Excerpt for MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA V by , available in its entirety at Smashwords





































































ISBN asignado por Lulu

978-1-291-1-803-30


Ley de la Propiedad Intelectual

Nº de Registro AB-24/3/2014

Nº registral 00/2014/1595 Madrid







































Quinta Parte





OBRA ORIGINAL DE

JERÓNIMO GARCÍA PÉREZ

JEGARPE
















LEGADO.


Sólo podré dejaros lo que es mío:

Un viejo corazón lleno de sueños,

una ancha voluntad que hizo halagüeños

los ámbitos de un mundo vano y frío,


una pugnaz pasión al albedrío

de un credo veleidoso y sin empeños,

algunos versos tímidos, pequeños,

y una canción perdida en el vacío.


Mas no os podré dejar lo que no he sido,

lo que pasó por mí sin ser notado,

lo que creí tener y no he tenido,


las lágrimas que no habéis derramado

cuando lloré por todos, el latido

de un puro amor que nunca me habéis dado.


Del libro brumas de irredención

Julio 1996 – junio 1997



I N T R O D U C C I Ó N



MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA, es un libro extenso, a medias entre una antología y una breve autobiografía de mis escritos literarios hasta el otoño de 1997, en que decidí darlo por terminado. Es el número 27 de los libros que he escrito hasta setiembre de esas fechas. Después he añadido en la cuenta otros cuatro libros más, con un balance total de más de 1500 poemas y 38390 versos, repartidos entre los 31 libros, en los que se cuentan tres baladas, tres églogas, una epopeya, una obra de teatro inacabada, una obrita de teatro guiñol, un monólogo trágico de teatro, amén de otros trabajos en prosa.


Las composiciones que he utilizado para la plasmación del libro aludido, son en su mayoría poemas líricos, que es el campo en el que mejor me muevo. Ellos, por sí mismos, hablan de mi paso por el mundo sin necesidad de que tenga que expresarrlo en una narrativa iterativa.


Sí quiero que se sepa, no obstante que, desde el primero de los libros que elaboré, BALBUCEOS (1952- 1957), hasta el último, TROVAS PARA UN OCASO PRESENTIDO (2008-2010), los conservo manuscritos, con mi propia caligrafía, después de terminarlos, ilustrados con fotografías y grabados, cuidadosamente encuadernados, en un estante de mi biblioteca, la mayoría de ellos inéditos, por propia voluntad, pues jamás he querido presentarlos a ningún concurso literario. Tan sólo ahora, a mis 79 años de edad cumplidos, me he decidido a darlos a la publicidad, aprovechando la oportunidad que me ofrece el formato del presente mundo digital.


Os dejo con este libro que tenéis entre las manos. Deseo que sea de vuestro agrado.


Albacete, 26 de Marzo de 2014

Jerónimo García Pérez (Jegarpe)











Es la primera vez que me siento delante del ordenador para dar comienzo al presente trabajo literario. No sé todavía si la frialdad del teclado o la indiferencia destellante de la pantalla me ayudarán a coordinar las ideas que bullen en mi mente y que tratan de dar forma a MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA. Particularmente siempre he preferido echarme un bloc pequeño y un bolígrafo en el bolsillo, con los que poder plasmar esas ideas que nos asaltan en un momento imprevisto, a cualquier hora del día, y que, sin las útiles armas citadas, posiblemente se perderían. Este aserto, que es perfectamente válido para navegar en el mundo de la poesía, en el que las ideas que afloran espontáneas no se resignan a marchitarse, no lo es tanto para otro modo de expresión que pretendo manejar ahora. He de admitir que, por las características de la obra que tenéis delante, el ordenador será una ayuda inestimable, ya que me permitirá trasladar todos los poemas que la ilustran sin necesidad de transcribirlos otra vez, dado que, desde el primero al último de los libros que he escrito hasta hoy, están guardados en otros tantos archivos en algún lugar del disco duro, trabajo que he ido realizando poco a poco a lo largo de estos últimos años. No obstante, siguiendo con mi costumbre, manuscribiré también la obra presente al término de la misma, para que vaya a formar parte, con los demás títulos, y con el número 27, de uno de los estantes de mi modesta biblioteca donde ya descansan los otros 26 títulos anteriores, manuscritos, ilustrados con fotografías y encuadernados.


De antemano hago saber que MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA, no es una autobiografía, como puede inferirse por el título, entre otras razones porque mi paso por el mundo ha transcurrido tranquilamente, sin grandes acontecimientos que merezcan ser narrados, por lo menos hasta hoy día, pero también porque no deseo dar a conocer por ahora etapas de mi vida que recuerdo con amargura y que no quiero volver a revivir en estos momentos. A pesar de todo yo sé que no podré eludir este propósito y trataré algunos de los aspectos de forma sucinta, sin citar más nombres de personas que los necesarios por ser hombres y mujeres que viven todavía y que son acreedores de todo mi respeto. No guiándome, pues, intereses biográficos a la hora de confeccionar el presente trabajo, debo encuadrarlo entonces como una antología de mi obra poética, desde mis comienzos ya tan lejanos hasta hoy. En realidad hay una serie de poemas, incluidos sobre todo en los últimos títulos, que, por sí mismos, reconstruyen la casi totalidad de mi andadura terrenal y a los que iré recurriendo a lo largo de esta exposición. Son poemas y crónicas retrospectivos que hablan de mis impresiones y de mis recuerdos, memorias de





las vivencias de infancia y de juventud que aparecen con reiterada profusión durante los años postreros de nuestra existencia para endulzar la melancolía en que se sume el alma humana.


La idea de volver a recordar los versos que he ido escribiendo a lo largo de mi vida y el confeccionar una selección de los mismos para conformar el cuerpo de MI VIDA A TRAVÉS DE MI OBRA LITERARIA no es nueva. En el verano de 1980, bajo los títulos de SELECCIÓN POÉTICA y SELECCIÓN LITERARIA compilé en sendos volúmenes lo que entonces creí lo mejor de mi obra artística. En el preámbulo del primero de los libros citados escribo: "Toda mi obra es inédita, quizá no sólo atribuible a mi deseo propio. Los dieciséis libros que he escrito permanecen inéditos, desde BALBUCEOS hasta BALADAS. Pienso que, entre tantos títulos, pueden entresacarse algunos poemas que ofrezcan esa mínima calidad exigible por un lector medio. No debo reconocer de antemano, y perdón por la inmodestia, que no existan en mi obra poética, al menos, unos cuantos trabajos que merezcan ser redimidos de entre el acervo de todos los demás. En alguna ocasión he escrito que la importancia no está en las cosas sino que las conferimos a las cosas nosotros, los hombres. Y esto es lo que quiero que se me reconozca: La perseverancia en el propio trabajo impuesto, la perseverancia que termina por perfeccionar y pulir la obra artística." Más adelante hago saber: "En esta selección me he encontrado con la dificultad de tener que elegir entre un total de 19.240 versos que he compuesto hasta la fecha, repartidos entre 574 poemas, una epopeya, una obra de teatro guiñol, una obra de teatro inacabada y tres baladas, sin hacerla exhaustiva."


Desde entonces han transcurrido ya diecisiete años y han cambiado los números anteriores: 26 títulos, sin contar el que estáis leyendo, 29.743 versos y 1.226 poemas, amén de otros escritos en prosa. También el modo de presentación de los trabajos literarios, que, si en aquella ocasión era una mera exposición cronológica de los mismos después de una breve síntesis de las características principales de cada uno de los libros glosados, ahora pretendo variar el orden de algunos de ellos para adaptarlos al guión cronológico que he impuesto a la narración.



ALBACETE.


25 SETIEMBRE 1997.













A ANDAR... sucede PEREGRINAJE DEL ALMA SOLA, libro que terminé de escribir en el otoño de 1.975 y que comencé a manuscribir, como tengo por costumbre el día 20 de Noviembre. Así lo hago saber al principio: En Albacete, hoy, día 20 de Noviembre de 1.975, comienzo a transcribir esta obra, mientras la televisión y las emisoras del país difunden la noticia de la muerte de Franco.


