo en un catre de guardia civil estrecho, que es lo único que me proporcionó el Ayuntamiento, no me agradó demasiado y decidí contratar una habitación en el único lugar del pueblo en que podía hacerlo: el Casino, como llamaban pomposamente a un pequeño bar en el que se había instalado uno de los pocos televisores que habían por entonces, alrededor del cual se agrupaba la gente cuando caía la tarde. Compartí una enorme habitación comunal, casi un salón, con tres o cuatro camas distribuidas a lo largo, con el médico de la localidad y algún viajero intempestivo que, a veces, buscaba alojamiento en el pueblo para pasar la noche. El curso siguiente decidí habitar una de las viviendas que se habían acabado de construir para uso del magisterio local, hasta el día que decidí cambiar de aires y abandoné el pueblo.


Por recomendación del alcalde las comidas las efectuaba en casa del señor Munera. Era éste un señor alegre y desenfadado muy estimado por la gente del pueblo que vivía con su mujer y sus dos hijas en una de las últimas calles, de cara a la llanura. Era una casa pequeña que no tenía más que una habitación para el matrimonio y otra para las hijas; daban estas habitaciones a una gran sala-cocina de la que recuerdo la gran chimenea y el hogar donde ardían los tacos de madera durante el invierno, que servía también para hacer los guisos y fritos. Lo demás era un pequeño patio lleno de plantas y una cámara superior, muy propia de los antiguos edificios rurales, en la que habían unos cuantos ataúdes, pues el señor Munera era el delegado en el pueblo de una compañía funeraria. Lo supe el día en que le propuse no solamente comer sino dormir en su casa. "Como no quiera usted dormir en la cámara...", me dijo en su tono jocoso habitual.


El señor Munera, su esposa, la señora Rufina, y sus dos hijas constituyeron una verdadera familia para mí durante los tres años que permanecí en La Herrera. Tiempo después, cuando me enteré de su muerte dediqué un poema a su memoria:




SONETO ELEGIACO.


En memoria de José Munera Moreno, a quien conocí hace años en un pueblo manchego y de cuya muerte me he enterado hace unos días.


Pueblo claro de traza pizpireta,

dormido en la calígine del llano,

callejas de aire y sol, guiño lejano

de la alta torre, plaza recoleta,


sencillo cementerio, molineta,

blancos caminos, campos de secano...

y un calidísimo recuerdo humano

que aflige el corazón y me lo aprieta.


¡Benditos años del sesenta y tantos!

Éramos todos aún, tiempo fecundo.

¡Cuántos amigos se han marchado, cuántos,


que olvido con frecuencia hasta sus nombres

y no sé si han ido al otro mundo

o están aún en el mundo de los hombres!


DE CAMINO DE SOMBRAS.

ALBACETE, SETIEMBRE 1986-ABRIL 1995.


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De mi paso por La Herrera dejo constancia en un libro escrito por aquellas fechas, en forma de diario, cuyo título, MIS HORAS BLANCAS, es bastante expresivo. No quiero pasar más adelante sin dejar consignados algunos fragmentos del mismo:


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Es bonita la esperanza.


Es bonita como la primavera, porque oculta, como ella, promesas y resurgimientos, alegría incontenible y juventud, ansia desbordada de vida y deseo desmedido de placer.


Yo no concibo a la esperanza hermana de la muerte.


La esperanza es algo que ha de llegar, preñada de dichas y de venturas, algo que parece decir: renace...renace...renace...


Dios hizo a la esperanza para compensar el dolor de los silencios y la tristura de las horas vacías.



Todas las personas esperan... ¡Desdichada la esperanza que no sabe lo que espera! ¡Desventurado el que espera sin esperanza!


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En el azul del horizonte se recorta, esbelta y serena.


Sus ojos son azules, como la mañana, y miran, quietos, la lejanía.


Sus cabellos son amarillos, como la mies de los campos de junio y se dejan acariciar del viento, suavemente.


Su rostro está tallado en mármol blanco y sus labios, rojos y frescos como las cerezas, no dicen nada.


¿Qué piensa? ¿Qué sueña?


Quizá anhela algo que no sabe, que solamente intuye...Quizá no es feliz porque piensa en lo efímero de las cosas, porque siente que el tiempo que pasa en blanco va poniendo su nota vacua dentro de sí misma.


Es como una diosa pagana, hermosa y altiva.


Pero yo sé de su tristeza...


Yo sé que no es feliz.

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Hablas de soledad, tú, que no la conoces, tú, que no has sabido nunca lo que es estar sola, tú, que te encuentras melancólica y triste y no quieres - no sabes - estarlo.


No, amiga mía: La soledad es algo que llevamos dormido adentro y, no sabemos por qué, en unos se despierta prematuramente y en otros muere antes de nacer.


La soledad es como una impronta que vio la luz por primera vez con nosotros, que nos acompaña, a lo largo de nuestra existencia, por caminos que no quisiéramos recorrer, y que, al final, terminará por yacer, junto a nosotros, al lado de nuestra tumba.


La soledad es una compañera taciturna, huraña, muda, egoísta, fría, que nos invita a huir siempre de lo que anhelamos, que nos tapa los oídos para que no oigamos el canto de las sirenas, que nos llama a morir lentamente, renunciando a las cosas que nos invitan.


La soledad son los invisibles dedos que ahogan, día tras día, noche tras noche, año tras año, nuestras gargantas, llenas de congojas indescifrables.


La soledad son los dedos intangibles que secan, en secreto, las lágrimas sinceras que no quieren ser notadas, pero que ayudan a derramarlas en la intimidad de las noches sin calor, al amparo de la oscuridad.



La soledad son palabras contenidas, deseos desbordantes que pugnan por evadirse de su cárcel sin rejas.


La soledad, en fin, es un ansia desmedida en busca de una mano amiga sin encontrarla, que corre en pos de un alma gemela y errabunda sin llegar nunca a alcanzarla.


Esto es la soledad, amiga mía, tú, que hablas de ella, tú, que no sabes lo que dices.


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La vida es renovación.


Las flores de hoy brotaron ayer y morirán mañana.


Las aves del presente nacieron ayer y morirán mañana.


Pero siempre habrá flores que llenen de color y de fragancia los campos. Siempre habrá pájaros que aleteen buscando las umbrías de las frondas en el estío.


Y el sol saldrá todos los días por el horizonte y la primavera sucederá al invierno inexorablemente.


Todo se renueva.. Pero yo, no.


Yo soy como la hiedra que se agarra al muro porque le falta luz.


Yo soy como el heliotropo que se retuerce, mínimo, entre las sombras, buscando el sol vivificador.


Yo soy como el gríseo vegetal que alarga sus brazos sarmentosos en busca de libertad.


Yo soy un ente relativo que camina en pos de la felicidad, ahogándose, a cada minuto, en la intrincada selva de las concreciones.


Yo soy, en fin, un reo de la sombra y de la oscuridad que lucha, ciego, para tener la luz, en medio de las cosas tangibles y absolutas.


Y avanzo, paso a paso, entre la angustia de no tenerlo todo, pugnando con el tiempo, pues sé que en cada huella sin estrenar se agita algo terrible.


Y para mí no existe la renovación.


ÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇÇ


¡Cómo gime el viento en la ventana, rabioso e iracundo!


Su rugido pone espanto en la noche que se acerca.



Desde mi atalaya, llena de ruido por el vendaval, veo como se van las últimas luces del día, como barridas por el ciclón.


Unas esporádicas gotas de lluvia explotan inmisericordes contra los cristales.


Las negras nubes se alejan rápidas para prostituirse entre las sombras del horizonte.


Esta noche no habrá estrellas en el cielo, ni saldrá la luna. Sólo el viento seguirá arrancando alaridos a los olmos centenarios, vigías del invierno, que se agrandan como sombras fantasmales.


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Mayo pone en las almas su caricia suave de adolescente juguetona.


Las lejanas colinas me parecen más azules, el cielo más puro y más ancho, los campos más verdes, más melodioso y grácil el ruido de los insectos, más armonioso y ligero el vuelo de las aves...


Hoy se sonríen todas las cosas que ha creado Dios, con la sonrisa lozana y perfumada de la primavera.


UUUUUUUUUUUUUU


Allí está. En un oscuro rincón de la estancia.