De este libro, al que he recurrido ya varias veces en la presente exposición, he seleccionado unos capítulos que paso a mostraros antes de proseguir con la narración. En ellos sigue poniéndose de manifiesto lo que fue para mí aquella época de mi vida, dominada por una consuetudinaria monotonía, que no es ni más ni menos que una continuación de los sentimientos expresados en ANDAR... y que lo será después en VERSOS DE ATARDECER.


++++++++++++++++++++


Estas rejas incorpóreas hechas de viento y de nada me aprisionan el alma. No sé evadirme de su abrazo indoloro. No puedo zafarme de su presa incruenta. Son como una cárcel infinita de límites inmarcesibles y difusos.


Y ahí está su condición más insalvable.


Las cadenas que me atan presentan las más variadas y encontradas formas: represiones de la infancia que aún me traumatizan, caminos difíciles que me trazo para ir engañándome un poco, horas vacías que trato de rellenar con trabajos vacíos, ilusiones que se me escapan, esperanzas que nunca llegan, lágrimas no contenidas por algo que jamás ha sido mío, y, sobre todo, la dura realidad de luchar un día y otro día contra el tiempo que va marcando de huellas indelebles mi corazón, que va ahogando poco a poco mi espíritu, que no quiere ser viejo, que no quiere estar cansado, que se debate en una liza desigual para subsistir en medio de esta vida absurda y apetecible al mismo tiempo.


Esta es mi cárcel. Estas son mis rejas incorpóreas.


ggggggggggggggggggggggggg


Hay en su rostro agraciado de niña grande, de adolescente nueva, de mujer recién nacida al mundo de la sexualidad, una sonrisa espontánea, incontenible, generosa, amplia, que siempre me produce intranquilidad, no por su inalcanzable, inaccesible sinceridad de juventud, sino por lo que tiene de aparente irreverencia.


Su sonrisa incontenible de adolescente nueva es como un glorioso retallar de la savia que le bulle adentro, como un esplendoroso brote de una primavera inasible que le empieza ahora, como un capullo erubescente que se abre tímido a un mundo maravilloso y único y que se le escapa por todas partes de puro abundante y pletórico, como un ilimitado horizonte azul y ameno, indefinible y suave, de un amor distinto.


Ella no lo sabe. Pero su sonrisa espontánea, incontenible, generosa, amplia, de niña grande, produce en mí un dolor incruento, una herida irrestañable.




¿Es, quizá, su sonrisa un desafío cruel a mi juventud perdida, o es, simplemente, llanamente, un triunfo de la primavera encarnándose en su flexible cuerpo quinceañero? ¿Es un estallido filogenético del amor que llevamos dentro, un grito salvaje de la juventud efímera que duerme en el fondo de nuestro corazón y nace ahora, una única vez, para morir en un mañana próximo, irremediablemente seguro?


Pero ella sigue sonriendo por nada, por todo, quién sabe por qué, desde el rincón del aula, mientras juguetea con su cuaderno lleno de signos matemáticos que no entiende, que no desea entender.

ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ


Rodal confuso del éter,

Mujer, aún sin nombre para mí:


Tu recuerdo es un grito desesperado

en la noche gigantesca de mi soledad,

tu figura intangible

es un trasgo informe e inalcanzable

en los límites finitos de mi vida,

tu cuerpo, irreal y vagaroso,

es un hijo evanescente

de mi pensamiento imposible y aventurero.


¿Hasta cuándo este mi grito que te llama en la noche?

¿Hasta cuándo ese tu eterno huir?

¿Hasta cuándo he de esperarte?

¿Hasta cuándo has de esperarme?


Te presiento y te noto en cada hora.

Y no sé si te llamo o me llamas

en el aura sutil de los atardeceres,

en el aroma indeleble de las flores que ornan a junio,

en el suave ocaso de los días

que llevan impreso el dolor de otra noche interminable.


Alargo mi mano,

buscándote,

queriéndote,

y sólo encuentro un vacío de luces,

un vacío de sombras.


Mujer, eso eres:

solamente una contradicción de luz y de sombra,

un sorprendente ser hecho de luz y de sombra,

de luz que alimenta mi esperanza,

de sombra que hace más ancha mi soledad.




Mujer, eso eres:

Luz y sombra,

día y noche,

sol y hielo...

Pero te seguiré esperando.


WWWWWWWWWWWWWW


Circunspecta, seria, segura de sí misma, mira por encima de sus gafas, a través del ventanal amplio y soleado, en dirección a la lejanía del campo, con contumaz fijeza. No es una mujer hermosa, pero es joven y se adivina en su rostro sereno e impenetrable un atisbo de inteligencia. Viste un severo traje de chaqueta, oscuro, del que sobresale una camisa clara, estampada, con el cuello por fuera. Cruza las manos sobre el halda, con gestos de estudiada parsimonia, cuando no se lleva a los labios la taza de café que descansa sobre la mesa. Está frente a mí y me ha favorecido alguna vez con una mirada breve en la que ha querido simular indiferencia. De espalda, compartiendo la misma mesa, hay una señora que debe ser su madre a juzgar por su porte y por su edad.


Yo observo los ojos de la joven con curiosidad. Son negros, menudos por el efecto de las lentes que los protegen, vivaces. Parecen penetrar en todos los rincones del local.


Son ojos que ven sin mirar, que adivinan sin ver. Pretendo leer en ellos y no sé descifrar su mensaje mudo, velado, cuidadosamente contenido, pero intuyo soledad, angustia, infelicidad, en ellos.¿Quién sabe lo que piensa mientras mira la lejanía del campo, a través del ventanal amplio y soleado?


@@@@@@@@@@@@@@@


¡Pobre pequeño amigo mío, de pico colorado y polícromo plumaje, no tan prisionero en tu jaula modesta como prisionero de un capricho humano!


Tu mundo no es el reducido espacio limitado por los débiles barrotes de tu cárcel, aunque tú le cantes, agradecido, himnos de desgarrada felicidad. Tu libertad no está en las invisibles paredes de tu recinto mínimo aunque tú le dediques vuelos de galanura entorpecidos por el alambre que te oprime.


Tu puesto está en las alturas porque tu voluntad es celícola. Tu puesto está al aire libre, en la rama y en la primavera, en el cielo y en el invierno duro, en los días soleados y cálidos y en las noches frías y oscuras de la naturaleza. Pero tú no lo sabes porque Dios quiso dotarte de ignorancia para que fuera más liviano tu paso por este mundo absurdo y sin sentido.


¡Pobre pequeño amigo mío! Mira: afuera están tus compañeros. Llenan de amena dulzura la luminosidad y transparencia de esta tarde de junio. Cantan y alborotan. No cesan de atravesar los espacios, ligeros e ingrávidos. Algunos se acercan hasta tu prisión y gorjean ávidos. Y tú les regalas con tu cántico distinto y enloqueces de contento en tu reducido habitáculo.


¡Pobre pequeño amigo mío! Yo te daría la libertad de los espacios abiertos ahora mismo, pero sé que morirías enseguida de tristeza. No sabrías ganarte la libertad porque te has acostumbrado con tu cautiverio. Temo que no sabrías sobrevivir en un medio tan adverso como necio. Y acabarías por sucumbir de pena.


Sigue. Sigue en tu cárcel, cantándole a la naturaleza bellos himnos de felicidad. Sigue, prisionero del capricho humano, rindiendo pleitesía a la ignorancia natural que te dota de un candor maravilloso en medio de la maldad absoluta que te rodea.

$$$$$$$$$$$$$$$$$$$


Yo sé de tu mirada vacía y melancólica.

Yo sé de tus suspiros breves y subrepticios.

Yo sé de tu rostro inmóvil y serio.

Yo sé de la palidez de tus mejillas.