Está por encima de todas las cosas terrenales, con su cara de niña muerta, indiferente al dolor que la rodea.


Pálida y hermosa como una rosa blanca recién cortada del rosal.


Allí está como una bella durmiente de un cuento real que espera el aliento tierno de un beso vivificador.


Mirad las aves de la primavera cómo se acercan hasta su lecho para regalarla con sus trinos.


Escuchad la caricia leve del céfiro que viene a perfumar sus mejillas.


Por favor: No la dejéis abandonada y sola en un lugar triste para que no llore de miedo en los oscuros novilunios del invierno.


Por favor: Llevadla a un sitio alegre donde se oiga en todo tiempo el aleteo de los pájaros, donde recen eternamente su aromada melodía las cargadas brisas del atardecer.


Llevadla a un sitio donde crezcan las lujuriantes amapolas para que pueda jugar con ellas en los días luminosos y en las noches claras de su pacífico sueño.



Por favor: Llevadla allí para que yo la pueda ver triscar de felicidad, arreboladas sus mejillas de carmín, como ayer la vi...


XXXXXXXXXXXXXXXXX


Recordaré siempre aquella furtiva mirada que tuvo el poder maravilloso de paralizarme y hacerme volver la cabeza instintivamente, no para sorprenderla, sino para descubrirla.


¡Cuántas cosas pude adivinar en un segundo sólo! Franqueza, deseo, ansiedad, tristeza, amor, desesperanza...


Si hablase la mirada y no el corazón con los impulsos reprimidos del convencionalismo.


Si alguna vez -sólo una vez- pudiesen hablar los ojos para decir lo que los labios no se atreven a pronunciar...

++++++++++++++++++++


Así, de esta manera tan monótona, fueron pasando los días, semejantes unos a otros, en un pueblo donde, a las siete o las ocho de la tarde, ya se habían recogido los vecinos en sus hogares y donde la oscuridad de las noches de invierno invadía de silencio y soledad las desiertas calles. Solamente algún fin de semana se animaban estas horas con la llegada ocasional de un personaje que transportaba en su moto unos rollos de celuloide conteniendo películas antiguas, cortadas y en mal estado, que proyectaba en el salón de baile del Casino. Lo llamaban "el peliculero". Entonces, la gente del pueblo acudía al salón transportando su propia silla para asistir a la sesión.


De vez en vez, si el cura daba su asentimiento, se celebraba algún baile, que convocaba no solamente a los jóvenes sino también a los padres, para vigilar el comportamiento de sus hijos o se anunciaba alguna función de teatro o de circo a cargo de esas compañías familiares ambulantes que proliferaban por los caminos de España en aquellos años.


Cierto día actuó una compañía de circo en el salón de baile cuya principal atracción era una jovencita que hacía piruetas en un trapecio y que se exhibía muy ligera de ropa para el sentir todavía recto e intolerante de la sociedad de la época. Quizá el cura no se enteró y permitió la representación un par de días, tras de los cuales y durante mucho tiempo, las gentes del lugar estuvieron murmurando y criticando a la compañía y, sobre todo, a la descocada joven que se había atrevido a mostrarse en público con un ajustado e inicuo bikini.


También yo fui objeto de críticas, comentarios y murmuraciones, que de todo hubo, no por mi actuación profesional sino porque entonces anduve medio enamoriscado y me sentí perseguido por tres mujeres a la vez, que, así mismo, fueron criticadas en la medida que les correspondió.


Fue el último año de mi permanencia en el pueblo cuando me sentí más hostigado por estos acontecimientos, que me condujeron a renunciar a mi escuela unitaria y


abandonar el pueblo tras pedir nueva plaza en el concurso de traslados que se convocaba anualmente. Son momentos de mi vida por los que deseo pasar levemente. Sólo os remito a una serie de poemas que escribí meses más tarde en recuerdo de aquellos instantes que influyeron poderosamente en mis sentimientos y que compilé en un nuevo libro poético, EL FUEGO Y EL FRÍO, del que, más tarde, escribí el presente comentario:


En todas las vidas humanas hay una historia de amor frustrado que deja un poso de belleza y melancolía en el alma. EL FUEGO Y EL FRÍO es mi historia de amor, irrealizado y roto cuando mayor era su pujanza.


Aquel sentimiento no era nuevo para mí, pero estuve más cerca que nunca de que fuera el definitivo. Afincó en mí tan poderosamente que durante varios años fue tema obligado de sentidos poemas que escribí posteriormente y que fui incluyendo en otros títulos. A continuación expongo algunos de ellos que me han parecido más significativos.


++++++++++++++++++++

IDILIO.


Nada más que esto te pido:

que me miren en silencio

tus ojos que ya no tienen

para mí lágrimas dentro,

que ablandes sólo un instante

tu corazón insincero,

tu corazón que latía

para mí sólo hace tiempo

y que se plieguen tus labios

que no son de sangre y fuego

para mí, como otras veces,

no para esquivar mis besos,

sino para que me escuches,

calladamente, en silencio.


Aquí me tienes, mujer,

aquí me tienes de nuevo,

no porque tú lo quisieras

sino porque yo lo quiero.

Han pasado muchos años,

muchos años, desde aquello...

Tú eras casi una chiquilla

y yo era casi un mancebo

pero bastó una mirada

sólo de tus ojos negros

para que ya no pudieras

irte de mi pensamiento

y en él te llevo conmigo...

Un altar te he hecho en mi pecho,

de luces y de ternura,



con la imagen de tu cuerpo,

para darle cada día

todo lo mejor que tengo...

Han pasado muchos años,

muchos años desde aquello...

desde que tú me dijiste

que ya no me amabas...y eso

aún me perdura en el alma,

aún tortura mi cerebro.

Quise olvidarte y no pude

porque te llevaba dentro,

y aprendí a tener orgullo

entonces...Y me fui lejos...

Tuve mujeres y amores

pero, fiel a mi recuerdo,

supe guardar tu memoria...

Y aquí me tienes de nuevo...

Han pasado muchos años,

muchos años desde aquello...

Se han ido mis ilusiones,

pero aunque yo soy más viejo

mi amor sigue siendo joven...

Lo mismo que tu desprecio.


Aún guarda aquella alameda

-¿te acuerdas?- nuestro secreto...

Aún me parece escuchar

cuando musitan los céfiros

su canción entre las frondas,

el rumor de nuestros besos.

Aún me parece sentir,

cuando me acaricia el viento

levemente las mejillas,

el halago de tus dedos.

Aún me parece notar

cuando, mecidas del cierzo,

se tienden, febles, las mieses,

el temblor de tus cabellos...

y veo, como una sílfide,

recortándose en el cielo

azul, tu silueta esbelta,

la noche en tus ojos negros,

el sol en tus labios rojos,

el alba en tu claro cuello,

la luz, el día y la vida

latiendo en tus blandos senos...


Aún guarda aquella alameda

-¿te acuerdas?- nuestro secreto...


¿Recuerdas que hicimos juntos

un solemne juramento?

¿Recuerdas que prometimos

querernos siempre...querernos

con el alma...y que sellamos

nuestro pacto con un beso?...

Pues, si te acuerdas, ¿qué hiciste...?

¿Olvidarlo...? No lo creo...

Me lo confirman tus ojos

y tú me lo estás diciendo

aunque no tienes palabras...

¡Me lo dice tu silencio!

Podrás quitarme tu amor,

tu nombre, tu juramento...

pero la dicha de haberte

tenido junto a mi pecho,

el placer de tus caricias,

el aroma de tu aliento,

los besos que tú me has dado...

óyelo, mujer, todo eso

no podrás arrebatármelo

aunque esté mil veces muerto

porque en mi tumba estarán

palpitando los recuerdos...


Nada más que esto te pido:

que me miren en silencio

tus ojos, que ya no tienen

para mí lágrimas dentro,

que ablandes sólo un instante

tu corazón insincero,

tu corazón que latía

para mí sólo hace tiempo

y que se plieguen tus labios,

que no son de sangre y fuego

para mí, como otras veces,

no para esquivar mis besos

sino para que me escuches,

calladamente, un momento...


Quiero decirte tres cosas:

que te quise, que te quiero

y que te querré por siempre...