Yo sé, mujer, en fin,

de tus calladas y recién nacidas penas de amor,

de tus imposibles sueños de amor,

de tus inalcanzables ilusiones de amor.

Yo sé, mujer,

de tus aflicciones,

de tus deseos,

de tus desvelos,

de tus éxtasis,

de tus exantropías...


Desde aquí,

desde la oscuridad de mi profunda noche,

desde el rincón inédito de mi corazón enamorado,

desde el humilde estadio de mi pensamiento sensibilizado,

desde la más profunda herida de mi soledad infinita,

te llamo,

te llamo con mi voz inaudible,

con mi voz hecha de jirones de viento,

con mi voz hecha de rodales de luz,

con mi voz hecha de rayos de sol y de espumas iridiscentes,

para que no pueda ser escuchada.


Y es mi llamada un grito de mí hacia ti,

un eterno buscarte,

un lamento enloquecido,

un deseo vehemente de tenerte,



un anhelo generoso de entregarme.

Y es mi llamada un soplo que quiere penetrar en tu corazón,

sin mancharlo,

para musitarte, quedo:

Si me necesitas, llámame.

Si me quieres, óyeme.

Si me amas, sígueme.


OOOOOOOOOOOOOOOO


Este árbol del camino, añoso, viejo, torcido, es como un símbolo de transitoriedad y muerte. Está desnudo de hojas. Su tronco, liso, pálido, es un reflejo de su ocaso. Sus ramas, peladas y vacías, son como manos de dedos escuálidos que arañan el azul. Resulta ridícula y anacrónica su estampa caduca en medio de la explosión de verdor que lo rodea. Pero está ahí, incólume, grandioso en su desgracia, majestuoso en su mediocridad, arrogante en su vejez, orgulloso en su muerte. Ha cumplido ya su ciclo vital en el tiempo y ahora espera, resignada y solemnemente, el aura letal que lo aniquile para siempre.


Mirándolo he pensado mucho en las múltiples razones y sinrazones que condicionan nuestro paso por la vida, que nos traban, que nos entorpecen, que nos limitan.


Yo no quisiera ser como este árbol del camino. Me aterra sólo pensarlo. Yo no quisiera arraigar nunca, nunca, en el camino. Echar raíces es como morir un poco cada día, es como renunciar a esos momentos buenos y malos que son el pan nuestro de cada día, es como ir envejeciendo en medio de una rutina enloquecedora y obsesionante.


Yo necesito el ala del ave, las bridas del viento, las ondas del agua...


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Hilos de luz, tembladores de polvo, en la negrura de la estancia. Pentagrama áureo en el que compone el tiempo su sinfonía de silencios. Dedos intangibles de aire que arañan las sombras. Microcosmos de soles repetidos en la blancura del lecho.


El calor pegajoso lastra de plomo mis miembros y de abulia mi espíritu. Los párpados se me cierran. El pensamiento se me obnubila.


Poco a poco me va invadiendo un sopor dulce y sedante que va creando a mi alrededor trasgos danzantes y amables duendecillos. A mis pies se abre un pozo sin fondo, una sima sin final, un salto en el vacío sin fronteras, un viaje sin retorno...


Las alas del blando sueño dibujan a ritmo lento un vuelo seráfico y se escucha, lejano, un concento célico que inunda el ámbito todo de una extraña, agradable quietud.


Mis problemas mundanos ya no son míos, mis preocupaciones telúricas ya no me pertenecen. Se han ido adormeciendo con mi sueño. Ahora son entes ingrávidos de mi



fantasía, silfos del éter, fantasmas de luz, rodales de viento, jirones de sombra, que flotan caprichosamente, que vagan irredentos en las calígines del día, que se enredan en las cuerdas áureas del sol cernido en los intersticios de los postigos, que viven cautivos en la infinita cárcel sin rejas de mi sueño.


ññññññññññññññññññ

Hoy creo,

Señor,

en la luminosidad de los días soleados

hechos sólo para distraer el tedio y la monotonía

de las horas que se van en el tiempo.


Hoy creo,

Señor,

en la belleza de todas las cosas terrenales

hechas sólo para orna del hombre

que pasa una única vez por el mundo.


Hoy creo,

Señor,

en la hermosura y en la verdad

de todas las cosas que nos hacen ser más buenos

y menos falaces delante de los demás.


Hoy creo,

Señor,

en mi destino único,

incompatible,

indivisible,

en mi tránsito efímero y fugaz

por encima de todas las concreciones humanas.


Hoy creo,

Señor,

en el amor que nos redime y nos hace mejores

en medio de nuestra inabarcable soledad.


Y hoy creo,

Señor,

en todas estas cosas,

porque hay un punto de meliorista felicidad

en mi alma sola,

porque tengo ausente la tristeza,

porque son refractarias en mí

la idea de la muerte y de la caducidad.

Quizás mañana...


%%%%%%%%%%%%%%%


Me encuentro como desamparado y solo en medio del inmenso abrazo de la llanura. Y sin embargo siento que me envuelve algo así como una cálida caricia de halda materna, algo grato y conmovedor que me sube médula arriba y me embarga en un éxtasis magnífico.


La llanura tiene para mí matices insospechados .La llanura es soledad. La llanura es infinitud. La llanura es melancolía de atardeceres inacabables. La llanura es un símbolo de agradable desesperanza. La llanura es, en fin, rudeza y reciedumbre.


Quizás yo soy un poco la llanura. Quizás yo siento la llanura en mi soledad sin límites, en mi tristeza biológica. Quizás yo soy un poco hijo de la llanura, consecuencia de esta maravillosa monotonía amarilla y grísea, sin principio ni fin, y encuentro en ella la poesía que no sé ver en las lánguidas campiñas gallegas, en los soleados parajes andaluces, en los luminosos mares mediterráneos...


Y mientras pienso en esto veo aproximarse la noche. La ciudad, cercana, horizontal y parda se adivina en la levedad de la lontananza.


DE PEREGRINAJE DEL ALMA SOLA.

MAYO-SETIEMBRE DE 1.975.

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En setiembre de 1975 tomé posesión como profesor de E.G.B. en el recién construido centro de Luis Vives, que hoy lleva el nombre de ANA SOTO, la que fue su directora hasta su muerte, que yo sentí como si fuera mi propia madre, pues aunque éramos de la misma edad y nos conocíamos desde niños, ella fue, por su temperamento y sencillez, un poco madre de sus hermanas y de todos nosotros, tanto compañeros como alumnos. Cuando acaeció su muerte yo ya no estaba en el centro y atravesaba graves momentos de depresión que me impedían hacer incluso lo que más me ha agradado siempre: escribir. Me armé, no obstante de decisión, y compuse el soneto siguiente en su memoria. Fue el único poema que escribí en cinco años.

ANA.


A la memoria de mi amiga y compañera ANA SOTO MARTÍNEZ.


No verte más. No oír tu voz hermana...

No sé si le cabrán tantas dolencias

al corazón tan lleno ya de ausencias,

tan harto ya de esta existencia vana.


No estás, empero estás. Estás ahí, Ana,

en el temblor de mis reminiscencias,

haciéndome más nobles mis vivencias

casi perdidas, de niñez lejana.


¿Cómo me puedo imaginar inerte

tu cuerpo grande, sólido, incansable,

sumido en el silencio de la muerte?




¿Cómo escapar de la prisión sin rejas,

del almo desamparo en que nos dejas,

Ana, con tu partida irretornable?


12, Octubre 1.987.


DE CAMINO DE SOMBRAS.

ALBACETE, 1.986-1.995.


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Desde 1.977 hasta 1.980, instalado ya en el Colegio Público Luis Vives, escribí dos libros de poemas: VERSOS DE ATARDECER y ROMANCERO MANCHEGO.