Pero, no...no tengas miedo

que no he venido a medrar

la limosna de tus besos

que me sabrían amargos

porque ya no son sinceros...

No tengas miedo, mujer,

que ya no pido ni ruego,

porque mi orgullo es muy grande...

es mayor que tu desprecio.

Sólo deseo decirte

que cumplí mi juramento,

que cuanto más me desdeñas

tanto más te estoy queriendo...

Pero ya no ansíes más

porque no quiero ofrecértelo...

Me iré otra vez sin que sepas

el dolor que yo me llevo

aunque tenga que morderme

la lengua por contenerlo

y me sorberé las lágrimas

que están picándome adentro

y estrujaré fuertemente

el corazón en mis dedos

y evitaré que mi boca



proclame tu nombre al viento

para que no sepas nunca

la pena que yo me llevo,

porque mi orgullo es muy grande...

¡Es mayor que tu desprecio!


DE ALBACETE.

JUNIO-AGOSTO DE 1.968.


++++++++++++++++++++


Ayer te vi correr como una corza agitada que se va deleitando en cada brinco con todo lo nuevo que se le ofrece en su carrera. Tenías las mejillas escarlatas y frescas, como las manzanas en agosto. Tus ojos centelleaban, abriéndose paso por entre la sonrisa de tu rostro. Reías siempre, sin saber por qué. Reías por nada, como si hubieras nacido sólo para reír.


Y yo te preguntaba: ¿Por qué?


Ahora te veo otra vez ante mí, con la mirada mate, acardenalada, palidez donde antes había fuego, amargura, donde sonrisa.


Y me miras con tus ojos sorprendidos, preguntándome: ¿Por qué?


¿No lo sabes, niña? ¿No lo comprendes, mujer? Estás aprendiendo a querer. Estás amando por primera vez.


Sabe que, lo mismo que un recién nacido, el amor también llora cuando nace.


JJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJ

Has nacido solamente para el amor.

Necesitas amar y ser amada.

Lo necesitas tanto

como la planta necesita

la caricia suave de la luz,

como la flor

el embriagador perfume de su corola,

como los ríos

sus verdes y abundosas riberas.


Amar es para ti

el único motivo que te impulsa

en medio de la humana densidad.

Amar, amar...

Amar la luz y la noche...

Amar el aire y la materia...

Amarlo todo...

Y saber que te aman los demás.


Pero yo te diría:

El amor lo ha hecho Dios

para hacer más hermosa la juventud.

No agotes tu juventud

poniendo un poco de tu corazón en cada cosa.

Dalo entero.

Entrégalo a un sólo dueño.

Así aprenderás a amar todas las cosas

con un sólo amor,

único y verdadero.


¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?


Había llegado ya el tiempo de las flores. El cielo, de un azul intensamente oscuro, se me metía por los ojos y me hacía entornar los párpados plácidamente.


Cerca estabas tú, como una náyade de encendidas mejillas, escanciando al aire toda la felicidad del mundo, en tu sonrisa, que no querías evitar, que no podías evitar...¿Qué mas deseaba yo pedir? Me pareció escuchar, un poco más lejos, el triscar de los sátiros por entre la enramada y las vocecillas cantarinas de las ninfas, escondiendo, pudibundas, tras de los leves cendales de espuma, la desnudez de su cuerpo.


No sé dónde terminaba mi sueño ni dónde empezaba la realidad... Había llegado ya la estación de las flores

DE MIS HORAS BLANCAS.

LA HERRERA, 1962-1963

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TÚ Y YO.


I. TÚ.


Suave espuma de irisados manantiales

mariposa delicada,

primavera,

sol y día que deslumbran,

breve aliento de la rosa perfumada,

poesía:

Allí estabas, en el cielo de mi vida,

sonriéndome.


II. YO.


Noche oscura sin estrellas y sin luna,

leve sombra desabrida,

paramera,

voz y queja que desean,

heliotropo que, sediento, se retuerce,

ansia eterna:

Allí estaba, en el camino de tu vida,

esperándote.


III. LOS DOS.


Y emprendimos el periplo de la gloria.

Tú me diste día y luces...

Yo, mi noche...

Tú me diste todo el fuego

que corría como un río por tu sangre...