Del primero de ellos, que contiene 111 poemas breves de características parecidas a ANDAR..., explico en una justificación, al principio: "VERSOS DE ATARDECER es un libro de poemas que he ido escribiendo en la tranquilidad de las tardes, en los alrededores de Albacete, cuando el término de la tarea cotidiana me invitaba imperiosamente a buscar el descanso y el solaz en el silencio del campo. Todos ellos han nacido y crecido en el marco infinito de la llanura, bañados de la suave luz de la tarde declinada, porque he preferido los anchurosos horizontes del llano a la sordidez gris y llena de ruidos de la ciudad. No me importaron nunca ni las lluvias incómodas del otoño, ni los fríos duros del invierno, ni los vientos desapacibles de la primavera. Cada verso, cada poema, era como un deseo del espíritu de huir de lo rutinario, de lo conocido, de lo que nos hace siervos de la ciudad y como una poderosa llamada de la naturaleza a la que pertenecemos, de la naturaleza que llevamos dentro y que tira de nosotros aunque a veces lo olvidemos."


He seleccionado de este poemario los siguientes versos:


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PAISAJE.


Pasar, pasar...


Campo mío de hogaño,

triste ya por el tinte del otoño.


Pasar, pasar, como si fuera extraño,

siendo raíz que ahonda, agraz retoño,

tronco recio que crece solitario

sobre el polvo del llano, en la besana...


Pasar, pasar...como si ya mañana,

yo no pudiera verte único y vario.





NO VOLVER LA MIRADA.


No volver la mirada atrás, Señor:

que el camino que aún tengo por andar

sea un pálpito, un verso y un dolor

por los sueños que no han de retornar.


¡Hace ya tanto tiempo del amor!


ESPINO DEL CAMINO.


Espino del camino,

Jalón y símbolo de la llanura:

Cien vientos amarillos te sosiegan

y cien hielos te ciegan.


Espino del camino, duro espino

de la llanura dura,

poema descarnado del invierno

y verso azul de lluvias y de fríos,

de escarchas y rocíos.


Sé siempre así: Canción

anónima, lamento sempiterno.

Que aprenda tu palabra ruda y fuerte

este cansado y viejo corazón

cada hora más amigo de la muerte.


MUERTES.


Cada mañana me nacen ¡Ay, Señor, cómo me duelen

una esperanza y dos muertes, los silencios que me nacen,

una voz y cien silencios. las muertes que se me mueren!


ALMA


Alma, hasta el fin apátrida no te acostumbres

y aventurera: con esa fe que enciende

No sueñes más estrellas todas tus lumbres.

sobre la tierra,


MUERTE BREVE.


Atardecer: muerte breve y se va con él, se ausenta,

de la luz. dejándome.

El alma inventa ¿Quién intenta

su camino de aire, leve, seguir sus huellas de nieve?





LIBERTAD.


Vientos azules, diáfanos Sol sin fronteras. Distancia.

que me hacen cerrar los ojos, Caudal que se precipita.

que hacen saltar los cerrojos Mar que no cesa. ¡Bendita,

de tanta mediocridad. bendita mi libertad!


ATARDECIDA.


Me gusta contemplar cómo la tarde

se acaba lentamente,

cómo un sol grande y moribundo arde

contra la línea dura,

sin fin, de la magnífica llanura,

llenándola de luz resplandeciente

que va extinguiéndose en perfiles rojos.


Yo la contemplo, inerte,

con una dulce lágrima furtiva

meciéndose en mis ojos...

Y pienso si la muerte

será así: tan sencilla y fugitiva


ORACIÓN.


Señor: Que nunca me falten

mares, vientos, aves, ríos,

primaveras, alboradas,

noches, días, soles, fríos...

Y que no se cansen nunca,

Señor, corazón, sentidos,

ansia, fe, perseverancia...

¡Que no me falte el camino!


SI PUDIERA. INCERTIDUMBRE.


¡Ay, si pudiera quedarme De tanto mirar la cima

con lo que se queda atrás dorada de la montaña

y no volver nunca más! tengo hecha frunce la frente

¡Ay, si pudiera llevarme y ciega ya la mirada.

palabras para encontrarme Espinos me voy dejando

conmigo mismo en el lento monte abajo y adivino,

peregrinaje! Las ciento deslumbrado por el sol,

que sólo mi pluma sabe monte arriba más espinos

me llevaría:





BAGAJE


Me enterraréis un día que pueda cubrir toda

lo mismo que el que entierra la soledad de mi peregrinaje

la vana carga, la ilusión vacía, ni la magnífica oda

la inútil fe, el dolor, mas no habrá tierra de amor que iré dejándome en el viaje.


ENDECHA

.

¡Señor: que no se apague

la luz de esa mirada!

¡Que no se acabe nunca

tanta ventura, tanta!

¡Que esas pupilas verdes

que alumbran mi esperanza

vengan a hacer más leves

el corazón y el alma!

¡Señor: que no se sequen

esas pupilas claras!

¡Que miren siempre amando!

¡Cuánta ventura, cuánta!


HUELLA.


No me pesan las horas

que se me han ido,

solamente me pesan

las que he perdido.


Porfío a ciegas:

No me duele el camino

sino la huella.


VIVIR.


Amar la vida es amar

la soledad que hay en mí,

los versos que no escribí,

los sueños que he de soñar.


SOSIEGO.


El camino polvoriento susurra un azul concento.

sube y sube por la roca. Más abajo suena el río

Un roble añoso se aboca por el olmedo vacío.

desde la cima. Todo: la roca, el sendero,

la encina, el río, el albero...

Y el viento todo lo llevo por mío.



CREDO


Soñar lo que ya soñé.

querer lo que ya no puedo

inventar lo que ya fue:

Esto es mi Dios y mi credo,

lo que hace humano mi miedo

lo que hace buena mi fe.


¿HASTA CUÁNDO... RENUNCIAS.


Cada alborada que nace Todo lo voy dejando

lleva implícita una noche, de más por el camino:

cada noche una alborada... Las glorias, los dolores,

Y vuelta a empezar... las penas, los delirios,

Y, ¿a dónde? las horas que se fueron

y las que no he vivido,

Cada ilusión una muerte, los sueños que he soñado,

cada muerte una esperanza... lo que he sido y no he sido

¿Hasta cuándo ha de durar

esta muerte que no acaba?... Todo lo voy dejando

de más por el camino...


NO VOLVER LA MIRADA


No volver la mirada atrás, Señor

que el camino que aún tengo por andar

sea un pálpito, un verso y un dolor

por los sueños que no han de retornar…

¡Hace ya tanto tiempo del amor!


CAUTIVO.


Tengo preso el corazón

en la nube y en el mar...

Nunca quisiera dejar

de tener una ilusión,

de sentir y de soñar.


Tengo preso el corazón...

No quisiera regresar...


Es bueno a veces soñar

y sentir una ilusión

y ser cautivo del mar.





MUSA. ANDADURA.


No pases a mi lado Andar hasta que queden

fingiendo adioses latidos en la sangre...

si sabes que me dueles Sentir las brisas nuevas,

en mis canciones, el sol inagotable,

si eres el verso, sobre la piel antigua...

la luz y la palabra ¡Señor: que no se cansen

de mi ancho sueño los pies ni la mirada,

. los huesos ni la carne.


PASAR Y NO REGRESAR.


Río que nunca desmayas,

apátrida y errabundo,

viajero fácil de un mundo

hecho de amores y playas...

Siempre pasar y pasar

-alma que te quiero río,

río que te quiero mío-...

Pasar y no regresar...


DE VERSOS DE ATARDECER.

ALBACETE, SETIEMBRE 1.977-MAYO 1.978.

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ROMANCERO MANCHEGO es fruto de los innumerables viajes que hice por aquellos años por tierras manchegas. Anteriormente ya había tratado este tema, de un modo más limitado, al escribir ALBACETE. He entresacado algunos romances de los 47 que lo integran:

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ABRIL.


Que abril ha venido ya, de la inhóspita llanura,

que abril está ya presente. de los eriales silentes.

Lo dice el almendro en flor

y lo dice el llano verde. Que abril está ya en la rama

y en el tallo. Lo presienten

Que abril está ya en La Mancha. las encinas, las choperas,

Lo sabe el campo y se prende los olmedales, que hienden

su toca de margaritas el aire azul con sus copas

y de romeros silvestres. verdeando, renacientes.

Que abril ha venido ya,

Que abril está en los caminos. que abril está ya presente.

Y lo inventan las solemnes Lo intuye mi corazón,

alboradas luminosas, mi corazón que no quiere

los lentos atardeceres pasar sin dejar un poco

de la alegría que tiene.



OTOÑO.


¡Qué triste se queda el llano,

tan infinito y tan grande!

¡Qué inmensa y pálida muerte

la muerte de cada tarde!

¡Qué soledad amarilla

la soledad de los árboles!

¡Y qué nostalgia más ancha

a que se mece en el aire

puro y limpio de La Mancha!


Es el otoño, que nace,

que brota desangelado

de los yertos secarrales,

de las áridas estepas,

de los verdes encinares.

Es el otoño que cubre

de dulcedumbre el paisaje,

que va tiñendo las altas

lejanías de oro y sangre

con la llama mortecina

de un sol abúlico y suave

que va cegando el sentido

de somnolientos celajes.


¡Qué triste se queda el llano

¡Qué inmensa y larga la tarde!

¡Qué soledad la del árbol!

¡Qué soledad la del aire!

¡Qué soledad la del alma

que sueña sueños tan grandes,

tan inasibles, tan bellos,

tan etéreos que no caben

en el poema de otoño

que está temblando en mi carne!


PLAZAS.


Plazas, plazas luminosas

de los pueblos de La Mancha,

tranquilas, evocadoras,

llenas de sol, amplias, blancas.

Plazas de recias mansiones,

de típicas balaustradas

de madera y soportales

de arconadas castellanas.






Alguna fuente escondida,

con cuatro caños, sin agua,

donde juegan los chiquillos.

Un reloj que ya no marca

las horas, mostrando altivo

su esfera deteriorada

sobre el sobrio frontispicio

del ayuntamiento.


Plazas

tranquilas, evocadoras,

de los pueblos de La Mancha.

Iglesias de torre antigua

y de grácil espadaña

donde aún repican los sones

agudos de las campanas

doblando a muerto, en las tardes

silenciosas, grises, largas,

o anunciando el mediodía

tañendo al ángelus.


Plazas

amplias, blancas, luminosas,

de los pueblos de La Mancha,

llenas de verdes jardines,

de quijotes y de panzas

y de ruidos que no cesan

y de pájaros que cantan,

o llenas de soledad,

vacías, tristes, calladas,

lechos del sol del estío,

del hielo y de las escarchas

del invierno duro y recio

del llano.


¡Plazas! ¡Ay, plazas

solitarias, luminosas

de los pueblos de La Mancha!

¡Cómo anegáis de recuerdos

de sueños y de nostalgias

mi corazón de viajero,

de peregrino, que pasa,

dejándose en el camino

jirones de luz del alma!







EL PASTOR.


En la llanura sin límites

muere la tarde manchega.

Hay un ladrido en el viento

y un sordo balar de ovejas

que me vienen desde lejos.

Es el pastor que regresa

cansado de la jornada,

con lentitud, a la aldea.


Cuando pasa por mi lado

y lo contemplo de cerca

descubro en su rostro noble

toda la seria aspereza,

toda la hostil soledad

de su tierra, que es mi tierra.


Sus ojos son dos punzones

negros en la tez morena

mirando, bajo la sombra

de la mugrienta visera

de su gorra, al infinito

horizonte sin fronteras.

Una colilla apagada,

pegada a sus labios, tiembla

con los vientos meseteños.

Su nariz, breve, aguileña.

Su cara, apergaminada,

impenetrable, serena,

sin edad, llena de arrugas,

delata la cenicienta

barba de acero, de varios

días, tupida y trigueña.

Tiene la piel de su brazos

hirsutos la recia huella

de toda la soledumbre

de la llanura reseca.

No lleva blusón antiguo

sino un camisa nueva

de tergal, ni pantalón

oscuro de pana vieja,

sino un pantalón ligero,

sencillo, de clara tela.

Porta, por todo cayado,

las columnas de sus piernas



y un transistor por zurrón

para alegrar sus esperas.


Cuando pasa junto a mí

tras del rebaño de ovejas

le oigo gritar a su perro

que trisca en la rastrojera

recortándole el ganado.


Y pienso, cuando se aleja,

que bajo el romo baluarte

de su recia corpulencia

se han dormido ya sus sueños

lejanos de primavera,

sus primeras ilusiones,

sus proyectos. Ya no sueña.

Pero mira el horizonte

con una mirada abierta,

con un gesto imperturbable,

sin asomo de tristezas,

sepultando cada día.

cuando la noche le cierra

los párpados, el cansancio

de la jornada, la brega

que va mermando su vida.


Y pienso que en la tremenda

vaciedad de su alma yacen

todavía las primeras

andaduras de su duro

peregrinaje y le pesan

las lluvias de los otoños,

los inviernos de la estepa

y el fuego de los estíos

sobre su altiva cabeza.


El pastor se ha ido sobre

la llanura somnolienta.

Hay un ladrido en el viento.

Muere la tarde manchega.


LA MOZA.


¡Ay, cómo mira la niña

con su mirada de corza,

con sus ojos soñadores!

¡Ay, cómo mira la moza!

¡Y ay cómo la miro yo



cuando voy pasando en la hora

del atardecer manchego!


Es lo mismo que una diosa

el pelo negro y hermosa.

Sonríe tímidamente

pero yo sé que está sola,

yo sé que se encuentra triste,

prisionera en la anchurosa

vastedad de la llanura

y sé que por dentro llora.

Es como una flor radiante

de delicada corola

creciendo en la paramera,

como una cálida aurora

que alumbra perfiles duros,

como una brisa que sopla

por las antiguas encinas,

por las calcinadas rocas.


¡Ay, cómo mira la niña

con su mirada de corza,

sentada en un berrocal

del camino, triste y sola!

¡Y, ay, cómo la miro yo!


Su silueta se recorta

grave y grácil en la tarde

llena de mieses y aromas.

¿Qué sueño estará soñando?

¿En qué regiones ignotas

estará su pensamiento

de princesa caprichosa,

de princesa prisionera?


¡Ay, cómo mira la moza!

Es como una diosa bella

que ama imposibles, que añora,

presa en su cárcel sin rejas,

ajándose melancólica.

Yo sé que su corazón

brinca como una paloma

dentro del pecho y suspira.

Yo sé que ansía y que llora.


¡Moza manchega, garrida,

hija de una tierra sobria!,

yo, que paso con la tarde



caída, como una sombra,

me detendría a su vera

para saber de su boca

los reproches que le duelen

y las penas que la ahogan

y la amaría, si amarla

le pareciera.


La moza

se queda. Yo voy pasando

por la tarde silenciosa

de La Mancha. Ella se queda

con su pena y su congoja.


DE ROMANCERO MANCHEGO.

ALBACETE, 1.978-1.979.











































viiI

años de actividad





VIII


AÑOS DE ACTIVIDAD.


El inicio de la década de los 80 fue muy desafortunado para mí. Un accidente de automóvil, producido por una distracción ajena, del que salí ileso y, posteriormente, un empeoramiento de la salud de mi padre, que sufrió su primera trombosis y que mermó notablemente sus reflejos hasta el punto de que, desde entonces, comenzó a depender de mis cuidados, limitaron notablemente mi libertad de movimientos y fueron, quizá, la causa de un encadenamiento sucesivo de depresiones.


Ya en el otoño de 1.979, a la terminación de mis vacaciones de verano, solía caer en momentos de profunda melancolía que ocasionaban trastornos en mi comportamiento hacia las personas, en especial hacia mis alumnos a quienes, injustamente, trataba con acritud. Esto, unido a las circunstancias antes aludidas desencadenaron en la Navidad de 1.979, por fin, una depresión que dormía larvada en el fondo de mi alma acaso desde hacía años y que hizo su aparición con toda su virulencia y maldad en los primeros meses del año 1.980.