Yo, el anhelo

generoso de tenerte... ¡y de abrasarme!,

contemplándote.

SOLAMENTE LOS DOS.


Unas manos que se abren anhelantes,

unos ojos que se miran francamente

sin temor,

unas cálidas caricias,

un temblor

que recorre dulcemente nuestro cuerpo,

unas ansias vehementes

de que no acabara nunca aquel momento

turbador.

Allí estábamos, ajenos a la vida,

tú y yo...


Aquel día descubrimos

el amor.


Unos labios que se abren, que se ofrecen

tentadores, suplicantes, rogadores

de pasión,

un silencio sin palabras,

sin dolor...

y dos almas que se encuentran en un mundo

gratamente solitario,

en un mundo tuyo y mío, solamente

de los dos.

Allí estábamos, ajenos a la vida,

tú y yo...

Aquel día -¡caprichosos!- inventamos

el amor.


AUSENCIA.


Se morirán cuando decline mayo

las mariposas,

desnudarán su pudibundo talle

las amapolas,


y los pinares dormirán sin trinos

y sin aromas

cuando te vayas sola.


Se me helarán las lágrimas sin brillo

sobre los ojos,

desterraré el placer de haber besado

tus labios rojos,

y olvidaré tu amor y tu recuerdo,

tu nombre, ¡todo!,

cuando me quede solo.


MIS HORAS TRISTES.


I. SOLEDAD.


Eran mis horas tristes...

Mi corazón estaba vacío de pretéritos

y yo me debatía

-penosamente ciego-

buscándole un camino a mi vida sin sentido,

sin luces, sin anhelos...


Eran mis horas tristes...



Y yo tenía miedo

-un día y otro día-

de ser el mismo hombre, sin rumbo y sin senderos,

cantando a cada paso un himno a la esperanza

que me bullía adentro,

un himno de grandezas, un ditirambo dulce

que yo tenía hecho

para el futuro día

que había de venirme, agradablemente nuevo.

Y así, cada mañana,

cuando la luz del alba llegaba hasta mi lecho

a despertarme, leve,

yo abría los postigos de mi ventana al cielo

azul de mi esperanza...


Hacía frío fuera, un frío casi fiero,

cruel y despiadado, que me atería el alma,

dejándola desnuda de voz y de deseos.

Mis ojos recorrían,

con mudo desaliento,

un cielo tenebroso sin soles y sin nubes,

hostilmente desierto,

un páramo sin flores, sin auras y sin pájaros,

un eternal invierno...


* * *

Eran mis horas tristes,

con mi ventana abierta,

sin tregua, hacia mis sueños,

para que se me entrara aquello que esperaba,

meloso, innominado, que siempre estaba lejos.


II. AMOR.


Y un día

llegó, misterioso y extraño...

Entrose en mi alma,

despacio,

lo mismo que un rayo de sol transparente,

furtivo, callado...

y el himno que yo le guardé,

de esperanza, mi canto

de fe y de ilusiones,

temblome -al salir- en los labios,

como una paloma azogada

que escapa -buscando

la altura,

la luz- de mis manos...


Abrí mi ventana

y hallé un infinito remanso

de paz, de armonía...


Había clarores de lentos veranos,

murmullos de trigos al viento,

rumores de mares lejanos...

Habían perfumes y aromas que nunca

notaron,

que nunca sintieron los hombres...

Aquellos que fueron inhóspitos páramos

estaban repletos

de nítidos prados...

Habían pujantes, polícromas flores

y cálidos pájaros...


Y yo, como un niño que sueña

fantásticos,

quiméricos sueños de hombre,

huí de mi noche, turbado,

mirándolo todo

con ojos suspensos de asombro y de pasmo.

Y amé la noche y el día,

lo bueno y lo malo,

la vida y la muerte...

Viví enamorado

de todo y de todos,

porque algo - ese algo

tangible y hermoso que yo presentía -

llegó, misterioso y extraño,

y entrose en mi alma,

despacio, despacio,

un día

de mayo.


III. RECUERDO.


Pero arribó la noche

- la noche sigilosa, preñada de secretos -

y se llevó mi gozo,

dejándome perdido e inconsolable, inmerso

en un brumoso mundo

inhóspito, sin fuego,

sin auras y sin flores, sin soles y sin pájaros...