Acudí a la consulta de un siquiatra, amigo de la infancia, el Dr. Gutiérrez Córcoles, en abril de 1.980, pues durante los meses anteriores estuve aguantando y acudiendo a clase todos los días, en un estado deplorable que no me permitía concentrarme en un trabajo tan especial como era el trato diario con los niños y que requería más que nunca un esfuerzo de mi voluntad.


Siempre he dudado y sigo dudando hoy que aquel sinvivir fuese una simple depresión endógena, como así la calificó mi siquiatra. Para mí fue algo más: fue un estado indefinible de mi comportamiento hacia la vida, un miedo acerbo de no querer enfrentarme a la realidad de cada día, un deseo fervoroso de morirme, del que me contradecía la responsabilidad de los cuidados paternos. Me hacía daño la luz del día que entraba todas las mañanas por los postigos de la ventana de mi dormitorio a desvelarme, después de un sueño artificial producido por los somníferos que tomaba. Las horas que seguían eran un verdadero drama para mí. Tenía que hacer frente a todo lo que esperaba afuera: trabajo, clases, relaciones humanas, obligaciones... Sólo deseaba encerrarme en mi despacho y permanecer varias horas con las ventanas entornadas, sin ver a nadie, olvidarme de todo. Y ni aún así me encontraba bien.


Generalmente, y no siempre, cuando llegaba el atardecer, aquellos momentos verdaderamente angustiosos, solían ceder. Entonces me sumía en un estado de somnolencia y de sopor insuperables que hacían que mi cabeza cayese de un lado a otro en un movimiento totalmente involuntario propiciado por una dulce relajación que sucedía a la tensión nerviosa del día. Me sentía, entonces, el hombre que había sido siempre y no ese otro, esclavizado por no sé qué tipo de posesión que se apoderaba de mi voluntad. Nacían en mí, de nuevo, las ganas de vivir y me animaba, con una fuerza inusitada, la idea esperanzada de que no volverían más aquellas crisis del espíritu, de que las había vencido para siempre.


Pero, desgraciadamente, esto no era así. Me despertaba sobresaltado cuando aún no había amanecido. El choque brusco de la realidad con la nebulosa de mi sueño artificial



propiciado por los somníferos volvía a producirme la misma sensación de días anteriores. Un inexplicable estado de nervios me hacía temblar en la cama y mis dientes castañeteaban sin poderlo evitar. El cuerpo se me descomponía por el efecto de estas manifestaciones produciéndome diarreas matinales. Y así un día y otro, durante varios meses que duró este proceso, en los que llegué a perder doce o catorce kilos de peso.


Durante tres meses, en los que se agudizó la crisis, se me concedió una baja temporal, que yo no quería porque pensaba que podría ser más perjudicial para mí, pero hube de aceptar los hechos y acogerme a ella ante la imposibilidad de trabajar en tan penosas condiciones.


Convivía en casa, con mi padre y conmigo, por aquel tiempo, un matrimonio joven, recién venido de Suiza, país al que habían emigrado años atrás, desde Casas Ibáñez, su pueblo natal y que, de regreso a España, se encontró con dificultades pecuniarias para empezar a abrirse paso en Albacete, donde se había establecido. Aceptaron ambos cónyuges unas condiciones económicas que les propusimos y vivieron con nosotros durante ocho años: él, Camilo, trabajando en una tienda de comestibles, en un local de alquiler; ella, Úrsula, haciendo la faena de la casa para todos y ayudando a su esposo el tiempo que se lo permitía.


Fue ella la que, viendo mi estado de ánimo y el progresivo adelgazamiento que me producía, me dijo un día:


-Usted, don Jerónimo, lo que tiene es "mal de ojo". ¿Quiere que lo vea una curandera de mi pueblo que ha curado a mucha gente con los mismos síntomas que los suyos?


Jamás hubiese pensado yo cosa semejante, pero en el estado sumamente lamentable en que me encontraba creí que no perdía nada con probar. Como ella insistió y logró convencerme de las muchas maravillas que había obrado en las gentes del pueblo y en sus propios familiares, acepté, incluso esperanzado. Me cortó un rizo de cabello del cuello y lo entregó al ordinario de su pueblo para que, a su vez, éste lo entregara a la curandera, como objeto de análisis. Era imprescindible para que ella diagnosticara si era o no era "mal de ojo" lo que yo tenía. Ante mi asombro, al día siguiente, el ordinario, que viajaba a diario en el coche de línea -requenense lo llamábamos entonces- trajo la respuesta:


-Me ha dicho la curandera que es un "mal de ojo" y que lo tiene muy arraigado. Que vaya al pueblo y que lo vea.


Tan mal me sentía que fui capaz de tomar el coche aquella misma tarde, me hice acompañar de Úrsula y de una hermana suya y nos presentamos en Casas Ibáñez.


Lo que narro a continuación es un hecho auténtico, verdaderamente curioso en mi vida que no quiero pasar por alto.


Me condujeron a una casa en las afueras del pueblo, que miraba al campo. Me introdujeron por la parte trasera de la misma, y, atravesando previamente un corral antiguo,



llegamos hasta una vieja cocina que poseía en su interior todos los elementos propios de un habitáculo para brujas: una chimenea a la vieja usanza con unas trébedes en las que había hirviendo agua, unos fuelles al lado, descansando sobre las negruzcas paredes del hogar, unos calderos de todas las medidas colgados a diversas alturas de los tabiques de la estancia, unos asientos de anea, una alacena dentro de la que se veían algunas extrañas vasijas... Y todo presidido por una luz mortecina que hacía más tenebroso el panorama.


Por una puerta que daba al interior de la casa pasó a la cocina una mujer como de unos sesenta años, vestida a la usanza rural no perdida todavía de las gentes de edad: una saya gruesa y negra, larga, por debajo de las rodillas y un pañolón del mismo color, sobre los hombros.


-¿Es usted...-comenzó a preguntarme.


-Sí. Este es el señor del que le hemos hablado -dijo una de mis acompañantes por mí.


La mujer comenzó a hacerme con sus dedos unas cruces sobre la frente a la vez que murmuraba a media voz unas extrañas y rápidas palabras que no entendí. Luego me hizo sentar junto a una mesa de madera, de tablero rectangular, desvencijada, y, acomodándose ella a su vez, al lado, echó agua en un vaso y untándose de aceite los dedos corazón e índice, depositó dos gotas del mismo sobre la superficie del agua. Dejó transcurrir un tiempo mientras contemplaba las gotas de aceite. Éstas comenzaron a expansionarse y, sin llegar a unirse del todo, cayeron hasta el fondo del vaso, lo cual me llenó de sorpresa y me hizo pensar -y aún lo pienso hoy- si era o no aceite lo que había echado sobre la superficie del líquido o si era éste agua, pues de todos es conocido que la menor densidad del aceite le hace flotar sobre el agua. De todos modos, ella, que había estado observando atentamente, me dijo:


-Sí. Tiene usted "mal de ojo". Y grande. -Y, dirigiéndose más que a mí a mis acompañantes, volvió a decir: -Que se tome todas las mañanas una infusión de rabogato y que se le ponga en el vientre un pollo joven, desplumado y abierto en canal hasta que muera. Creo que con eso tendrá suficiente.


Pagué por visitarla doscientas pesetas que es el dinero que me aconsejaron pagarle, pues ella no cobraba nunca nada por sus servicios.


El camino de regreso lo hice más animado y dispuesto a cumplir las indicaciones de la curandera a toda costa. Los malos momentos por los que estaba atravesando me impelían a hacerlo. No perdía nada con ello.


Al día siguiente, en compañía de mi familia pues solo no me hubiese decidido, busqué en las afueras de Albacete una pequeña granja donde poder encontrar ese pollo joven que me había prescrito la curandera para mis males. Mi hermano y algún otro de mis familiares tomaban todo esto a broma pero decidieron secundar mis deseos, dada la gravedad que veían reflejada en mi rostro. Tuvimos suerte y en una aldea cercana

encontramos lo que buscaba. Pagamos treinta duros al dueño por él y nos lo llevamos a casa.



Aquella misma tarde Úrsula ya había buscado a una prima suya que, según decía, tenía "gracia" para este tipo de ceremonias, pues era "melga". Me eché en la cama y esperé, mientras ellas desplumaban al pollo, en vivo, ayudadas por mi padre, que miraba todos los preparativos con ojos de incrédulo.


Ana, que así se llamaba y se sigue llamando esta ocasional mediadora, abrió el pollo en canal, me hizo descubrir el vientre y, pidiéndome perdón previamente, me asestó un buen golpe de plano con él, dejándomelo adherido al estómago por su parte abierta y sangrante y tapándome luego con una manta.


-Lo siento, don Jerónimo, pero he tenido que hacerlo así. Ahora lo tiene usted que aguantar todo el tiempo que pueda hasta que note que se ha enfriado.


Permanecí un par de horas en esa posición sin atreverme a moverme. Notaba correr la sangre caliente del animal sobre mi piel y sentía en mi vientre sus estertores agónicos. Me resultó un poco desagradable esta sensación pero estaba dispuesto a continuar hasta el final.


Mi obstinada perseverancia obtuvo su recompensa muy pronto. Al día siguiente me levanté de la cama totalmente restablecido, como una persona nueva, con ganas de vivir otra vez, como si nunca me hubiera sucedido nada. Esta mejoría fue en aumento cada día que pasaba hasta el extremo de que produjo en mí una inusitada euforia que me llevaba a levantarme a las cinco o las seis de la mañana para escribir uno de mis libros de poemas que había iniciado hacía poco tiempo.


Todavía me pregunto: ¿Fue mi fe llana, elemental e instintiva hacia la curandera o los comprimidos de iproniazida que me recetó el Dr. Gutiérrez los que hicieron el milagro de que yo volviera a ser el de antes? Me hubiera gustado saberlo pero no sé la respuesta verdadera.


* * *


A pesar de mi estado de ánimo, escribí en aquellas fechas, durante los ratos buenos que me permitía mi depresión, un libro de poemas, titulado BALADAS, basado en tres temas mitológicos griegos. En el prólogo que precede a estas tres infortunadas historias escribo lo siguiente: El tiempo futuro en el que están escritas es el más fiel reflejo de un amor sin esperanzas, de una felicidad sin fe, de una dicha inasible y sin horizontes, de una vida vacía y sin sentido, de una ilusión frustrada y sin caminos, fruto, quizás, no sólo de mi manera de ser, sino también del momento depresivo en el que me hallo inmerso.


He seleccionado de este libro algunos de sus fragmentos más representativos de cada una de las baladas.

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CANTO IV. EL ENCUENTRO.


Será la primavera.

Será el rimado sol de mediodía.

Tú te desnudarás, amada mía,



despacio, placentera,

junto a la fuente. Rodará tu velo

de transparente tul

y soltarás tu pelo

dorado y flojo. Sobre el cielo azul

palpitará la albura de tu pecho.

Dedos libidinosos

de luz cernida, entre los abundosos

ramajes de alto helecho,

recorrerán tu piel

lechosa y suave, con sadismo cruel.

Después, lánguidamente,

Castalia, dejarás que la delicia

del agua de la fuente

te meza en una cálida caricia.



Venus saliendo de las aguas puras,

la yerba lecho blando,

doblegarás el cuerpo en las honduras

del sueño, descansando.

Será el momento, amada,

la hora deseada,

la más propicia y próvida ocasión

que habrá estado esperando el corazón.


Me acercaré contento,

loco de dichas, ebrio de pasión,

como un fauno sediento

de amores y placeres.

Me acercaré, callado y sigiloso,



mujer, la más gentil de las mujeres,

hasta tu lecho mismo.

Te llenaré de besos, amoroso,

te aturdiré de halagos, generoso,

y beberé a saciar el optimismo

que irradia tu figura,

como si fuera un niño

desnudo de cariño,

desnudo de ternura.

Despertarás al roce de mis manos.

Me mirarás, Castalia, sorprendida,

con tu mirada verdiazul, dolida,

plena de efectos cálidos y humanos.


¡Ay, dulce bien, paloma, amada mía,

gozarte y poseerte

con toda mi pasión hasta la muerte,

será mi fe, mi afán y mi porfía!


Mas huirás de mí, como gacela

que huye del predador

odiado, lo mismo que avezuela

que no quiere ser presa del azor.

Huirás, huirás de mí,

desasistida y débil,

flor delicada, mariposa flébil.

Yo iré detrás de ti.


No te amilanarán los peñascales

musgosos de la roca en tu carrera

magnífica y ligera,

que dañarán tu piel como puñales.

Y arribarás maltrecha,

vencida y agitada,

por la vereda estrecha,

difícil y empinada

de la roqueda, hasta la gruta oscura,

por la que se dilata,

desde la agreste altura,

la torrentera en ancha catarata

rugiente y espumosa.

Te detendrás, al fin, desfallecida,

sin fuerzas, temerosa.

Te detendrás, al fin, Castalia hermosa.

Y sentirás el ansia incontenida

de mi pasión doliéndote en la entraña

y notarás el fuego de mi aliento

sobre tu piel, con saña.



Y un estremecimiento

de dicha y de dolor

al mismo tiempo, un tembloroso espasmo

recorrerá tu cuerpo, en un orgasmo

no consentido, que ajará tu honor

sin mancha, tu candor

de virgen moradora

del bosque y de la fuente.


¡Oh, dulce amada, diosa seductora,

mujer resplandeciente!

¿Por qué tanto odio, tanta indiferencia?

Lacerarás, cruel, mi corazón

y desoirás mis ruegos de clemencia,

mis voces de perdón.

Y te me escaparás,

liviana, de los brazos

y huirás de nuevo hacia la gruta, huirás,

cubierta de arañazos

por la cortante zarza, por la roca,

por el punzante espino

de que estará plagado tu camino.

Huirás de mí en una carrera loca.


Yo te veré partir.

Yo te veré marchar.

Será la débil luz crepuscular.

Será el breve morir

de la naturaleza.

Yo te veré caer

envuelta con el agua y la maleza,

grito solemne en el amanecer,

juguete de las rocas tu cabeza,

jirón sanguinolento

tu cuerpo delicioso,

tragado por el río impetuoso,

por el torrente negro y turbulento.


No volveré a soñarte más, amor,

ni volveré a quererte,

que yacerás en brazos de la Muerte

como un ente irredento y vengador.


Será la primavera, amada mía.

Será el atardecer.

No volveré a sentirme en tu alegría.

No volveré a soñarte más, mujer.

(DE CASTALIA.)


CANTO IV. IDILIO.


Nos amaremos lejos, huidores

allí donde no lleguen

los ruidos, donde jueguen

con el almendro en flor los ruiseñores,

donde hayan margaritas y amapolas,

donde haya sólo donosura y bien,

en un ignoto edén,

tú y yo, Tesila, a solas.

¡Oh, inenarrables horas,

instantes no sentidos

jamás, dulces latidos

del corazón, caricias turbadoras!


Los dos cabalgaremos

en un ardiente y único caballo

sin bridas y holgaremos

por la campiña pródiga de mayo.

¡Qué plenitud sentir

tu sangre por mis venas, como un fuego

maravilloso y luego

desfallecer, morir,

en un placer desconocido!

¡Qué grato bienestar

sentirme en ti, notar

el blando recorrido

de besos ardorosos

por nuestros cuerpos sanos, generosos!

¡Qué dicha contemplar la esplendorosa,

la blanca desnudez,

la suave calidez

de tu figura hermosa!

¡Qué gozo los abrazos consentidos

en el connubio lento

de los atardeceres encendidos!