Y me quedé sediento...

Hacía mucho frío y yo vagaba tenue,

como un vano fantasma, doliente o irredento,

como un rodal de niebla,

como un jirón de viento,



buscándome en las sombras del día y de la noche,

penosamente ciego...


Eran mis horas tristes...

Mi corazón estaba cansado de recuerdos,

cansado de andar tanto,

sin rumbo y sin senderos...


Eran mis horas tristes

con mi ventana abierta -¡sin tregua!- hacia mis sueños.


SÓLO TENGO ADIOSES.


He soñado tantas veces

- a veces no sueños: voces -

con tenerte junto a mí

que ahora que te tengo - ¿me oyes? -

ya no me quedan palabras...

Sólo tengo - ¡sólo! - adioses...


LEVEDAD.


Cuando el ruido generoso de la vida

que tú vives

se te meta muy adentro - hasta dolerte -

cuando busques un remanso

de silencio y de quietudes,

en la paz de las umbrías pudorosas,

búscame.


Cuando notes que el enojo colorea

tus mejillas

y las lágrimas acudan a tus ojos

y no tengas un amigo

que te escuche y te comprenda,

sobre el cálido murmullo de las frondas,

háblame.


Cuando sientas en tu alma deprimida

que no te aman...

Cuando sientas la punzada dolorosa

de la ausencia y necesites

un calor y una caricia,

en las auras y en los cierzos que te besan,

bésame.


Cuando tengas una pena que te ahogue,

cuando tengas


un suspiro, una añoranza a cada paso

y estés triste...cuando pidas

una voz que te consuele,

en las brumas inconcisas del otoño,

llámame.


Cuando quieras un amor hecho de auroras

y de brisas...

Cuando quieras un amor puro y sereno,

de deseos y ansiedades

solamente...sin palabras...

en las nieblas de la noche misteriosa,

ámame...

en las sombras caprichosas de la noche,

quiéreme...


DE EL FUEGO Y EL FRÍO

ALBACETE, JULIO-AGOSTO 1.963.


++++++++++++++++++++


SECRETO DE AMOR.


Retumba el viento en las aristas afiladas,

revuelan las últimas hojas amarillas de los árboles,

cierne la tarde en el cedazo de las frondas

los rayos de un sol flébil, como dedos rojos, inflexibles...

Hay un silencio humano que me sobrecoge...


Hasta aquí me llegan los arpegios desdibujados y confusos

de una canción de amor serena y clásica.

En el lecho del tiempo detenido

he sentido mi antiguo amor dormido,

mi secreto de amor,

el que hizo nobilísimos mis sueños de otros tiempos,

el que me dio la fe en un mundo no creado para mí,

aquél que me hizo bueno,

aquél que me ayudó a inventar mil primaveras.


DE ANDAR...

ALBACETE, ENERO 1972-ENERO 1973.

++++++++++++++++++++


Al verte hoy, de nuevo, después de varios años, he sentido renacer en mí, dentro de mi espíritu lleno de caducidades y de otoños, recuerdos ya sepultados por el tiempo, remembranzas gratas ya olvidadas.Corrían venturosos días de mayo. Yo era joven todavía y habían en mí pujanzas e ilusiones no estrenadas. Te amé entonces con un amor apasionado y vagaroso. Y amé, al amarte, aquellos esplendorosos secarrales de nuestra llanura, el canto de todas las aves en los atardeceres que nos contemplaron, la luz de aquel campo que ya comenzaba a verdear de espigas, el aroma de las amapolas que crecían lujuriantes en las lindes de los caminos polvorientos que no llevaban a ninguna parte y que me agradaba recorrer cuando me asaltaba el tedio, el azul intenso del cielo que se nos metía por los ojos, el esotérico silencio del pueblo en las noches inacabables sin luz.


Pero aquellos días de terrena felicidad se nos fueron para siempre, así, tan calladamente, como se van todas las cosas que más queremos, dejándonos tan sólo la ternura y la amabilidad del recuerdo. Sigue el camino que nos ha sido trazado. Ya no somos tú y yo. Somos dos desconocidos que nos encontramos una vez, por azar, en la vorágine de la ciudad.