¡Qué dulcedumbre, qué estremecimiento

saberte sólo mía,

Tesila amada, un día y otro día!

¡Qué espléndida ventura

posar sobre tu vientre la cabeza,

mirar hacia la altura,

cerrar los ojos llenos de pereza,

crear un mundo nuestro, tuyo y mío,

romántico y pequeño,

sin sombras, indoloro, como un sueño,

como un vano extravío!

¡Qué bendición amarte,



sorberme los sonrojos

de tus mejillas frescas, adorarte,

ahogarme en el abismo de tus ojos!


Los dos cabalgaremos

en un ardiente y único caballo

sin bridas y holgaremos

por la campiña pródiga de mayo.


Serán mudos testigos

de nuestros entusiasmos

los rubios cebadales y los trigos.

Harán temblar los cuerpos los orgasmos

brotados como flores

en los atardeceres.

Después, felices seres,

rendidos aún y llenos de sudores

nos tenderemos en el verde suelo,

desnudos, con los ojos en el cielo.

Vendrán, tiernas, las aves a cantarnos

rimadas melodías,

las brisas a arrullarnos.


Y así transcurrirán lentos los días

en una interminable,

magnífica y amable

felicidad sin nombre,

sin tiempo y sin medida.

Tú, la mujer sentida,

yo, solamente un hombre,

tú y yo, los dos, cogidos de las manos,

solos los dos en nuestra soledad,

solos los dos, románticos y humanos

en nuestra efímera felicidad.


¡Qué bendición, Tesila,

tenerte junto a mí,

mirarte, ornar tu frente de azul lila,

de rosa y de alelí,

besarte hasta el desmayo,

saberte toda mía,

un día y otro día.


Será, resplandeciente y bello, mayo.


Nos amaremos lejos, huidores

en un ignoto edén,

donde haya sólo donosura y bien,



donde los ruiseñores,

las margaritas y las amapolas

embriaguen los sentidos

de aromas y de ruidos.


En un edén, tú y yo, Tesila, a solas.


Los dos cabalgaremos

en un ardiente y único caballo

sin bridas y holgaremos

por la campiña pródiga de mayo.


¡Qué bendición, amada, amarte así!

¡Qué espléndida ventura

sentirme junto a ti,

sentirme en tu hermosura!

¡Qué grato nuestro amor,

sabernos ebrios de felicidad,

inmersos en el mágico esplendor

de nuestra gran verdad!


Todo será armonía,

Tesila, amada mía.


(DE TESILA.)


CANTO III. LA NOCHE.


Cuando llegue la noche,

sumido en la profunda oscuridad,

vendré a tu soledad.

Seré un ardiente y mélico derroche

de besos y delicias

y tú me entregarás sin un reproche

tu cuerpo vehemente de caricias.


Me llegaré a tu lecho

lleno de generosa

pasión y beberé la húmeda rosa

de tu lechoso pecho.

Te basaré en los labios y en la frente,

te besaré en las manos y en los ojos,

tan suave y dulcemente,

que notaré el calor de tus sonrojos

y sentiré en tu piel

correr la sangre cálida y ardiente

y escucharé, Alma fiel,

el rítmico y acelerado son



que se te escapará del corazón.

Sorberé de tu boca los respiros,

todos tus hálitos enaromados

y haré que se conviertan en suspiros


breves y apasionados.


Recorreré con ávida codicia

la limpia esplendidez

de tus sedosos brazos,

la oronda morbidez

del vientre en una cálida caricia,

la prieta turgidez

de tus flexibles muslos. Mis abrazos

harán temblar tu cuerpo y sentirás

que te unes más y más

a mí en eternos y anhelados lazos.


Yo haré que se resbalen

mis dedos ágiles por el pubiano

vello que cubre tus secretas curvas

y haré que se regalen

tus carnes en un gozo soberano

y notarás por fin que te masturbas

en un magnífico estremecimiento.

Sabrás por vez primera el sentimiento

de un fálico placer,



tu cuerpo contra el mío,

los dos unidos en un sólo ser,

corriendo como un río

tu sangre con mi sangre, respirando

tu aliento con mi aliento.


No mediarán palabras, sólo un blando

susurro, un enigmático lamento.


Después, llenos de paz,

con la mirada errática y fugaz

perdida en las estrellas,

que se nos entrarán por la ventana,

traslúcidas y bellas,

pensaremos en un nuevo mañana,

lleno de hermosas y áureas ilusiones,

repleto de pasiones.


Antes que nazca el día,

furtivo y sigiloso,

te dejaré en el lecho, amada mía,

y no osaré turbar

tu sueño primoroso,

mas volveré al anochecer, dichoso,

y tú me has de esperar

con un febril deseo en el semblante,

gozosa y anhelante,

sufrir será tu sino

y amarme tu destino.

Serás mi dulce amante.

Serás mi dulce esposa desilusionada.

Gentil y frágil mariposa errante,

viajera sin descanso, vagabunda,

prolífica y fecunda:

Nunca podrás dejarme.

Seré siempre tu amo y tú mi ama,

yo el tronco y tú la rama,

yo el juncal de la estepa solitario,

sereno, mesetario,

y tú el viento que viene a susurrarme

su cantar eternal de reciedumbre,

yo la nieve y el frío,

tú la llama y la lumbre,

yo la estática roca, fija y presa,

tú el apátrida río

que pasa y no regresa,

yo la yerma llanura,

magnífica y grandiosa,



tú la prístina rosa

que nace para mí pálida y pura.

Yo la tierra asperiega,

desagradable y dura,

tú la lluvia que riega

y el sol de los trigales que madura.

Yo la noche, tú el día,

yo materia y pecado,

tú etérea poesía

cántico que no cesa, verso alado...


¡Oh, Alma sólo para mí creada!

La noche llegará,

llena de sombras, sutil y recatada.

Busca tu lecho ya

que yo vendré ligero,

como noctámbula y anónima ave,

romántico y sincero,

desconcertante y suave.


(DE ALMA.)


DE BALADAS.

ALBACETE, 12 OCTUBRE 1979-4 MAYO 1980.

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Totalmente restablecido de mi dolencia anímica y llevado por una febril actividad comencé a escribir en aquel mismo verano de 1.980 un libro de poemas, SONETOS IMPROMPTU, que acabé en abril de 1.981.


Es el libro mencionado un conjunto de cincuenta sonetos en los que, llevado por la euforia del momento, abandoné patrones anteriores presididos por mis sentimientos de soledad para explorar otros caminos llenos de colorido, con la utilización de un vocabulario más rico y rimbombante:


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A UNA LIBÉLULA.


Remolino de azules y de platas

en los densos resoles del estío,

morador de las márgenes del río,

reverbero en los juncos y en las matas.


Tornasol de revuelos escarlatas,

verso alado, gentil escalofrío

del bochorno, cromático albedrío

sin caminos, errante y timorata:



¿Dónde vas con tu vuelo antojadizo,

delicada libélula, sin meta?

¿Dónde vas con tu vuelo tornadizo,


veleidosa, elegante y pizpireta,

fantasía de luces? ¿Quién te hizo

tan versátil, tan frágil, tan inquieta?


A UNA ESTRELLA.


Estrella vesperal, metalescente,

latido vacilante, tremulento,

del ácrono, inextenso firmamento,

abléfaro fulgor, guiño insistente:


¿Qué tienes en tu pálpito ignescente,

nacáreo, lejano, friolento,

pulsátil, albodáctilo, que siento,

salírseme de adentro, vehemente,


romántica y ligera, el alma sola

prendida en tu esotérica aureola

de luz inalcanzable y argentífera?


¿Qué encierras en tu entraña inconsuntible

que el alma, cada vez más inasible,

se va tras ti, noctívaga y astrífera?


AL MAR.


¡Oh, Mar espúmeo, eterno, inconsuntible,

temblor de verde luz en movimiento,

auroso en los crepúsculos, argento

cerúleo de la noche inmarcesible!


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