Y me pregunto: ¿Por qué ha de ser así?


DE PEREGRINAJE DEL ALMA SOLA.

ALBACETE, MAYO-SETIEMBRE, 1975


+++++++++++++++++++


SUEÑO.


Si en un sueño bendito resurgiésemos

tú y yo, como en un tiempo, para amarnos...

¡Ay, si otra vez pudiésemos

volver a enamorarnos,

sentir colmado el corazón de risas,

dichosa la mirada,

la tez plena de brisas...!

¡Ay, si otra vez volviese, reposada,

nuestra primera mágica alborada!


DE VERSOS DE ATARDECER.

ALBACETE, SETIEMBRE 1977-MAYO 1978.


TE AMÉ HACE TANTO TIEMPO...


Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo.


Flotaban en el aire

la voz de los insectos

y el trino de las aves.

Bañábanse las mieses

del sol dorado y flojo

de los atardeceres.


Olía a tierra nueva

y a flor temprana el campo.

Era la primavera.



Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo También tú me mirabas.

Guardábamos silencio.

Solía reclinarme Sobraban las palabras.

de espaldas, junto al olmo,

caída ya la tarde. Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo

Y tú llegabas, luego

con una rosa roja Por eso, hoy, cuando pasas

sobre tu pelo negro, -marchitos ya los ojos,

arrugas en la cara-

con tu mejor vestido,

llenándome de un suave sonriendo, por mi lado

perfume los sentidos. me llena de congojas

haberte amado tanto

Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo. y se me ponen tristes

el corazón y el alma...

La acequia transcurría Y sólo sé decirte:

junto a nosotros, lenta,

mimosa, cantarina... Te amé hace tanto tiempo

que apenas lo recuerdo.

Yo te miraba, absorto,

perdido en el hechizo DE LOS CREPÚSCULOS DEL ALMA

meloso de tus ojos. ALBACETE, ENERO-AGOSTO 1983


SONETO A UNA MUJER AMADA.


No he podido olvidarte todavía

que estás dentro de mí, que eres el son

nostálgico que alienta en mi canción,

el ala suave de mi poesía.


que va haciendo más leve la atonía

mortal en que se anega el corazón.

Tu nombre es una cálida obsesión

que se abre paso en mi melancolía.


Me queda lo mejor de ti: la amable

caricia del recuerdo, la primera

sonrisa de tus labios, la agradable


primicia de tu cuerpo quinceañero,

tu ardiente juventud, la primavera

bella y gentil de nuestro amor primero.


DE A SOLAS CON EL SENTIMIENTO.

ALBACETE, OCTUBRE 1984-AGOSTO 1985.

++++++++++++++++++++


SOMBRA


Te llevo en el recuerdo

como una sombra más de mi pasado,

mujer, y en él te pierdo

toda: tu rostro amado,

tu cuerpo tantas veces deseado...


Morar en el sentido

como un fantasma circunfuso, inerte,

vivir en el olvido,

tenerte y no tenerte...

Ser sólo aliento de una lenta muerte.


DE CAMINO DE SOMBRAS.

ALBACETE, 1986-1995.

++++++++++++++++++++


DULCE EVOCACIÓN.


Benditos aquellos días

que aún están en el recuerdo.

Mayo florido. Rumores

de la acequia en el olmedo.

Loco trinar de las aves.

Cadencias del campo abierto.

Temblor de los alcaceles

acunados por el viento...

y tú, que lo fuiste todo

para mí: la luz, el fuego,

la tierra, el agua y el aire,

tú, que me hervías adentro,

tú, que con tu ancha presencia

llenabas mi pensamiento,

tú, que premiabas mis horas

de soledad con tus besos

y que encendías mis noches

de amables y dulces sueños...


Benditos aquellos días

que se fueron sin remedio

porque están palpitando

todavía en el recuerdo,

que son como una sonrisa

que va haciéndome más buenos

el corazón sin futuros,

las hieles del sentimiento.


DE BRUMAS DE IRREDENCIÓN. ALBACETE, JULIO 1996-JUNIO 1997.






















Continúa en MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA IV





























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